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Derechos


OPINIÓN de Rafael Fernando Navarro.-  A los pocos días de tomar posesión el actual gobierno del Partido Popular, empezó a dejar de cumplir todas las promesas electorales y a construir un nuevo modelo de sociedad basado en un giro ideológico que nada tenía que ver con el conseguido a la muerte del dictador y bastante parecido al sufrido durante sus cuarenta años de gobierno. Desde el inicio de la democracia fuimos haciendo un camino amasado con la lucha y la sangre de quienes nos habían precedido en la lucha. Nos creció la libertad como un esfuerzo pisoteado por botas militares que nunca permitieron la iniciática de cada ciudadano para hacerse a sí mismo ni para conseguir una pluralidad intelectual que nos pusiera en la historia como sus hacedores y no como pacientes.

Poco a poco nos fuimos marcando metas y consiguiendo superarlas para llegar más allá. Porque la democracia no es un dato, sino una empresa que debe crearse cada día. Y universalizamos la sanidad y la enseñanza. Y convertimos a los viejos en jubilados con su razón de alegría de haber vivido. Y la mujer empezó a ser mujer porque el macho se hizo hombre. Y la Constitución nos reconocía unos derechos siempre en espera de ser cumplidos, nunca alcanzados, pero derechos: al trabajo, a la vivienda, a la igualdad de oportunidades, a la posibilidad de que el corazón fuera libre de amar a quien quería amar, a unos convenios laborales que nos defendían frente a la arbitrariedad del patrón. Y cada cuatro años elegíamos libremente a quienes deberían representarnos politicamente. Serían representantes del pueblo, no propietarios. Administradores legales, no usurpadores. Incluso podrían tener mayoría parlamentaria, pero conscientes siempre de que la mayoría absoluta es del pueblo. Legislarían, pero sin perder nunca de vista que el verdadero poder reside en la ciudadanía. Por tanto, y pese a la legitimidad adquirida en las urnas, ningún gobierno puede revolverse contra el pueblo sin caer en la tiranía de una dictadura cualquiera.

Fuimos disfrutando de un estado de derecho, con una conciencia siempre provisional y la mirada puesta que lo que quedaba por delante, lo cual significaba que se iban ampliando con el esfuerzo de todos hasta una utopía inalcanzable, pero real, como lo es el horizonte intangible, pero deseable.

Pero un día apareció eso que los malavaristas perversos del idioma llamaron crisis. El dinero no estaba donde tenía que estar. Y surgió la deuda externa y la prima de riesgo y las agencias de calificación. Y Europa se hizo nuevamente esclava, como cuando Mussolini, Hitler, Franco, estafadores de la historia, con las manos llenas de sangre, y el alma sembrada de cementerios, Pero ahora se le llamaba crisis. La elegancia no permitía llamarle estafa, ni genocidio económico. Había una Merkel que pisaba la hierba que no volvería a crecer. Pero ella era nada menos que una lideresa salvadora de los valores de occidente.

Y apareció la pobreza, el hambre, el abandono de enfermos y dependientes, y se entregaron a empresas los hospitales, la enseñanza. Y fue negocio el hambre, el dolor, la vejez. Y el trabajador regresó a la categoría de esclavo chantajeado, obligado a trescientos euros de jornal o a consentir los aullidos de los estómagos de sus hijos, a emigrar como entonces, aunque con un portátil supliendo la maleta de cartón.

Y aprovechando la carestía económica se promulgó una ley de seguridad ciudadana para abortar la libertad de expresión, de reunión, de manifestación. Y los supuestos delitos sometidos a criterio judicial pasaron a ser faltas administrativas para que el simple criterio policial sirviera para condenar a alguien. Y Gallardón sometió a su criterio doctrinal el cuerpo femenino, sus úteros, sus ovarios para prohibir a la mujer ser mujer hasta que él lo decidiera mediante la expedición de su carnet de madre con el visto bueno de la jerarquía católica. Y se decidió que la píldora del día después fuera pecado porque pecado es disfrutar del sexo sin horizonte procreativo. Porque nuestro gobierno quiere lo que quiere Dios y los mandamientos están por encima de la conciencia y de la Constitución.

Y esa mayoría parlamentaria bosteza de aburrimiento ante la mayoría absoluta que sólo la ciudadanía posee como derecho irrenunciable.

Es cierto que cada recorte afecta al estómago, a la educación, al dolor, a los ovarios, al trabajo. Pero en el fondo lo que se busca es una amputación dolorosa de derechos. El arbitrio del patrón sobre el salario, el horario, los turnos y demás, es sobre todo arrancar derechos. Cuando a la mujer se le prohíbe ser mujer en toda su capacidad y grandeza de decisión, lo que se está coartando es su derecho a ser mujer. Cuando a un estudiante se le veta una beca o se le encamina hacia una estudio estricto de la religión se le está aplastando su derecho a ser o no religioso y se le está sometiendo a disciplina de Opus o de sotanas. Cuando la libertad de expresión o manifestación se tapa con una ley que amordaza, se están pisoteando los derechos más elementales y que tanto trabajo costaron.

El dinero tal vez lo recuperaremos un día más o menos lejano. Los derechos has sido incinerados y guardadas sus cenizas en una urna como recuerdo de un ayer y de un mañana que pudo haber sido y no fue.





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