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Abecedario de los invisibles

OPINIÓN de Gustavo Duch Guillot.- El acceso a los huertos de ciudad es un acceso inventado y que se camina a pie, sin urgencias. Superando cual telón, autopistas, vías de tren, rejas y rotondas, habitan Invisibles tras los Bastidores de la ciudad desafiando la propiedad privada, la especulación y tantas normativas castradoras. Por eso, con cañas, buganvilias y parras trepando por los Somieres, que como muros de piedra seca los delimitan, procuran camuflarse. Son altiva y honradamente Clandestinos.

No son personas campesinas quienes los cultivan y los cuidan, más bien son lingüistas o filólogas que abuenando y abonando con su Experiencia de emigradas de pueblo o con la voluntad de jóvenes sin techo y sin contrato “en su puta vida” – dicen, hacen de antiguos Descampados su antónimo.

Con los huertos colindantes en Zurcidos que son abrazos y con roces no previstos, estas islas de fertilidad -rodeadas de cascotes y cemento por todas partes- conforman nuevas formas de Familia y parentescos no convencionales. Levantados sin asistencia, ni seguridad, ni asepsia, se postulan como el mejor de los Geriátricos inventados hasta la fecha. Ahí, los domingos, la radio encendida con el carrusel deportivo baila salsa y pasodobles con el trino de los mirlos. Las conversaciones que parecen repetidas, con los codos sobre la mesa de camping reciclada donde esperan las fichas de dominó, son proyectos incipientes. Las semillas y cosechas se intercambian y nadie pregunta cuánto ni por qué.

Porque en estos Hospedaje informales de Jubilaciones, porque en estas Okupaciones y sus anonimatos, se producen Kilos de comida y muchas más toneladas de Autonomía y dignidad. Bien alejados de cualquier economía formalmente perversa, en ellos la vida queda infaliblemente preñada al ritmo de las estaciones. Y cuando la crisis es una plaga, la biodiversidad de los huertos de frontera es el pulgón de la esperanza.

Quienes los visitamos, descubrimos en estos Yacimientos prodigiosos Vacíos del ruido urbano y una Quietud que, mecida en la higuera que en la esquina da frescor y sombra, nos sorprende en contraste a cualquier calle o centro comercial. No es de extrañar observar a sus inquilinos con una mano en la encañada de las tomateras observando el infinito cual capitán en la proa, aunque en realidad dirigen un Mirador invertido, pues es hacia adentro donde les lleva.

¿Es aquí que Repropiándose de residuos y Vegetación nace una nueva Naturaleza? ¿Es el huerto de las Periferias -donde todo es posible- un no lugar, un pasatiempo que inofensivamente puede pasar la página de estos tiempos capitalistas? ¿Son los solares entregados a su dios Luz un nuevo Urbanismo para sociedades diferentes?

Aunque quizás los huertos de ciudad no se ven ni se miran, son claramente parte de un Trayecto por hacer.


Gustavo Duch en La Fertilidad de la Tierra. Inspirado en el Libro LA CIUDAD JUBILADA de Pau Faus

*Gustavo Duch Guillot es autor de Alimentos bajo sospecha y coordinador de la revista Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas.
http://gustavoduch.wordpress.com/

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