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“Los terroristas mataron a mucha gente ante nuestra vista”

La experiencia de tres sobrevivientes del terrorismo




“Pido que todos reflexionemos sobre las vidas que han cambiado para siempre como consecuencia del terrorismo. Comprometámonos a mostrar a las víctimas que no están solas y que la comunidad internacional se solidariza con ellas, dondequiera que se encuentren. En su llamamiento a la recuperación y la justicia, las víctimas hablan en nombre de todos nosotros”. —António Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas

Hoy, aunque el número de países afectados por el terrorismo va en aumento, la mayoría de las víctimas se concentra en un pequeño grupo de Estados Miembros. Ante este escenario, las víctimas del terrorismo luchan para que se escuchen sus voces, se apoyen sus necesidades y se respeten sus derechos. Sin embargo, a menudo se sienten olvidadas y abandonadas una vez que se atienden sus necesidades inmediatas. Esta situación, sumada a los pocos recursos de los Estados Miembros y su capacidad para satisfacer las necesidades a medio y largo plazo, no contribuyen a lograr su total rehabilitación. Para lograrla, se necesita el apoyo multidimensional de largo plazo, que incluya medidas físicas, psicológicas, sociales y financieras, elementos indispensables para su total y plena integración a la sociedad. Los Estados Miembros son los responsables de facilitar la creación y ejecución de estas medidas y trabajan juntos para proporcionar recursos, movilizar a la comunidad internacional y atender mejor las necesidades de las víctimas.

En este contexto y conociendo las terribles condiciones a las cuales las víctimas del terrorismo se enfrentan, las Naciones Unidas han creado la Estrategia global de la ONU contra el terrorismo, por la que los Estados Miembros adoptan las medidas de: 1) Hacer frente a las condiciones que propician la propagación del terrorismo; 2) Prevenir y combatir el terrorismo; 3) Desarrollar la capacidad de los Estados Miembros para prevenir y combatir el terrorismo y fortalecer el papel del sistema de las Naciones Unidas al respecto; y 4) Garantizar el respeto universal de los derechos humanos y del estado de derecho como pilar fundamental de la lucha contra el terrorismo. Bajo estos principios, los Estados Miembros se comprometen a promover, proteger y respetar los derechos de las víctimas, y a crear redes de apoyo, tanto para las víctimas como para las organizaciones de la sociedad civil que trabajan en su recuperación.


Amaury y Andrew Razafitrimo, de Madagascar, se encontraban con su madre, Mino, en el momento del ataque terrorista ocurrido en julio de 2016 en Niza (Francia). El nombre de Mino, que falleció en el ataque, significa esperanza en malgache.
Ayudar a las víctimas es ayudar a la sociedad para poner fin al terrorismo

La Asamblea General, en sus resoluciones (A/RES/66/282, A/RES/68/276 y A/RES/72/284) que se establecieron como resultado del Examen de la Estrategia Global de las Naciones Unidas contra el Terrorismo, destaca el importante papel de las víctimas en la lucha contra el terrorismo y la prevención del extremismo violento, a la vez que reconocen y defienden sus derechos humanos. Así mismo, establecen que construir resiliencia en las víctimas y sus familias mediante la provisión de apoyo y asistencia adecuadas inmediatamente después de un ataque y en el largo plazo, es el primer paso para reconocer que las víctimas son menos vulnerables a los impactos del terrorismo y pueden sobrellevar, sanar y recuperarse rápidamente después de un ataque.

El proyecto de resolución sobre la mejora de la cooperación internacional para ayudar a las víctimas del terrorismo (A / 73 / L.88) reconoce específicamente este hecho, es decir, la importancia de que las víctimas se recuperen en pro de una cohesión social de la sociedad.

Por ello, en el segundo año de celebración del Día Internacional de Conmemoración y Homenaje a las Víctimas del Terrorismo (A/RES/72/165), el tema principal se centrará en la capacidad de recuperación de las víctimas y sus familias: cómo se las han arreglado y qué han hecho para transformar sus experiencias, ayudando así en su curación, su recuperación, y su fortalecimiento y unión en contra del terrorismo.

Así, la Oficina de las Naciones Unidas de Lucha contra el Terrorismo (UNOCT) y el Grupo de Amigos de las Víctimas del Terrorismo presentarán una exposición fotográfica del 19 al 30 de agosto en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. La muestra, que se inaugurará el 21 de agosto por el Secretario General, António Guterres, se compone de testimonios e historias que demuestras el viaje personal al que se enfrentan y sus experiencias de resiliciencia.

Además, el 20 de agosto, UNOCT y la Misión Permanente de Camerún organizarán un evento en la sede de la ONU estrenarán en primicia un documental de la serie de documentales "Víctimas del terrorismo", que se centra en los desafíos a los que se enfrentan las víctimas del grupo terrorista Boko Haram en Camerún.
Un equipo de Noticias ONU viajó a Chad y el norte de Camerún este año para hablar con sobrevivientes de ese flagelo sobre el efecto devastador de estas experiencias en sus vidas. 

Con motivo del Día Internacional de Conmemoración y Homenaje a las Víctimas del Terrorismo hoy publicamos los testimonios recabados por un equipo de ONU Noticias que viajó a Chad y el norte de Camerún este año para hablar con sobrevivientes de ese flagelo sobre el efecto devastador de estas experiencias en sus vidas


Hawa Abdu, Kedra Abakar y Fati Yahaya narran aquí el capítulo más oscuro de su existencia.

La ONU apoya a las personas que han sido atacadas, secuestradas, heridas o traumadas por actos de terrorismo en cualquier parte del mundo.

“Los terroristas mataron a mucha gente ante nuestra vista”

Hawa Abdu, una nigeriana de 38 años madre de dos hijos fue secuestrada por Boko Haram en 2014 y pasó cuatro años desplazándose en el noreste de Nigeria con el grupo terrorista. Actualmente vive en la región norte de Camerún, en el campamento para refugiados nigerianos de Minawao, adonde llegó en enero de 2018.

“En 2014 mi madre estaba en Bama, un pueblo entre la capital del estado de Borno y la frontera con Camerún, así que fui a visitarla. Un día, las autoridades locales nos dijeron que no era seguro quedarnos ahí, pero me negué a irme porque mi madre estaba enferma. Los terroristas entraron al pueblo a las 4 de la mañana del día siguiente y se reunieron en el mercado. No pudimos evitarlo.

Escuché disparos por todos lados y, en la confusión, mis dos niñas corrieron hacia un lado y yo me fui con mi madre hacia otro. Los terroristas nos atraparon, golpearon a mi madre y la dejaron tirada.

A mí me llevaron, a muchas personas nos llevaron. Viajamos en un vehículo hasta el poblado de Zamaimaya y luego tuvimos que caminar 10 kilómetros entre arbustos.

Todas las mujeres, menos las niñas, fueron obligadas a casarse con un combatiente de Boko Haram. Yo me negué al principio; sin embargo, después de tres días me di cuenta de que no tenía más opción porque nos dijeron que si no aceptábamos nos ejecutarían. Me ordenaron convertirme al islam y lo tuve que hacer antes del matrimonio.

Después de casarme, mi esposo me golpeaba mucho y me daba muy poca comida. Una vez me pasé siete días sin comer. A veces me daba dindiri o frijoles. Pasé mucha hambre. Odiaba estar casada con un combatiente de Boko Haram.

Los terroristas mataron a mucha gente ante nuestra vista. No teníamos manera de evitarlo.

Nos desplazamos mucho entre los arbustos, cambiábamos de lugar todo el tiempo. Dios me salvó en esos días difíciles.

Un día, mi hija Hadiza, que tiene 13 años se escapó. No la he visto desde entonces. Rezo todos los días para que esté viva. No sé dónde está mi madre. Más tarde, los soldados llegaron a ahuyentar a Boko Haram y nos ayudaron a escapar a mí y a mi otra hija, Fatima, que ahora tiene 14 años. Ella está conmigo en el campamento de Minawao.

He pasado más de un año en este campamento. Mis vecinos me han dado comida y ropa. No he comido pollo desde que estoy aquí. Vendo cacahuates para ganar un poco de dinero. Necesito un tapete, una olla y más ropa.

Padezco una enfermedad del corazón y ansiedad y no puedo olvidar cómo me separaron de mis padres y hermanos, ni los asesinatos que vi. Pienso en eso todos los días.

Una manera de relajarme es oyendo música, canciones de Hausa Fulani. A veces mi vecino me presta su teléfono para oírlas. Me pone contenta, me produce paz mental.”

Noticias ONU/Daniel Dickinson

Kedra Abakar, de 25 años, fue secuestrado de su casa en la isla de Ngomiron Doumou, en el lago Chad, por extremistas del grupo terrorista Boko Haram. (9 de febrero de 2019)
“Nos mantuvieron debajo de un árbol y asesinaron a tres de mis amigos enfrente de nosotros”

Kedra Abakar, un joven de 25 años que fue forzado a sumarse a las filas de Boko Haram, donde militó durante dos años.

La isla Ngomiron Doumou en el Lago Chad, hogar de 5750 personas, fue atacada en 2015 por extremistas armados integrantes de Boko Haram, que aterrorizaron a la población. A punta de pistola, los terroristas secuestraron a unos 300 hombres, mujeres y niños y se los llevaron a Nigeria. Kedra Abakar es una de las cien personas que lograron regresar a su isla.

“Me llamo Kedra Abakar. Tengo 25 años y vivo en Ngomiron Doumou. Tenía 21 años cuando Boko Haram invadió mi isla creando confusión y miedo. Muchos de mis vecinos huyeron pero quienes no pudimos hacerlo, 200 o 300 personas quedamos rodeados. Nos mantuvieron bajo un árbol y asesinaron a tres de mis amigos enfrente de nosotros. Fue horrible. Nos dijeron que si no nos íbamos con ellos nos harían lo mismo. Tuvimos mucho miedo.

Nos llevaron a Nigeria. Nos encomendaron tres tareas: sembrar la tierra, pescar y pelear con Boko Haram. Tuve que combatir cuando me tocó hacerlo. Me dieron una pistola y me dijeron que atacara una aldea, me forzaron a hacerlo. Si me hubiera negado me habrían matado. Usé la pistola, disparé con ella, pero no sé si maté a alguien.

Pasé dos años dolorosos con Boko Haram, nunca me gustó. Buscaba oportunidades para escapar pero sabía que si me sorprendían me matarían, vivía muy asustado. Al final pude huir. Una noche, tomé una canoa en la orilla del Lago Chad y me fui. No pude venir directamente a Chad, tuve que viajar por Camerún.

Cuando pienso en el tiempo que estuve con Boko Haram me siento muy infeliz. Sólo 100 de las 300 personas raptadas junto a mi pudimos regresar a la isla. Muchas murieron peleando y algunas aún están ahí, son las que creen que Boko Haram es algo bueno.

Mi consejo a los jóvenes es que entiendan que Boko Haram es muy malo. Les digo que se queden en el pueblo si pueden. Boko Haram nos engañó porque no conocíamos nada mejor.

Mi comunidad me dio la bienvenida cuando regresé. Me dieron todo lo que me hacía falta. Espero que en el futuro haya una escuela en la isla para que la gente pueda recibir educación y no se deje seducir por Boko Haram.”


ONU/Eskinder Debebe

Fati Yahaya huyó a Camerún después de escaparse de los insurgentes armados en Nigeria.
“Vivía con miedo a que me mataran”

Fati Yahaya tiene 24 años y nació en el poblado de Koghum, en el noreste de Nigeria. Junto con sus dos hijas, Fati fue capturada por insurgentes armados en 2015 y vivió tres años como su prisionera. Desde junio de 2018 vive en el campamento para refugiados nigerianos de Minawao, en el norte de Camerún.

“Boko Haram llegó a mi pueblo, Koghum, en marzo de 2015. Era un miércoles por la noche, cerca de las 10 y acabábamos de cenar. Estaba en mi casa con mi suegro, de 80 años y mis dos hijas, Aissatou y Helle.

Me preguntaron si estaba mi esposo y cuando les dije que no, quemaron las casas del pueblo y nos forzaron a ir con ellos a pie hasta la montaña Doghoade, que queda a unos 33 kilómetros.

Algunas veces nos golpeaban y nos llamaban infieles sin religión. Otras veces me separaban de mi suegro y me encerraban en un cuarto. En una ocasión me dejaron ahí tres días sin comida ni agua.

Pasé tres años con esos hombres, tres años de sufrimiento. No me violaron pero muchas veces me golpeaban si no seguía bien sus instrucciones, por ejemplo, no mirar a los ojos a los hombres. Hubo gente a la que mataron a golpes, otros murieron de hambre. Yo vivía con miedo de que también me mataran.

Así era como vivía con ellos. Dios me ayudó y me salvó del sufrimiento.

Una anciana a la que esos hombres le tenían confianza me ayudó a escapar. Me fui con mis dos hijas pero mi suegro se quedó. Caminamos durante dos días bajo la lluvia y finalmente cruzamos la frontera con Camerún y llegamos al campamento de Minawao.

Hoy, mis hijas y yo estamos a salvo en este campamento, pero a veces sueño que esos hombres me encuentran y me asusto. Algunas veces niñas me preguntan: “¿dónde están los hombres que nos pegaban y torturaban?”

Y si ven policías con pistolas en el campamento se asustan, entonces les digo que no deben tener miedo. Aquí podemos dormir en paz, sin ruido de pistolas, sin asesinatos, sin brutalidad y nos dan de comer.

Mis hijas tienen paz mental ahora y juegan alegres con otros niños. Yo rezo para que puedan ir a la escuela y educarse. Tal vez un día alguna de ellas llegue a ser doctora. Esa es mi esperanza.”








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