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No trajeron casi nada

*El hombre se llamaba Bernardo Etcheverry y era un vasco de Irún, Hendaya o de por ahí,...

21.09.13. Por Eduardo Pérsico.-

Siempre el hambre nos conduce y explica.
Atraviesa montañas, facilita los mares- alguna noche
nos leyó mi madre.


El hombre se llamaba Bernardo Etcheverry y era un vasco de Irún, Hendaya o de por ahí, entre Francia y España, y al llegar a Buenos Aires en algún documento diría ‘ambos franceses’; y con la María debieron ajustarse a un mapa de inmedible horizonte y lejanía. Él recién cumplía veintidós y su mujer diecinueve, cuando por 1905 entraron al Hotel de los Inmigrantes y al saber su procedencia un escribiente supuso ‘agricultor’ y los mandaron a mil kilómetros del puerto. Bien adentro de La Pampa, provincia india nada imaginaria y en el pueblo Carro Quemado aún persistía alguna toldería con jinetes de galopar por la inmensidad que fuera de ellos, y de arrearse animales con o sin marca en el lomo. Y a esa inmensidad fueron el Bernardo y la María, una mujerona rubia y hermosa, a plantar y cosechar lo que viniera de la tierra con cuatro herramientas más dos carretas de ladrillos que les dieron, junto a unos peones que por ahí mismo hicieron su rancho.

El Bernardo y la María no trajeron casi nada y por el año veinte, con tres hijas mujeres y la mayor que ya no era sólo para mirarla, habían plantado y pobladas las hectáreas con ovejas y corrales. Y la palabra del vasco sería un documento en el pueblo; ventura familiar que se truncó en 1922 al cumplir el Bernardo treinta y ocho y su carro con la María y dos acompañantes no alcanzó las seis leguas al pueblo. Su cuerpo se iría quedando rígido bajo las mantas y asl oscurecer lo volvieron a la casa sin remedio. Treinta y ocho años, un pendejo, se me ocurrió antes de agregar que al hombre lo mató el carbunclo que contagiaban los animales. ‘Eso no falla nunca, es infalible’, se habrá dicho al terminar el Bernardo su amor por su campo y hasta la sequía, dejando cuatro mujeres soledad adentro...

Aunque la María también tenía su estilo; liquidó la chacra y se mudó a Buenos Aires sin la hija mayor que se arregló con un comisionista de Victorica, - esa sería otra historia- pero antes del carbunclo y el año veintidós el vasco Etcheverry mantuvo un entrevero desconocido, - nunca se sabe- cuando unos ocupados en época de pelar las ovejas no terminaban de irse y siguieron merodeando. La esquila sabía darse en octubre con algún contratista que traía gente del oficio, hábiles en aprovechar hasta el último vellón cortando a tijera o a navajones de puño, chilenos, que no eran para cualquiera. Entonces el grupo solía trabajar de corrido los días necesarios, dormían en el mismo galpón donde esquilaban y al terminar ataban los fardos de lana y plata en mano, cumplían el ritual de asar unos corderos y entonar algo de música si había con qué. La gente de la casa sabía compartir la reunión y a veces las mujeres eran miradas con mucho empeño, así que un jueves se acabó pronto la despedida cuando el vasco con dos vistazos y ni una palabra mandó a su mujer adentro con las hijas, sin saludarse con nadie.

Hubo alguna otra ojeada sin comentario y el contratista y su gente la emprendieron para otro campo a empezar de nuevo; a Telén, punta de vía, a pocos kilómetros, aunque uno de los navajeros, un rubio de pelo largo algo versero y cantor, no siguió al grupo y se demoró con un chinazo bigotudo y provocador por los cuatro rincones del pueblo. Por entonces, cada sábado el Etcheverry acostumbraba bajar al centro con sus peones en el carro de dos caballos, de balancín y ruedas delanteras más petisas, y por ahí comían, se jugaban sus partidas de baraja con la paisanada y al oscurecer él se volvía solo, al tranquito, con algún jarro de moscato agregado a las ideas y disfrutando esas pequeñas libertades de cada uno. Aunque aquel mediodía, en el Ramos Generales vio a los dos esquiladores rezagados que algo se hablaron al verlo entrar y siguieron probándose algún sombrero y unas alpargatas nuevas. Uno dijo con voz audible que les haría un tajito porque eran bajas de empeine, mientras el vasco Etcheverry pagó alguna cuenta, llenó sus canastos con necesidades de la semana y saludando al dueño del almacén se sentó en el carro para darse la vuelta sin más palabra.

Despacioso el hombre, antes de entrar al camino principal levantó la tapa del cajón que servía de asiento y revisó sus herramientas: una pala de punta, su llave grande de fierro para las tuercas del eje, unas riendas y la maza de mango largo. Y acomodó con cuidado y bien a mano aquello otro que trajeran de Europa y la María le tejiera una funda colorada y flaca...

El sol entibiaba lindo y sin esa molestia se hubiera divertido en el boliche y reírse de cuánto podía al saberse sin deuda con la vida. No había alambrados a la vista y por más profunda que fuera la mirada, aquella inmensidad seguía inquebrantable, monótona, irrepetible; paisaje más nostalgia adherido al sentimiento. La pampa inexplicable, por suerte... Y por las tres de la tarde el vasco llegó con su carro al atajo de ir derecho a casa. El hombre ya estaba en lo suyo y el cañadón de poca hondura detrás del montecito de caldenes era un buen sitio para el aguardo. Soltó el correaje de la yunta y los dejó bajar a darse agua y sombra a gusto, se lo merecían. Los gorriones se regodeaban entre los surcos y pensó en darle arreglo a ese abuso que le diezmaba la semilla, pero eso lo haría con tiempo porque ese día su preocupación estaba cubierta y más cuando dos jinetes, a trescientos metros, llegaban en su dirección. Los tipos no entraban a robar y sabían bien a qué, doscientos metros y el vasco le quitó la funda de lana colorada a la herramienta. Los dejaría venir mientras los viera tras la primera hilera de caldenes y al tenerlos a tiro se quitó la boina y dio tres pasos al medio del sendero; ‘aquí estamos los tres’ casi pronuncia cuando el de la melena amarilla taloneó sorprendido para salir de vuelo y fue el primero en probarle la puntería. El otro, un jetón de bigote tupido reaccionó pronto pero dos disparos encimados y certeros del Winchester le evitaron andar visitando gente a cualquier hora.

El pajarerío revoloteó una vuelta en redondo y los pingos de los esquiladores con los jinetes colgando se juntaron al borde de la senda.

El Bernardo se tomó un momento para guardar de nuevo el Winchester en la funda que la María le tejiera en el barco, del cajón levantó la pala y siguiendo la tarea se quitó la camisa y de nuevo se calzó la boina. Debió destrabarle un estribo a cada uno y el rubión aún tenía el esparto de su alpargata impecable de jamás pisar la tierra. Así que a lo bruto arrastró a los dos al borde del agua y empezó a puntear el pozo. Nadie lo vería, briosamente cavó mucho más de un metro de hondo hasta las seis de la tarde, y cuando ya el día se fuera declinando, os dejó como cayeron, boca abajo. Y antes de la primer palada de tierra les tiró encima los cueros de oveja que vinieran montando y a los caballos le bastó un chirlo para echarlos al campo.

Antes del anochecer el Bernardo ya andaba por la casa descargando los canastos que trajera de Victorica. Acaso mi abuela se alegrara al verlo llegar antes del oscurecer y sorprenderla con una palmada en las nalgas; porque esa noche calentaron los fuentones del baño más temprano y las hijas se turbaron en silencio al oírlos reír y cuchichear hasta bien tarde.

*Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

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Versión en vasco

Euzkarara itzulita ere

(Traductor al vascuence: Santos Echeverría Iparraguirre. Natural de Tolosa, Guipúzcoa. Estudió en los Escolapios de Tolosa. Trabajó en la Dirección de la “Papelera Española S.A.”, Madrid, y en la “Cellophane” de Burgos. Cumplió el servicio militar en Irun y llegó a la Argentina el 17 de julio de 1954. Viaja al país vasco todos los años y es amigo personal del autor).

Gizonak, Bernardo Etcheverry izena zun, euzkalduna Irungo edo hendayako aldeakoa. Frantzi eta Ezpania erdikoak. Aditzen baten, frantzesak, ziela ezango zun. Gizonak, ogeita bi urte orduntze beteta, Zeuzkan emaztiak berriz emeretzi. 1905 urtea zan, Buenos Aires, hotel de los emigrantesea, zartu ziranean. An idaztentzale batek, nundin zetozen jakinzunean agricultor, ziela auznartuzun, eta bialdu zitun millakilometro arunt zegon tokira.

Toko ori, “Pampa India” ezaten zioten legua zan. Alde aitan “indio” azko zegoen, eta “tolderías” ezaten zielen aien bizitzari. Leku arek “Carro Quemado” izena zun. Indiok, zaldi gañean jarrita ibiltzezian alde batetik beztera, lenago bereak izandako lurre bukatu gabeko aitan, eta bezten abereak lapurtzen zizuzten batzutan. Area juan ziran Bernardo eta María, andre jatorra eta polita, azia erein eta lurreak ematenzitun uztak biltzea. Lau treznakin, bi gurdi ladrillos beteta langille lagunzale batzukin.

Bernardo eta Maríak, gauza gutzi ekarri zituzten, baño 1920 urte zala, iru nezkatza andreak zeuzkaten, aundiña azi xamarra, begiratzeko bakarrik ez zegola. Azia erein eta uztak jazo egin zituzten, eta lur puzketa ere aundituta zan, baita ardi mordozka ona zeukaten. Anla ere errico bernardozen ezaunak bazekien, aren itza ezanak, gehiago balio zeukatela, idatzitako paperak baño.

Ondo egontza onen moztutza izan zan 1922 urtean. Bernardok ogeuta ama zortzi urte zeuzkan, Mariak bi laguntzaillekin, gurdi goyen zamakiela errialdea. Xei leguak egin bearrak, zituzten, baño bidean gortuta gelditu zizaien, ohieko azpi pean. Illuntzen aziera zan eta etxeara itzuliziran. Ogeita eme zortzi urte, ozo gaztea oaindik iltzeko, auznartu nun – aberearen gaxiotazuna erantxi zizaion, carbunclo, izena duna. Azkeneko ordu ortan. Beti ola izatenda, zuzenda izeñeskoa, ezangó zion Bernardok. Bere buruari, borrokak bukatzean, lur neurrigabeko arekin, eta euri gabeko girokin, eta lau andreak bakarrikutziz.

Baño Mariak barrengo indar zuna zan. Zalduzitun lurrak eta zeuzkan gauza guztik, eta Buenos Aires ea aldatuzan, bere bi alaba txikikin. Nezka aundina Victoricako gizonezko “comsionista” batekin geldituzan. Etcheverry euzkaldunak,zer ikuzi bat, gutzi ezauna, eguritakoa zan, ardí ille motzalle gizonezko batzukin. Bere lana bukatu eta juanbearrean, errian gelditu, eta itzuliak emanez, aldameneko aldean zebiltzanak.

Ardiri ille mozteko lanak, negu berrian izaten zian. Agindari “contratista” berak ekartzen zitun, langilleak, eta azkeneko illeak ondo mozten zekieank.

Lan ori egiten zan goraiza aundi eta labana aundikin. Chile aldeko gizonezkoak izaten ziran ozo garbiko ibilliketak ez zituenak, eta erozeintzako ez zienak.

Gelditugabekoa izaten zan, egun guzitan goizeatik gauarteraño, jan eta lo, lantoki bertan egitenzitun. Bukatzeran, ardi illeak bildu, ondo lotu eta pillan antolatu, bere ezkutan irabazitako diruba artu eta arkume erreak jaten zituzten. Ohitubera ori zan, soñu pizkat bazegon obeto. Etxeko naguzia eta zenideak ere jan artan izaten ziran.

Baño andrea eta nezkak gogokin beidatzen zituzten eta lotza gutxikin azkotan. Ostegun baten, azkar bukatu zan agur jan ura. Gure euzkaldunak bi begiratu eman andrea eta alabak artu eta etxera zartuzan ezer ezan gabe. Agintzallear bere langillekin Billatuz juanzidan, urruti ez zegon erri batea, Telen deitzenziotenei.

Baño ardi ille moztuzalleak juanzianian, bat ille luze ori zuna, erdi bersalari eta abeztu zalea, atzeatuta geldituzan, bezte lagun batekin, mutur aundi beltza, ezpañi gañeko ille aundikin, gatazka zalea.

Giro aitan, Etcheverry gizonak, lanbatero errira juateko ohitura zeukan. Gurairi bi zaldiak lotu eta etxeko langilleakin batean jutenziran. An bazkaldu carteta kikol batzuk egin, errico lagunekin, azteako bearrak erozi ardo ontzi txiki bat edo bezte gorputzean zartu, eta illuntzean bakar bakarrik, anima eta burua alaituta, poliki poliki, etxealdeko bidea artzezun. Eguardi artan, dendan erozten zegola, ikuzi zitun ardi ille moztuzale biyak, errian geldituzienak. Zartzen ikuzi zuenean, erdi parrez bere tarten itze batzuk egin, eta buruzkoak eta oñetako apretak berrik erozten jarraizuten

Aditzeko moduz, batek ezantzun, labanakin moztubat egingoziola oñetakori estuxamar zeuzkelako.

Etcheverry euzkaudunak, ordaindu zitun bere erozitakoak, betezitun otzarak aztearako bearrekin, eta agur ezanez dendako naguziri, bezte itzeik egingabe, ixerizan gurdin itzulia artxeko, azmokin.

Poliki ta eztugabe gure gizonak, etxeko bidea azieran, jazo zun ixritzeko kutxak zun eztalia eta an zeuzkan treznak begiratuzitun. Para zuloak egitekoa, giltz aundibat burnizkoa, maillu eldutzeko luzeakin, zaldintzako buruzkoak, eta zuzen ematekoak. An zeukan ere Eurupatik ekarritakoa, eta Maríak jozizion gañezko, gorria eta meha, txukun eta ardurakin jarrizun ezku aldean.

Eguzkiyak ono berotzezun, eta naigabe ura eguki ez bazunizan, errico edan Tokio, poztu eta parrezkadak egingo zitun, naizun guzik. Ez zeukan bere biziakin zorrarik.

Ez zan ikuzten alambradurak, eta begiratua zakona izandare, neurigabe lur ura beti izaten zan, auzigabea berdin berdina, eta ez berriz egitekoa. Alderdiak eta barrendo oroizmeniak, eta urrutikoari barrengo xuntxoak errantzita. La Pampa ezangabekoa zorionez.

Atzaldeko iruretan gure euzkalduna, iritzxizan gurdikin etxeko bidea moztezun ildoa azten zan tokira. Gizona berenean zegon, eta zanga errekakin, menditxiki caldenes ezatendioten. Atzean toki, egokia itzointzan egoteko. Zaldin lotuzkak kendu zikien, eta ur artzen eta itzalean egotea utzi zitun. Irabazia zeukaten.

Lan egindako alorrean, txorik zebiltzan aziak billatuz. Galduzko ori zuzentzeko, aziak tzikitzen zionak auznartuzun, baño aurrerako utzi zitun kezka oriek. Bere burua betea zegon. Geio oraindik, zegon tokitik, irueun metro gora bera ikuzizitun bi gizon zaldi gañian zetoztela. Gizonezko oriek, lapurretara ez zetozen, baño ondo zekien zertara.

Berreun metrora etorri zianean, euzkaldunak, aldamenian zeukan treznari, kenduzion gañezco zakua gorria. Etortzen utziko zitun, mendi txiki lenegoko caldenak atzean ikuziarte. Tiro egiteko egukisitunean, txapela kendu, eta iru oinkadak eman zitun bide erdiraño.

Emen gaude ikurok, ezateko azmoa zeukanian, ille ori luzeak zeuzkanak uztegabekoan zegola ikuzizunean, zaldiari orkatillakin joz, igezi azizan. Lenbizikoa izanzan jakizuna zer begiona zeukan tiroak botatzeko. Bexte mutur anundiak belaxe ulertu nola zetozten gauzak, baño bi tiro bat bezte gañean, eta zuzenak, Winchesterkin, bezten etxera edozein ordutan gendeak ikuzten ez dala ibillibear erakuzizion. Alderdi artako txorik itzuli bat emanzuen egaran. Ardi illemoztuzallen zaldiak, gañezko gizonak txintxilik zeuzkatenla, bide ondon gelditu ziran rian. Bernardok bere denbora artuzun, berrin Winchester gordetzeko sakuan. Mariak joziziuna itxazo ontzín zatozela. Kutxatikan para artuzun eta bere lanak aurrea eramateko azmokin, alkandora erantzi zun, eta txapela berriz buruan jarrizun.

Zaldian txintxilik zeudenak, jetzi zitun. Ille orin oñetokak, oraindin zola berakoak lurrak ikutugabe zeuzkan.

Orkatillatik artu eta errezteka eramanzitun erreka ondoraño. An lur biguñakoa izatenda. Bertan azizan zuloa egiten, iñork ez zan galdetzera, eta gogoz lurrean zuloa egiten azizan, metro baño geiagoko zuloa. Arratzalde xeiak zianarte eta illunza poliki zetorrenarte. An utzizitun mutur bera erori zian bezela lenbiziko lur para buta baño, gañean botazizkien zalditan ixiritzeko ardi narruk. Ibiltzen zituenak.

Zaldiari naikoa izan zun atzekotan pizkat jotzea arlo aldea bialtzeko. Illuntzean Bernardo bazebillen Victoriatik ekarritako otzarrak gurditik jeitzen.

Again nere amona, posik egongozan, illundu baño lenago, zenarra etxeratu zizaionean, eta ipurdiko goxo batekin arrigarrituzunean. Orrengatik, gaur ortan, beztetan baño azcarrago jarrizituztek uda berotzeko ontzik, beren gorpuzko garbiketak egiteko. Gero nezka alabak erdi lottzatu ziran ixilik, aita eta amarek erdi itzak eta parrezkak adituz gaveko orduk aurrera juanarte.


*Autor, Eduardo Pérsico. Nació en Banfield y vive en Lanús, buenos Aires, Argentina.

Traductor: Santos Echeverría Iparraguirre.

 

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