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Crueldad política

OPINIÓN de Rafael Fernando Navarro.- Sólo un mediocre podría definir la política como el arte de lo posible. El arte es siempre lo que está más allá de lo empírico, superando lo posible. Por tanto la política sólo es arte cuando se convierte en el milagro de lo imposible. Y no connotamos el término milagro a experiencia o adhesión religiosa, sino como una categoría que trasciende lo meramente táctil.

Hace unas fechas, Cayo Lara le recordaba al presidente del gobierno, Mariano Rajoy, que en este país, hay doce millones y medio de ciudadanos viviendo en el umbral de la pobreza y una gran parte de ellos están inmersos en la miseria misma. Cayo Lara hablaba de despidos, desahucios, ERES, salarios aportando datos y cifras concretas. Mariano Rajoy, ese Cid Campeador de la recuperación, ese Pelayo de la reconquista, se enfrentó al coordinador de IU y sin mover un músculo, excepto el del ojo izquierdo, le replicó: Pinta usted un país que yo desconozco.

Unos días antes, el mismo Rajoy, había criticado que PODEMOS dibujaba un país de gentes tristes. Que muy por el contrario a esa tristeza, España es un gran país, de gentes que siempre supieron salir de sus problemas y alegre por naturaleza.

Rajoy hizo una campaña electoral preñada de falsedades conscientes y ha desarrollado su primera legislatura mintiendo descaradamente a la ciudadanía. Bajaría los impuestos, no subiría el IVA, no tocaría las líneas rojas de la educación, las pensiones y la sanidad. Haría de la educación una meta a la que llegarían todos aquellos que lo desearan sin distinción de clases, que no daría dinero a los bancos como hizo el socialismo. Crearía millones de puestos de trabajo. ¿Seguimos? Nos mintió cuando nos quiso hacer creer que se había encontrado una situación económica que no era la que imaginaba. Y sobre todo se topó con un país que no conocía. Igual que ahora. Este ramillete de mentiras se encierra en esa refutación que le hacía a Cayo Lara: pinta usted un país que yo desconozco. Y tampoco ahora lo podemos creer porque el presidente de plasmas, de Bárcenas-esa-persona, se sienta en el consejo de ministros con unos hombres elegidos por él y que también se trasladaron a jauja desde el principio de la legislatura.

A Rajoy no le consta el número de desahucios, las urgencias de los hospitales, el recorte de camas para pacientes, la privatización de la sanidad, el número de parados, las familias de siete miembros que se alimentas con quinientos euros, que carecen de calefacción, el número de estómagos vacíos que acude a comedores sociales. Rajoy no es de este mundo. Su mundo es un regalo de ternura de Merkel, de la Troica, de los fondos de buitre a los que se les vende por precios irrisorios cientos de viviendas construidas con dinero público para que esos fondos expulsen de esas viviendas a sus inquilinos y los manden debajo de un puente. Montoro y los hombres de jauja niegan las cifras del hambre que aportan las ONG. Son elementos subversivos, radicales de izquierda, hordas judeomasónicas.

En su campaña electoral, Rajoy prometió devolver la felicidad a nuestro país. Y ahí está bendiciendo a los que no protestan en las calles, fabricando leyes mordaza para acallar el dolor, instaurando la cadena perpetua como secuela de un franquismo-apisonadora, fusilando a los enfermos de hepatitis-C porque el dinero de la medicación hay que destinarlo a publicidad del milagro económico que nos ha sacado de la crisis. Nos ha vendado los ojos con prohibiciones de todo tipo, nos ha inyectado miedo a los demás partidos políticos, a un terrorismo del que ha hecho una necesidad, ha envuelto la corrupción en aliento para que la alegría habite en el pecho de algunos encarcelados y nos ha devuelto esa felicidad que es la sonrisa-mueca más elegante de disfrazar la crueldad.

Cuando una gran parte de la ciudadanía vive una miseria indigna y un presidente del gobierno se niega a mirarle a los ojos para no ver la realidad del mundo en que vive, la política deja de ser la pobre consecución de lo posible, el utópico alcance de lo imposible, para convertirse en la crueldad como forma de entender la vida. No se ve lo que no se quiere ver y uno se evade conscientemente de una miseria producida, cruelmente producida, por un desentendimiento del ser humano como cúspide del universo. El ser humano ha dejado de ser la preocupación central del quehacer político.

La negación de ayuda a los dependientes, de medicación a enfermos terminales, como hepatitis C, a los ancianos, a los pacientes que pasan horas en las urgencias de un hospital, no es fruto de la crisis. Es el fruto maduro, maloliente, fétido y deshumanizador de la crueldad.

Cumplir la Constitución no es sólo una frase colgada de los labios para decorar solapas. Obliga por el contrario a la empatía con la ciudadanía y sobre todo con los más débiles de la tierra.

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