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¿Qué piensa Felipe VI?

OPINIÓN de Rafael Fernando Navarro.-  La abdicación de Juan Carlos Primero y la llegada al trono de su hijo Felipe VI, ha levantado una oleada de opiniones y ha puesto sobre el mantel de la historia la necesidad o la posibilidad al menos de una consulta al pueblo sobre sus convicciones monárquicas o republicanas. Y se han oído argumentos para todos los gustos, porque unos y otros necesitan defender sus posturas. Y sobre todo los monárquicos han esgrimido razones no siempre fundamentadas. No es el momento. La monarquía aporta un elemento de estabilidad. Los años más tranquilos han tenido como protagonista a la monarquía. La Constitución avala una jefatura del Estado residente en un rey. Para cambiar la situación actual hay que hacer un planteamiento que sólo puede llevar a cabo una mayoría votada en las urnas. Nada puede depender de lo que se pida en la calle porque la soberanía reside en el Congreso de los Diputados (afirmación claramente anticonstitucional), etc. En definitiva, no se ha entendido la voz de ciertos sectores ciudadanos que exigen un referéndum, no para cambiar la jefatura del estado, sino sólo para saber si se prefiere una monarquía o una república. Y una vez manifestada la opinión de los ciudadanos, todos se someterían a la elección mayoritaria. Por tanto, no es un cambio lo que se ha pedido, sino una consulta para conocer el deseo del pueblo que es el auténtico dueño de la democracia. Pero esta postura o no se ha sabido entender o no se ha querido tener en cuenta.

Nuestra democracia no sólo es representativa, sino que es y debe ser sobre todo participativa. Esta participación, esta necesidad de tener en cuenta de forma constante la opinión del pueblo, es la auténtica democracia donde todos nos sentimos implicados y responsables de la marcha del país y de la hechura de la historia. Pero hay demasiados intereses en afincarse en la representación excluyendo la participación. Los elegidos en las urnas no pueden apropiarse la esencia democrática. A ellos les hemos entregado nuestra representación, pero los ciudadanos seguimos siendo los dueños de la democracia. Y los que subordinan esa participación a la representación exhalan un tufillo sospechoso de estar al servicio de los políticos de turno por extrañas motivaciones.

Y aquí está Felipe VI. Más joven que su padre (evidente), mejor salud que su padre, no puesto por Franco, como su padre, mejor preparado que su padre y muchas coordenadas que lo diferencia en positivo con su padre. Estos son argumentos que proponen los monárquicos y que reconocen seguramente también los republicanos. La evidencia nadie la discute.

Pero la monarquía parlamentaria me sabe a presencia desnatada, sin conservantes ni colorantes. Es una asepsia que no infecta, pero que tampoco le dice nada al paladar. Un monarca parlamentario es un portavoz del gobierno de turno. Un ente sin posibilidad de opinión siempre está por debajo de un ciudadano a quien nadie le puede negar su capacidad de discernimiento. La sangre azul revierte en añil aguado incapaz de despertar la visión hermosa de un color brillante. Y Felipe VI no debe opinar sobre el paro, el hambre, los desahucios, la educación, la sanidad. Le está prohibido. Cuando en los servicios informativos de radios y televisiones se afirma que el rey se hizo eco de la economía del país, de las necesidades del país, del presente o futuro del país, están diciendo en realidad que el gobierno le ha entregado unos folios para que revele lo que el gobierno piensa sobre esos temas. Toda la magnífica preparación del rey queda reducida a un servicio al gobierno que tiene detrás. Y sin que lo siguiente signifique ninguna falta de respeto a quien ostenta la jefatura del estado, me atrevería a decir que es un locutor que narra lo que se cuece en la Moncloa.

A estas alturas alguien me puede argumentar que un presidente de república desempeñaría también un papel similar al del rey. No es del todo exacto, pero lo admito. No obstante, me parece fundamental que confesemos que el presidente de la república es fruto de una elección libérrima de la ciudadanía, mientras que un rey es la consecuencia de un óvulo y un esperma coronados, de una cama enamorada donde se han amado Sofía y Juan Carlos. Y algunos ya empiezan a pensar en la preparación militar e intelectual de una niña de 9 años, Leonor, que proviene de Felipe rey y de una periodista hermosa como una brisa, nieta de un taxista (despreciada por serlo), que estudió periodismo, presentó telediarios, se casó, se divorció, dejó colgado a un novio televisivo y viste vaqueros con la misma elegancia que un modelo de algún modisto español.

Si damos al rey lo que dicen que es del rey, a lo mejor le estamos usurpando al pueblo lo que sin duda es del pueblo.

 

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