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La muerte, negocio y extinción

OPINIÓN de Salvador González Briceño, México.- Escalofrío causa saber que cada 5 segundos muere de hambre un niño de menos de 10 años. Más de mil millones sufren subdesnutrición permanente de los casi 7 mil millones de habitantes que somos en la Tierra. Lo peor de todo es que, según la FAO, la agricultura mundial podría alimentar a 12 mil millones de personas; es decir, casi el doble de la humanidad.

¿Qué falta entonces si el problema no es por la producción agrícola? Voluntad política o proyectos de civilización. Lo primero lo dice el profesor emérito de Sociología de la Universidad de Ginebra, J. Ziegler. “Vivimos en un mundo caníbal del mundo”, comenta. “El mercado alimentario está controlado por una decena de sociedades multinacionales inmensamente poderosas que controlan el 85% del maíz, arroz, aceite... (Y) estos amos del mundo deciden a diario quién va a morir y a vivir”. Ellas, las multinacionales, fijan los precios.

Los gobiernos de los otrora países ricos saben que intervenir en la producción de alimentos significa controlar la vida de las personas, de sociedades, de países completos. Hay diferencias entre los países que poseen este tipo de control de precios y aquellos que no lo tienen; bien porque lo perdieron a la fuerza, por convenios “comerciales”, el “intercambio desigual”, o por las amenazas y por supuesto otra modalidad, la competencia desleal. Un ejemplo claro de esto es el maíz transgénico y la lucha de muchos países, entre ellos México, contra la trasnacional Monsanto.

Ingenuamente J. Ziegler dice que es muy fácil: “Conseguir que los diputados reformen la Bolsa”; que las “Cortes voten una línea suplementaria diciendo que está prohibida de modo absoluto la especulación alimentaria sobre alimentación de base, como el maíz, trigo, el arroz; es “técnicamente fácil con una movilización popular”. Pero eso no es tan sencillo, aunque claro tampoco imposible. Porque eso es lo que quisieran, por ejemplo, los partidos de izquierda (¡sic!) que se oponen a las políticas de abandono social desde el Estado.

Pero el problema es que con la globalización a la clase media, la más golpeada y que está a punto de desaparecer, no se le ve muy segura de llevar ad infinitum la protesta en las calles de las grandes ciudades para obligar a los congresos a modificar dichas leyes; la represión, el autoritarismo, militarismo y derechización de los gobiernos.

Razón por la cual no resulta tan sencillo, por una parte. Pero por la otra, más que voluntad política lo que falta es unidad de todas las clases —desde los grandes empresarios con espíritu nacionalista; hasta por sobrevivencia—, porque finalmente solo unos cuantos individuos, la cúpula, son los beneficiarios, del sistema, del modelo, de la especulación, de la riqueza creada, del capitalismo financiero y especulativo. El resto es víctima, tarde que temprano. Eso la globalización lo dejó más que claro. Entonces lo que falta es unidad de fines, de metas, de proyectos. Pero no en un solo país, en muchos a la vez para que surta efecto. Por bloques de países sería mejor.

Lo contrario es seguir con la imposición de los que imponen las reglas. Entre ellas las del sector de los alimentos. Es seguirle el juego a los que pretenden imponer el Nuevo Orden Mundial (NOM), que quieren desaparecer a la humanidad, o solo quedarse con 1 mil millones de esclavos, en lugar de los siete que ya somos. Por eso lo de ahora no funciona, como son “los elevados precios de alimentos, el vandalismo bancario, los especuladores, los hedge funds, la obsesión del beneficio, porque donde los precios aumentan “la muerte se instala”, dice Ziegler.

El proyecto de civilización es tarea de todos, pueblos enteros sin distinción. Si los que deciden la muerte son unos pocos —los promotores del NOM—, ¿por qué el resto, la mayoría, no puede decidir la subsistencia por encima del negocio? Pero claro que puede.

[*] Correo: sgonzalez@reportemexico.com.mx

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