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Erdogan: el héroe villano


OPINIÓN de Antonio Hermosa.- Tres victorias electorales consecutivas dan para que uno pueda lanzarse al ruedo de la política nacional como un simple Erdogan y se transforme allí en un tirano más; en tal caso, repárese, no doy crédito a las voces enemigas que nos lo pintaron siempre como ahora, fiando a la llegada de la ocasión propicia su metamorfosis autocrática: ello supondría saber esperar y la virtud de la paciencia no la veo muy avenida al torrencial líder turco. Lo cierto es que los días de rosas y vino parecen querer irse de su lado para siempre, y quien aspiró un día a restaurar el añorado Imperio Otomano –o, al menos, la parte llamada Sultán- y convertirse en amo de Turquía primero (o incluso en zar turco, dada su similitud con Putin en su proverbial delicadeza en el trato con la oposición) y nuevo caudillo del mundo musulmán después, avalado por la imagen de una Turquía en galopante desarrollo económico y consolidado pedigrí musulmán-democrático, bastante tiene hoy con urdir nuevas tramas autoritarias con las que escapar de la red que la justicia está tejiendo sobre él, al precio de sacrificar definitivamente el matrimonio de su régimen con la democracia.

Erdogan, ciertamente, no es tan bueno como para haberlo hecho todo mal. Ni mucho menos. En los inicios de sus once años de gobierno, y durante mucho tiempo después, las noticias procedentes de Turquía impulsaban al optimismo incluso a los descreídos de que una fe religiosa cualquiera, pero sobre todo ésa, la musulmana, pudiera recibir el sacramento democrático. ¿El país en el que la geografía une Europa con Asia sería también el país donde la historia uniría libertad e Islam? El escepticismo creció a duda y la duda a tentación. Pero ahí, a las puertas del deseo y de la formación de una nueva creencia, el viento de la modernización política comenzó a replegar sus alas.

Erdogan tuvo la fortuna política de irrumpir desde fuera en un contexto de autoritarismo político envenenado por una corrupción ya sólo comparable a la surgida durante sus mandatos. Pero supo aprovechar la ocasión y reinstaurar un orden político que daba voz a una población muy mayoritaria marginada y humillada por las élites kemalistas, que gestionaban la herencia del fundador de la Turquía moderna desde sus dos instituciones enseña: el ejército y la magistratura. Lo hizo mientras proseguía el deseo de Atatürk de occidentalizar Turquía acercando su país a la Unión Europea, un sueño que para él no implicaba renunciar a las señas de identidad islámica del país, y cuya realización requería modificar leyes, inventar tradiciones, renovar opiniones, liberalizar costumbres y desenquistar prejuicios.

E hizo todo eso mientras enganchaba el vagón económico de su país a la locomotora del desarrollo, aumentando el poder adquisitivo de millones de familias, cuyo estatus pasaba de ahijados de la pobreza a miembros de una clase media ampliada, elevando con ello la autoestima personal de las personas al tiempo que su orgullo de ciudadanos turcos; cualidades ambas que se fortalecían al constatar tanto el reconocimiento por la comunidad internacional del nuevo estatuto adquirido por Turquía en cuanto potencia militar, como la irradiación del prestigio del país a lo largo y ancho del mundo musulmán. Al tiempo atacaba las bases históricas del poder kemalista, consolidando un mayor control civil del ejército y legal del poder judicial; en los últimos tiempos, además, el prestigio personal del titular del ejecutivo aumentaba al autorizar el inicio de negociaciones con los kurdos y al diluir, si bien no de manera permanente, la tensión con los armenios, los dos conflictos tabú que la historia ha legado a la política turca, y solo nexo común, junto al nacionalismo, entre el Partido de la Justicia y el Desarrollo de Erdogan y sus otrora enemigos internos.

Sería precisamente el resplandor de la autoestima y el orgullo de los ciudadanos turcos, al obnubilar la crítica racional, la baza de la que se serviría Erdogan para ir disimulando el peligro inmediato o potencial de los diversos obstáculos que iban apareciendo en escena, a saber: la preservación en el código penal de delitos de conciencia, que comportaban la deificación de Turquía, vale decir: el rebrote del nacionalismo; el nepotismo, la concentración del poder en el ejecutivo, la personalización de la política, la subordinación del partido al gobierno, la irrupción permanente, aunque como en sordina, de la musulmanía en la vida pública, el desprecio de la oposición: elementos todos ellos constitutivos de un régimen; y, en fin, la sólita dama de compañía del acaparamiento del poder y su ejercicio casi monopolista, máxime en países sin tradición democrática: la sumisión de la política a los negocios con la consecuencia de una corrupción galopante. Por la actitud del primer ministro ante la conversión de los nuevos problemas en conflictos diríase que él mismo fuera el primer cegado por el resplandor de su éxito.

O eso, o, más probablemente, un desalmado cinismo. Sea cual fuere el caso, la reacción a todas luces extemporánea de Erdogan ante las protestas populares suscitadas por el plan de convertir el Parque Gezi de Estambul en un centro comercial y, recientemente, la causada por la dimisión de tres de sus ministros más próximos debida a los escándalos de corrupción en los que se hallan envueltos familiares de los mismos, incluido un hijo suyo, revelan la imagen de una persona que o finge creerse sus propias mentiras o desconoce cuanto sucede a su alrededor; un hombre para el que la divinidad es la deificación de su persona y que por tanto ha perdido pie en la realidad. De ahí que haya recurrido al complot universal en su explicación del mal que le rodea.

Todo, en efecto, conspira en contra de Erdogan al decir de Erdogan: Israel (el sionismo, más en concreto), Estados Unidos, los grupos de interés, Alemania, a través de la Lufthansa, los medios, internet: todo está lleno de “traidores y de espías”; y en ese todo, cierto, caben también los enemigos internos, incluso los internos-internos, es decir, los de su mismo partido: ese grupo apiñado en torno al clérigo islámico Gulen, que desde Estados Unidos ha concebido el acto demoníaco de derrocar al nuevo preferido de Alá, el cual, dicho sea de paso, junto a su profeta Mahoma, parece ser el único dejado fuera de la conspiración. Son los acólitos del imán (quien pidió que el fuego de Alá cayera sobre las moradas de los partidarios de Erdogan, y al que éste respondió diciendo que empujarían a los suyos hasta el mismísimo infierno, pero, eso sí, hechos pedacitos: un debate político de una altura desconocida, como habrá constatado el lector), incrustados en la policía y en los tribunales los que habrían urdido el invento de la corrupción del PKA y los que, puntualmente, fueron castigados por el sultán in pectore con un cambio de destino.

En coherencia con tales reacciones se hallan sus consecuencias, las cuales ponen de manifiesto cómo los rasgos del tirano se han ido superponiendo a los actos del político y que, de seguir así, la megalomanía de Erdogan no vacilará en sacrificar la democracia turca en el altar de su ambición. Su directa intromisión en la esfera de la justicia humilla la separación constitucional de poderes; el castigo de los presuntos culpables sin esperar a juicio delatan la existencia de un amo en el derecho penal más allá de la norma y de quien debe aplicarla; su apelación a castigos ejemplares ante una tropa de fieles es, sí, parte del ritual caudillista, pero con él se está diciendo que cuando sea necesario, esto es, cuando decida el caudillo, la política sustituirá a la ley. Y todo ello cuando la justicia acumula pruebas acerca del vínculo de su partido con la corrupción, los hechos hablan con su tozudez habitual, los testimonios de algunos implicados lo acusan abiertamente pidiendo su dimisión y el sentido común, pugnando por salir ileso en medio de esa marea de cinismo y desvergüenza, apunta en la misma dirección que la justicia: factores todos que dañan irreparablemente su credibilidad. Naturalmente, quien denuncia o critica tamaña arbitrariedad ya conoce que su destino probable es la cárcel, pues no en vano Turquía, por segundo año consecutivo, es el país con más periodistas en prisión, según el informe anual del Committee to Protect Journalists, con sede en Nueva York.

Erdogan y el PKA hicieron de la honestidad su bandera electoral. La corrupción ha demostrado ser más democrática y tolerante que ellos, pues los ha acogido en su seno maternal con la misma generosidad que a los demás inquilinos del poder –político y social-, sin importarles ni su historia, ni sus promesas, ni su edad, ni su profesión de fe, baladronadas sin más todas ellas hoy. Es el poder y no el Islam lo que les ha corrompido, es su ejercicio cuasi monopolista y no sus creencias religiosas. Pero también es verdad que el Islam favorece la corrupción con sus dogmas, tanto por las relaciones entre política y religión que establece, por la represión de la sensibilidad que ejerce, por el ámbito jurisdiccional en el que se aplica –la entera vida del creyente- y quizá más aún por el vínculo político que establece entre los detentadores del poder y sus destinatarios, que lejos de ser la abstracta de un gobernante con los ciudadanos es la personal del jefe con sus subordinados, o mejor, la del pastor con su grey, al menos en el caso de Erdogan. Esas masas que acuden raudas a su cita, que escuchan arrobadas sus discursos poblados de resentimiento y mentiras, y que acto seguido desnudan sus pechos para ofrecérselos como escudos a su nuevo profeta; esas masas dispuestas a dar la vida por la de su caudillo, que invitaban al pastor a proseguir con su amenaza a sus detractores sonriendo mientras cuenta a sus futuros mártires, son la prueba viviente de que en el Islam, como en las demás tradiciones autocráticas y liberticidas, no hace falta corromperse para promover el autoritarismo (y, en otro contexto, la prueba viviente de que cierta España está más cerca del Islam que de Inglaterra, por poner un ejemplo).


Las elecciones del próximo 30 de marzo revelarán si el cazador Erdogan ha sido cazado o si la democracia en Turquía empieza a ser su más preciado trofeo de caza.


*Antonio Hermosa es profesor en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Sevilla
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