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A propósito de la obligatoriedad de los debates públicos de candidatos

OPINIÓN de Ricardo Luis Mascheroni, Argentina.- En los últimos tiempos, legisladores nacionales y provinciales de distintos partidos, misteriosamente han visto la luz descubriendo “la vital importancia” de la obligatoriedad de los debates públicos de candidatos y precandidatos electorales. 

Algunos hasta temerariamente, desde mi punto de vista, califican con grandilocuencia, que la ausencia de esos mecanismos propios de la ingeniería electoral y de la mercadotecnia política de los tiempos actuales, constituyen un atentado a la democracia.
 
Permítaseme disentir respetuosamente con estas paparruchadas, que como verdades reveladas, afirman que los debates son un extraordinario mecanismo para enriquecer la calidad democrática e institucional de la sociedad, lo que no deja menos que sorprendernos. 

Estos snobismos tomados de otras sociedades, parten de errores conceptuales sobre: la actividad política, la vida de los partidos y en torno a los desencantos sociales. 

Pasaré a explicitar seguidamente el porqué de cada uno de los pecados originales en los que caen todos los proponentes de estos proyectos. 

Desde siempre, salvo en la época actual, la actividad política era una forma de vida que se forjaba en los comités, en las unidades básicas y en todo otro ámbito natural de la misma. El candidato, era más allá de algunos acuerdos poco honrosos que existían, una persona que tenía una trayectoria para mostrar y una concepción ideológica amalgamada al calor del debate partidario, el compromiso ciudadano y su participación en distintos estamentos sociales; en definitiva, arribar a la calidad de candidato era una consecuencia y no un fin en sí mismo. Ahora los mismos, en la mayoría de los casos, son un producto de la imagen, sin pasado e ideologías, por lo menos visibles, y esos son los más peligrosos, ya que no asumen ningún pacto social con los electores, sí con los poderosos de turno. 

Los partidos políticos eran un cuerpo vivo, que actuaban de correa de transmisión entre los reclamos sociales y las conducciones y autoridades varias, donde la militancia y los equipos técnicos surgidos de ella, armaban después de mucho tiempo de debates acalorados, las prioridades, las propuestas y las plataformas y salían a potabilizarlas en cada comunidad. Todo ello ha sido reemplazado por tecnócratas contratados, gurúes, expertos en mercadotecnia y asesores de imagen, que siempre tratan de mostrar a sus contratantes como impolutos, incoloros y sobre todo, lo más alejado posible a aquello que tenga algún tufillo a política, generando ellos mismos las sospechas sobre una de las más nobles actividades del hombre. 

Las frases: la muerte de las ideologías, hoy es tiempo de gestión y yo no tengo nada que ver o no vengo de la política, es toda una filosofía política en la que se escudan, fogoneada por los grandes acorazados de la Prensa (al decir de Deodoro Roca) y sus intereses corporativos y de la que hay que escapar raudamente en defensa propia. 

En tercer lugar los desencantos sociales no se producen por ausencia de debate y la ostensible orfandad de propuesta, sino todo lo contrario, el desencanto es una consecuencia directa del incumplimiento de lo prometido o la defraudación a las expectativas de los electores. 

Menem dixit: “Si a la gente les decía realmente lo que iba a hacer, no me votaban".

Mientras los candidatos sigan haciendo campañas y no militen públicamente cada una de sus ideas a través de los años, cada vez se harán más dependientes de la mercadotecnia para el conocimiento general y para imponer no una idea, sino un imagen, en un simulacro de política, vacío de contenido, aunque podrá ser redituable electoralmente, pero que agrava el descreimiento y el divorcio con la sociedad. 

En otro orden de cosas sería suicida desconocer que la mercadotecnia a través de empresas y corporaciones comunicacionales y de entretenimiento (porque de periodismo y de información hay muy poco), han impuesto una variedad de estereotipos sobre modelos de personas socialmente potables, que del mundo del espectáculo se han trasladado al de la política y que están lejos de abarcar la variedad de los tipos humanos mayoritarios. 

El espectáculo se nutre de lindos, flacos, jóvenes, simpáticos, locuaces, exitosos, elegantes, sexis, instruidos, famosos, audaces, etc., otorgándoles un plus de ventaja en comparación con aquellas personas que no reúnen dichas características y que luego gran parte de la población consumidora de esos medios, transpola a las preferencias electorales para la selección de sus candidatos. 

Este neolombrosianismo de la tipología humana en el terreno político, se vuelve tremendamente peligroso y discriminatorio, poniendo en desventaja a la mayoría de los habitantes del país, transformando a la democracia en un acto fallido, generador de una suerte de voto calificado a la inversa; ya no se discrimina al elector sino al aspirante, aunque el mismo tenga firmes convicciones y compromisos sociales y democráticos. El “tipo humano impuesto” no es el recomendable. 

Imagine además, que si algún candidato por actitud de vida, terror escénico u otras características rechazara este tipo de herramienta, nunca tendrá chance en el resultado de los comicios. Con este artilugio Yrigoyen nunca hubiera sido candidato y menos presidente. 

Una amiga, decía de ellos: “son un invento mediático, como tantos otros, de los yanquis, y ellos saben mucho del negocio del espectáculo. Su país es un gran espectáculo, poderosamente mediático. Me dan cosa los que se exponen, siento hasta pudor por ellos, y algo de lástima, al tener que descarnarse así ante todos y lo peor es que no son legítimos, francos, transparentes, ya que tienen que tener todo pautado, el tiempo y lo que dicen y cómo lo dicen. ¡Un horror! 

Un impulsor de un proyecto, bien intencionadamente dice: “Consideramos que hoy hay un debate en la sociedad y un pedido de que los políticos acerquemos nuestras plataformas y propuestas de gobierno en un debate serio, y que se respete el derecho a que los ciudadanos cuenten con la mayor información posible de cada candidato y fuerza política a la hora elegir autoridades de Gobierno”. 

Ante esta afirmación me permito hacer algunas correcciones: En la sociedad no existe ese debate, si en los medios que fijan la agenda autoritaria de la política, previas encuestas pagas, ya que lo que la sociedad quiere es que no se los engañe con propuestas que no se tiene voluntad o posibilidad de cumplir, debate por medio o no y el derecho de que cada ciudadano cuente con información de cada candidato, no se garantiza con debates guionados por asesores que determinan palabras claves en muchos casos engañosas, sino obligando a los partidos que en su tarea de social de militancia en contacto directo con la población, aclaren a la sociedad desde dónde hablan tanto desde lo ideológico, filosófico y lo político, sin temor a emplear categorizaciones o encasillamientos, que no por denostados o considerados anacrónicos por los sectores de poder sobre todo económico, no han perdido vigencia. Es saludable volver a decir que se habla desde la derecha, el centro o la izquierda y sus combinaciones posibles, no haciendo un ocultamiento vergonzante o temeroso de la censura mediática y de sus mandantes. 

Podría coincidir con un legislador que afirma: “El intercambio de ideas o propuestas de cara a la ciudadanía no puede ser una opción sino una obligación”, aunque ello no se consigue con los debates, mientras los partidos y los aspirantes no vuelvan a hacer política. 

Estoy convencido de que la diferencia entre un candidato y otro, no es la imagen o el buen uso de lo escénico o la verba, sino su compromiso, sus convicciones y sobre todo su patriotismo. 

A los medios no les interesa que se debata, sí que haya peleas y agresiones, por cuanto eso vende, aunque la política pague los platos rotos. 

Por último, lo dejo para que lo piense y me despido hasta la próxima aguafuertes.

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