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El susurro invisible: historias y sombras del control mental

Por Ra煤l Allain (*)

No s茅 en qu茅 momento empec茅 a obsesionarme con este tema. Tal vez fue aquella tarde en la que un viejo amigo, periodista tambi茅n, me cont贸 c贸mo en una cobertura en un pa铆s del que prefiero no dar el nombre, sinti贸 —literalmente— que sus pensamientos no eran del todo suyos. Lo mir茅 incr茅dulo, claro, pero 茅l ten铆a esa mirada de quien ha visto algo que no se puede desver. Desde entonces, la idea de que alguien, en alg煤n rinc贸n, pueda meter mano en la maquinaria 铆ntima de nuestra mente, me persigue.

El “control mental” suena a ciencia ficci贸n de serie B, a conspiranoia barata. Sin embargo, basta rascar un poco para que la historia te salpique. No hay que irse muy lejos: durante la Guerra Fr铆a, proyectos como el tristemente c茅lebre MK Ultra, liderado por la CIA, experimentaron con drogas, hipnosis y otras t茅cnicas para “reprogramar” personas. Esto no es rumor ni mito urbano; est谩 en documentos desclasificados. Lo m谩s inquietante es pensar que si hace m谩s de medio siglo ya exploraban estas herramientas, ¿qu茅 capacidades tendr谩n ahora, en pleno siglo XXI, con la neurociencia y la inteligencia artificial como aliadas?

Recuerdo una cobertura que hice en 2018 sobre publicidad subliminal en redes sociales. No eran mensajes escondidos entre fotogramas como en los a帽os 60, sino microsegmentaci贸n basada en datos. Habl茅 con un experto en marketing digital que me confes贸, con una sonrisa inc贸moda, que pod铆an “moldear” percepciones pol铆ticas sin que el usuario siquiera notara el empuj贸n. No era magia, era matem谩tica. Pero el resultado era el mismo: sembrar una idea en tu cabeza y hacerte creer que es tuya.

No quiero sonar alarmista —aunque supongo que lo estoy siendo— pero lo cierto es que el control mental no siempre es un proceso violento o expl铆cito. A veces es suave, como una brisa que apenas notas hasta que te das cuenta de que te ha llevado varios metros en otra direcci贸n. Puede ser un discurso pol铆tico cuidadosamente dise帽ado, una campa帽a de marketing repetida hasta el cansancio, o incluso una relaci贸n personal donde una de las partes aprende a apretar los botones emocionales de la otra.

Hace poco, en un caf茅 de Lima, conoc铆 a una joven que juraba haber salido de un grupo “espiritual” que en realidad funcionaba como secta. Su relato era escalofriante: sesiones de meditaci贸n grupal, ayunos prolongados, discursos que mezclaban verdades universales con exigencias cada vez m谩s intrusivas. Al final, ya no distingu铆a entre sus propios pensamientos y las frases de su l铆der. “Me di cuenta de que repet铆a cosas que ni siquiera entend铆a del todo, como si fueran m铆as”, me dijo mientras jugueteaba con su taza de caf茅.

Lo curioso es que, en cierto modo, todos somos vulnerables. No se necesita un laboratorio secreto para influir en la mente. Basta una narrativa convincente y un poco de repetici贸n. Pensemos en los jingles publicitarios que se nos quedan pegados como chicle; en esos lemas pol铆ticos que repetimos casi por inercia; en los “trending topics” que creemos descubrir por casualidad pero que, en realidad, han sido cuidadosamente impulsados.

Y claro, est谩n los m茅todos m谩s oscuros. A lo largo de mi carrera he escuchado rumores —sin pruebas s贸lidas, vale aclarar— de tecnolog铆as de estimulaci贸n cerebral remota, de armas sicol贸gicas experimentales, incluso de t茅cnicas auditivas que inducen ciertos estados de 谩nimo. Quiz谩 sea exagerado, quiz谩 no. El problema con estos temas es que la frontera entre la paranoia y la realidad suele ser brumosa, y a veces cruzarla es cuesti贸n de una sola historia convincente.

Me viene a la cabeza una conversaci贸n con mi madre, que nunca ha sido especialmente cr茅dula. Un d铆a, mientras mir谩bamos las noticias sobre las elecciones en otro pa铆s, dijo algo que me dej贸 pensando: “Mira c贸mo todos repiten lo mismo, como si les hubieran dado un libreto”. Puede sonar inocente, pero en esa observaci贸n hab铆a algo inquietante. Tal vez no haga falta un “hipnotizador” con p茅ndulo en mano; tal vez el libreto lo escribimos entre todos, sin darnos cuenta.

A veces pienso que la verdadera defensa contra el control mental no es la desconfianza absoluta —que lleva a la paranoia— sino el pensamiento cr铆tico, ese m煤sculo que no siempre ejercitamos. Hacer preguntas, incluso inc贸modas. Reconocer nuestras propias emociones y sesgos. Y, sobre todo, aceptar que podemos ser influenciados, porque negarlo es abrir la puerta sin darnos cuenta.

Es curioso, pero mientras escribo estas l铆neas, me descubro releyendo p谩rrafos y pregunt谩ndome si yo mismo no estoy tratando de influir en ti, lector. Tal vez esta es la paradoja inevitable: comunicar es, de alg煤n modo, intentar moldear la percepci贸n del otro. Y quiz谩s la diferencia entre eso y el control mental sea una cuesti贸n de intenci贸n y consentimiento.

El susurro invisible est谩 ah铆, en la publicidad, en la pol铆tica, en las conversaciones 铆ntimas. A veces suave como un perfume que apenas percibes; a veces brutal como un grito que no te deja pensar. Lo importante es, al menos, reconocer que existe. Y decidir, cada d铆a, qu茅 ideas dejamos entrar en nuestra cabeza y cu谩les preferimos mantener a raya. Porque si no lo hacemos nosotros, alguien m谩s lo har谩 por nosotros…, y quiz谩 ni siquiera nos demos cuenta.

(*) Escritor, soci贸logo y analista pol铆tico. Consultor Internacional en Derechos Humanos para la Asociaci贸n de V铆ctimas de Acoso Organizado y Tortura Electr贸nica (VIACTEC).






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