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¿Quién necesita a ETA?

OPINIÓN de Rafael Fernando Navarro.- Hace un tiempo escribí un artículo titulado “ETA, una necesidad” Mayor Oreja era entonces Mayor Oreja. Ministro del Interior fue este hombre. Después rodó por Europa, pero venía a España para hablar de ETA. Dejaba aquí el eco de sus lamentaciones en la voz de Isabel San Sebastián, Isabel Durán y algunos otros. Nunca lo oí hablar de economía, de educación, de déficit, de sanidad. Sólo hablaba de ETA y de algunas ocurrencias episcopales. Era como uno de esos actores que sirven sólo para el papel de guapos y en consecuencia son incapaces de representar a un jorobado desdentado y maloliente. El problema surgió cuando la banda terrorista, con sangre hasta las cejas, con dolor punzando los hemisferios cerebrales, con madres sin hijos, con hijos sin padres, novias sin caricias de novio, decidió alejarse de las grietas de un país mutilado, harto de tiros en la nuca. Volvía la libertad a los concejales y cargos políticos del País Vasco. Se podía comprar el pan o el periódico sin la amenaza de una pistola entre los ojos. Y todos sentimos el alivio de haber vencido un cáncer que se prolongó durante muchos años. Era posible la paz. Y era posible la vida.

Pero se diría que surgieron los nostálgicos. Mientras unos estrenaban alegría sin escoltas, inauguraban el gozo de estar en un parque con los peques, otros echaban en falta argumentos para llamar etarra a Zapatero, para nombrarle cómplice, traidor de los muertos, socio en el quehacer terrorista. Aún hoy sentimos la vergüenza de frases dichas por Rajoy, Alcaraz, María San Gil o el propio Mayor Oreja. Al rostro de Zapatero le arrojaron la sangre de los muertos y le acusaron de ser prácticamente quien apretaba el gatillo. Rubalcaba sabe mucho de vómitos nauseabundos derramados sobre su propia cara. Y esos nostálgicos siguieron invocando la presencia de ETA porque ETA se les volvió una necesidad de existencia, sin la cual no sabían de qué hablar políticamente. Y en las tertulias, en los periódicos podía discutirse de sanidad, de economía, de educación y al final esos profetas del desastre siempre encontraban un culpable: ETA. ¿Se acuerdan del 11-M? Todavía EL MUNDO, Cospedal y monaguillos del poder siguen manteniendo la acción de la banda terrorista en aquella mañana de primavera y sangre.

Hoy las preocupaciones de los españoles no están encabezadas por el terrorismo. El hambre, la miseria, los desahucios, los estómagos infantiles, la sanidad, los dependientes, el paro, son los puñales clavados por una crisis mortal, por una estafa que va repartiendo terror, angustia, desesperanza por las casas españolas. Es el terrorismo económico donde se palpan claramente los vencedores y los vencidos. Hoy nos duele la vida porque hay más lujo que nunca aupada y sostenida sobre el hambre y la angustia de una mayoría.

Y cuando estamos en estas, surgen opciones políticas inconcebibles en nuestra historia democrática. Líderes que sólo quieren serlo escuchando la voz del pueblo, dándole a cada ciudadano la posibilidad de comerse todos los días del año su ración de responsabilidad democrática, su posibilidad de ser sujeto activo de la democracia en la que quiere vivir y desde la cual desea construir soluciones que nos den un futuro fruto del esfuerzo de cada uno.

Algunos se han sentido como asaltados en la esquina del confort democrático y apelan a una democracia representativa con un desprecio preocupante por la democracia participativa que ampara la propia Constitución a la que acuden continuamente y continuamente se apropian como exégetas monopolísticos y excluyentes. Pero no contentos con esa visión minusválida de la democracia, ahora han redescubierto el terrorismo y lo afloran en toda reunión de periodistas expertos para imputar a esos nuevos modos de hacer política. Necesitan nuevamente a ETA para refutar talantes renovadores y actúan de exorcistas de estilos que reinventan el quehacer democrático frente a la inercia de las urnas cada cuatro años.

El 25-M, la PAH, PODEMOS y otros son meros colaboradores de ETA disfrazados de demócratas. Pero ahí están, por suerte, Eduardo Inda, Alfonso Rojo, los de El Cascabel episcopal, Las Isabeles, para desenmascarar el terrorismo de nuevo cuño, para advertirnos de que todos estos líderes son miembros camuflados de un terrorismo que se esconde detrás de cada propuesta. Aguirre, Cospedal, Cifuentes nos advierten que además de etarras disfrazados son comunistas, hitlerianos, nazis consumados. Antes, el demonio llevaba cuernos y rabo. Ahora lleva coleta y compra ropa en Alcampo. Se ha modernizado, pero en el fondo es el mismo diablo. Antes nos empujaba a la masturbación y la apertura de piernas en un parque, ahora nos vapulea las conciencias para que volvamos disimuladamente al tiro en la nuca. Pretenden destruir la democracia porque la hacen extensiva a toda la ciudadanía, mientras que la auténtica democracia es un quehacer de unos pocos elegidos por selectos. Y uno ya no distingue entre democracia y aristocracia.

Cuando creíamos que había desaparecido el terrorismo de ETA, algunos necesitan de la organización asesina para poner en evidencia lo que soterradamente pretenden estos movimientos. Gracias a esa tribu clarividente de periodistas y políticos que nos ponen frente a frente a las pistolas enfundadas capaces de disparar en cuanto depositemos una papeleta en las urnas a favor suyo.

Algunos no pueden pasar sin terrorismo bajo la amenaza de quedarse sin argumentos. Algunos tienen todavía la necesidad de una nueva ETA.

 

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