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Blade Runner 2049: estereotipos de género en el futuro posthumano

OPINIÓN de Alicia Puleo.- Treinta y cinco años separan a Blade Runner (1982) de su continuación, que acaba de ser estrenada: Blade Runner 2049. Hace pocos días volví a ver la primera y pensé que el tiempo no la había perdonado, que observada desde una perspectiva crítica de género había envejecido mucho: las transgresiones de género, castigadas; los estereotipos femenino y masculino, omnipresentes… En algunas escenas, se notaba que la concienciación social de las últimas décadas sobre la violencia patriarcal en la pareja no había tenido aún lugar. El héroe era un maltratador que mandaba callar y manipulaba alegremente sin la sombra de un remordimiento.


Fotograma de Blade Runner 2049


Hoy he visto la nueva Blade Runner 2049 y me he preguntado. ¿En qué se diferencian? Una primera respuesta, obvia, es: en el aspecto formal, dado el avance de los efectos especiales. Puede decirse que la tecnología ha progresado, no así las ideas. Lo mejor de este film es la potente estética de las representaciones de las ciudades del futuro, de algunos interiores y de la oposición orgánico-inorgánico en los restos de un pasado destruido. El resto transcurre por vías sumamente convencionales. 
 
Si atendemos a las ideas que sugieren ambas películas, indudablemente me atrevo a decir que esta secuela no llegará a ser una obra de culto como la primera. La escena final de la muerte del replicante en la primera contenía la melancolía de una clase social vencida. Ésta la ha reemplazado por la nostalgia del padre. La madre murió en un pasado lejano. Como en algunos relatos míticos, su oportuna invisibilidad convierte a la figura del padre en dadora de sentido para la vida y la muerte. El encuentro a golpes entre el protagonista y el supuesto padre (Harrison Ford) es un tópico patriarcal francamente patético que se resuelve en alegre camaradería y afirmación de la genealogía patriarcal.

En la versión de 1982 el propio Harrison Ford creía que su personaje era el de un humano y sólo después se generó cierta controversia. En su continuación de 2017, el blade runner (encarnado por Ryan Gosling) es un replicante, un androide, un producto fabricado por los humanos a su imagen y semejanza que aspira a ser humano. Me parece relevante este cambio. Lo veo relacionado con la fragmentación de la identidad y la sensación de irrealidad que, como ha señalado el sociólogo Richard Sennett, han dejado la desaparición del capitalismo fordista y su reemplazo por el neoliberalismo a partir de los años 80. El personaje busca su identidad en un mundo sin raíces, sin seguridad, cambiante, y en el que él es un número más, intercambiable con otros. Hoy, una sociedad de ciborgs se halla más cerca de ser realidad y el posthumanismo ya teoriza abundantemente sobre ella. Véanse, por ejemplo, las obras de Yuval Harari. A medida que comenzamos a conocer el concepto de Big Data y a entrever lo que grandes empresas de Internet pueden hacer con sus algoritmos, crece el temor a ser manipulados, a ser construidos por intereses extraños. El placentero mundo virtual y los proyectos de la biotecnología comienzan a mostrarse como un nuevo poder, potencialmente mayor que cualquier otro que les precediera.

En época de crisis económica, social y ecológica, empleos precarios, pobreza e inquietud, las mujeres pueden convertirse en un instrumento de compensación. Todo puede cambiar menos el Eterno Femenino. Así sucede en Blade Runner 2049. Estas figuras de la feminidad son previsibles: la buena esposa vintage y la prostituta. La amante ya ni siquiera es una androide, sólo es un holograma que puede conectarse y desconectarse según la necesidad del protagonista masculino. Y como no podía ser de otro modo, prefiere, en la más pura tradición femenina, ser eliminada antes que separarse de él. 
Mera imagen proyectada, cambia sin cesar de vestimenta (con una preferencia marcada por un look de asiática sumisa). Una prostituta presta su cuerpo material a este holograma para que el héroe pueda tener, así, una experiencia de placer sexual. Eso sí, la rudeza del blade runner originario en su relación de pareja ha desaparecido, el modelo masculino "se ha modernizado".

Las figuras femeninas que ostentan poder son la jefa, autoritaria pero atraída por el héroe (presentado aquí como varón sometido y obediente), y una replicante ejecutora malvada que será estrangulada por el protagonista en una escena de particular ensañamiento con imágenes perturbadoras en estos momentos en que la violencia de género es una realidad social cotidiana. El film sugiere, así, que romper el techo de cristal no augura nada bueno. ¿Estamos ante una expresión más de rechazo a los avances de las mujeres en el terreno de la igualdad?

La película se cierra con una imagen femenina distinta: una mujer-niña, toda pureza y luz, que parece preparada para la tercera edición de la saga. ¿La femme-enfant del surrealismo en versión posthumanista? El imaginario patriarcal no parece dispuesto a renovarse demasiado.

Mientras tanto, podemos decir que treinta y cinco años no han conseguido que Blade Runner se recicle en un sentido positivo para las mujeres. Los antiguos estereotipos se han adaptado al mundo posthumano y no parecen dispuestos a dejarlo.

*aliciapuleo.blogspot.com

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