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Agilidad democrática

OPINIÓN de Rafael Fernando Navarro.- Creo que fue Santiago Carrillo que el acuñó aquel axioma que tranquilizaba su conciencia antimonárquica con su adhesión a la monarquía posfranquista: “No soy monárquico, soy juancarlista” Y desde entonces son muchos los que resguardan su sentido republicano en una personalización del monarca que acaba de renunciar al trono para colocar en él a su hijo Felipe.

La transición inaugurada a la muerte del dictador creo que no merece el desprecio al que se le somete desde la perspectiva del dos mil catorce. Hoy los militares están sometidos al poder civil, los que añoran El Pardo como faro iluminador de los destinos patrios son minoría, disfrutamos de una libertad casi impensable en aquellos momentos y, pese a todas las trabas a nuestros derechos, somos capaces de exigir sin miedo a represalias los que hemos conseguido en treinta y tantos años de democracia. Pero en aquellos momentos había demasiadas garras aferradas a un pasado donde una minoría ostentaba un poder omnímodo frente a una mayoría silenciada. Poderes fácticos le llamaban. Poderes militares e Iglesia.

Franco nos incrustó un monarca que juró su cargo ante los santos evangelios, prometiendo cumplir los principios fundamentales del movimiento, es decir, comprometiéndose a una continuidad del régimen dictatorial. El pueblo no estaba por el continuismo. Pero a muchos no les convenía la ruptura con aquel pasado surgido de un golpe de estado y lucharon por su perpetuación sin fisuras. Y entonces se hizo lo que se pudo hacer. Por eso creo que pecamos de injustos si aplicamos criterios de presente a lo que fue un pasado angustioso, hilvanado con el miedo en las costuras.

Las fuerzas políticas de aquel momento tenían sus propias características históricas. Y entre ellas su republicanismo o su adhesión a una monarquía impuesta, pero que respondía al anhelo de que fuera un rey quien presidiera el estado. Y los partidos con corazón republicano aceptaron la monarquía, no en cuanto sistema, sino en cuanto encarnada en una persona concreta, Juan Carlos de Borbón. De ahí la renuncia de Santiago Carrillo a su republicanismo en tanto en cuanto él preveía que la monarquía sería una etapa breve y se terminaría en ese juancarlismo aceptado.

Treinta y tantos años ya. Y la monarquía empieza un nuevo caminar. Termina la etapa de Juan Carlos y los partidos mayoritarios se apresuran a colocar a Felipe VI. La cúpula del PSOE afirma que tiene un corazón republicano, pero se niega a romper el pacto constitucional. A esa cúpula se le ha parado el dinamismo histórico, se ha quedado sin sístole y diástole y tal vez por eso da la impresión de que está tan anclada en el ayer, en viejos parámetros, que se nos ha muerto entre las manos y carece de fuerza vital para aspirar a un nuevo gobierno. Le chorrean los votos, se desangra, y las encuestas proclaman su agonía. Y cuando la historia les brinda la posibilidad de resucitar su corazón republicano, esa cúpula se empeña en acallar su latido y convertirlo en estatua de sal. Felipe, Zapatero, Rubalcaba se niegan a debatir un cambio y lo imponen a sus bases. Se han instalado en la comodidad de la inercia y se han vuelto incapaces de hacer historia de futuro, hundidos la historia ya hecha.

Ignoro si los que exigen un cambio en la jefatura del estado son mayoría o minoría. Creo que el factor numérico carece de importancia. Lo realmente definitorio es el derecho de elección. La democracia consiste en los resultados, no en cifras preconcebidas. Si una vez preguntados los ciudadanos por sus gustos resulta una opción u otra, todos deberán someterse a la elección de la mayoría. Pero no se puede negar de antemano el derecho a esa elección por la presumible estadística de que corresponde a una minoría el deseo del cambio. Las mayoría brota de las urnas, no de apreciaciones preelectorales ni de sondeos de intenciones.

Son muchos los que están cosificando la democracia. Y una democracia quieta, estática, a la que se le niega su carácter dinámico es una democracia muerta a manos de los que se proclaman demócratas. Y esto es un crimen terrible. Malo es que a la democracia la mate un golpe militar. Peor es que la destrocen los propios demócratas.

Esta quietud complaciente de quienes se niegan a someter a la decisión ciudadana un elemento clave de la democracia, se alimenta de la distancia del pueblo que es en definitiva su auténtico propietario. A los políticos les entregamos el poder, pero la democracia está siempre en manos del pueblo. Y cuando los cabecillas de los partidos se la apropian están atentando contra ella, tal vez no con tiros en la nuca, pero sí con sables de plásticos pobres pero dañinos comparados en una tienda de los chinos.

La democracia no es, se hace día a día. Y quien pretenda amputarle su agilidad está colaborando a su muerte.

 

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