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Hagan cuentas


OPINIÓN de Ramón Cotarelo.-  En estas fechas hay mucha tentación de ponernos trascendentes, serios, sentenciosos. El tiempo pasa, ¡ay! La vida va haciéndose y deshaciéndose a su antojo. Poco es el control que tenemos sobre ella. Viene dada, casi impuesta. Las necesidades dictan. La supervivencia manda. Somos víctimas de nuestras convenciones, nuestros prejuicios. Cuando nos damos cuenta, en unos días del año señalados a este efecto, nos indignamos y mostramos nuestro enfado todos a una también por la mercantilización y la falsedad de un momento que debiera ser auténtico. Y ¿por qué este y no todos los demás? ¡Ah! Porque estas fechas son un ritual de renacimiento y, por tanto, purificación. Unos hacen nacer aquí un dios al que matarán unos noventa día más tarde para resucitarlo casi de inmediato y hacerlo renacer en su momento. Otros, en pugna con las religiones, ven aquí el solsticio de invierno, recomienzo del ciclo anual; los días vuelven a alargarse y las noches a acortarse. El retorno, pero no eterno.

El momento es peligroso: reversión de la tendencia, balance del año, propósitos para el siguente, examen de conciencia. La perversa atracción del intimismo, ese que luego se postula como profunda sabiduría en las redes sociales.

No haya cuidado. La realidad circundante, la de tocar, ver, escuchar, oler y hasta mascar si nos descuidamos se impone ante cualquier veleidad de retirada a la torre de marfil. Créanme: me gustaría contar qué mal me llevo con mis recuerdos. Pero intuyo que eso no le interesa a nadie. Sí, en cambio, ver si alguien es capaz de trazar un cuadro de conjunto que tenga sentido de la abigarradísima realidad española. Esta se nos aparece como un mosaico cada vez más amplio y duradero en el tiempo y en el que las piezas van encajado admirablemente en medio de la consternación general. Porque el cuadro que presentan es una especie de reproducción fiel de las desgracias, los vicios, las ineptitudes de la raza desde los tiempos de la unión de Castilla y Aragón: hueras fantasías imperiales, clases dominantes parasitarias del Estado sin ningún espíritu empresarial, un Estado hipertrofiado al servicio de esas clases dominantes, régimen de cesantes en administraciones pobladas de enchufados, dominación de la iglesia, sus dogmas y supersticiones, desprecio del pueblo, al que se explota y se manda periódicamente a la emigración, españolización a machamartillo y todo atravesado por un grado de corrupción en la acción de los poderes públicos y su relación con los medios financieros y empresariales inigualada hasta la fecha en España.

Los papeles de Bárcenas tienen en jaque a toda la dirección del partido a cuenta de los sobresueldos y la contabilidad B. La Gürtel sigue pringándolo todo: estuvo muy presente en aquella boda del Escorial que tiene una pinta cada vez más mafiosa; su poderío en Valencia en tiempos de el Curita Camps fue apabullante; hicieron negocio hasta con la visita del Papa, pues los corruptos valencianos son muy de sacristía. Ahora queda ya claro que la Gürtel pagó las campañas electorales de Esperanza Aguirre a través de esa Fundación FUNDESCAM, de la que nadie quiere hablar. En puridad de las cosas, los resultados de las elecciones de Madrid y Valencia y seguramente también Galicia, favorables al PP, son nulos por obtenidos mediante métodos ilegales. Igual que un juez puede dar por inexistentes miles de mails de Blesa por procedencia ilícita, el electorado podrá dar por no gobernados los cuatro u ocho años del PP en Madrid o Valencia, por no inaugurados los hospitales, los campos de golf o las ciudades de las artes, antes de que se las lleve el viento.

Además de estos dos grandes galeras de la corrupción hoy en los tribunales, el partido del gobierno tiene abiertas asimismo multitud de causas penales por doquier que podríamos llamar autóctonas, personalizadas o singulares: el caso Matas en Baleares, el caso Fabra en Castellón, el Baltar en Ourense y, últimamente los casos Cotino y Blesa.

Del modo esquilmador en que Blesa gestionaba la Caja Madrid hasta quebrarla dan abundante prueba esos ocho mil mails en los que se revelan las operaciones más alucinantes: intervenciones directas o indirectas de Aznar, Gallardón, Aguirre, etc., generalmente en procura de tratos de favor, enchufes, recomendaciones; condonación de deudas a partidos políticos; operaciones para amañar privatizaciones; gastos suntuarios. Todo en beneficio del PP o de algunos de sus destacados dirigentes, así como el propio personal nombrado a dedo en la Caja, incluidos los representantes del PSOE, IU, CCOO, para vergüenza de la izquierda.

En el caso de Cotino, más reciamente español, se mezcla la presunta corrupción con el beaterío y el sectarismo. Este Juan Cotino, que en sus años mozos diz haber sido empresario agrícola, lleva casi veintitrés años de un cargo público de nombramiento en otro. Ha sido concejal, director general, asesor, delegado del gobierno, vicepresidente autonómico, consejero de una cosa, consejero de otra y actualmente es presidente de las Cortes valencianas. Como sectario del Opus es un católico militante que proclama por doquiera su creencia en Dios. No es de extrañar pues con él ha reproducido este el milagro de los panes y los peces, incluso dejándolo chico, ya que, según parece 200.000 euros de un oportuno donativo al PP, se convirtieron en 274 millones de adjudicaciones del PP a las empresas de familiares de Cotino. ¿Cómo no creer de Dios en estas circunstancias? Tanto dice Cotino creer que debe de perder el uso de razón y, así, el otro día comparaba a los abortistas con Herodes por lo de la matanza de los inocentes.

¿Tiene algo de extraño si muchos consideran que, más que un partido político, el PP es una banda de presuntos malhechores dedicados a parasitar el Estado, esquilmar los caudales públicos y enriquecerse fraudulentamente? Y, si esto es así, ¿no habría que instar su ilegalización?

En fin, feliz Nochevieja a tod@s.


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