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¿Puedo hablar?

OPINIÓN de Rafael Fernando Navarro.- El uno de julio entró en vigor una ley que aboga por la seguridad ciudadana. Yo quiero decir en primer lugar que estoy orgulloso de un gobierno que cuida mi seguridad, la tranquilidad de mi vida, de mis propiedades y que vela por la integridad de una policía encargada primordialmente de poner orden en las manifestaciones promovidas por ciertas hordas judeo masónicas, radicales, extremistas, chavistas, comunistas, amigas de Chaves y Tsipras y Maduro, descendientes del comunismo que quema iglesias y viola monjas. Las llevan a cabo para conseguir destruir la democracia, imponer un totalitarismo y quemar la constitución, como bien ha dictaminado el vidente Aznar con esa voz de agorero mayor del reino. Eso nunca pasará porque los ministros Fernández Díaz y Catalá, delegados de Mariano Rajoy, han promulgado una ley que me garantiza el orden más ordenado y la ministra de agricultura nos ha prevenido que debemos huir de las urnas porque son un peligro.

Todos deberíamos estar orgullosos de un gobierno que nos cuida, que nos pone bajo el manto de las fuerzas del orden y de la Blanca Paloma. Sin embargo, uno se encuentra con que esa chusma descrita anteriormente le ha puesto un mote inaceptable para los que somos ciudadanos de principios, de orden, silenciosos, que nos conformamos con los designios de nuestros gobiernos porque dios los ha puesto ahí, para cuidar nuestros cuerpos al igual que ha puesto a los obispos para que velen por aquellos homosexuales de los que dice un mitrado que son comparables al sexo que pueden tener un hombre y un perro, que quieren terminar con la familia cristiana porque la ONU así lo ha planificado. Y entre esos dos elementos se le hace ver a la mujer que no tiene derechos porque la mujer sólo es mujer cuando ha parido un hijo. Lo tenía claro Gallardón. Y no debemos acercarnos al Congreso porque cuesta mucho mantener los leones, incluso al que está capado, y las alfombras y las bancadas y porque al fin y al cabo el pueblo no hace la democracia, sino que acepta la que le imponen los políticos.

Pues bien, esos malintencionados le llaman a esa ley ley-mordaza. Sólo los espíritus retorcidos y filo etarras o amantes de ISIS pueden pensar tal cosa. Lo decía Floriano, y Pablo Casado y Cospedal y Aguirre y la expresidenta de Navarra. Menos mal que aunque algunos de esos nombres han pasado a una mejor vida política, nos queda Mariano el Grande, que sabe inyectar miedo para que seamos conscientes de que a sus espaldas sólo está el caos. Tiene razón. Donde se ponga un traje de Armani y una corbata de seda italiana que se quite la camisa de Alcampo. Un país serio no puede permitirse que gobiernen catedráticos con pelo largo o mujeres que muestran sus pechos desnudos como la más hermosa protesta.

Estoy escribiendo y no sé si puedo legalmente decir lo que estoy diciendo. Recuerdo aquellos tiempos en los que empezaba esta tarea de escribir. El director de aquel periódico me advirtió un día después de amputarme varias líneas de mi artículo. Me recomendaba que hablara más de los atardeceres y de los pajarillos que de la dictadura que nos pisaba. Dejé de publicar porque no me interesaba poner como guardaespaldas a las golondrinas o a los ocasos hermosos de Andalucía.

Retomé la pluma (la verdadera pluma hoy se llama ordenador) y pude gritar sin miedo. Y denuncié el hambre, la entrada en la OTAN, la reforma laboral que hace del trabajador un esclavo, y me rebelé contra tanta corrupción, tanta promesa conscientemente incumplida, contra la prostitución de las instituciones, contra la supresión de derechos, contra la falsificación de la palabra.

Pero el uno de julio entró en vigor una ley que me produce escalofríos, que me dice, como mi antiguo director, que debo admirar las palomas y extasiarme ante los amaneceres. Y que me obliga a cerrar los oídos a los estómagos vacíos y no impedir un desahucio porque la banca tiene unos derechos sobre todos los derechos, y que debo aceptar que ser pobre es una obligación como ser rico un derecho y que las devoluciones de hombres y mujeres que vienen de la miseria buscando un pedazo de pan son invasores que nos pueden conquistar y hacer que perdamos nuestro papel de vigías de occidente.

Por eso vuelvo a mi niñez. Levanto la mano y pregunto educadamente si me dan permiso para ir a hacer mis necesidades mayores, menores o simplemente si puedo hablar.

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