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Trump refuerza el bloqueo y agrede más a Cuba

OPINIÓN de Emilio Marín.- Para sucesivos gobiernos norteamericanos, su pesadilla ha sido la revolución cubana. De allí el bloqueo para tratar de acabarla. Ahora Trump lo redobla, porque Cuba ayuda a la “dictadura” de Maduro.

Para la mayoría del mundo, el bloqueo contra Cuba es ilegal, además de atentatorio del comercio internacional; para los cubanos y muchas naciones tercermundistas, es violatorio de los derechos humanos y califica como acto de guerra. Comenzó en forma total el 7 de febrero de 1962, con orden ejecutiva de John F. Kennedy.

Cada vez que la Asamblea General de la ONU trata la resolución contra el bloqueo norteamericano, una multitud de países apoya a la Mayor de las Antillas. Esas votaciones comenzaron en 1992 y llegan hasta hoy. La última fue el 1 de noviembre pasado: 189 países votaron la moción cubana, 2 lo hicieron en contra (EE.UU. e Israel) y se abstuvieron Moldavia y Ucrania.

El canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla fundamentó esa resolución: “los daños cuantificables, acumulados por el bloqueo durante casi seis décadas de aplicación, alcanzan la cifra de 933.678 millones de dólares, tomando en cuenta la depreciación del dólar frente al valor del oro. Calculados a precios corrientes, el bloqueo ha provocado perjuicios por más de 134.499 millones de dólares”.

Si bien esas políticas imperiales vienen desde el inicio de la revolución cubana y han sido llevadas adelante por administraciones demócratas y republicanas con diferencias de matices (algunos importantes, con Barack Obama en 2015 y 2016), Donald Trump es el responsable de un agravamiento notable.

Su última medida, anunciada en 2018 por su asesor de Seguridad Nacional John Bolton, se puso en marcha el 4 de marzo: se autorizó a ciudadanos norteamericanos y cubano-americanos a demandar a empresas cubanas que “trafiquen” con bienes confiscados y/o nacionalizados por la revolución cubana. Es la primera vez que un presidente pone en marcha el Título III de la ley Helms-Burton.

Este primer golpe apunta a 205 empresas acusadas de pertenecer a las Fuerzas Armadas Revolucionarias y al Ministerio del Interior, que por las maquinaciones anticomunistas propias de EE.UU., son sindicadas como brazos ejecutores de la “dictadura cubana”. Apuntan a hoteles para estrangular el turismo y las divisas, y a proyectos estratégicos como la Zona Especial de Mariel.

El argumento, léase infamia, es que esa dictadura apoya a otra dictadura, del presidente constitucional Nicolás Maduro. La administración Trump, la verdadera dictadura del gran capital y del neonazismo global, castigaría al país que colabora con Venezuela. El bloqueo contra Cuba existió desde 1962, cuando en Caracas existía la IV República de socialdemócratas y socialcristiano, adecos y copeyanos, corrupta hasta la médula, fenómeno al que en 1999 puso fin Hugo Chávez.

Trump redobla el bloqueo a Cuba con el argumento de derrocar a Maduro. Quiere matar dos pájaros de un tiro. Ojalá no mate a ninguno y el tiro se lo pegue en el pie o en algún otro punto vital, como las gónadas.

Seguidilla de agresiones.

Hasta ahora el Título III era suspendido por los del Salón Oval porque estimaban que habilitar esos juicios contra empresas extranjeras generaría pleitos sin un final previsible y acaso pudieran terminar a favor de Cuba, con sólidas razones para defenderse. Esos gobiernos estadounidenses temían que se afectaran sus buenas relaciones con aliados, pero que también tienen inversiones y comercian con Cuba, como España, Canadá, Francia, Reino Unido, Alemania, Suiza, etc.

Pero Trump es una bestia que ve una bandera roja y embiste, enceguecido, aunque las banderas nacionales de Cuba y Venezuela tengan otros vivos colores.

A partir del 19 de marzo habilitó la apertura de juicios contra 205 empresas cubanas, lo que inicialmente no tendría un gran impacto económico sino ante todo político, como agravio y amenaza a la soberanía cubana. En otros 30 días el Departamento de Estado dirá si también autoriza o no juicios a otras empresas, sean cubanas o de otros países.

Cuba ha explicado a su gente en términos muy didácticos cuál es el sentido de la agresión del mal vecino: “los cubanos estarían obligados a devolver, restituir o pagar a reclamantes de los EE.UU. por la casa donde viven, el terreno donde se edifican sus comunidades, la tierra agrícola donde cultivan y producen, la escuela donde se educan sus hijos, el hospital o el policlínico donde reciben servicios médicos, donde está su centro de trabajo”.

Al mundo, la isla ha reiterado que las nacionalizaciones de 1959 fueron compensadas a todos los países afectados y que EE.UU. se negó a entablar negociaciones. La Habana estaba dispuesta a pagar, pero Washington debía compensarla por el bloqueo, Playa Girón y otros daños. Aclaró que no deben identificarse “nacionalizaciones”, que sí merecen compensación, con “confiscaciones” de propiedades de la dictadura batistiana y demás criminales y corruptos, por las que no se obligó a pagar un centavo.

Trump, Mike Pompeo y Bolton expresan lo peor del bloqueo, vapuleado en la conciencia mundial y en la asamblea de la ONU. Y son la continuidad de los instrumentos anteriores: la Enmienda Mack, de 1990, del senador republicano Connie Mack; la ley Torricelli de 1992, del representante por New Jersey, Robert Torricelli, y la ley Helms-Burton, de 1996, del senador Jesse Helms, el representante Dan Burton, republicanos, y la gusanería de Miami.

Los ataques del magnate neonazi contra Cuba y Venezuela están basados en mentiras. Tienen una sola cosa buena: dejan en claro que esa dupla socialista-bolivariana es el obstáculo mayor a su proyecto de alambrar el “patio trasero”. Los ataques unen más a esos dos gobiernos y pueblos, espinas dorsales de la dolorida Patria Latinoamericana.

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