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La política como disputa de las esperanzas

OPINIÓN de Álvaro García Linera

Foto: Octavio Nava/Secretaría de Cultura CDMX

Ciertamente lo acontecido en Bolivia presenta cierto grado de excepcionalidad. No pudieron ganar electoralmente y, entonces, recurrieron a la violencia. Sin embargo, esta manera de regreso de la derecha también puede darse de otras formas en otras partes del continente y del mundo. Los golpes de Estado policíaco – militares no son la única manera en que la derecha puede recuperar el poder. Por ejemplo, en Brasil, se produjo un golpe de Estado judicial o lawfare, que hace referencia a la utilización del poder judicial para desconocer la voluntad popular y de las mayorías electorales.

Otra forma viene de la mano de devastadoras cadenas de agresión mediática que, aprovechando el monopolio empresarial de medios de comunicación privados y multimillonarias campañas de manipulación en redes sociales, descomponen la opinión pública, insuflan miedos artificiales a la población y obtienen victorias electorales adulando las “pasiones tristes” de una sociedad ya envilecida.

En todos los casos estas tácticas perversas de desestabilización política hallan eficacia capitalizando las debilidades de los progresismos, especialmente aquellas que surgen cuando se producen distancias entre las élites de los gobiernos y las organizaciones sociales populares que los sustentan, o también cuando se agotan o se cumplen las reformas de primera generación de los gobiernos progresistas.

En ambos casos, con el golpe de Estado del 2019 aprendimos algunas lecciones. La primera es que la derecha que hoy enfrentamos no es la misma derecha de inicios del siglo XXI. En ese entonces la derecha continental estaba golpeada, el sistema de dominación de la región había sido conmovido por las grandes sublevaciones plebeyas con las que se inició el siglo. En Venezuela, en Argentina, en Bolivia, en Ecuador, se habían producido grandes movilizaciones sociales, en algunos casos insurrecciones populares, que permitieron resquebrajar y arrinconar el horizonte de expectativas colectivas neoliberales. El Consenso de Washington ya no generaba esperanzas y había perdido el optimismo histórico.


“estas tácticas perversas de desestabilización política hallan eficacia capitalizando las debilidades de los progresismos, especialmente aquellas que surgen cuando se producen distancias entre las élites de los gobiernos y las organizaciones sociales populares que los sustentan”

Hoy la derecha ya no es la misma. Se halla encostrada y enfurecida. Ya no moviliza el imaginario de un universal en el que caben todos, incluso los “perdedores”, pues siempre producía la ilusión de un nuevo “reto” en el que el “perdedor” era otro. Hoy trasmina un sórdido resentimiento y melancolía. Resentimiento contra la plebe igualada, contra los jóvenes pobres que ponen en riesgo su “seguridad”, contra el migrante que ocupa empleos que ellos desprecian, contra las mujeres que ya no toleran la tiranía patriarcal, contra los “comunistas” que quieren ampliar el Estado protector. Y melancolía por los viejos tiempos de gloria, cuando no había progresismos, cuando las mujeres estaban en las casas, cuando los jóvenes estaban vigilados, cuando los trabajadores no tenían sindicatos y cuando las decisiones del Estado se hacían en embajadas extranjeras o en las oficinas de las grandes corporaciones empresariales.

Son los furiosos nostálgicos de un pasado de consenso general alrededor de la ideología empresarial convertida en sentido común. Hoy, esa ilusión empobrecedora ha estallado en mil pedazos divergentes y, entonces, lo que queda de sus fragmentos es una violenta cruzada contra los “infieles” de un orden crepuscular y enmohecido. Contra los pobres, especialmente jóvenes, a quienes se amenaza con encerrar profilácticamente en sus barrios. Contra los obreros, a quienes se les promete el regreso de una autocracia de la precariedad laboral. Contra las mujeres, a quienes se las intimida con el retorno a su encadenamiento en las disciplinas de la vieja familia tradicional. Y a los indígenas, la garantía de devolverlos al látigo de la hacienda y la marginalidad social.

Estamos pues ante una derecha en guerra enloquecida contra el descalabro de su añejo orden mundial. No intenta seducir, sino aniquilar; no busca convencer, sino castigar; no convoca, amenaza envuelta en una armadura de odio contra los insolentes. Por eso se ha vuelto crecientemente autoritaria, violenta y desembozadamente antidemocrática.

La derecha postdictatorial que conocimos a fines del siglo XX fue democrático-liberal porque había un consenso entre libre mercado y democracia electoral. ¿Por qué había consenso? Porque no había divergencia entre las élites políticas. En los años ochenta y noventa, todos, ya fueran de derecha o de izquierda, compartían ese horizonte. Se había caído la Unión Soviética, había entrado en crisis el Estado de Bienestar en el mundo entero y todos abrazaron el libre mercado y la globalización, incluso los izquierdistas arrepentidos y derrotados. Por lo tanto, la democracia representativa estaba articulada con el libre mercado. A partir del año 2000 esto cambia. Hay una divergencia de élites en el mundo entero y especialmente en América Latina. Ya sea por rebeliones a las políticas de “ajuste” neoliberal o por colapso de las soluciones de libre mercado, se ha desatado una gran divergencia en los proyectos político-económicos de partidos y organizaciones sociales. Inglaterra se ha separado de la Unión Europea; Estados Unidos se ha propuesto como meta, con Donald Trump y luego con Joe Biden, privilegiar el mercado interno, esto es el proteccionismo, bajo el lema “América primero”. La globalización estaba bien cuando ellos detentaban la hegemonía mundial, pero es un problema cuando otros, en este caso China o India, comienzan a convertirse en la factoría del mundo y nos inundan con sus productos, incluidos los Estados Unidos.

La pandemia del COVID-19 ha exacerbado estas contradicciones. Para enfrentarla mundialmente, las soluciones de mercado han sido abandonadas. Todos han acudido al Estado, comenzando por las bolsas de valores y los CEO de las mega corporaciones que han implorado a los Estados nacionales la emisión de dinero para pagar salarios, recomprar acciones y saldar deudas. Han sido los bancos centrales de EE. UU., Inglaterra y el resto de Europa –es decir, instituciones del denostado espacio público que han repartido por doquier decenas de billones de dólares y no Wall Street– los que han salvado al capitalismo mundial de la peor crisis económica de los últimos cien años.

Esta fractura del consenso mundial en torno al libre mercado, esta nueva disputa entre proteccionismo, por un lado, y libre cambio, por otro, esta renovada reivindicación del Estado para enmendar la tragedia social producida por la globalización está marcando el crepúsculo de un modelo neoliberal que no está dispuesto a jubilarse sin dar antes patética y rabiosa batalla. Su violencia es inversamente proporcional a su legitimidad. Y por eso la centroderecha se ha envilecido transformándose en ultraderecha autoritaria y racializada. El golpe de Estado de 2019 en Bolivia es un ejemplo extremo. Pero no es una excepción irreproducible, es una tendencia.

No es casual tampoco que en EE. UU., una de las democracias liberales más antiguas del mundo, en enero del 2021 se haya asaltado el Parlamento y los perdedores de las elecciones hablaran de fraude; o que en España un afama- do novelista de filiación liberal señalara que “lo importante de la democracia no es que haya libertad para elegir, sino que se elija bien”. Es decir que, si no se elige “bien”, o sea a los suyos, entonces mejor quitarle al pueblo el derecho a elegir. Esta amenaza va directamente a los pobres, a los humildes, a los campesinos, porque son propensos a elegir a “populistas”, a “izquierdistas”, lo que significa que eligen “mal”. Según esta perspectiva instrumentalista, la democracia es buena siempre y cuando gane su sector. En cuanto pierde, ya no es buena, y entonces, que vengan los tanques, los aviones y los helicópteros artillados a hacer el trabajo sucio. Esto que creíamos que se había acabado en los años setenta y ochenta del siglo pasado, nuevamente asoma las orejas por el horizonte y es algo con lo que tenemos que tener cuidado en el futuro inmediato. Y no es una degeneración política solo de América del Norte o del Sur. Es mundial. Cuando ves a prestigiosos filósofos franceses y alemanes azuzar nuevas versiones de guerras religiosas con la intención de proteger la “pureza” ciudadana europea ante la migración, o reclamar la formación de un ejército europeo para contener la amenaza “asiática”, estamos ante un liberalismo corrompido que apela al racismo y al militarismo para resguardar sus encogidos feudos.

Paralelamente, esta derecha reciclada ha innovado sus métodos y medios de incidencia. No solo ocupa las instituciones, manipula oligopolios mediáticos, financia partidos políticos, derrocha financiamiento empresarial; ahora ocupa también las calles, despliega guerras ideológicas moleculares, alimenta narrativas de odio y revanchismo. Ha aprendido lecciones de los últimos veinte años cuando las izquierdas tenían el monopolio de las calles y de las estrategias moleculares de formación de opinión pública. Es una derecha, digámoslo así, más “gramsciana”, que ha aprendido de lo que sucedió en las últimas décadas, lo cual genera una situación más complicada. De hecho, a veces ocupan la calle más que nosotros. Y este es un gran error, porque la calle, el barrio, la fábrica, la Universidad, la plaza, la marcha, la asamblea, la acción colectiva debe ser nuestro territorio siempre, el territorio del progresismo, de la izquierda, de los revolucionarios.

De ahí venimos, de ahí somos, desde ahí construimos todo. Incluso la lucha por los poderes institucionales es frágil si no tiene como correlato la presencia activa y protagónica de las calles.


“Ha aprendido lecciones de los últimos veinte años cuando las izquierdas tenían el monopolio de las calles y de las estrategias moleculares de formación de opinión pública”
Segunda oleada progresista

Analicemos ahora la situación en la que se encuentran las fuerzas progresistas y de izquierda que han llegado al gobierno. Ellas presentan cambios e, inevitablemente, dificultades.

La primera oleada progresista, que se produjo entre los años 2000 y 2015, fue sin dudas la década más virtuosa de los últimos cincuenta años en nuestro continente. 70 millones de personas que se acostaban con hambre salieron de la pobreza y la extrema pobreza para entrar a la situación de ingresos medios. Esto significa que la persona que nos vende dulces en la esquina, que el joven obrero precarizado que trabaja en una fábrica, que la vecina que vive en un pequeño cuarto alquilado con sus tres hijos y no tiene trabajo, en esa década pudieron hallar un empleo digno, o ahorrar un poco para comprar- se un terreno, o mejorar la alimentación de sus hijos, o mandar a la universidad a la hija, o ampliar su pequeño negocio, o pagar el crédito de su departamento; es decir, significó una revolución material de las condiciones de vida de millones de familias humildes y laboriosas.

En esa década mejoraron los salarios, se produjo un enorme crecimiento económico y se redistribuyó la riqueza. El caso de Bolivia puede servir de ilustración: si al comienzo de dicho periodo seis de cada diez bolivianos eran pobres y cuatro de cada diez extremadamente pobres, en una dé cada esa situación mejoró a tres y uno de cada diez, respectivamente. La economía ha crecido en promedio 5% anual durante 13 años consecutivos. El salario mínimo de un trabajador boliviano –el país más pobre de América Latina después de Haití– pasó, también, de US$42 a US$302 en el mismo periodo de tiempo. Miles y miles de familias campesinas dejaron de recoger agua de los charcos para beber y pudieron abrir un grifo en su domicilio para disfrutar agua potable. Los rústicos cuartos con goteras y pizarras imaginarias de los colegios públicos de los barrios populares y el campo dieron lugar a grandes edificaciones modernas, donde los niños aprenden y comen dignamente. El indígena y el campesino, siempre pobres y discriminados, no solo fueron reconocidos y salieron de la pobreza, sino que se convirtieron en poder estatal para reorganizar la fisonomía de lo común de una sociedad plurinacional.

Estos cambios, con mayor o menor intensidad, los hemos vivido en todo el continente que se volvió “rosado” o “rojo”, es decir, mayoritariamente progresista. Sin embargo, a partir del 2015, la primera generación de reformas comenzó a cumplirse y, al cumplirse, a agotarse. Porque hoy esas reformas que hicimos en la primera oleada son ya insuficientes ante la crisis ambiental, la crisis médica que estamos viviendo y la crisis económica que desató todo ello. El mundo ha retrocedido económicamente. En promedio, América Latina ha caído nueve puntos en su producto interno bruto, es decir, hemos regresado a la riqueza que teníamos en el año 2008 o 2010. La pandemia es todavía una herida abierta que ha traído más pobreza, cierre de empresas, desocupación, endeudamiento, debilitamiento de la riqueza social, es decir, un panorama muy complejo. Entonces, las reformas de la primera generación del progresismo, que ya venían mostrando signos de debilitamiento, tampoco tienen la iniciativa para enfrentar de manera duradera y sostenible estas nuevas circunstancias históricas provocadas por el “gran encierro” del 2020-2021.

Estamos por ello ante un hecho paradojal que caracteriza al mundo: ni el neoliberalismo propone un plan a largo plazo que no sea simplemente un regreso violento y melancólico a las huellas del pasado, ni el progresismo presenta un horizonte con la capacidad de remontar las dificultades que han emergido de la pandemia y la crisis económica y ambiental. Así se pro- duce este momento de estupor colectivo, de cierta parálisis, en el que el tiempo pareciera estar suspendido. Es un tiempo liminal. Cobramos conciencia del tiempo que transcurre solo cuando imaginamos una línea concatenada de sucesos que se dirigen a un fin. Quizás nunca sabremos con certeza cuál es ese fin, pero imaginariamente ordenamos nuestra vida, nuestra cotidianidad, nuestras relaciones con nuestra pareja, nuestra universidad, nuestra clase, nuestros amigos, en una concatenación dirigida a un objetivo que funciona como horizonte. Pero cuando eso se derrumba porque no sabemos si estaremos vivos en un año, si conservaremos nuestro trabajo, si podremos ahorrar o si nuestra hija podrá ir al colegio o a la universidad, es decir, cuando se quiebra nuestra posibilidad de prever imaginariamente el futuro, como ahora, el tiempo se detiene. Aunque el tiempo físico sigue pasando, el tiempo social parece dilatado; se suceden infinidad de cosas diarias y aun así es como si estuviera detenido porque ya no hay concatenación de sucesos orientados hacia un destino imaginado. La incertidumbre es el espíritu de la época.

Estamos en un portal en el que sabemos lo que ya no funciona, lo que está mal, lo que nos molesta; pero no sabemos lo que lo remontará, lo que viene.

Esta es una característica actual del tiempo que se acentúa porque los proyectos políticos en pugna se están mostrando débiles para disputar el imaginario de esperanza colectiva; tanto el neoliberalismo recalentado y zombi que persevera y que no es capaz de conquistar el optimismo ante la historia, como el progresismo de primera ola, que hizo un buen trabajo pero que no está pudiendo delinear la siguiente ola de reformas. Entonces, en general se produce este momento paradojal, tiempo suspendido o liminal. Lo importante de estas épocas paradojales es la suspensión del horizonte predictivo. Durante tales lapsos, se pasa de la angustia y el estupor a, más pronto que tarde, la disponibilidad para nuevas creencias, lo cual produce una crisis cognitiva. La gente puede aguantar uno, dos o tres años con el tiempo suspendido, pero en algún momento necesita aferrarse a un futuro, más o menos realista o fantasioso, pero portador de certidumbre imaginada. Los humanos somos, ante todo, seres de creencias. Esta es la gran diferencia del ser humano frente a otros seres vivos: necesitamos inventar una creencia acerca de cómo será el porvenir.
La política como disputa por la pasión de la esperanza

Hoy estamos en la etapa del estupor universal, pero más pronto que tarde vendrá la etapa de la disponibilidad cognitiva para revocar las viejas creencias y colocar nuevas en su lugar. Y en esa lucha de nuevas ideas-fuerza, hoy se enfrentan dos tendencias. Por un lado, las derechas, que han levantado el estandarte de una nueva guerra santa y se figuran como los nuevos cruzados, con sus cascos, sus corazas, sus escudos y sus lanzas. Ellos se proponen enfrentar a los supuestos nuevos enemigos de la libertad, que serían los progresistas, los “populistas”, los indianistas, los “comunistas”. Cuando la ultraconservadora alcaldesa de España decía: “El indianismo es el nuevo comunismo”, estaba apelando a esa manera maniquea de dividir el mundo, propia de los años cincuenta. Hoy no hay muchos comunistas, pero no cabe duda de que el comunismo es para el capitalismo el aterrador espectro de su propia muerte, el recordatorio perpetuo de su contingencia. Lo que por ahora tenemos es el progresismo, y dentro de él se ubican los comunistas, los socialistas, los indianistas, los nacional-populares, etc. Pero eso que abarcamos con el nombre de “progresismo” se ha convertido en el gran enemigo de las derechas. Y para ellas no es solo un adversario político, sino –lo que es peor y más grave– un enemigo moral.


“Hoy no hay muchos comunistas, pero no cabe duda de que el comunismo es para el capitalismo el aterrador espectro de su propia muerte, el recordatorio perpetuo de su contingencia”

La otra fuerza en pugna, que aún tímidamente batalla por la organización de ese horizonte de previsibilidad de futuro, es la izquierda, el progresismo, lo nacional-popular. Y es aquí donde tenemos una obligación o responsabilidad histórica: recuperar para nuestro lado las banderas de la esperanza, porque la política es, en esencia, la conducción de las esperanzas colectivas y el Estado, como síntesis jerarquizada de la sociedad, es el monopolio de estas esperanzas.

Por eso, quien monopoliza o administra los anhelos colectivos, deviene poder de Estado. En esta disputa, lo que vaya a suceder en el continente va a depender de cuáles son las fuerzas que delineen la nueva generación de esperanzas de la sociedad, y ahí nosotros no podemos detenernos. La primera oleada de esperanzas y de reformas del progresismo nació en los inicios del siglo XXI y duró una década y media. Estas ya cumplieron su ciclo. Ahora nos corresponde a todos, y especialmente a los jóvenes, generar, luchar, producir los objetivos o las reformas de segunda generación del progresismo latinoamericano y mundial capaces de recuperar el entusiasmo en la lucha por la igualdad, la justicia social y la comunidad universal. Este programa de nuevas y más radicales transformaciones del Estado, la economía y la sociedad no surgirán de una cavilación aislada, de un esfuerzo especulativo de cómo debería ser el mundo. Son creaciones colectivas que corresponden al espíritu de una época, a todo lo que está emergiendo como expectativa colectiva en medio de y contra la desesperanza, el estupor y la parálisis. Es decir, es un producto social; no so- lamente un producto gubernamental o académico. Las reformas de primera generación también emergieron de la sociedad, y el papel dirigente de los líderes progresistas que acompañaron esos cambios surgió precisamente de su capacidad de haberlas comprendido, de haberles dado cuerpo representable, narrativa fundamentada y eficacia decisional desde el gobierno.

Las reformas de segunda generación de esta nueva oleada progresista igualmente tienen que estar enraizadas en la sociedad, es decir, ser fruto de nuestro debate, de nuestras marchas, de nuestras movilizaciones, de nuestros escritos, de nuestras investigaciones, de nuestras asambleas. En medio de la desazón que quiere asfixiar el horizonte, de manera recubierta, fragmentada, hasta cierto punto caótica, están los destellos de las esperanzas colectivas. Y la labor de un líder social, de un dirigente político revolucionario, de un investigador comprometido con la igualdad, es separar esa esperanza de la escoria que la aprisiona o deforma, ayudar a articularla con las esperanzas de otros sectores populares, condensar de mejor manera su enunciación para dar paso a su irradiación molecular movilizadora. Si en verdad se capta el espíritu de la época, rápidamente estas propuestas prenden en la demanda social, porque ensamblan con el marco de expectativas y disponibilidades de las personas y se vuelven sentido común popular en acción.

Fragmento del libro La política como disputa de las esperanzas de Álvaro García Linera. El libro entero se puede leer y descargar de manera gratuita aquí.

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