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Mujeres que sobrevivieron a la violencia de género toman postura para ayudar a otras

Las valientes mujeres que aparecen en este artículo son de Luisiana (Estados Unidos). Todas ellas soportaron años de abusos físicos, emocionales y sexuales. Varias sobrevivieron después de haber recibido disparos. Y no siempre recibieron la ayuda que necesitaban del sistema.





El nuevo informe de Amnistía Internacional, Fragmentado y desigual, muestra que el sistema de justicia de Luisiana les está fallando a las personas sobrevivientes de violencia de género en la pareja. Hechos como el no tomarse en serio la violencia o incluso detener a las sobrevivientes que piden ayuda muestran que la respuesta de las autoridades es a menudo deficiente y discriminatoria.

A través de sus historias, estas sobrevivientes transmiten a otras el mensaje de que es posible superar el trauma de la violencia de género en el ámbito familiar y la injusticia del sistema. Utilizan sus experiencias para ayudar a otras, y demuestran que existe una salida.




La historia de Angela

En mi caso, la violencia comenzó con insultos. Conocía a mi pareja desde hacía 20 años, y era una buena persona. Empezó a cambiar en 2015. Tras la muerte de su madre compró varias armas, entre ellas un machete y una escopeta.

Se volvió más agresivo, no sólo conmigo sino con otras personas y a través de las redes sociales. Para él, yo no hacía nada bien.

Una noche, a principios de noviembre, la violencia se volvió física. Estábamos conversando y, en un momento dado, el tono subió y le pedí que se fuera. Me acerqué a la puerta, la abrí y dije que conversaríamos otro día. Me agarró por la capucha de la sudadera, me sacó por la puerta, se me echó encima y empezó a asfixiarme. Logré gritar y llamar a mi hijo mayor y, entonces, me soltó y se fue.
Me disparó y dijo: ‘Mira lo que me has obligado a hacer’.

Nos habíamos separado, pero las cosas empezaban a arreglarse de nuevo, cuando una mañana tuvimos una discusión. Yo estaba en la bañera, y él entró y disparó contra mí. Sólo recuerdo los dos últimos disparos. Levanté la mirada hacia él y me dijo: “Mira lo que me has obligado a hacer, Angie. Me has obligado a disparar contra ti”.

Regresó con mi teléfono móvil y le dije que llamara al número de emergencia. Creí que me estaba muriendo. Sentía pinchazos en las piernas. No me había dado cuenta de que había recibido un disparo en la espalda y ya no podía moverme.

Recuerdo que me subieron a la ambulancia y le dije a la paramédica que no me dejara morir, que tenía cuatro hijos que mantener. Pasé tres semanas en el hospital. En ese tiempo me visitaron unas 400 personas. Y ahí me di cuenta de que quería transmitir un mensaje.

Desde entonces doy muchas charlas públicas, no sólo sobre violencia con armas de fuego y violencia de género en el entorno familiar, sino sobre control de armas y salud mental. Si la gente está dispuesta a escucharme, quiero hablar de las cosas importantes.
No podemos limitarnos a orientar a las personas hacia la dirección adecuada; debemos caminar con ellas.

Sobreviví a nueve disparos, pero nunca lloré por haberme quedado paralítica. Sigo cayendo en la autocompasión, pero es porque dependo de otros, cuando lo único que quiero es volver a ser madre. Este año voy a asociarme con el Centro sobre Violencia Intrafamiliar IRIS, en el que hablaré a la gente sobre qué hacer si sufres una relación de malos tratos.

No podemos limitarnos a orientar a las personas hacia la dirección adecuada, debemos caminar con ellas.
La historia de ElizabethElizabeth, sobreviviente de violencia de género en el ámbito familiar y con armas. Su hija, que aparece detrás en el cartel, fue asesinada por la expareja de Elizabeth.

El comportamiento de él cambió súbitamente. Sé que debería haberme dado cuenta, pero, cuando formas parte de la situación, es fácil perder la perspectiva.

Un día, mi hija me llamó llorando y diciendo que mi expareja la había amenazado con darle un martillazo en la cabeza. Llamé a la policía, se lo llevaron de casa y al día siguiente obtuve una orden de alejamiento.

Un mes después, acudí al juez y le pedí que anulara la orden porque no podía imaginar que este hombre nos fuera a hacer daño. Pero el 13 de enero, mi vida dio un vuelco.
Oí a un policía decir: ‘Ah, simplemente es un caso de violencia de género’, a metro y medio de distancia de donde mi niña yacía muerta.

Cuando mi expareja entró en casa, mi hija estaba despierta. Oí una discusión. Fui a la sala de estar para intentar calmarla. Ella tenía el miedo en la mirada; lo estaba viendo acercarse con una pistola. Cuando me giré, sonaron los disparos. Conseguí llamar al teléfono de emergencia. No pude hablar porque había recibido un disparo [en la cara], pero localizaron la casa de donde procedía la llamada. Vino la policía, y luego el equipo médico.

Oí a un policía decir: “Ah, simplemente es un caso de violencia de género”. Estaba sólo a metro y medio de distancia de donde yo luchaba por vivir y donde mi niña yacía muerta. La situación no tenía nada de “simple”.

Me reconstruyeron toda la cara porque las balas me la habían destrozado. Estuve en coma durante casi un mes. Cuando desperté, la realidad se impuso. Mi hermano y mi hermana se negaban a enterrar a mi hija sin mí. Tuve que ir a terapia para aprender a utilizar los músculos, pero no pudieron arreglar mucho. No puedo sonarme la nariz. Tengo los labios totalmente insensibles y, cuando bebo, no sé si algo está demasiado caliente hasta que me sale una ampolla. Ha sido una lucha.
Debemos lograr que la gente entienda que no está sola.

He hablado con mujeres que salieron con mi expareja y me han dicho que era violento con ellas. Si hubiera sabido que había maltratado a otras mujeres, no lo habría dejado entrar mi vida.

La primera vez que alguien me pidió que hablara sobre lo que sucedió fue difícil. Es difícil siempre. Pero si hacerlo cambia una vida, me parece importante. La violencia de género en el ámbito familiar es una cuestión personal, y también un secreto. Debemos lograr que la gente entienda que no está sola.

He conocido a mujeres y hombres jóvenes que me han dicho que mi historia les había cambiado. Les ha dado el valor necesario para buscar ayuda.
La historia de TwahnaTwahna, fundadora de la Sociedad de las Mariposas, una organización de base que lleva a cabo actividades de sensibilización sobre la violencia de género en el ámbito familiar.

Estaba en segundo año de universidad. Me enamoré de un tipo maravilloso, mi príncipe azul. Era la relación perfecta, hasta que un día me dio una bofetada. Me dijo: “Bruja, esto no habría ocurrido si no hubieras abierto la boca”.
Me enamoré de un tipo maravilloso, mi príncipe azul.

Desde aquel momento, mi vida dio un vuelco. Sufrí maltrato mental, emocional y sexual. Él me humillaba, decía que estaba obesa y destruyó por completo mis fuerzas. Empecé a dudar de mi autoestima, de la confianza en mí misma y del verdadero sentido de mi vida. Pensé en el suicidio muchas veces; era una salida para mí.

Al principio no se lo dije a nadie. Me daba demasiada vergüenza contar lo que me pasaba porque mi familia y amigos lo adoraban. Él me aisló de mi red mi apoyo, de las personas que me querían y se preocupaban de verdad por mí. La comunicación con la familia y los amigos era limitada. Él vigilaba todos mis movimientos.

Finalmente reuní el valor y la fuerza necesarios para contárselo a una familiar, que me dijo: “Te creo. Mereces algo mejor. ¿Cómo puedo ayudarte?”.

Dejé a mi maltratador y me fui a vivir con ella por un tiempo, pero él me convenció para que regresara. Juró que iba a buscar asesoramiento, un programa orientado a controlar la ira, pero nunca lo hizo. Dijo las palabras justas para volver a hacerse conmigo. Lo creí con toda mi alma y le di otra oportunidad,

pero nada cambió. Un día me agarró del cuello con las manos y empezó a estrangularme. Estaba como poseído. Me dijo: “Te mataré si vuelves a marcharte”. Me vi muriendo entre sus manos.
Pero desperté y escuché una voz que me decía: ‘Hoy mismo te vas’.

Esa noche me acosté y recé. Escuché una voz que me susurraba al oído y supe que era la voz de Dios. Al día siguiente me desperté, y oí que la voz me decía: ‘Hoy mismo te vas‘. No podía creer lo que estaba oyendo. A él le dije que me iba a trabajar y me despedí con un beso. Me escondí detrás de un edificio frente a nuestro apartamento y, cuando vi que se había metido en el coche, volví a recoger mis cosas. Jamás regresé.

Fue el momento más aterrador de mi vida. Empezar de nuevo sin él fue muy difícil, pero seguí adelante y decidida a volver a vivir. Me dediqué al voluntariado en un albergue local y a denunciar la violencia de género en algunos espacios incómodos.

Empecé a salir de nuevo y decidí regresar a la universidad. Tuve la oportunidad de contar mi historia en un encuentro de mujeres jóvenes, un acto en recuerdo de quienes habían perdido la vida a causa de este tipo de violencia. Esa noche mi historia les impactó a varias de las mujeres, y me di cuenta de que también podía motivarme a mí.
Una persona no puede hacer esto sola; se necesitan muchas manos y muchas voces.

La Sociedad de las Mariposas nació gracias a mi experiencia personal. Somos una organización de base, con presencia en el terreno, que se reúne con las personas allí donde están. Vamos a las peluquerías, a las escuelas del barrio y a las iglesias. Nuestro objetivo es informar, empoderar y comprometer a la comunidad.

Todavía queda mucho trabajo por delante y nosotras, como equipo, podemos hacer que las cosas cambien. Una persona no puede hacer esto sola; se necesitan muchas manos y muchas voces para lograrlo.

#Useyourvoice
La historia de KirbyKirby, sobreviviente de violencia de género en el ámbito familiar y activista.

Conocí a alguien en secundaria y empezamos a salir. Me quedé embarazada tres meses antes de terminar los estudios y me fui a vivir con él. La primera vez que me puso las manos encima yo estaba embarazada. Yo quería que mi hija tuviera un padre, así que me quedé con él.

La violencia siguió. Se trataba de maltrato sexual, físico y emocional. Nadie sabía lo que ocurría a puerta cerrada. Él me trataba como si fuera de su propiedad.

Obtuve la primera orden de alejamiento después de que se presentara en mi apartamento, me tratara con brusquedad y me asfixiara. Obtuve otra orden cuatro años después, pero terminé por retirarla porque no tenía a nadie que me representara y temía sus amenazas.
La policía me trató como a una persona histérica, con delirios y poco colaboradora.

En junio de 2017 me di cuenta de que me agredía sexualmente en la cama. Me defendí y le dije que eso era violación. Me dijo que iba a enseñarme lo que significaba realmente ser violada. Me tiró sobre la cama, intenté golpearle y le mordí con fuerza. Volvió a echárseme encima y empezó a estrangularme. Mi hija vino y le dijo a gritos que parara.

Conseguí llamar a la policía. Me trataron como a una persona histérica, con delirios y poco colaboradora porque no quería repetir lo que ya había dicho cuatro veces delante de distintos hombres. El informe policial dice que me negué a escribir una declaración, pero nunca me pidieron que lo hiciera. Me dijeron que tenía que decidir si prefería presentar cargos por allanamiento ilegal o que ellos avisaran a quienes toman pruebas de violación.

Un agente de policía habló con mi hija, y luego me dijo que detenían a mi marido por malos tratos y lesiones por estrangulamiento a partir de la declaración de la niña. Me dijo: “Simplemente firme el papel, señora; ya me he cansado de tratarla con delicadeza”.

Me reuní con mi orientadora y lo siguiente fue recibir la visita del Servicio de Protección al Menor por permitir a mis hijos presenciar malos tratos conyugales. Me aconsejaron que consiguiera una orden de protección para mí y para los niños. En la vista judicial, a él le concedieron visitas supervisadas y lo obligaron a participar en un programa de intervención en violencia familiar durante 26 semanas. Lo detuvieron cuatro veces mientras asistía a las clases del programa, pero aun así obtuvo el certificado.
Estoy decidida a hacerle frente a él en cada paso del camino.

Él decidió después solicitar la custodia exclusiva de los niños. Cuanto más se acerca el juicio, más miedo tengo de que nos mate a mí y a los niños y huya a otro país. Solía tener un AK-47 y una Glock, siempre cargados. No sé si llegó a entregar las armas; probablemente las tiene escondidas en el garaje. Aun así estoy decidida a hacerle frente a él en cada paso del camino.

Soy cofundadora de VOCES de la Acadiana, una organización que defiende a las víctimas de la violencia de género en el ámbito familiar.
Cuando estas mujeres se pusieron en pie y me aplaudieron, me sentí liberada.

En la iglesia del Pantano se formó un grupo sobre los malos tratos a las mujeres, y allí fue donde rompí el silencio por primera vez. Ahora soy facilitadora titulada. Hablé ante un grupo de 150 mujeres y conté mi historia de malos tratos. Tuve una sensación increíble cuando estas mujeres se pusieron en pie y me aplaudieron; me sentí liberada.
La historia de TiffanyTiffany, sobreviviente de violencia de género en el ámbito familiar y activista.

Cuando conocí a mi maltratador, yo tenía 14 años. Al principio no había malos tratos físicos; era maltrato emocional. Él me avergonzaba o hacía que me sintiera inferior delante de otras personas. Lo verbal pasó a lo físico rápidamente. Cuando estaba embarazada de siete meses, me golpeó hasta dejarme acurrucada en el suelo como una bola.

Mientras mi bebé nacía en el hospital, él cobró mi cheque de maternidad y compró droga para venderla. Debíamos el alquiler, y el casero sacó todas mis cosas de la casa y las dejó en la acera.
Me había hecho creer que él era la única persona que me querría nunca.

Por fin me decidí, y no regresé. Consiguió localizarme. Apareció en la entrada de mi casa y, sin más, la situación se volvió a activar. Mentalmente estaba destrozada. Me había hecho creer que él era la única persona que me querría nunca.

Cuando estaba en el séptimo mes de mi sexto embarazo, me apuntó con una pistola. Vi un fogonazo y sentí una sacudida en la mandíbula. Miré mi camiseta, y estaba roja. Los médicos me dijeron que la única razón por la que el disparo no me había matado era porque el calibre de la bala no correspondía a la pistola.
La policía amenazó con encerrarme si no les decía quién había disparado contra mí.

Estaba sentada en la entrada de mi casa, sangrando por la herida de bala que tenía en la la mandíbula, cuando la policía llegó y amenazó con encerrarme si no les decía quién había disparado contra mí. Di el nombre de mi maltratador, pero luego me retracté de mi declaración porque tenía miedo y le dije al fiscal que había disparado yo misma. Retiraron todos los cargos, pero él terminó pasando tres años en la cárcel por violar la libertad condicional relativa a un delito anterior.

Me han operado seis veces, y sigo sufriendo los efectos físicos del disparo y también el trauma. Me han diagnosticado trastorno de estrés postraumático. Tiemblo cuando estoy en aglomeraciones; siempre busco una salida. Ya no puedo leer libros porque no retengo la información; tengo una constante confusión mental. Mis hijos sufren.
Es importante que las mujeres que están en esa situación sepan que alguien las entiende.

A pesar de todo lo que ha sucedido, quiero sensibilizar sobre la violencia de género en el ámbito familiar. Publiqué un vídeo en Facebook; aunque lloraba, quería contarle a la gente lo que me había pasado. No sé cuántas personas lo vieron, pero las puertas se empezaron a abrir. Doy muchas charlas en lugares públicos y me han pedido que prepare una obra sobre mi historia.

Es importante que las mujeres que están en esa situación sepan que alguien las entiende. Mucha gente dirá que somos idiotas; que nunca deberíamos haber regresado. No entienden el dominio que los maltratadores ejercen sobre sus víctimas.
La historia de BrandieBrandie, sobreviviente de violencia de género en el ámbito familiar y activista de VOCES de la Acadiana, una red de sobrevivientes que llevan a cabo actividades de sensibilización.

Nos casamos a los 18 años; tuvimos tres hijos y estuvimos juntos durante casi 15 años. No me di cuenta de que estaba en una relación matrimonial de malos tratos.

Tras el divorcio, él siempre sabía dónde estaba yo. Una vez, la persona que trabajaba conmigo me envió un mensaje que decía: “Está en esta calle, sentado en el vehículo de su empresa”. La policía me escoltó hasta la oficina.

Obtuve una orden de protección contra mi expareja. Un par de semanas más tarde, dejó una pata de cerdo cortada en la bolsa de los pañales de nuestro hijo con una nota en la que decía que el niño la quería de recuerdo. Había ido a cazar y la había cortado. Todo estaba cubierto de sangre.
No me di cuenta de que estaba en una relación matrimonial de malos tratos.

Aun con la orden de protección en vigor, él me perseguía y hostigaba. Yo estaba todavía demasiado asustada como para llamar a la policía. Irrumpía en mi casa y amenazaba con suicidarse o con matar a otras personas. Yo había empezado otra relación, y eso empeoró mucho las cosas. Los primeros años después de dejarlo fueron un infierno. Yo no sabía que podía renovar la orden de protección, así que su plazo expiró.

Después de volver a casarse y divorciarse dos veces, mi expareja volvió a comprometerse. Su nueva novia solicitó una orden de protección porque la estaba maltratando y temía por su vida. Ella me pidió que fuera a la vista judicial a prestar declaración sobre malos tratos anteriores.
Hablar para romper el silencio que rodea la violencia de género en el ámbito doméstico fue difícil, pero recuperar mi vida ha valido la pena.

Ella se había puesto en contacto también con la segunda y la tercera esposa, así que fuimos juntas para adoptar una postura común. Cuando él supo que estábamos allí todas, junto con otros dos testigos, retiró la petición de orden recíproca de protección que había presentado.

Llevaba años comportándose de manera agresiva con mis hijos y, a juzgar por la violencia en aumento que había ejercido contra las otras mujeres, sabía que mis hijos necesitaban protección. Me reuní con el abogado de plantilla de Casa de la Fe y solicitamos la custodia exclusiva. Pasar por lo mismo otra vez fue traumático, pero el juez me dio la razón y ahora tengo la custodia exclusiva de mis hijos y una orden permanente de protección para todos nosotros.

Desde entonces, soy cofundadora de VOCES de la Acadiana. Nuestra misión es defender a las víctimas de la violencia de género en el ámbito familiar trabajando activamente para que los sistemas cambien, informando y sensibilizando sobre la violencia en ese entorno y sobre el compromiso de las sobrevivientes, a fin de romper el ciclo generacional de malos tratos.https://faithhouseacadiana.com/voices

Hablar para romper el silencio que rodea la violencia de género en el ámbito doméstico fue difícil, pero recuperar mi vida ha valido la pena.

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