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“Al pie de la santa cruz”

“Declaran la huelga, hay hambre en las casas, es mucho el trabajo y poco el jornal; y en ese entrevero de lucha sangrienta se venga de un hombre la ley patronal; los viejos no saben que lo condenaron  pues miente piadosa  su pobre mujer”





El 18 de septiembre de 1933,  Carlos Gardel graba “Al pie de la santa cruz”, un tango emblemático que refleja la aguda crisis social que afectaba a la sociedad argentina y las luchas que los trabajadores desarrollaban para resistir. Como parte del contexto represivo instalado por el régimen surgido del golpe de estado de 1930, que derrocó al presidente Hipólito Yrigoyen, se  referencia en la cantidad de activistas obreros que fueron detenidos y condenados al confinamiento en el presidio de Ushuaia. La música pertenece a Enrique Pedro Delfino y la letra a Mario Battistella.

El comienzo va directo al grano: “Declaran la huelga, hay hambre en las casas, es mucho el trabajo y poco el jornal; y en ese entrevero de lucha sangrienta se venga de un hombre la ley patronal; los viejos no saben que lo condenaron  pues miente piadosa  su pobre mujer”.

Luego, describe el momento que sus padres se enteran: “al pie de la Santa Cruz, una anciana desolada llorando implora a Jesús: –"Por tus llagas que son santas, por mi pena y mi dolor, ten piedad de nuestro hijo. ¡Protégelo, Señor!”– Y el anciano,  que no sabe ya rezar, con acento tembloroso también protesta a la par: – ¿Qué mal te hicimos nosotros pa' darnos tanto dolor?"–. Y a su vez dice la anciana: –"¡Protégelo, Señor!"–.

El desenlace del drama apunta a la condena del obrero: “Los pies engrillados, cruzó la planchada... La esposa lo mira,  quisiera gritar,  y el pibe inocente que lleva en los brazos le dice llorando: –"Yo quiero a papá"–. Largaron amarras y el último cabo vibró, al desprenderse, en todo su ser; se pierde de vista la nave maldita y cae desmayada la pobre mujer”.
El castigo más temido de todo preso que ingresaba a la esfera de la penitenciaría era ser trasladado a “La Tierra”, como se conocía al presidio de Ushuaia. “Después de una revisación médica y la cena, se informa a los presos quiénes serán los trasladados.

En la mañana tienen que juntar sus cosas, someterlas a inspección y después son engrilletados con unas barras de acero que no permiten avanzar más de quince centímetros. Al rato los condenados no sólo tienen despellejados los tobillos. También el alma”, según recordó Guillermo Saccomanno.
Gardel fue el primero en grabarlo; pero, otras versiones posteriores debieron modificar la letra, acatando la censura oficial.

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