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El fin del mundo

OPINI脫N de Ram贸n Cotarelo/ Palinuro.- S铆, pecadores, s铆, el fin de los tiempos, Armageddon, el exterminio de la especie, la subversi贸n universal del orden constituido. Dios acaba de permitir el matrimonio homosexual. ¿C贸mo Dios? Su representante en la tierra, el Papa de Roma, nada ha dicho al respecto. Eso es una locura del Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Pues eso, Dios. El Vaticano puede decir lo que quiera. Si los Estados Unidos, la patria del dinero, que es el dios verdadero, aceptan el matrimonio homosexual, aceptado queda urbi et orbi y mucho m谩s que cuando se pronuncia el sucesor de San Pedro. Es claro que hay enormes extensiones del planeta, el mundo musulm谩n, por ejemplo, en las que esta forma de matrimonio es inimaginable. Pero eso pasa tambi茅n con los pronunciamientos del Papa. Aparte de que la cuesti贸n ni siquiera se plantea. En muchos de estos lugares los y las homosexuales son ejecutad@s sin m谩s circunloquios, as铆 que lo de casarse no es plan frecuente.

Sirva el recordatorio para plantear una de las cuestiones m谩s acuciantes de nuestro tiempo: ¿es aceptable que la suerte de un ser humano dependa de algo completamente fuera de su control como es el lugar en el que lo nacen? ¿Es justo que, seg煤n en donde se nazca, la esperanza de vida sea de 40 u 80 a帽os? ¿Lo es que, por nacer a un lado u otro de una frontera pol铆tica, un gay sea linchado o pueda ejercer libremente sus derechos, entre ellos el de ser gay y llegar a presidente? No lo es, pero me temo que no tenemos clara idea de qu茅 hacer. Podr铆amos discutir durante horas.

La voz del dios real del mundo, Mamm贸n, el dinero, ha aceptado el matrimonio gay. Y el mundo, o una parte importante de 茅l, lo celebra como un hito en el progreso de la sociedad. Lo es. Es un inmenso avance que la gente no padezca discriminaci贸n por sus opciones sexuales, que nadie pueda inmiscuirse en los sentimientos entre dos seres humanos en nombre de teolog铆as absurdas. Si Dios, caso de existir, tiene algo que decir al respecto, ya lo har谩.

Lo importante aqu铆 es que los creyentes en el mismo dios que los magistrados del Supremo yanqui acepten las consecuencias de su decisi贸n. No la decisi贸n en s铆, sino las consecuencias de ella. Do帽a Sof铆a de Grecia es muy due帽a de advertir que la admisi贸n del emparejamiento homosexual no nos autoriza a llamarlo matrimonio. Igual que el ministro del Interior es muy libre de seguir considerando que, para 茅l, el matrimonio es la uni贸n de un hombre y una mujer, sin mayores averiguaciones porque es un cristiano neoliberal. Y la exalcaldesa de Madrid, Botella, puede tranquilamente seguir hablando de peras y manzanas y hasta quiz谩 deba seguir haci茅ndolo. Ellos y quienes como ellos piensen pueden pensar lo que quieran, pero sin interferir ni coartar ni mermar o reducir el derecho de los dem谩s a matrimoniar como les parezca. La cr铆tica seg煤n la cual esta decisi贸n acabar谩 legalizando la zoofilia solo puede caber en la cabeza de quien la practique o anhele practicarla.

En resumen, nada autoriza a un ser humano a convertir sus convicciones, por profundas que sean, en normas de obligado cumplimiento para los dem谩s, sino es con su asentimiento. Imponer las propias convicciones como normal legal y moral sin el asentimiento expreso de quienes han de obedecerla no es una muestra de religiosidad o civilizaci贸n. Es una muestra de barbarie.

As铆 que gracias al Tribunal Supremo de los Estados Unidos por hacer justicia. En Espa帽a ya la ten铆amos en ese aspecto por iniciativa del gobierno de Zapatero, al haber superado un recurso de inconstitucionalidad que plante贸 el PP.


*http://cotarelo.blogspot.com.es




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