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El campamento como único hogar

El campamento de personas refugiadas Kakuma Foto: ONU Mujeres/Ryan Brown.

No esperan ayudas: cinco historias de resiliencia de uno de los campamentos de personas refugiadas más grandes del mundo.


Actualmente hay más de 70 millones de personas en todo el mundo que se han visto obligadas a huir de sus hogares. Y, debido a que las crisis cada vez duran más, el único hogar que conocen generaciones enteras son los campamentos de personas refugiadas. La duración promedio del desplazamiento va en aumento, y se establece aproximadamente en 26 años; en 2018, el 78 por ciento de todas las personas refugiadas se encontraban en situaciones de refugio prolongadas. Las historias que nos explican estas personas reflejan los retos inconmensurables a los que se enfrentan, pero la vida en los campamentos es algo más que luchar por conseguir alimentos y esperar a que llegue un futuro mejor.

En algunos de los campamentos más grandes del mundo, las personas refugiadas y las comunidades autóctonas impulsan sus propias economías. Hay estudiantes que compiten para que se les admita en una escuela mejor, periodistas que informan sobre noticias diarias, emprendedoras y emprendedores que aprenden nuevas habilidades y profesionales de la salud que asisten partos. Y, a menudo, las mujeres son una parte olvidada de esta fuerza laboral.

Con más de 186.000 residentes, el campamento de personas refugiadas Kakuma y el asentamiento Kalobeyei situado en el árido desierto del noroeste de Kenya es uno de esos lugares.

Coincidiendo con la celebración del Día Mundial de la Asistencia Humanitaria, presentamos a cinco mujeres y niñas que desempeñan los trabajos habituales y otros no tan habituales que hacen que la vida siga, y que permiten aspirar a más.

Amina Rowimoh Hortense, cineasta

Amina Rowimoh Hortense. Foto: ONU Mujeres/Ryan Brown

Amina llegó al campamento de personas refugiadas de Kakuma escapando del conflicto de la República Democrática del Congo en 2004. Solamente tenía 17 años de edad.

“Un día estaba entusiasmada con la idea de ir a la universidad y al siguiente todos mis sueños se desvanecieron…”, afirma.

Amina ha pasado por momentos eternos y difíciles hasta conseuir curar sus heridas, crecer y convertirse en la persona que es ahora. Actualmente es una galardonada cineasta de 25 años de edad. Su pasión es explicar historias de mujeres refugiadas, y para ello tiene su propia empresa de producción en Kakuma.

“Empecé a rodar películas en 2016. Mi primera película hablaba sobre mi propia vida”.

Amina es una graduada en formación cinematográfica de FilmAid, una organización que lleva a cabo programas con ONU Mujeres y otras entidades de las Naciones Unidas en Kakuma.

“La mayoría de las historias que explico [con mis películas] busca que la gente tome conciencia del dolor que soportan otras personas. Cuando alguien sufre, a menudo no lo explica. La persona permanece en silencio, traumatizada… Yo me sirvo del poder del cine para hablar en nombre de estas personas”.

Su última película, que trataba de la mutilación genital femenina, fue proyectada en el campamento, y se dirigía a las mujeres y a los hombres para que cuestionaran esta práctica.

En la actualidad trabaja en una película que analiza la realidad de la vida de una persona refugiada.

“Odio esta palabra, refugiada. Yo lo único que quiero es pertenecer a un sitio”, afirma.

“Somos forasteros. Es como si no existiéramos, como si no perteneciéramos a ningún sitio. Tienes un documento de refugiada, y te sientes orgullosa. Lo sujetas así [junto al pecho]. Llegas al mostrador de inmigración y muestras el documento, tras lo cual es posible que te pregunten ‘¿qué es esto?’. Y te rechazan”.

“A veces pienso en el futuro: de aquí a cinco o diez años, ¿dónde estaré? ¿Perteneceré a un sitio, o todavía estaré en este campamento? ¿Acaso voy a morir aquí?”.
Christine Wambulwa, mecánica

Christine Wambulwa es keniata, y la única mujer mecánica de la ciudad de Kakuma. Cada día, a las 7:30 am, se encuentra en el taller de reparación de vehículos que hay al lado de la autopista.

“Para mí no hay fines de semana”, afirma. “Si a alguien se le estropea el vehículo en medio de la carretera, o en el bosque, en cualquier momento, allí estaré. Me gusta muchísimo este trabajo”.


Christine Wambulwa. Foto: ONU Mujeres/Ryan Brown

Christine creció en la ciudad de Kakuma, fijándose en lo que hacían sus hermanos. “Cuando los niños hacían autos de juguete, yo hacía autos de juguete, cuando ellos cuidaban del ganado, yo también cuidaba del ganado. ¡Yo creía que también era un niño, como ellos!”.

Ya de más edad, no había suficiente dinero para educarla y la familia tenía muchas bocas que alimentar. Aprendió a reparar vehículos.

“El primer vehículo que reparé fue un camión Toyota”, explica. “Al principio fue un poco difícil, ya que tenía que acarrear cosas pesadas. Pero ahora tenemos buenas máquinas que pueden levantar pesos”.

Christine cree que las mujeres pueden hacer cualquier cosa que puedan hacer los hombres. Sin embargo, su trabajo todavía presenta algunas dificultades. “Los hombres no creen que una mujer sepa reparar un vehículo. Un hombre se lo pensará diez veces antes de darme un vehículo para que lo repare”, admite.

De todos modos, eso no hace que Christine desista de lo que le gusta hacer. Tras la muerte de su esposo, ella es el único sostén económico de la familia. Gracias a ella sus hijas e hijos van a la escuela, y también ayuda a sus hermanas y hermanos.

“Con las personas refugiadas, han surgido nuevas oportunidades”, afirma. “La mentalidad se ha abierto un poco, ahora hay más mujeres conductoras. Antes, muy pocas niñas iban a la escuela en esta zona. La cultura era el principal factor que se lo impedía. Pero ahora hay muchas niñas que van a la escuela, niñas de la ciudad de Kakuma y del campamento de personas refugiadas”.

Christine lanza un mensaje al resto de mujeres: “No tengan miedo. El trabajo es trabajo. No hay nada difícil para una mujer, sólo está en la mente”.
Refika Cornoleus, fabricante de cocinas

Refika Cornoleus. Foto: ONU Mujeres/Ryan Brown

En las casas improvisadas y los patios de Kakuma, la necesidad de combustible es acuciante. Hay que alimentar a más de 186.000 bocas. Esta es Refika Cornoleus, una refugiada de Sudán y fabricante de jikos ecológicas en Kakuma.

Las jikos son unas cocinas hechas a mano con alambre. Distribuyen el calor eficientemente y requieren menos carbón.

“Necesito entre dos y tres horas para hacer una, y las puedo vender a entre 250 y 500 chelines keniatas (entre 2 y 4 USD)”, explica Refika.

Actualmente las personas del campamento conocen sus jikos y ella las fabrica bajo encargo. Ha enseñado a otras cinco personas del campamento la técnica de fabricar jikos, algo que aprendió de su abuelo.

Refika Cornoleus. Foto: ONU Mujeres/Ryan Brown

Cuando Refika escapó de la guerra de Sudán con sus seis hijas e hijos, dejó atrás a su marido, su abuela y su abuelo. “Siempre pienso en mi abuelo cuando hago jikos”, afirma.

Gracias al negocio de las cocinas jikos consigue dinero adicional para mantener a sus hijas e hijos. Echa de menos a su marido, pero se levanta cada día y se pone a trabajar. También asiste a clases para tener más posibilidades de conseguir un trabajo mejor. Su asignatura favorita es lengua inglesa.
Beatrice Silas Kasiba, modista

Beatrice Silas Kasiba es una mujer muy ocupada. Es una de las mejores modistas de Kalobeyei, un asentamiento donde viven tanto personas refugiadas como keniatas de la zona.


Beatrice Silas Kasiba. Foto: ONU Mujeres/Ryan Brown

Aprendió confección en un proyecto del Consejo Danés para los Refugiados respaldado por ONU Mujeres, y ahora enseña esta disciplina a otras mujeres refugiadas. También actúa como mentora de niñas en la comunidad y las anima a volver a la escuela. Las niñas la escuchan, porque saben que Beatrice ha pasado muchas penurias, y ha sobrevivido.

Beatrice huyó de Burundi escapando de la muerte después de sufrir una brutal violación en 2015, siguiendo a su marido hacia Rwanda y Uganda, antes de que la pareja finalmente llegara a Kenya.

“Cuando llegamos al campamento del ACNUR, nos dieron alimentos básicos y una cama. La comida era diferente a la que yo estaba acostumbrada. Al principio, no podía comer la comida que nos daban… Simplemente me superaba. Hicimos ayuno durante tres días, entonces empezamos a tomar unas gachas con agua”.

Traumatizada y exhausta, también sufrió de dolor crónico. “Antes era fuerte, solía trabajar en la construcción. Pero desde la violación ya no puedo ni siquiera transportar un bidón de agua de cinco litros”.


Beatrice Silas Kasiba. Foto: ONU Mujeres/Ryan Brown

Cuando Beatrice se encontró por primera vez con una persona del servicio humanitario del Consejo Danés para los Refugiados, preguntó si podían devolver la esperanza a alguien que la había perdido.

Ese fue el punto de partida para su camino hacia la sanación.

“Después de recibir asesoramiento, finalmente logré una cierta tranquilidad de espíritu. Me acepté; acepté que soy humana, como las demás personas”, afirma. “Salta a la vista, ¡estoy radiante!”.

Para Beatrice, enviar a las niñas a la escuela y enseñarles competencias profesionales para que puedan obtener ingresos es su prioridad principal.

“Mírenme”, dice. “Hago vestidos. Voy a clase. Soy profesora. Gano mi propio dinero. He aprendido a hacer presupuestos y ahorrar. Sé cómo funciona la banca móvil. ¡Siento que estoy en un nuevo mundo!”.
Nyamam Gai Gatluak, estudiante, quiere ser ingeniera de software

Nyamam Gai Gatluak. Foto: ONU Mujeres/Ryan Brown

Nyamam, de 17 años de edad, es de Sudán del Sur, y es ambiciosa. Estudiante de la escuela primaria Angelina Jolie de Kakuma, forma parte del club de TI que participó en los eventos del Día Internacional de la Niña organizados por el UNICEF, el ACNUR, Unilever, ONU Mujeres y el movimiento IamtheCode en 2018.

Desde entonces, a Nyamam no hay quien la pare.

“Quiero ser ingeniera de software”, afirma. “Quiero crear mis propias aplicaciones y facilitar el aprendizaje para las niñas”.

“En el campo de la TI, no hay muchas niñas o mujeres. Estoy pensando en crear una aplicación que enseñe a las niñas a programar, incluso a las niñas de zonas rurales [y de campamentos de personas refugiadas]”.

Nyamam Gai Gatluak. Foto: ONU Mujeres/Ryan Brown

Nyamam se encuentra entre las únicas 60 niñas que fueron admitidas en el internado en 2018, de prácticamente 500 que se presentaron. Es consciente de los retos a los que se enfrentan las niñas en el campamento.

“Muchas de ellas no van a la escuela… Las que consiguen ir, cuando llegan a casa tienen que dejar los libros y meterse en la cocina para cocinar y encargarse de otras tareas, puesto que los niños no hacen este tipo de trabajo. Por lo tanto, las niñas no tienen tiempo para estudiar. Estar en un internado es un privilegio… Estaría bien que hubiera más internados para niñas en el campamento”.

“Quiero crear una aplicación que instruya a madres y padres y niñas sobre los derechos (de las niñas) en diferentes idiomas (locales). La edad de matrimonio en Kenya está por encima de los 18 años, pero la mayoría de las madres y los padres ni siquiera saben lo que dice la ley”, explica.

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