La izquierda mexicana llega al poder. Una oportunidad para superar las perversas sociedades duales en América Latina
OPINIÓN de Joan del Alcàzar.- México es un gran país, geográfica y económicamente, poblado por más de 123 millones de personas [estimación 2018], que presenta todas las características de las sociedades duales y algunas más, resultantes tanto de su singularidad geográfica, como de la fortaleza de la llamada industria del crimen [junto a la incapacidad del Estado para derrotarla].
Las sociedades duales [según acuñó Luis de Sebastián] son aquellas en las que el Primer y el Tercer Mundo conviven dentro del espacio delimitado por una misma frontera, un territorio identificado por una misma bandera. México es el undécimo país del mundo en PIB nominal, pero en cifras de 2016 tenía a más del 43 por ciento de su población por debajo de la línea de pobreza: hablamos de más de 53 millones de personas.
Con frecuencia, especialmente en las grandes ciudades, el tránsito entre esas dos realidades se puede hacer en un autobús de línea urbana o, simplemente, caminando. En América Latina, que como se sabe es la región más desigual del planeta, esta terrible realidad es constatable en Buenos Aires, Sao Paulo, Bogotá, Lima, Caracas… y también en México DF y en otras muchas ciudades argentinas, brasileñas, colombianas, peruanas, venezolanas… mexicanas.
Además, el México de hoy, el que ha elegido a Andrés Manuel López Obrador, AMLO, como nuevo presidente, al frente de la coalición Movimiento de Renovación Nacional [MORENA], es un país que –cómo siempre se ha dicho- parece estar muy lejos de dios y muy cerca de los Estados Unidos. Más de tres mil kilómetros de frontera entre ambos países, separando realidades tan distintas en tantísimos aspectos, siempre ha sido una inagotable fuente de problemas. Ahora, tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, ya desde antes incluso de su elección, las tensiones entre los dos países colindantes han ido en constante aumento. Cómo no va a ser así en una relación entre vecinos en la que uno acusa al otro de asesino, violador, criminal y, además, quiere construir un muro para impedir cualquier contacto con él.
La industria del crimen, muy especialmente el sector vinculado al narcotráfico con los tan potentes como violentos cárteles de la droga, está detrás de dos fenómenos que en México alcanzan proporciones excepcionales: la corrupción y la violencia urbana. Si el primero es endémico [aparece como el país más corrupto de los 34 estados que conforman la OCDE], el segundo ha alcanzado en la última década unas proporciones que hacen que el adjetivo dantescas resulte insuficiente. Las cifras de muertos con violencia arrojan cifras propias de un país en guerra: más de 25 mil homicidios el año pasado, dentro de una serie que lleva más de una década en cifras insoportables. La decisión de Peña Nieto de sacar al ejército a las calles, comparable a aquel error mayúsculo de Ronald Reagan de declarar la guerra al narco, tampoco aquí ha servido de nada.
AMLO y MORENA tienen un reto mastodóntico por delante: gobernar desde la izquierda política un país tan grande y poblado, tan escandalosamente desigual, que sufre unos terribles parámetros de violencia, con un vecino tan poderoso como hostil por el norte, y con otros muy pobres y problemáticos por el sur: Guatemala tiene casi mil kilómetros de frontera con México.
Jorge G. Castañeda, quien fue reconocido profesor de la UNAM y canciller del gobierno mexicano, escribió en su día "Hay países más pobres que México y países más ricos que México, pero hay pocos países tan desiguales como México: desigualdades sociales, de clase, étnicas, de todo tipo..., entre el norte y el sur, entre pobres y ricos, entre el campo y la ciudad, entre los blancos y los mestizos, entre los mestizos y los indígenas... tenemos todas las desigualdades imaginables". Recuerdan estas palabras otras del brasileño Fernando Henrique Cardoso, también prestigioso académico que fue presidente de su país, cuando decía que “Brasil es el país de los excluidos”, y que el suyo más que pobre es un país injusto.
La tentación por la historia comparada siempre es estimulante, por lo que no son pocas las voces que se han escuchado a propósito de paralelismos entre el México con el que se encuentra López Obrador y el Brasil que afrontó en su primer gobierno Lula da Silva. Otras tantas han atendido a las posibles coincidencias entre el nuevo mandatario mexicano y el Hugo Chávez de 1998, cuando llegó al Palacio de Miraflores. Además, etiquetas utilizadas con ambos se le han adjudicado a AMLO, especialmente las de populista y nacionalista.
Así, el New York Times, en una columna de opinión de Pamela Starr, se preguntaba estos días por cuál iba a ser la cara preponderante de la poliédrica personalidad de Obrador, la populista, la izquierdista, la nacionalista, la pragmática o la austera. Y la respuesta era que hay un solo AMLO, que es así de plural y complejo. NYT afirma que el nuevo presidente quiere transformar México en todos sus planos, pero no es partidario de una revolución sino de un sumatorio de cambios graduales. Es un populista pragmático que pretende actuar sin desbordar los márgenes de la política mexicana, pero con una orientación ideológica clara: "Por el bien de todos, los pobres primero".
Desde luego recuerda a aquél objetivo del primer Lula, cuando proponía un nuevo Contrato Social a los brasileños, o cuando afirmaba que su política había de garantizar que todos sus ciudadanos comieran tres veces al día.
En su Carta ao Povo Brasileiro, Lula decía en 2003 algo que quizá hoy podría suscribir López Obrador: "será necesaria una lúcida y juiciosa transición entre lo que tenemos hoy y lo que la sociedad reivindica. Lo que se hizo o se dejó de hacer en ocho años no será compensado en ocho días. El nuevo modelo no puede ser producto de decisiones unilaterales del gobierno, tal como ocurre hoy, ni será implantado por decreto, de modo voluntarista. será fruto de una amplia negociación nacional, que debe conducir a una auténtica alianza por el país, a un nuevo contrato social, capaz de asegurar crecimiento con estabilidad".
Dejando de lado el posterior devenir de Lula Da Silva [hoy en la cárcel por corrupción] y su Partido de los Trabajadores, que no tiene por qué tener paralelismo alguno con el futuro de AMLO y MORENA, el reto del presidente recién elegido y del partido que lo apoya es inmenso: han de pacificar México, han de revertir la desigualdad y la injusticia endémicas de las sociedades duales y han de asegurarse el respeto de su vecino del norte, así como unas relaciones razonables entre ambos países.
Los ciudadanos que lo han apoyado, particularmente ellos, esperan que se confirme rápidamente que MORENA no es ni el PRI, ni el PAN, ni el último PRD. Y muchos de ellos esperan respuestas urgentes para sus problemas igualmente acuciantes, tanto que no admiten demora en obtener solución. Como escribía Leonardo Curzio recientemente, en El Universal, la izquierda mexicana tiene una enorme experiencia en criticar, cargada de razones, lo que han hecho el PRI y el PAN cuando han estado en el gobierno y ahora ha de tomar decisiones como gobierno que serán criticadas con extrema dureza por estos mismos partidos; es decir, lo que ocurre habitualmente en los sistemas democráticos consolidados. Paralelamente, el nuevo presidente habrá de ejercitar sus dotes de conciliación para potenciar el valor y el prestigio de las instituciones, alejándolas del clientelismo y de la corrupción.
Esa dialéctica las fortalecerá sin duda, contrariamente a lo que se ha hecho en otros países desde el populismo de izquierdas, que siempre ha buscado fidelizar a su electorado desde la práctica del subsidio, al tiempo que dividía a la ciudadanía en dos grupos enfrentados: “el pueblo” y “los enemigos del pueblo”; es decir, los partidarios con el gobierno y los que no lo son. Enarbolar la bandera del “auténtico y verdadero” pueblo no puede ser una patente de corso para gobernar al margen de los parámetros democráticos convencionales.
Desde la idea de “los pobres, primero”, que nadie puede discutir como el imperativo categórico de un gobierno que se ubica en la izquierda política, como es el de AMLO, la acción gubernamental no puede orientarse hacia la generación del clientelismo de la subvención, sino a hacer compatibles las necesarias ayudas sociales con el reforzamiento de las instituciones, para que los ciudadanos que reciban el apoyo y la ayuda del Estado en su papel redistributivo de la riqueza nacional entiendan que reciben porque tienen derechos, no porque se les está haciendo un favor, una concesión graciosa, a cambio de su fidelidad política. Además, si en un principio el éxito del nuevo gobierno puede juzgarse por la mejora de la atención y la ayuda a los desheredados, a medio plazo el verdadero éxito será el que reflejen las cifras de aquellos que ya no necesitarán la subvención directa del Estado, sino que la redistribución de la riqueza que éste ha de asegurar vendrá por vía indirecta de la mejora de los indicadores educativos, de salud y de otras prestaciones sociales.
El reto, los retos de la izquierda morenista comandada por Andrés Manuel López Obrador son gigantescos. Veremos si está opción política de progreso consigue navegar en las procelosas aguas en las que ha entrado por mandato de una mayoría importantísima de los electores. Del éxito de AMLO y los suyos podrían derivarse consecuencias positivas para toda la América Latina, una de ellas dar el pistoletazo de salida para acabar con las perversas sociedades duales de una buena vez.
Las sociedades duales [según acuñó Luis de Sebastián] son aquellas en las que el Primer y el Tercer Mundo conviven dentro del espacio delimitado por una misma frontera, un territorio identificado por una misma bandera. México es el undécimo país del mundo en PIB nominal, pero en cifras de 2016 tenía a más del 43 por ciento de su población por debajo de la línea de pobreza: hablamos de más de 53 millones de personas.
Con frecuencia, especialmente en las grandes ciudades, el tránsito entre esas dos realidades se puede hacer en un autobús de línea urbana o, simplemente, caminando. En América Latina, que como se sabe es la región más desigual del planeta, esta terrible realidad es constatable en Buenos Aires, Sao Paulo, Bogotá, Lima, Caracas… y también en México DF y en otras muchas ciudades argentinas, brasileñas, colombianas, peruanas, venezolanas… mexicanas.
Además, el México de hoy, el que ha elegido a Andrés Manuel López Obrador, AMLO, como nuevo presidente, al frente de la coalición Movimiento de Renovación Nacional [MORENA], es un país que –cómo siempre se ha dicho- parece estar muy lejos de dios y muy cerca de los Estados Unidos. Más de tres mil kilómetros de frontera entre ambos países, separando realidades tan distintas en tantísimos aspectos, siempre ha sido una inagotable fuente de problemas. Ahora, tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, ya desde antes incluso de su elección, las tensiones entre los dos países colindantes han ido en constante aumento. Cómo no va a ser así en una relación entre vecinos en la que uno acusa al otro de asesino, violador, criminal y, además, quiere construir un muro para impedir cualquier contacto con él.
La industria del crimen, muy especialmente el sector vinculado al narcotráfico con los tan potentes como violentos cárteles de la droga, está detrás de dos fenómenos que en México alcanzan proporciones excepcionales: la corrupción y la violencia urbana. Si el primero es endémico [aparece como el país más corrupto de los 34 estados que conforman la OCDE], el segundo ha alcanzado en la última década unas proporciones que hacen que el adjetivo dantescas resulte insuficiente. Las cifras de muertos con violencia arrojan cifras propias de un país en guerra: más de 25 mil homicidios el año pasado, dentro de una serie que lleva más de una década en cifras insoportables. La decisión de Peña Nieto de sacar al ejército a las calles, comparable a aquel error mayúsculo de Ronald Reagan de declarar la guerra al narco, tampoco aquí ha servido de nada.
AMLO y MORENA tienen un reto mastodóntico por delante: gobernar desde la izquierda política un país tan grande y poblado, tan escandalosamente desigual, que sufre unos terribles parámetros de violencia, con un vecino tan poderoso como hostil por el norte, y con otros muy pobres y problemáticos por el sur: Guatemala tiene casi mil kilómetros de frontera con México.
Jorge G. Castañeda, quien fue reconocido profesor de la UNAM y canciller del gobierno mexicano, escribió en su día "Hay países más pobres que México y países más ricos que México, pero hay pocos países tan desiguales como México: desigualdades sociales, de clase, étnicas, de todo tipo..., entre el norte y el sur, entre pobres y ricos, entre el campo y la ciudad, entre los blancos y los mestizos, entre los mestizos y los indígenas... tenemos todas las desigualdades imaginables". Recuerdan estas palabras otras del brasileño Fernando Henrique Cardoso, también prestigioso académico que fue presidente de su país, cuando decía que “Brasil es el país de los excluidos”, y que el suyo más que pobre es un país injusto.
La tentación por la historia comparada siempre es estimulante, por lo que no son pocas las voces que se han escuchado a propósito de paralelismos entre el México con el que se encuentra López Obrador y el Brasil que afrontó en su primer gobierno Lula da Silva. Otras tantas han atendido a las posibles coincidencias entre el nuevo mandatario mexicano y el Hugo Chávez de 1998, cuando llegó al Palacio de Miraflores. Además, etiquetas utilizadas con ambos se le han adjudicado a AMLO, especialmente las de populista y nacionalista.
Así, el New York Times, en una columna de opinión de Pamela Starr, se preguntaba estos días por cuál iba a ser la cara preponderante de la poliédrica personalidad de Obrador, la populista, la izquierdista, la nacionalista, la pragmática o la austera. Y la respuesta era que hay un solo AMLO, que es así de plural y complejo. NYT afirma que el nuevo presidente quiere transformar México en todos sus planos, pero no es partidario de una revolución sino de un sumatorio de cambios graduales. Es un populista pragmático que pretende actuar sin desbordar los márgenes de la política mexicana, pero con una orientación ideológica clara: "Por el bien de todos, los pobres primero".
Desde luego recuerda a aquél objetivo del primer Lula, cuando proponía un nuevo Contrato Social a los brasileños, o cuando afirmaba que su política había de garantizar que todos sus ciudadanos comieran tres veces al día.
En su Carta ao Povo Brasileiro, Lula decía en 2003 algo que quizá hoy podría suscribir López Obrador: "será necesaria una lúcida y juiciosa transición entre lo que tenemos hoy y lo que la sociedad reivindica. Lo que se hizo o se dejó de hacer en ocho años no será compensado en ocho días. El nuevo modelo no puede ser producto de decisiones unilaterales del gobierno, tal como ocurre hoy, ni será implantado por decreto, de modo voluntarista. será fruto de una amplia negociación nacional, que debe conducir a una auténtica alianza por el país, a un nuevo contrato social, capaz de asegurar crecimiento con estabilidad".
Dejando de lado el posterior devenir de Lula Da Silva [hoy en la cárcel por corrupción] y su Partido de los Trabajadores, que no tiene por qué tener paralelismo alguno con el futuro de AMLO y MORENA, el reto del presidente recién elegido y del partido que lo apoya es inmenso: han de pacificar México, han de revertir la desigualdad y la injusticia endémicas de las sociedades duales y han de asegurarse el respeto de su vecino del norte, así como unas relaciones razonables entre ambos países.
Los ciudadanos que lo han apoyado, particularmente ellos, esperan que se confirme rápidamente que MORENA no es ni el PRI, ni el PAN, ni el último PRD. Y muchos de ellos esperan respuestas urgentes para sus problemas igualmente acuciantes, tanto que no admiten demora en obtener solución. Como escribía Leonardo Curzio recientemente, en El Universal, la izquierda mexicana tiene una enorme experiencia en criticar, cargada de razones, lo que han hecho el PRI y el PAN cuando han estado en el gobierno y ahora ha de tomar decisiones como gobierno que serán criticadas con extrema dureza por estos mismos partidos; es decir, lo que ocurre habitualmente en los sistemas democráticos consolidados. Paralelamente, el nuevo presidente habrá de ejercitar sus dotes de conciliación para potenciar el valor y el prestigio de las instituciones, alejándolas del clientelismo y de la corrupción.
Esa dialéctica las fortalecerá sin duda, contrariamente a lo que se ha hecho en otros países desde el populismo de izquierdas, que siempre ha buscado fidelizar a su electorado desde la práctica del subsidio, al tiempo que dividía a la ciudadanía en dos grupos enfrentados: “el pueblo” y “los enemigos del pueblo”; es decir, los partidarios con el gobierno y los que no lo son. Enarbolar la bandera del “auténtico y verdadero” pueblo no puede ser una patente de corso para gobernar al margen de los parámetros democráticos convencionales.
Desde la idea de “los pobres, primero”, que nadie puede discutir como el imperativo categórico de un gobierno que se ubica en la izquierda política, como es el de AMLO, la acción gubernamental no puede orientarse hacia la generación del clientelismo de la subvención, sino a hacer compatibles las necesarias ayudas sociales con el reforzamiento de las instituciones, para que los ciudadanos que reciban el apoyo y la ayuda del Estado en su papel redistributivo de la riqueza nacional entiendan que reciben porque tienen derechos, no porque se les está haciendo un favor, una concesión graciosa, a cambio de su fidelidad política. Además, si en un principio el éxito del nuevo gobierno puede juzgarse por la mejora de la atención y la ayuda a los desheredados, a medio plazo el verdadero éxito será el que reflejen las cifras de aquellos que ya no necesitarán la subvención directa del Estado, sino que la redistribución de la riqueza que éste ha de asegurar vendrá por vía indirecta de la mejora de los indicadores educativos, de salud y de otras prestaciones sociales.
El reto, los retos de la izquierda morenista comandada por Andrés Manuel López Obrador son gigantescos. Veremos si está opción política de progreso consigue navegar en las procelosas aguas en las que ha entrado por mandato de una mayoría importantísima de los electores. Del éxito de AMLO y los suyos podrían derivarse consecuencias positivas para toda la América Latina, una de ellas dar el pistoletazo de salida para acabar con las perversas sociedades duales de una buena vez.
