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Tristeza não tem fim, felicidade sim

OPINIÓN de Emilio Cafassi.- Una explosión de júbilo popular estalló acompañando los fuegos rituales que esparcieron sus destellos por los cielos urbanos aquel primer día del año 2003, los que por primera vez tuvieron motivos más hondos para alzarse a las alturas y resplandecer. Un aparente artificio, como aquellas bengalas, se hizo realidad cuando un obrero metalúrgico dejó su torno para pasar a esculpir artesanalmente y sin otro mecanismo que su voluntad y la de sus compañeros las más complejas e inéditas piezas indispensables para la reparación de la destartalada maquinaria política, económica y social de Brasil. El presidente ya no sería un académico, ni siquiera un universitario.

Como toda felicidad realmente existente, sufrió el paulatino desgaste del tiempo y fue marchitándose lentamente al ritmo de sus propias rutinas, decepciones e imperdonables descuidos. El hoy expresidente, proscripto y encarcelado por obra de uno de los procesos más venales de la historia jurídica del país ya que careció de pruebas, de la (in)disimulada colaboración de aquellos académicos y doctores otrora derrotados y de la coacción amenazante de esa institucionalizada pandilla de antropoides, llamada FFAA, sólo puede observar la realidad.

El objetivo fue excluirlo de la competencia electoral porque la totalidad de encuestadores lo daban como favorito. Supongámosle -metodológicamente- verosimilitud a tales pronósticos. Una semana antes de la primera vuelta electoral, esos mismos encuestadores daban ganador a Bolsonaro, aunque por cifras menores al escandaloso guarismo finalmente alcanzado: el equivalente a la suma de votos de los 3 partidos que gobernaron Brasil desde la salida de la dictadura (MDB, PT y PSDB). No puedo dejar de interrogarme frente a los números por la estatura cívica de una ciudadanía que hubiera votado por Lula en caso de haber podido candidatearse (aunque sin mover dedo -o muslo y puño en alto- alguno para impedir su encarcelamiento y denunciar la injusticia de su detención y proscripción) pero que en ausencia de su preferencia original vota hoy a un payaso fascista. Por supuesto, esta interrogación es concomitante con aquella que inquiere al PT respecto a qué hizo efectivamente para formar cívicamente a la ciudadanía en década y media de gobierno, además de organizarla para la expresión, conquista y resguardo de sus demandas.

Esos mismos encuestadores dan hoy una diferencia abismal de 20 puntos para el ballotage, algo reversible sólo milagrosamente, cosa que sabremos este fin de semana, cuando estas líneas estén ya impresas. Aún si tal milagro produjera una nueva vuelta ideológica de campana, el escenario político estará muy lejos de ser alentador, aunque ahuyente algo el pánico.

Por caso, el insignificante PSL de Bolsonaro que en la elección pasada sólo obtuvo una banca en la cámara baja del congreso se alzó ahora con 52 de ellas (10% del total) sólo superado por el PT que a pesar de su debacle resulta la primera fuerza con 56 escaños. De la totalidad de legisladores electos, 32 provienen de las fuerzas de seguridad, 18 de los cuales son policías, pero más ampliamente un total de 70 militares obtuvieron algún tipo de cargo, incluyendo dos senadores. En 3 estados, un militar podría aún ganar la gobernación a través del ballotage. No debe excluirse del panorama aterrador los 30 diputados que obtuvo el PRB, expresión de la industria evangélica llamada “Iglesia Universal del Reino de Dios”.

La tesis que sostiene que este resultado expresa el hartazgo de la ciudadanía ante la corrupción de sus representantes expuesta en el “lava jato” y exaltada por la uniformización informativa, merece varios reparos o al menos mediaciones. Si bien la renovación de figuras es la mayor de la historia parlamentaria reciente y muchos de los salpicados (87) por denuncias judiciales se postularon para no perder sus fueros, 35 de ellos resultaron reelectos.

Algo más potente y verosímil resulta la enfatización del papel de la “fake news” en el resultado, al punto que luego de la investigación del diario Folha de São Paulo, Ciro y otros candidatos ingresaron un recurso judicial impugnando las elecciones por la doble razón de que empresas amigas de Bolsonaro hicieron uso de la “caixa2”, (en nuestro medio la caja negra de la que deriva el lavado) y de haberla invertido en la distribución de toda clase de disparatadas mentiras, fotos trucadas y calumnias contra Haddad, el PT y los adversarios políticos en general, adecuadamente segmentadas según el perfil de los destinatarios.

Estas maniobras tendrán a Brasil a lo sumo como primer experimento masivo, pero están muy lejos de detenerse allí y no deberían ser motivo de sorpresa. La posibilidad de injerencia directa o indirecta de los oligopolios del capital informacional no es novedosa ni en la política ni en el espionaje. De las muchas cosas que debemos al exilado Edward Snowden, la principal fue la denuncia del programa “PRISM” donde empresas como Facebook (dueña de Whatsapp), Twitter, Google, Apple, etc. entregaban sus bases de datos a la National Security Agency (NSA) estadounidense. La expresidenta Rousseff y la Petrobras fueron objeto de espionaje por este medio. Si sus datos son entregados al poder militar, ¿qué puede impedirles su comercialización para uso de opciones políticas alineadas con los intereses norteamericanos?

El próximo primer día del nuevo año tendrá fuegos más reales que artificiales. Como la realidad con la que concibieron Tom Jobin y Vinicius de Moraes la extensión de la tristeza.

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