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Una democracia beata y cuartelera, con Mariano Rajoy al mando


OPINIÓN de Joan del Alcàzar.- Si son tantísimas las personas, los ciudadanos, que consideran que la democracia no puede ser en ningún caso el mero ejercicio del voto cada cuatro años, ¿cómo es posible que la estrategia de gobierno del Partido Popular presidido por Mariano Rajoy no provoque una rebeldía contundente de esa misma ciudadanía? ¿Hasta cuándo la mayoría de los ciudadanos españoles va a aceptar vivir en un territorio que cada vez se parece más a un cuartel militar con los curas dictando las pautas de conducta y convivencia?

El Partido Popular ha defendido desde que volvió al poder tras la victoria aplastante en las elecciones legislativas de 2011 que ellos, visto lo que habían encontrado, conocida de cerca la herencia dejada por los socialistas de Zapatero, no tenían más alternativa que abandonar su programa económico para poder salvar a España. Y ese abandono llegó hasta el punto de poner en práctica lo contrario de lo que habían prometido en su contrato electoral. Esto en materia económica, claro. Y no les importó, -al contrario-, comenzar a recortar el gasto público por aquí y por allá; dinamitar el marco de relaciones laborales, poner patas arriba la enseñanza pública, atacar de manera feroz la sanidad y la intervención social, inyectar dinero a una parte del sector bancario hundido por gestores ineptos y corruptos al mismo tiempo, y explicar a todos que sólo ellos –los del PP- conocían las medidas que era necesario aplicar. Pronto, aseguraban, el sol de España se impondría por sobre las tinieblas de la herencia socialista recibida. Una mentira más.

Pero no todo ha sido economía. En otros terrenos tampoco les ha importado quedarse solos en la mayor parte de las votaciones, tanto en el parlamento de Madrid como en los diversos parlamentos regionales. Al contrario, han exhibido un orgullo que ha recordado con frecuencia aquella impostada bravura franquista de enfrentar permanentemente el supuesto contubernio de los eternos enemigos de España, conjurados para atacarla. Sólo faltaba la complicada situación en Cataluña para que Mariano Rajoy acelerase la contrarreforma reaccionaria, ya inequívocamente franquista, para imponer un nuevo marco legal en lo que llaman la seguridad ciudadana junto a una vuelta al pasado más negro en materia del derecho a decidir de las mujeres en materia de embarazos.

Fernando Vallespín escribía el otro día que, al parecer, el gobierno Rajoy ha interiorizado aquella sentencia de Manuel Fraga –su mentor político- de la calle es mía. Para el actual PP, Hacienda es mía, la educación es mía... Es decir, que, podríamos concluir, el partido de Rajoy entiende que España es suya. Tan suya que la corrupción propiciada por el mismo partido ha hecho metástasis en todo el país, e incluso la policía ha pasado horas y horas buscando documentos de la contabilidad en negro en el Sancta Sanctorum partidario en la madrileña calle de Génova.

Además, lo que está pasando en Cataluña, ese deseo que crece cada día en ciudadanos que aspiran a librarse de una España cuartelera y beata, de ordeno y mando, devota de Frascuelo y de María, podría darse -con las lógicas variaciones- en otros territorios peninsulares. Joan Subirats escribía recientemente que lo que resulta extraño no es lo que ocurre en Cataluña, sino que en otras regiones autónomas colectivos importantes de ciudadanos no se rebelan también ante una estrategia que conduce inequívocamente al desastre.

El Partido Popular de Rajoy está haciendo girar hacia atrás las agujas del reloj, casi hasta la década de los cincuenta: Santiago y cierra España, Donde no llegamos con la mano llegamos con la espada, Usted no sabe con quién está hablando, y el domingo, a las doce, todos a misa.

A estas alturas, por tanto, la rebeldía democrática es una obligación, un imperativo categórico que la ciudadanía no puede descuidar. Y la insubordinación se manifiesta con la movilización cívica, la participación en los diversos espacios abiertos por los movimientos sociales y con el ejercicio del voto. Hay que castigar con contundencia la política neofranquista del PP, hay sencillamente volver a ubicar a España, política, social y culturalmente en la segunda década del siglo XXI.


*Joan del Alcàzar, Departament d'Història Contemporània, Universitat de València


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