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El cansancio de ser pobre

OPINIÓN de Rafael Fernando Navarro.- El ser humano es una finitud. Y por esa finitud que somos, disfrutamos limitadamente de todo y de todo nos cansamos también de forma limitada. Por eso no hay mal que cien años dure.

Lo decía un poeta, pero perdonen que no recuerde el nombre. León Felipe, tal vez: “Cabe aún mucho dolor o mucho amor en cada hombre” Porque somos una finitud infinita, una hondura estrecha pero profunda. Nos limitan las paredes pero llegamos muy a fondo en verticalidad. Y ahí se alojan las penas, el dolor, el cansancio, el hastío, la desesperanza, la angustia, la duda. Es cierto que revolviendo en ese marasmo encontraremos sin duda amor. Pero es tal la confusión, el desorden que hasta llegar a él tenemos que ir palpando miserias y más miserias. Y uno llega al mor agotado, con las manos sin huellas dactilares, sudorosas y amargas. Y encuentra la plaza grande del amor, pero se te ha pegado la piel del sufrimiento, del hastío, de la desesperanza y amenazan con amargarte el beso, la caricia, el encuentro sublime de la carne.

Los bienes están en el mundo para los humanos, para todos los humanos. Pero como lobos (a lo mejor Hobes tenía razón) nos lanzamos sobre la presa y cada cual pone toda la energía en llevarse la porción más grande y más sabrosa. Mariano Rajoy defendía cuando era más joven que había una selección natural mediante la cual unos estaban destinados a la plena posesión y otros a las migajas sobrantes. Y lo defendió en más de un artículo. Era joven y sólo le era posible enunciar una aberración de este tamaño. Pero soñaba con llegar lejos en política y entonces, pensaba, me convertiré en un defensor de esta cosmovisión tan evidente. Y un día llegó a presidente de gobierno. No había soñado con tanto, pero el dedo orgásmico de Aznar le había señalado el camino. Y a falta de una foto gloriosa de las Azores y de un Irak con armas de destrucción masiva, se reunió con las cabezas de Europa y les advirtió que le iba a costar una terrible huelga su decisión de amputar derechos de los trabajadores, de destruir la sanidad para conseguir que los ricos se forraran con el dolor de los pobres, que las pensiones se descolgarían varios puntos porque los viejos como los dependientes no son productivos y arruinan el déficit, la enseñanza la iba a circunscribir a los de billetera fuerte porque es más fácil engañar a los analfabetos que a los cultos, conseguiría que hubiera niños con hambre y que resurgieran las cartillas de racionamiento como en los mejores y haría trabajar a las ONG para que suplieran la justicia por la caridad.

Rajoy era un hombre feliz. Se le notaba cada vez que se asomaba al plasma de alta definición. Se sonreía con el labio superior porque el inferior estaba en posesión de Bárcenas, de la obra de Génova, de los discos duros destruidos y el juez Ruz se lo tenía embargado. Y esa sonrisa a media asta le daba un aire de cementerio en fiesta. Pero por dentro, tenía una inmensa alegría. Además le había servido la herencia recibida para culpar a los demás. Y de paso que abría esa zanja entre ricos y pobres, aprovechaba para usurpar vaginas y úteros, dar libertad a los chinos tapando la boca de la justicia universal, obligando a los republicanos a quitarse las chapas tricolores del alma, aforando a los reyes magos por si traían carbón envenenado.

Los mesías de la historia nunca se dan cuenta de que las guerras las hacen los ricos, pero que las revoluciones las fraguan los pobres. Y que los pobres también se cansan. Y que un día toman la calle y exigen que se les devuelva la dignidad y los derechos pisoteados, un techo y un trabajo, un salario justo porque de lo contrario se puede atragantar el caviar en algunas gargantas, que una madre no se muere impunemente cuando de carencia de cuidados médicos se trata, y que los viejos, los dependientes son humanidad sufriente pero con puños, y que los niños con hambre pueden ser vengados por los padres con orgullo. Y…

Rajoy debería tomar conciencia que los pobres también se cansan de ser pobres.

 

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