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Mordaza previa: palabra en cautiverio

Genealog铆a del secreto y “karinalismo”

Audios, fronteras y la coartada de la intimidad.

Emilio Cafassi (Profesor Titular e Investigador de la Universidad de Buenos Aires). cafassi@uba.ar



El proyecto pol铆tico que se proclama libertario -tras sustraer el t茅rmino a tradiciones no solo liberales sino tambi茅n de izquierda radical- ha dado un salto mortal sin red hacia la censura previa, ese artificio que las rep煤blicas modernas consideran el pecado original contra la libertad de prensa. El 1° de septiembre, un juez con m谩s prontuario -nueve denuncias, cinco de ellas por acoso y abuso sexual- que prestigio, Alejandro Maraniello, dict贸 una cautelar para prohibir a los medios argentinos difundir los audios atribuidos a Karina Milei. La medida, presentada como resguardo de la intimidad y la “seguridad del Estado”, desnuda su esencia: una venda anticipada, tan rid铆cula como inviable en la era de las redes inform谩ticas.


El episodio evoca aquellas comedias involuntarias de la historia judicial argentina: la jueza Servini de Cubr铆a intentando que el comediante Tato Bores no la nombrara en su programa televisivo, termin贸 caricaturizada como “Bar煤 Bud煤 Bud铆a”. Hoy, la hermana del presidente, consigue que un magistrado amordace a todo el periodismo. Ayer fue parodia, hoy bozal. La paradoja roza lo obsceno: mientras se invoca la libertad como dogma, se asfixia la m谩s elemental de todas, la de expresarse. Ya lo ven铆a ensayando la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, gaseando y apaleando, como en un laboratorio de represi贸n, cualquier intento minoritario de expresi贸n movilizada de protesta. Si la convocatoria resulta masiva, repliega a sus verdugos, burl谩ndose incluso de su propio protocolo antipiquete.


Pero la mordaza se ahog贸 en el r铆o. Al d铆a siguiente, en un streaming uruguayo de nombre casi prof茅tico, como si anticipara el efecto el茅ctrico de lo prohibido -Dopamina-, el periodista Marcos Casas difundi贸 un fragmento de esos audios, record谩ndonos que la censura dom茅stica se estrella contra la caprichosa geograf铆a pol铆tica. Resulta elocuente que un medio pr谩cticamente amateur, con dificultades t茅cnicas resueltas a las apuradas sobre la propia transmisi贸n, lograra en pocas horas desbaratar la maniobra amordazante. Desde Montevideo, el eco prohibido son贸 con fuerza en Buenos Aires, como si el R铆o de la Plata se hubiera convertido en un espejo insolente que devolviera al gobierno el rostro grotesco del autoritarismo desp贸tico.


Coimas, audios y operativo distracci贸n.


La secuencia es el m谩s reciente cap铆tulo de una saga de grabaciones llamadas clandestinas -aunque lo clandestino aqu铆 consista en no pedir permiso a los poderosos grabados-, que semanas atr谩s ya hab铆an sacudido a la administraci贸n libertaria. En ellas, como relatamos en estas p谩ginas la semana pasada, el exfuncionario Diego Spagnuolo detallaba el entramado de coimas y favoritismos en la compra de medicamentos para personas con discapacidad, con la droguer铆a Suizo Argentina como estrella invitada. Esos audios, que obligaron a expulsar a Spagnuolo y abrieron causas judiciales, expon铆an tambi茅n las internas del oficialismo y lanzaban dardos contra Karina Milei, descrita en clave despectiva como pastelera convertida en cortesana soberana.


No es este el lugar para debatir la 茅tica de las grabaciones obtenidas sin consentimiento - toda voz reclama su contexto y toda cuerda vocal merece ser advertida antes de tensarse-, sino de subrayar que el poder, en vez de responder a las acusaciones, ha elegido estrangular las preguntas. La caricatura perfecta de un seudolibertario: tapar bocas en nombre de la libertad.


La mordaza judicial dictada por Maraniello no se qued贸 sola: fue acompa帽ada por la ofensiva del aparato gubernamental, como si el esc谩ndalo de las coimas hubiera obligado al oficialismo a ensayar un salto ciego hacia adelante. Patricia Bullrich denunci贸 una infiltraci贸n “rusa, venezolana y kirchnerista”, una tr铆ada tan pintoresca como inveros铆mil. Habl贸 de un “ataque directo a la democracia” y hasta pidi贸 allanamientos a medios y periodistas, como si Jorge Rial -especialista en chismes del espect谩culo devenido analista pol铆tico- y Mauro Federico fueran agentes de la KGB en versi贸n rioplatense, con micr贸fonos de far谩ndula y paneles chismosos. La farsa lleg贸 al extremo de invocar a un supuesto grupo llamado “La Compa帽铆a”, presuntamente liderado por un matrimonio ruso dedicado a manipular ONG y focus groups, un relato digno de un libreto de espionaje barato, que expertos en inteligencia descalificaron por extravagante y por invadir competencias de la Secretar铆a de Inteligencia del Estado (SIDE).


El presidente Milei, lejos de atemperar la deriva, la aceler贸 hacia el abismo persecutorio. Convirti贸 a los periodistas en “esp铆as disfrazados” y amenaz贸 que “no son impunes”, en una ret贸rica que recuerda m谩s a los viejos manuales de la inteligencia militar que a una rep煤blica constitucional. No fue un caso aislado: en el acto de julio pasado en C贸rdoba, llamado “Derecha Fest”, los periodistas fueron confinados a un corralito, obligados a portar pulseras identificatorias, como ganado marcado en la feria y hasta expulsados pese a haber pagado su entrada. El propio Milei alent贸 un clima de hostilidad bajo la consigna “no odiamos lo suficiente a los periodistas”. La diputada terraplanista y cosplayer Lilia Lemoine, por su parte, complet贸 el coro reclamando c谩rcel por “traici贸n a la patria” para quienes difundieran las grabaciones.


La reacci贸n institucional fue tan inmediata como contundente: la Asociaci贸n de Entidades Period铆sticas Argentinas (Adepa) denunci贸 la decisi贸n como un “nuevo ejemplo de censura previa”, contraria a los art铆culos 14 y 32 de la Constituci贸n y al art铆culo 13 de la Convenci贸n Americana de Derechos Humanos. Las principales asociaciones de abogados de la Ciudad -el Colegio P煤blico de la Abogac铆a, el Colegio de Abogados de la Ciudad y la AABA- la repudiaron en un comunicado titulado sin eufemismos “No a la censura”, advirtiendo que se trataba de un “grave acto de censura previa prohibido por la Constituci贸n Nacional y los tratados internacionales”. Legisladores de distintos bloques denunciaron un “acto de autoritarismo sin precedentes” que busca amedrentar a la prensa y desviar el foco de las coimas.


En definitiva, el gobierno que se bautiz贸 libertario como quien se bendice a s铆 mismo, eligi贸 perseguir periodistas, inventar conspiraciones internacionales y torcer la letra constitucional antes que explicar c贸mo, en la Agencia Nacional de Discapacidad, se montaba un fest铆n de retornos y repartijas, ese banquete eterno de coimas. La paradoja se vuelve iron铆a: en nombre de la libertad, se ahoga la libertad; en nombre de la transparencia, se nubla el aire p煤blico; en nombre de la democracia, se la mutila.


Mientras aqu铆 se pretende callar voces con cautelares, basta mirar al norte para advertir la magnitud de la paradoja. La Primera Enmienda de la Constituci贸n estadounidense -aprobada en 1791 como piedra angular de la democracia liberal- proh铆be expl铆citamente toda ley que limite la libertad de expresi贸n o de prensa. Ni siquiera en los momentos m谩s cr铆ticos de su historia, cuando el “enemigo interno” se volvi贸 obsesi贸n,  desde las cacer铆as de brujas de McCarthy hasta la paranoia antiterrorista de Bush, Washington os贸 suprimir formalmente el derecho a difundir informaci贸n.


Comparaciones y tecnolog铆as del silencio

Con amarga iron铆a, la misma rep煤blica que erige la libertad de prensa en sagrado t贸tem constitucional fue la que persigui贸 con sa帽a a Julian Assange y Chelsea Manning. Como se帽alamos en diversos art铆culos hace m谩s de una d茅cada, la filtraci贸n de cables diplom谩ticos y de los cr铆menes de guerra en Irak y Afganist谩n, no fue una falla t茅cnica sino una decisi贸n pol铆tica de quienes entendieron que el secreto serv铆a m谩s a la impunidad que a la seguridad. La respuesta fue exilio, prisi贸n y tortura judicial. El imperio que no se atreve a derogar su enmienda fundante retorci贸 la legalidad hasta lograr que la verdad pareciera delito.


Ese espejo cruel refleja tambi茅n a otros reg铆menes que, sin escr煤pulos constitucionales, montaron sus propios sistemas de control medi谩tico. Trump la declar贸 enemiga, Orb谩n la disciplin贸, Bukele la convirti贸 en meg谩fono propio. Todos exhibieron propaganda oficial y amedrentamiento a periodistas cr铆ticos. La censura de los audios de Karina Milei se inscribe as铆 en una genealog铆a que va desde el “America First” hasta la “Bitcoin City”: un repertorio autoritario que disfraza la opacidad con ra铆dos ropajes de libertad.


La vigilancia contempor谩nea desborda las fronteras estatales. La bautiz贸 con nombre de anatema la soci贸loga Shoshana Zuboff: “surveillance capitalism” (capitalismo de vigilancia), por convertir cada dato 铆ntimo en mercanc铆a: Google, Meta, Amazon, entre otros, y un enjambre de corporaciones virtualmente monop贸licas que extraen, predicen y manipulan comportamientos, erosionando las bases mismas de la ya escasa autodeterminaci贸n.


En clave foucaultiana, como subraya Florencia Botta en su tesis doctoral, los dispositivos de videovigilancia y las tecnolog铆as digitales no s贸lo registran, sino que producen subjetividades d贸ciles, modulando conductas en tiempo real, como metr贸nomo invisible. La censura judicial, entonces, no es un anacronismo, sino apenas la m谩scara visible de una mutaci贸n m谩s profunda: la colonizaci贸n 铆ntima de la vida por la l贸gica del lucro y el control. 


En este contexto, prohibir un audio en Buenos Aires resulta tan absurdo como intentar frenar el viento en la mitad del R铆o de la Plata. La informaci贸n circula, se replica, se expande y se multiplica sin fronteras. Lo que se proh铆be escud谩ndose en la intimidad termina inscripto en la l贸gica global del control: el poder reparte luces y sombras, decide qui茅n habla y qui茅n calla. Esa mordaza criolla no es m谩s que un eco provinciano de la pugna planetaria entre transparencia y secreto, entre el derecho a la palabra y el r茅gimen de la vigilancia.


Genealog铆as locales, karinalismo y pendiente autoritaria

Cada bozal del presente convoca los fantasmas del pasado. En la Argentina, la censura no es un accidente, sino una pr谩ctica con genealog铆a propia. La dictadura militar perfeccion贸 la maquinaria del silencio: secuestr贸 personas y tambi茅n palabras, desapareci贸 cuerpos y tambi茅n libros, intervino universidades, clausur贸 medios y amordaz贸 conciencias. El secuestro de la palabra no fue accesorio, sino el nervio mismo del terrorismo de Estado.


Pero el retorno democr谩tico no aboli贸 del todo esas tentaciones, apenas las disimul贸. La Ley de Radiodifusi贸n de 1980, la pesada herencia de la dictadura, que sigui贸 rigiendo como un espectro durante m谩s de dos d茅cadas, y con ella el monopolio de voces que supone concentrar la comunicaci贸n en pocas manos vigiladas. Esa censura indirecta que asfixia sin necesidad de decretos. Hubo intentos de corregirla, resistencias, avances parciales, hasta que la Ley de Servicios de Comunicaci贸n Audiovisual de 2009 quiso romper esa inercia y devolver la palabra a la pluralidad social. Sin embargo, la Corte Suprema, la presi贸n empresarial y el desguace macrista demostraron lo dif铆cil que resulta desarmar la arquitectura del silencio.


Cada 茅poca fabric贸 sus mordazas a la medida de sus miedos: en los noventa, la compraventa de periodistas y el blindaje del menemismo; en los 2000, las operaciones de inteligencia vestidas de esc谩ndalos medi谩ticos; hoy, la censura judicial preventiva en nombre de una intimidad reservada a los poderosos. Un hilo rojo los cose: la palabra peligrosa, eterna enemiga del poder, porque desarma ficciones y desnuda privilegios.


No en vano el art铆culo 14 de la Constituci贸n consagra la libertad de prensa y que el art铆culo 32 prohibe expresamente la censura previa. No son arabescos jur铆dicos, sino conquistas arrancadas al dolor de una sociedad. El recuerdo de las bibliotecas quemadas, de las canciones prohibidas, de los periodistas exiliados o desaparecidos, deber铆a inmunizar para siempre contra toda tentaci贸n amordazante.


Por eso resulta tan obsceno que, en nombre de la “seguridad del Estado”, se proh铆ba la difusi贸n de audios que exponen miserias de palacio que huelen a coima y podredumbre. Como si la rep煤blica se derrumbara no por la corrupci贸n rampante, sino porque los ciudadanos escuchan lo que sus gobernantes murmuran en la intimidad. La historia argentina ense帽a lo contrario: el verdadero peligro para la democracia no est谩 en la palabra p煤blica, sino en su cautiverio.


Karina Milei es, en esta trama, mucho m谩s que un murmullo entre expedientes judiciales. Sin haber pasado jam谩s por las urnas, se erige en regente del palacio libertario, la hermana del le贸n que sopla al o铆do del monarca mientras administra las llaves del reino de utiler铆a. En las f谩bulas cortesanas abundan las figuras que, sin corona ni espada, decidieron destinos imperiales: concubinas, confesores. La Argentina del siglo XXI parece aportar su grotesca versi贸n criolla: una pastelera de tortas caseras y tarot convertida en Rasputina libertaria, consejera de palacio y guardiana del secreto.


La iron铆a es tan cruel como evidente: mientras el presidente se jacta de combatir a la “casta”, delega en el c铆rculo consangu铆neo m谩s estrecho la conducci贸n pol铆tica. No los votos, no el debate p煤blico, sino la biolog铆a familiar y el secreto. Si la democracia se funda en la publicidad de los actos de gobierno, el “karinalismo” (perm铆taseme el neologismo) se cimenta en la discreci贸n de sobremesa.


Resulta l贸gico, aunque obsceno, que la censura de los audios haya girado en torno a ella: proteger la intimidad de Karina equivale a acorazar el nervio expuesto del poder. Como si se prohibiera difundir el murmullo de los pasillos de Versalles, no por comprometer a la reina, sino por desnudar la coreograf铆a de favoritismos, intrigas y caprichos que sostienen el trono. Porque no exhibe a una persona, sino al mecanismo entero de privilegios que la sostiene.


Su car谩cter simb贸lico nace de una investidura nunca sometida a compulsa popular: el silenciamiento de los audios no solo resguarda una voz, sino que desnuda un sistema. Revela una estructura de poder que se reh煤sa a exponerse. Karina Milei no necesita discursos, conferencias de prensa ni campa帽as: su poder es callar en p煤blico y ordenar en privado. Paradoja cruel: cuanto menos se sabe de ella, m谩s absoluto se vuelve su poder.


El efecto corroe las bases de la rep煤blica: si el poder se ejerce desde la sombra y se protege con vendas judiciales, la democracia se transforma en monarqu铆a plebiscitaria, con la urna como ceremonia vac铆a y la intimidad de palacio como verdadera sede de las decisiones. El peligro no radica en un audio prohibido, sino en el precedente que inaugura. Cuando la mordaza se convierte en norma, la democracia comienza a resbalar por una pendiente peligrosa: lo que ayer fue un expediente, ma帽ana un decreto, y pronto una ley escrita con tinta de censura. El silencio se espesa como clima de 茅poca hasta que el simple murmullo ciudadano sea penado como delito.


La erosi贸n del derecho a la informaci贸n no es una entelequia jur铆dica, sino un velo sobre los ojos de la sociedad frente a las pr谩cticas que deber铆a fiscalizar. Un poder que no rinde cuentas, sino que administra secretos como bot铆n. Y en la medida en que los jueces se prestan a blindar intimidades de alcoba palaciega, se corre el riesgo de que el Poder Judicial deje de ser 谩rbitro para convertirse en guardi谩n servil del privilegio.


El bozal no silencia 煤nicamente a los periodistas: busca intimidar tambi茅n a los ciudadanos. Si se proh铆be difundir lo que dicen los gobernantes, ¿qu茅 garant铆a queda para el denunciante com煤n, en una oficina p煤blica, un hospital o una escuela? El mensaje es brutal en su simpleza: callar protege, hablar destruye.


En esta atm贸sfera enrarecida, la democracia se degrada en un ritual sin sustancia: urnas que se abren de vez en cuando, mientras las voces se clausuran a diario. La opacidad se perpet煤a como arte de gobierno, se invierte la ecuaci贸n republicana: el pueblo, que deb铆a ser soberano, se convierte en espectador desinformado, reducido a aplaudir o abuchear en la platea, ignorando la trama verdadera del escenario.


El saldo es una sociedad amordazada no por decreto, sino por h谩bito. Porque la fuerza m谩s letal de la censura no est谩 en la orden judicial, sino en la resignaci贸n colectiva. La pregunta que queda flotando es si, ante cada nueva afrenta censurante, la ciudadan铆a preferir谩 el refugio obediente del silencio o la intemperie valiente de la palabra.


El silencio nunca es neutro: siempre es herramienta de dominaci贸n. Callar a la prensa es amputar la lengua colectiva que pregunta, denuncia y reclama al poder. Quien domina la palabra, domina la memoria; y quien domina la memoria, dicta el futuro. Cada bozal a帽ade un ladrillo al muro creciente de la impunidad. Sin embargo, la historia argentina recuerda una lecci贸n insoslayable: ninguna mordaza es eterna. Las canciones prohibidas se susurraron hasta volverse himnos; los libros secuestrados circularon en fotocopias clandestinas; las voces acalladas renacieron en la plaza como grito colectivo. La palabra popular siempre hall贸 grietas por donde escapar y burlar a sus verdugos.


Hoy el riesgo es que el silencio se disfrace de normalidad, la mordaza de intimidad, el autoritarismo de libertad. Pero tambi茅n la esperanza est谩 ah铆: en la obstinaci贸n de quienes hablan, escriben, publican, cantan, denuncian. En cada periodista que se atreve, en cada ciudadano que comparte, en cada intelectual que piensa, en cada colectivo que resiste y sue帽a.


La rep煤blica puede reducirse a un teatro de sombras o desplegarse como una asamblea de voces. Entre la mordaza y el coro polif贸nico se juega adem谩s el grado de democraticidad del r茅gimen pol铆tico. La pregunta es cu谩l elegiremos: si dejar que nos roben la palabra hasta convertirnos en coro asordinado, o transformarla en un grito colectivo capaz de derribar estos palacios de cart贸n.


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