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¿A quién le importa Bolivia?

OPINIÓN de Joan del Alcàzar.- Evo Morales, el primer presidente aymara de la historia de los países andinos, renunció a su cargo hace un par de semanas, el 10 de noviembre, y se marchó al exilio mexicano, acogido por su colega A.M. López Obrador. El detonante final de la caída de Morales fue que el Ejército boliviano "sugirió" al presidente que abandonara el cargo, y esto en medio de un clima de tensión y violencia creciente.

Está en discusión si esto fue o no un golpe de Estado propiciado por los militares, tan frecuentes como han sido en la historia del país. No se ha tratado de un pronunciamiento convencional, con las tropas y los carros de combate en las calles, pero sí es cierto que las fuerzas armadas no han cumplido con su papel de garantizar la legalidad constitucional republicana. Sorprende, además, la mansa y aséptica respuesta de la comunidad internacional: desde la Organización de Estados Americanos a la Unión Europea, que han aceptado de facto a la nueva presidenta autonombrada, Jeanine Áñez . Huelga decir que los Estados Unidos de Trump y el Brasil de Bolsonaro la han recibido con los brazos abiertos.

Esta abogada y presentadora de televisión que se dio a conocer internacionalmente entrando en el parlamento con una Biblia de tamaño gigantesco, y que ha hecho declaraciones que van del racismo y el integrismo religioso a la negación de los principios elementales de la democracia, refuerza la tesis de que lo que ha habido en Bolivia ha sido, efectivamente, un golpe de estado institucional con el visto bueno de los militares y la policía. Áñez no sólo no ha convocado nuevas elecciones, es que no ha abierto un diálogo con el partido de Morales, el MAS que fue ganador de las últimas elecciones, ni con Carlos Mesa, que era el segundo candidato a la presidencia. Ha relevado a la mayoría de los embajadores de Bolivia y ha comenzado a revertir el marco económico legal establecido durante los años de Evo Morales.

Con todo, la medida más polémica ha sido la de exonerar a priori a las fuerzas armadas y a la policía de cualquier actuación violenta que puedan realizar en la represión de las protestas populares protagonizadas por los partidarios de Morales.

El ahora ex presidente tomó posesión del cargo en enero de 2006. Su intervención en el solemne acto se desarrolló en un doble plano: el primero, dedicado a ensalzar sus raíces originarias y a comprometerse con los principios básicos de la ley de sus antepasados; el segundo, dedicado a anunciar los objetivos centrales de su gobierno, que se concretaban en una segunda independencia de Bolivia mediante un nuevo pacto social.

Morales comenzó el acto pidiendo un minuto de silencio por los Mártires de la Liberación (indígena), citando por su nombre a los más reconocidos héroes de la mitología india, desde Tupac Amaru, Tupaj Katari o Bartolina Sisa, a otros más recientes y universales como el Che Guevara, el socialista boliviano Marcelo Quiroga y el jesuita catalán Luis Espinal, asesinados los dos últimos durante el golpe militar de García Meza en 1980. El discurso terminó con una deferencia para con el entonces líder mexicano del EZLN: "Cumpliré con mi compromiso, como dice el Subcomandante Marcos, mandaré obedeciendo al pueblo, mandaré [en] Bolivia obedeciendo a su pueblo".

No hay que olvidar que el pueblo del que hablaba el presidente Morales es mayoritariamente descendiente de los pobladores originarios, y son muchos los agravios que han sufrido, como recordó en su primer discurso: "Los pueblos indígenas, que son mayoría de la población boliviana: el 62.2% de aymaras, de quechuas, de mojeños, de chipayas, de mulatos, de guaraníes. Estos pueblos, históricamente hemos sido marginados, humillados, odiados, despreciados, condenados a la extinción. Esa es nuestra historia; a estos pueblos nunca los reconocieron como seres humanos, siendo que estos pueblos son los dueños absolutos de esta noble tierra, de sus recursos naturales".

Evo Morales, además, aprovechó la ocasión para anunciar que, a partir de entonces, "las cosas han comenzado a cambiar". Transmitió a los asistentes una vivencia personal: "Esta mañana, esta madrugada, con mucha alegría he visto algunos hermanos y hermanas cantando en la plaza histórica de Murillo, la Plaza Murillo como también la Plaza San Francisco, cuando hace 40, 50 años no teníamos derecho a entrar en la Plaza San Francisco, en la Plaza Murillo. Hace 40, 50 años no tenían nuestros antepasados el derecho de caminar por las aceras. Esta es nuestra historia, esta nuestra vivencia".

El nuevo presidente aprovechó para denunciar el apartheid en versión criolla en el que ha vivido la mayoría de los bolivianos, pero esto -anunció en el ahora lejano 2.006- iba a cambiar pronto, aunque nadie les regalaría nada: "Bolivia parece Sudáfrica. Amenazados, condenados al exterminio estamos aquí, estamos presentes. Quiero decirles que todavía hay resabios de esa gente que es enemiga de los pueblos indígenas, queremos vivir en igualdad de condiciones con ellos, y por eso estamos aquí para cambiar nuestra historia, este movimiento indígena originario no es concesión de nadie; nadie nos lo ha regalado, es la conciencia de mi pueblo, de nuestro pueblo".

No será fácil, dijo Morales en su discurso: "¿Cómo buscar mecanismos que permitan reparar los daños de 500 años de saqueo a nuestros recursos naturales? Será otra tarea que implementaremos en nuestro gobierno [...] queremos cambiar Bolivia no con bala sino con voto, y esa es la revolución democrática ".

Aquella "revolución democrática" prometida en 2006 ha tenido claros y sombras. Según diversos organismos internacionales, la economía de Bolivia ha experimentado una transformación estructural durante la presidencia de Evo Morales. El PIB real por cápita creció en más de un 50%, lo que equivale al doble de la tasa de América Latina. Durante la mayor parte de los últimos 13 años, Bolivia ha tenido superávit en la balanza de pagos, lo que ayudó a mantener la estabilidad macroeconómica, y esto ha contribuido sustancialmente a la reducción de la pobreza y la indigencia. La primera ha caído por debajo del 35% (cuando estaba en el 60% en 2006) y la tasa de pobreza extrema es del 15.2% (cuando estaba en el 37.7% en 2006).

La transformación económica de Bolivia fue posible gracias a un conjunto de importantes modificaciones políticas en el país: desde una nueva Constitución a la nacionalización y propiedad pública de recursos naturales y de algunos sectores estratégicos de la economía, entre los que destaca la enorme importancia de la nacionalización de los hidrocarburos.

Todo, sin embargo, no son éxitos. También hay que considerar los déficits de los años de Evo Morales, que no son pocos. El más reciente es, precisamente, el que tiene que ver con el inmediato pasado, el de los últimos meses, el que ha pivotado sobre el proceso de reelección del ahora exiliado presidente.

Su imagen viró a negativa desde el 21 de febrero de 2016, cuando sufrió la primera derrota electoral y decidió no aceptarla. Perdió un referéndum que había convocado para modificar la Constitución, con el fin de poder presentarse a las elecciones previstas para 2019. Venció al NO. El 51% de los bolivianos le dijo que no estaba de acuerdo.

En realidad, Morales ya había agotado tres mandatos presidenciales, y no dos como limita la Constitución, pero él y los suyos siempre han argumentado que el primero, de 2006 a 2009, no contaba porque fue a raíz de la aprobación de la nueva carta magna, la del Estado Plurinacional, cuando los periodos presidenciales debían comenzar a contar.

Aun así, al perder el referéndum de 2016 Morales presentó un recurso al Tribunal Constitucional, el cual autorizó en 2017 su candidatura con el surrealista argumento de que limitar el número de mandatos presidenciales suponía atentar contra lo dispuesto en la Convención Americana de los Derechos Humanos. Para muchos, aquí comenzó el principio del fin de Evo Morales.

Sin embargo, un experto reconocido de la realidad social y política de la Bolivia reciente como es Bartolomé Clavero explica que, desde hace años, desde el inicio de la segunda década del nuevo milenio, las cosas empezaron a torcerse drásticamente para los bolivianos. Mediante los cambios ministeriales oportunos, el Gobierno canceló su programa de reconducción comunitaria, entrando en connivencia con los "comités cívicos" [asociaciones de organizaciones empresariales y vecinales, dirigidas por élites locales, que se ocupan de reivindicaciones] aunque mantenía la habitual retórica indigenista. Adoptó una política explícita de favorecer intereses corporativos internacionales, especialmente en cuanto a industrias extractivas. En suma, comenzó a desviarse de manera constatable de la Constitución, pero sin cambiar ni una sola coma de ella.

Lógicamente tropezó con resistencias, en particular por parte de organizaciones indígenas y sindicales. El Pacto de Unidad se rompió en 2011, permaneciendo en él tan sólo aquellas entidades aceptadas por el MAS, el partido oficialista. La respuesta de Evo Morales, de su Gobierno y de sus organizaciones afines ha estado caracterizada por el hostigamiento, la cooptación y la corrupción. El Gobierno modificó las condiciones de acceso de empresas internacionales a los recursos de Bolivia, consiguiendo unos fondos que han abonado la corrupción y el clientelismo. Sin embargo, -claros y sombras- estos recursos también se han utilizado para desarrollar políticas sociales beneficiosas para una parte relevante de la ciudadanía. Además, como concluye Clavero, su indigenismo no sólo ha sido retórico e insidioso, sino que también es cierto que -claros y sombras de nuevo- se han puesto en práctica políticas antirracistas que han provocado un cambio cultural profundo en la sociedad boliviana.

La figura de Evo Morales, sin embargo, está en cuestión también por otras prácticas inaceptables desde parámetros democráticos. Rita Segato, la antropóloga y feminista argentina ha sido muy dura con el ex presidente: "Cayó por su propio peso, por un vacío de poder que se generó por sus muchos errores y excesos".

Además de por forzar su reelección de manera anti-democrática, de espaldas al resultado del referéndum de 2016, Segato critica a Morales por su actitud frente a problemas medioambientales tales como los incendios forestales de este año en el bosque Chiquitano, cuando se comportó igual que el brasileño Jair Bolsonaro ante los incendios de la Amazonia. Una actitud similar a la que el mandatario tuvo en torno a la construcción de la autopista que partiría en dos una selva muy rica en biodiversidad que es, al mismo tiempo, un área indígena y una reserva ecológica: "Nos dejó a todos absolutamente perplejos por su negativa a negociar con las comunidades indígenas".

Una perplejidad que pasa a indignación ante el machismo que Segato denuncia en el ex presidente, quien al hablar de cuando le llegue la hora de retirarse dijo que lo haría: "con mi charango, con mi coca y con mi quinceañera". Una forma de razonar que refuerza los rasgos del duro machismo imperante en Bolivia, que "delata el autoritarismo de un gobernante [...] y la pretensión de estar por encima del bien y del mal [por qué] la agresión verbal, física, psicológica y moral a las mujeres es una agresión política que delata la voluntad de poder".

Debemos coincidir con Clavero cuando dice que la discusión sobre si ha habido o no ha habido golpe de Estado en Bolivia no tiene demasiado sentido. Los que dicen que no, intentan ocultar la ilegitimidad de Jeanine Áñez; mientras que los que dicen que sí quieren ocultar la responsabilidad de Morales y del MAS. La terca realidad, sin embargo, especialmente en Europa, es que -como afirma Bartolomé Clavero -padecemos "una desinformación pavorosa, en buena parte deliberada, sobre lo que ha pasado en Bolivia, para lo bueno y para lo malo, para lo mejor y para lo peor, durante la última década y hasta hoy".

Desinformación y maniqueísmo es lo que vuelve a poner en evidencia la situación en Bolivia, como en general cuando se habla de América Latina con una visión binaria de los hechos. En esa región, como en todas, las cosas no son blancas o negras. El balance de los años de gobierno de Evo Morales presenta, ya lo hemos dicho, luces y sombras. Y hay que reconocer ambas.

Lo que debería importar más no es si Jeanine Áñez, racista, integrista religiosa y autoritaria, hace bueno a Evo Morales. Lo relevante es denunciar y detener la extrema violencia que está produciéndose en Bolivia, que recuerda épocas que se creían superadas. Pero, según parece, este es un tema menor respecto a un país en el que la injusticia, la desigualdad extrema y la violencia implícita y explícita son percibidas desde el exterior casi como una realidad climática. Ni la OEA, ni la Unión Europea, al parecer, tienen demasiado interés en el asunto. ¿A quién le importa Bolivia?

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