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Las corbatas no sienten vergüenza

OPINIÓN de Rafael Fernando Navarro.- Millones de turistas. Pechos desnudos. Tangas mínimos. Barrigas con ridículos sombreritos. Muslos radiantes y culturistas baratos. Millones de turistas que empujan el IPC para que Montoro proclame los presupuestos más sociales, más hipócritamente sociales de la historia. Rajoy hincha el pecho y se enorgullece del sol como si el Gobierno hubiera inventado la luz que pone morenas las cinturas de chicas alemanas. Millones de turistas. Toda una invasión euros apetecible en contraste con esa invasión agresiva, que dice el ministro del interior, que salta la valla de Melilla y que sólo aporta carne desgarrada, hambre, miseria y que debe ser regurgitada, vomitada, a un Marruecos dictatorial donde los derechos humanos se respetan tanto como en el muro de la vergüenza que nuestro gobierno ha colocado para preservar los besos soleados de los turistas franceses que empujan el IPC y hará saltar de alegría a Merkel porque el déficit es menos déficit.

Creo que fue Alfonso Sastre quien escribió hace años EL NUDO DE LA CORBATA. Un nudo que apretaba la garganta de aquella clase media, digna, trabajadora, que se empeñaba en pagar su casa, las letras del utilitario y la cerveza de los sábados con su mujer y los churumbeles. Ha pasado el tiempo. Se va agrandando por momentos el abismo que separa a ricos y pobres. Las corbatas son todas de seda y los nudos no aprietan porque la seda es suave al tacto y resbaladiza. La corbata elegante está reducida al número de millonarios. Al otro están los sin corbata. Se abre de par en par la distancia. Y cuanta más clase media se elimina, más riqueza acumulan unos cuantos. Los parados, los dependientes, los enfermos, los jubilados, los estudiantes ya no llevan corbata. No la necesitan para andar repartiendo curriculums de puerta en puerta ni para morder la angustia y la desesperación sobre un sofá de otro tiempo.

Pero cuando se tiene corbata a costa de los que ya no tienen que usarla, debería sentirse una vergüenza enorme. Los subsaharianos subidos a las vallas limitan con un campo de golf que se ha construido con cinco millones de euros de dinero público. Y le preguntaban a un golfista que tenía a sus espaldas esa carne desgarrada de la inmigración, si sentía alguna extraña sensación al contemplar la escena. “Yo no puedo arreglar el mundo”, respondió y siguió tratando de embocar la bolita en el hoyo correspondiente. En realidad es que no necesitaba arreglarlo. Se sentía cómodo practicando un deporte que lo distanciaba del dolor, del hambre, de la miseria. Tenía arreglado su mundo. El de los que estaban aupados en unas cuchillas no le interesaba. Allá el hambre con el hambre. En su empresa tenía a veinte personas a las que daba de comer. Con eso había cumplido su aportación al mundo. No quería tomar conciencia de que eran esas veinte personas las que le daban de comer a él mientras jugaba al golf con uniforme blanco, impecable, tratando de meter en un hoyo (tal vez todo un símbolo) una pelotita certeramente golpeada.

Las corbatas no sienten vergüenza de serlo. Los que las llevan como distinción de poderío, de riqueza, de grandeza, tampoco. Millones de turistas. Vienen al sol, al mar, a la historia, a nuestro quehacer pasado. Y los ayuntamientos tratan de esconder a los mendigos porque dan mala imagen. No sienten vergüenza de que exista la pobreza, les molesta que se vea. Perjudica la marca España no el hambre existente, sino la visualización de la podredumbre que conduce a ella. Las familias acudiendo a comedores sociales, la realidad de gente que no puede poner la calefacción, los sin agua porque no les da para para pagar, los niños sin un vaso de leche para dormir, sin una tostada para desayunar, la sopa aguada que se sirve a seis de familia y que se cuece en quinientos euros de pensión, la solidaridad de personas que entregan su tiempo tratando de almacenar alimentos y comida caliente para miles y miles de desheredados…Esa realidad no avergüenza a las corbatas. Le sacan los colores el que millones de turistas vean los estómagos vacíos.

Y los mandatarios asegurando que la economía despega a velocidad de crucero, afirmando que se crea empleo, que no hay recortes, que los presupuestos son los más sociales de la historia, que se tiene como nunca un estado de bienestar. ¿Seguimos enumerando?

Quedan las corbatas, las que no sienten vergüenza de mostrarse como distintivos de sueldos ofensivos, de tarjetas opacas, de indemnizaciones millonarias, de fuga de capitales, del robo descarado y que hace de los ladrones gente importante.

Las corbatas repugnan porque no tienen vergüenza.

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