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Con Evo en Bolivia. En el Río de la Plata, Alberto y Daniel

Por Emilio Cafassi.- Este fin de semana, tendrán lugar las elecciones nacionales en Bolivia, y el siguiente en Argentina y Uruguay. En el primer caso y el último, habrá que evitar que la barbarie neoliberal destroce las conquistas y avances, aún parciales, que lograron los estratos sociales más postergados mediante los gobiernos progresistas del MAS y el FA respectivamente. En Argentina, de expulsar del gobierno a la plutocracia responsable del mayor latrocinio desde la caída de la última dictadura. En los 3 dispositivos electorales existen importantes analogías (la más evidente de las cuales es el sistema presidencialista) y diferencias, aunque nunca tantas como las que reflejan las culturas cívicas y políticas. En este artículo me ceñiré con exclusividad a las opciones presidenciales de estos casos, ya que -tal vez no casualmente- una vez optada cada una de ellas, se abren los abanicos de opciones parlamentarias significativas con idéntico resultado presidencial que trataré en una próxima oportunidad.

Si bien voto sólo en uno de estos países aludidos, siempre he considerado una cuestión de primordial honestidad intelectual exponer qué votaría cuando escribo sobre comicios dondequiera se realicen. Este turno de octubre es la primera vuelta, pudiendo en los casos de Argentina y Bolivia, eludir el ballotage cuando alguno de los postulantes obtiene un mínimo del 40% de los votos, con una diferencia del 10% frente a la segunda candidatura más votada. No así en Uruguay donde se requiere mayoría absoluta.

Consecuentemente con la disyuntiva que sinteticé en párrafo inicial, creo particularmente en esta etapa de avance del neofascismo (es decir de la combinatoria de la depredación neoliberal sumada a dosis de xenofobia, represión y terrorismo tanto mediático como jurídico) la opción estratégica es detener su avance mediante la votación presidencial apuntando a que logre el 40% con la necesaria diferencia donde el sistema lo permite. Y si no se alcanzara, más aún en la segunda vuelta, al igual que Uruguay. Estas opciones son las de Evo Morales en Bolivia, Alberto Fernández en Argentina y Daniel Martínez en Uruguay. No hay margen para testimonialismos o aventuras histriónicas. Compiten contra muchos otros, cuya enumeración quitaría más espacio del disponible aquí. Sobre las dos primeras candidaturas tengo -por disímiles razones- desconfianzas y distanciamientos, sin por ello dudar un momento en llamar a votarlas. Tanto Evo como su acompañante desde el 2006, Álvaro García Linera me merecen el mayor de los respetos no sólo por sus políticas que han logrado sostenidos crecimientos en todas las variables socioeconómicas y de derechos cívicos y libertades sino además por la honestidad y sus horizontes históricos, pero no puedo compartir la vulneración de la voluntad ciudadana expresada en el referéndum de febrero de 2016, aquel precisamente convocado por el propio gobierno. Allí la ciudadanía rechazó de manera directa e inapelable su pretensión de una cuarta reelección. Eludir la opinión ciudadana jugando con la proximidad política del Tribunal Constitucional que arguyó que la reelección indefinida era parte de sus “derechos humanos” consagrados en el Pacto de San José de Costa Rica, no es sólo una cuestión de ética sino también de eficiencia estratégica. Exhibe una desconfianza en las fuerzas colectivas de la organización política reproduciendo lo peor de las tradiciones políticas conservadoras: el caudillismo y el paternalismo que postran a ciudadanías y bases en la veneración de supuestos dirigentes insustituibles y en la consecuente concentración y perpetuación del poder con resultantes arrasadoras para los valores emancipatorios y políticas participativas. Si el MAS no pudo en 13 años construir nuevos liderazgos, el debilitamiento sucesivo será su ineluctable destino. Martínez, por el contrario sucederá a los presidentes previos en un país que impide la reelección sucesiva, habiendo ganado inobjetablemente las internas del FA, luego de ser postulado en un colmado congreso realizado en un estadio con transmisión televisiva. En el caso de Fernández las razones son hasta inversas. Jamás esgrimió utopías ni reclamó austeridad en la política, ni fue nominado por nadie más que una familia en secreto. Por el contrario viene recogiendo el espinel con frutos personales desde la derecha más aguda del ministro de economía de Menem hasta las alianzas anti kirchneristas más opuestas a las -poco frecuentes por cierto- medidas combativas y redistributivas de la ex presidenta Kirchner. Profundizando aún más las suspicacias vive en el barrio más caro de toda América Latina, entre nuevos ricos, que no le es propio sino prestado sin contraprestación alguna por un ex funcionario plagado de procesamientos judiciales, cuya esposa, candidata en la capital provincial incorpora la renta de ese inmueble en su declaración jurada de ingresos. ¿Es votable un candidato así? Contra Macri y sus proyecciones programáticas y simbólicas, cualquier cosa debe ser votada, incluyendo la caja de pandora que supone un peronismo reunificado. A nivel presidencial las opciones son disyuntivas.

Por contrapartida, habrá que reconocer que Alberto tiene sus propias cualidades, muy diferentes en diversos aspectos a los de Evo y Daniel. Es un abogado que además es profesor universitario, con una gran capacidad discursiva y particular personalidad para expresar disidencias como ha demostrado contra tirios y troyanos, contra izquierdas y derechas, presentándose pragmático, dispuesto a sentarse a negociar con el poder, como hasta su vivienda demuestra. Así como ahora le toca ejercer la posición más privilegiada en la disyuntiva argentina, antes también lo logró en distintos ámbitos de influencia, por caracteres propios, en las condiciones meritocráticas que fue definiendo la descompuesta política argentina.

¿Podrán Bolivia y Uruguay continuar su curso de crecimiento ininterrumpido y conquistar más derechos sociales y libertades para sus pueblos? Con Evo y Daniel, sin duda porque vienen de ejercicios -propios en el primer caso y colectivos en el otro- que lo demuestran empíricamente, tal vez en menor proporción a lo deseable y exigible. ¿Podrá Alberto revertir el derrumbe material y moral del neofascismo macrista? Lo desconozco ya que no hay programa ni tampoco siquiera tradición a cual asociarlo. Pero basta identificar la historia y la actualidad de la opción contraria para apoyarlo enfáticamente.

En la elección boliviana de este fin de semana se elegirán además los 130 diputados y 36 senadores de los 9 departamentos y el dispositivo permite al elector marcar en la parte inferior el casillero de otro partido diferente al del Presidente y Vice. No considero que ejercer ese derecho tenga utilidad ya que no identifico nada a la izquierda del MAS e inversamente está cada vez más comprometida la mayoría parlamentaria.

En Bolivia ir por más es votar completo al MAS.

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