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PERÚ - Las tres crisis del año 2013


OPINIÓN de Raúl Wiener.-  A manera de balance
Muchas cosas han marcado el año que termina: descenso abrupto de la aprobación presidencial en las encuestas; premierato anodino de Jiménez, seguido por el aún más incoloro de Villanueva; muerte de políticos e intelectuales ilustres; performance económica mediocre, que algunos celebran porque no caímos más en un contexto desfavorable, y otros critican porque “ellos lo hubieran hecho mejor de estar en el poder”; concentración mediática hasta un grado que casi todos consideran como un riesgo, asociada con una fuertísima campaña derechista contra el presidente al que antes alababan y al que ahora condenan por pensar, hablar, viajar, reunirse, etc.

Pero, más allá de todo eso, la sustancia de 2013 ha estado dada por la reiterada tendencia del gobierno a paralizarse frente a crisis que le llegan de maneras imprevistas, que se han sucedido en forma fatigante a lo largo del año, y que están produciendo una alteración lenta pero dramática de las relaciones entre el poder político y los llamados poderes fácticos (gremios empresariales, grandes medios, tecnocracia, Fuerzas Armadas y Policía, Poder Judicial, Fiscalía, etc.) y entre las minorías del Congreso y el oficialismo, que está creando una creciente sensación de ingobernabilidad en el país-

Para fines de análisis hemos ordenado lo que ocurrió en el año en tres grandes crisis:

- La crisis del pensamiento, o de la idea de comprar los activos de Repsol;

- La crisis del pacto pragmático imposible, o de la repartija;

- La crisis de los policías que protegían al bandido o del “operador montesinista”;

Tragicomedia

No es objeto de esta nota volver a contar lo que ya vivimos, pero sí subrayar la artificialidad de los problemas y la tendencia del gobierno a caer en las trampas de los que sienten que ya se sirvieron del viraje del presidente para asegurar el continuismo y que ahora están reclamando todo el poder para ellos. Hace unos días, uno de los directores del pool familiar de la prensa recordaba la frase de Álvaro Vargas Llosa del año 2011, cuando aseguraba que ayudándolo a ganar la segunda vuelta se convertiría a Humala en el mejor antídoto contra el chavismo en el Perú, a lo que apuntaba que si bien no le creyeron en la campaña, luego resultó cierto. Pero, ahí venía lo principal, ya ese rol se agotó, o sea Humala ya no les sirve, que es lo que hemos podido ver en lo que ocurrió a lo largo del año.

Respecto a la oferta de Repsol, el pecado presidencial efectivamente fue imaginar que el Estado podía participar en una recomposición de la propiedad de los activos petroleros de la empresa española (refinería, envasadora de gas y cadena de grifos), la mayoría de los cuales habían sido previamente del Estado a través de Petroperú, y conversar con sus directivos acerca de los términos de una venta que hasta ahora no se concreta. El haber admitido públicamente estos pensamientos y movimientos preliminares, le costó al presidente perder “la confianza” del poder económico y mediático. El presidente de la CONFIEP, lo regañó como a un hijo que comete una malacrianza y en el CADE los ejecutivos contestaron la encuesta que se hace al final del evento, expresando aprobación para el ministro Castilla (95%) y desaprobación para el presidente (48%).

En Perú 21, Fritz Du Bois afirmó que el presidente no tenía por qué pensar y el final abrupto de la batahola, con la primera dama zanjando el tema con la frase “si los números no cuadran, no va” (y no fue), no hizo sino empeorar las cosas al reflejar un gobernante indeciso, vapuleado y salvado de la peor forma por su consorte. Para todo efecto, Humala se convirtió en un personaje que mantiene un modelo económico contra sus más íntimos pensamientos, lo que obliga a tenerlo bajo presión constante para que no se vaya a disparar.

El caso de la repartija, fue diferente en el sentido que el rechazo nació de abajo ante el intento del presidente del Congreso de darle una solución “práctica” al entrampamiento para lograr conformar una mayoría calificada para el reemplazo de los miembros del Tribunal Constitucional con período vencido, y el nombramiento del nuevo Defensor del Pueblo y los integrantes del directorio del BCR, y conseguir de paso un acuerdo de todas las bancadas para su pretensión de hacerse reelegir en el cargo. Fracaso en toda la línea, que sirvió para mostrar que en el Perú actual, la alta polarización política hace imposible acuerdos más o menos de principios, y que la fragmentación conduce a la repartija, que a su vez desata la protesta social.

Todos los términos de la polaridad electoral del 2011, afloraron en las movilizaciones de julio contra el pacto entre oficialismo, fujimorismo y toledismo, que finalmente tuvo que ser revocado. El balance: un Congreso aún más desprestigiado (9% de aprobación), el gobierno que pagó parte de las consecuencias y una tendencia política-social incipiente a escapar del control de los partidos. Dos ideas más: el gobierno siempre retrocede, cuando sufre una presión significativa; el único “consenso” del Perú político es entregar la economía a la tecnocracia ligada a organismos internacionales, como ocurrió con el directorio del BCR que finalmente es lo único que ha sido nombrado, sin el menor respeto por la pluralidad de ideas.

El espía que caminaba desnudo

Pero, sin duda, la gran crisis del año y del gobierno, fue la que comienza con el informe periodístico mostrando una escandalosa vigilancia en los exteriores de la casa donde vive el exfuncionario del gobierno de Fujimori, al que se le vincula con el llamado “montesinismo”, Oscar López Meneses. Un supuesto espía y experto en acciones encubiertas, al que sin embargo le gusta exhibirse con gestos de poder que van desde los patrulleros y portatropas delivery, las recepciones en locales militares y policiales, las reuniones fotografiadas con altos mandos, etc. Llevamos casi tres meses preguntando quién ordenó y para qué lo hizo, en relación a la supervigilancia a domicilio. El presidente afirma que fue un acto de corrupción policial, de venta del “servicio” para lobistas que quieren dar a entender a sus clientes que el poder está con ellos.

Los críticos han dicho, por su parte, todo lo que podían decir: que había un centro de chuponeo, que Montesinos era llevado a la casa para reunirse con gente del gobierno, que la vigilancia impropia probaba que Villafuerte era otro Montesinos, que Rospigliosi y Chichi tenían razón cuando dijeron el 2011 que votar por Keiko era votar contra el montesinismo, etc. Pero lo cierto es que, a pesar de lo confuso y deleznable de esta crisis, donde hay altos indicios de provocación que parece que muy pocos ven, el gobierno se paralizó, entregó cabezas (ministro del Interior y asesor presidencial), descabezó a la Policía y no pudo con el presidente del Comando Conjunto, desmovilizó a su nuevo primer ministro y cayó en una serie de errores en el manejo de las investigaciones, permitiendo que se diga que quería ocultar algo, que nadie sabe que es.

La crisis del “operador montesinista”, es emblemática porque nadie entiende cuáles eran las operaciones en las que participaba el personaje y lo más curioso es que este tema a nadie le interesa, sino el de acusar de que son los otros los que tienen la relación con tan indeseado personaje. El balance es que se ha acentuado la desorientación y aumentado la debilidad del gobierno, reforzando la agresividad de una derecha que al mismo tiempo se da el lujo de sacarle cosas a Humala a través de sus operadores tecnocráticos, la más reciente de todas la norma que abre paso a la privatización de lo que queda de Petroperú.

La crisis por cierto no ha acabado y es evidente que no va a ser la última, sino que se vienen otras tan artificiales o reales como las que hemos vivido. Hay que prepararse para tiempos de aguda turbulencia.

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