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Conflicto con China: el futuro ya está aquí


OPINIÓN de Antonio Hermosa.-  Desde hace mucho tiempo se sabe que una de las mayores contribuciones de la naturaleza a la historia consiste en haber situado estratégicamente una serie de islotes a los que las diversas potencias pueden agarrarse cada vez que les entra la ventolera de querer hacer un desfile militar en suelo patrio ajeno. A veces son solo simples perejiles con los que el enano aznarín activa en público su megalomanía, pero otras se trata de orondos peñascos, que las grandes potencias colocan con mimo en las catapultas de sus pulsiones hegemónicas a fin de seguir demostrando al mundo esa característica subespecie de grandeza que las incapacita para ser fuertes y ser pacíficas al mismo tiempo.

Allí esperan pacientemente, autocontemplándose en plan narcisista como garantía de un conflicto futuro, sabedores de que antes o después servirán de piedra arrojadiza con la que golpear a un probable rival de entidad en grado de asomar un día sus narices en la escena internacional. La experiencia les ha enseñado que cuando los países dejan sueltos a los viejos demonios de sus conflictos la historia se presenta ante su política tan pura como la dejaron antaño, y que el imperio de turno, echando con destreza los dados de su odio mutuo en el tablero de sus intereses, se esforzará por aprovechar la ocasión en su favor y, de momento, en el de sus puntuales aliados. Es por eso que a veces tales pedruscos dan la campanada que anuncia la entrada del futuro en el presente.

Por ello, cuando el pasado 27 de noviembre Washington envió dos bombarderos B-52 desde su base de Guam a las islas Senkaku (en japonés; Diaoyu en chino: islas ricas en pesca e hidrocarburos, pero que al mismo tiempo constituirían un lugar ideal para tener a raya mediante el despliegue de modernos submarinos nucleares al enemigo que gustara darse un garbeo por las costas chinas), la nueva “Zona de identificación aérea” (ZIA) recién establecida por China unilateral y arbitrariamente en aras de su seguridad, los futuros enemigos que protagonizarán la lucha por la hegemonía en el futuro más inmediato pudieron mirarse directamente a los ojos, en una doble maniobra de provocación calculada al milímetro por ambas partes, incluidas las falsas explicaciones, que parecen dejar el incidente en manos del azar. De repente se corrió el telón y la escena en la que ha de representarse el nuevo drama que asolará a la humanidad apareció en toda su límpida desnudez, sin la falsa parafernalia reciente de intervenciones en Siria, pensadas únicamente en función de Irán, o de guerras con Irán, pensadas únicamente en función de China, que enturbiaran su visión. La mágica volatilización de las líneas rojas que anunciaban la inmediata lucha contra el entonces tirano y pronto futuro defensor de la civilización occidental, al que habrá que apoyar contra la nube de terroristas que van mordisqueando su territorio; o el tratado firmado con un Irán con el que ya se negociaba en secreto desde antaño -lo que explica, dicho sea de paso, la mentada endeblez de las líneas rojas-, país al que interesa más controlar mediante el acuerdo que mediante el conflicto al objeto de poder influir de manera decisiva en el aprovisionamiento de crudo del gigante asiático, y cortarle si fuera el caso las alas de su expansión, son pruebas de que el giro de la acción imperial es definitivo.

El Imperio actual conoce bien que su próximo rival está ya atado por su destino; mega potencia económica como es, su propio poder en este campo, así como su población o su peso político, fuerzan a China a ser también una mega potencia militar a fin de seguir siéndolo, a cruzar el abismo que, ya sin vuelta atrás, la lleva por la propia naturaleza de las cosas a tener que ser más fuerte para no perder su nivel actual: al punto en el que economía y guerra aparecen, para dar razón a Clausewitz, como dos continuaciones de la política por otros medios. De ahí que haya saltado ya a la palestra, despojado de todas sus máscaras, aun cuando se haya colocado en una discreta segunda fila, detrás de sus aliados japoneses y coreanos del sur, secundándolos, cuando no instándolos, en sus propósitos de pasar por alto la advertencia lanzada por China con la imposición de su ZIA.

Japón, como era de esperar, hizo caso omiso de la misma y dos aviones de línea, escoltados por cazas, cruzaron la ZIA sin notificarlo al gobierno chino, lo que ha hecho aumentar repentinamente las posibilidades de una fricción que, de producirse, podría dar lugar a todo: un todo que, por supuesto, incluye la tercera guerra mundial. Su desafío al diktat chino ha sido tan explícito como su denuncia del mismo, aunque en la misma olvidara que también tiempo atrás estableció su propio ZIA, con el mismo supuesto propósito y mediante idénticos procedimientos –o que otros varios países, con EEUU, naturalmente, entre ellos–, y de una extensión muy superior a la de su rival. Así, la tirantez de ambos países ya no se limita a la derivada de la puntual explotación genérica de los motivos que puedan dar lugar un día a la confrontación abierta –esas islas son mías, dicen los chinos; yo ya estaba allí y mariquita el último, responden los japoneses, etc.-; ahora el riesgo es mucho mayor, porque éstos han incluido en su respuesta maniobras militares conjuntas con EEUU; otras a tres bandas con Australia; el fortalecimiento de su asociación estratégica global con la India, iniciada en el año 2000, e igualmente un mayor acercamiento al ASEAN.

Ésta, si bien aún por completar, es una jugada maestra, porque la reacción china a la acción japonesa –aparte de quitar hierro al establecimiento de la ZIA y decir que se trata de un hecho tan normal que hasta los ofendidos lo hacen- había sido precisamente la de combinar la fuerza frente al Imperio y su aliado nipón con la intensificación de las relaciones comerciales con el grupo de países que constituye el ASEAN; sólo que la voracidad china, que aun sin estar gobernada por Putin considera suyo todo lo que se mueva o no se mueva y no sea de nadie, y a veces aun si lo es, sumada al hecho de haber jugado con las mismas promesas en varias otras ocasiones, ha generado una gran desconfianza ante ella en aquellos países, con Indonesia a la cabeza, a los que quisiera seducir con los pingües beneficios comerciales que les anuncia. Una desconfianza que, por si fuera poco, ha ido in crescendo en paralelo al constante rearme militar chino, y que poco a poco les ha ido acercando más al Imperio y a aumentar notablemente sus presupuestos militares… a imitación, señalémoslo, tanto de Japón como de China.

La situación, por lo tanto, se ha convertido en un polvorín. Por un lado, China ya no puede dejar de responder a todo envite realizado por sus rivales o, sin más, por Japón, si quiere mantener la credibilidad de su aspiración imperial y ganar en la política exterior el prestigio adquirido económicamente; y de hecho ha amenazado con una respuesta violenta y tajante a quienes no se atengan al ZAI. Japón ve cómo las circunstancias favorecen el cumplimiento de la promesa que el actual primer ministro japonés Shinzo Abe –un militarista que disfraza sus propósitos bélicos de “pacifismo activo”- realizara durante la campaña electoral del pasado año de convertir la defensa del país en algo prioritario y autónomo, es decir: incluso más allá del interés de los mismísimos Estados Unidos. Y que Japón se arme, y por su cuenta, tendría que preocupar a su actual amo, dado que se trata de un país que ha cometido algunas de las atrocidades más terribles que han despojado de dignidad a la condición humana –y no se trata sólo la violación de Nanjing-, y para las que la única forma de perdón solicitado ha sido, como en el caso antedicho, su negación. ¿Y cuánto respeto puede merecer, y cuánta confianza ofrecer, a la comunidad internacional un país incapaz de hacer las paces con su pasado? Ese país, finalmente, mantiene en vigor un tratado de defensa con los Estados Unidos, fortalecido ahora a corre prisa, por el que el Imperio se implicaría directamente en la defensa de Japón si las Senkaku fueran atacadas.


En suma: prescindiendo aquí, injustamente por lo demás, de las restantes potencias de la zona y de su obligado rearme en la situación presente, los principales actores parecería que anduvieran tras la chispa que desencadene el conflicto. Un país que ha decidido, a pesar de sus tratados bilaterales con el Imperio, convertir su defensa en una cuestión personal; una potencia económica que necesita la fuerza militar que le permita desarrollar una política autónoma y mantener su crecimiento económico; y un Imperio desgastado y en declive que no quiere ni mirarse en el espejo ni oír hablar del mismo, y con muchos de sus paranoicos halcones pensando que una guerra con China sería la ocasión de rejuvenecer. Un país donde, además, algunos de esos halcones están también convencidos de que es justamente ahora cuando esa guerra sería más fácil de ganar. En tales circunstancias, si la guerra no estalla no será por falta de guerreros ni por falta de armas, y ni siquiera porque quedara un mínimo de prudencia o de humanidad en los intereses de las partes, sino que es más probable que lo sea por falta de seguridad para todas ellas. Naciones Unidas debería plantearse alzar la voz y gestionar el conflicto en nombre de la paz, de la sensatez y de la vida, antes de que el tiempo se le vuelva en contra y deje al futuro sin su oportunidad.
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