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Rebeli贸n: existir al margen del capital es resistir

ESCRITOS CR脥TICOS
Jorge Majfud

Seg煤n Marconi, la radio iba a ser “un heraldo de paz y civilizaci贸n entre las naciones”. Poco despu茅s, vendi贸 su invento a los brit谩nicos como instrumento de comunicaci贸n y propaganda para sus guerras coloniales. En 1906 se emiti贸 el primer programa de radio en Estados Unidos. Pronto, los discursos pol铆ticos se redujeron de una hora a diez minutos. El pol铆tico que mejor supo usar el nuevo medio fue Franklin Roosevelt. En Alemania, los nazis. Hitler no s贸lo se inspir贸 en la tradici贸n racista de los esclavistas y de te贸ricos como Madison Grant, sino que su ministro de propaganda aprendi贸 de los libros de Edward Bernays. Hitler no ten铆a dudas y no andaba con vueltas: “Cuando se desencadena una guerra, lo que importa no es tener la raz贸n, sino conseguir la victoria”.

En Estados Unidos, en los a帽os 20, la mayor铆a de la poblaci贸n prefer铆a que el nuevo medio, la radio, continuara siendo un servicio p煤blico de informaci贸n. Para 1926, s贸lo el 4,3 por ciento de las emisoras eran comerciales. Los gremios de maestros y profesores estaban a favor de mantener un n煤mero m铆nimo de esas ondas destinadas a la educaci贸n a distancia, no comercial y m谩s democr谩tica, pero para 1928, en apenas dos a帽os, las universidades ya hab铆an perdido decenas de ondas (de 128 a 95). El director de la radio de University of Arkansas se quej贸 de que la FRC (organismo en Washington que administraba las ondas de radio) “nos sac贸 todas las horas que val铆an algo y nos dejaron aquellas sin ning煤n valor”. Esto no es s贸lo un ejemplo; por entonces, apenas el cinco por ciento de la poblaci贸n estadounidense apoyaba un cambio radical hacia la comercializaci贸n. En 1932 Business Week report贸 una avalancha de cartas protestando por la nueva radiodifusi贸n basada en anuncios.

En 1925 los maestros y profesores hab铆an fundado el National Association of Educational Broadcasters (NAEB) y en 1930, como respuesta al incipiente pero agresivo control del sector privado a trav茅s de la venta de publicidad, crearon el National Committee on Education by Radio. Para 1938 hab铆an logrado asegurarse cinco ondas destinadas a la educaci贸n, pero todos los observadores estaban de acuerdo en que la exposici贸n de anuncios comerciales no era bien recibido por la poblaci贸n. Pese a esta larga historia de resistencia por medios sin fines de lucro, a finales de los 30 ya quedaban pocas ondas destinadas a la difusi贸n de la cultura y el conocimiento. Todas hab铆an cedido terreno a la radiofon铆a comercial, con sus programas de diversi贸n apoyados por anuncios comerciales.

Para dar el golpe final, las nuevas emisoras comerciales ofrecieron espacios gratis a los pol铆ticos y a los legisladores. ¿Suena conocido? Entre 1931 y 1933, los legisladores fueron invitados 298 veces a la flamante NBC, cadena propiedad de General Motors, la telef贸nica AT&T y la United Fruit Company, responsable de m煤ltiples golpes de Estado y masacres en Am茅rica Latina.

El 28 de abril de 1932, la publicaci贸n Education by Radio, sosten铆a que el principio de la Carta Magna de la radio estadounidense declaraba que su existencia se deb铆a al “inter茅s p煤blico” y criticaba los lobbies que intentaban cambiar estos principios: “El personal de la Comisi贸n [Federal] de Radio est谩 en este momento reclutado abogados y gente con intereses militares y comerciales (…) y subordinando el aspecto educativo al monopolio de los intereses comerciales”. M谩s adelante advierte: “La libertad de expresi贸n es la base de cualquier democracia. Permitir que los intereses privados monopolicen el mayor instrumento de acceso a la mente humana que se ha conocido es destruir la democracia. Sin la libertad de expresi贸n de aquellos que no tienen a los ‘beneficios’ como inter茅s principal, no habr谩 una base inteligente para determinar ninguna pol铆tica de inter茅s social”.

Poco a poco, se fueron cerrando las radios universitarias y otras de educaci贸n, confirmando el divorcio de sus mayores instituciones de educaci贸n y cultura con el resto de la poblaci贸n, lo que se refleja cada dos a帽os en los mapas electorales y en la mutua desconfianza entre estos dos sectores de la sociedad disociada. Ya por los a帽os 30, las organizaciones a favor de una cuota de ondas no comerciales como el NCER (parte del Institute of Education Sciences) era caracterizado como “un grupo enga帽ado por pedagogos” demandando tonter铆as “infantiles”. Por su parte, el “socialista” F. D. Roosevelt no tom贸 partido por los grupos que se opon铆an a la toma total de las ondas por los intereses privados porque, frecuente invitado en todas ellas, tem铆a perder este favor pol铆tico.

Al mismo tiempo, en Canad谩 se realizaron discusiones populares en decenas de ciudades para decidir qu茅 era lo m谩s conveniente, si seguir un incipiente proceso de comercializaci贸n del nuevo medio que se estaba dando en Estados Unidos a trav茅s de los avisos o mantener los medios independientes del capital privado. Como lo resumi贸 el hombre de negocios y socialista canadiense Graham Spry al millonario estadounidense y defensor de los medios p煤blicos, Armstrong Perry: “Nuestro mayor temor no es s贸lo el monopolio [comercial] sino el poder extranjero que viene con el monopolio”. La decisi贸n mayoritaria fue mantener la radiodifusi贸n como un servicio p煤blico, no comercial.

No obstante, el poder de los capitales acumulados era abrumador. Como observ贸 el profesor Robert McChensny, el mismo proceso ocurri贸 durante los 90 en el debate sobre el estatus legal de Internet: mantener el nuevo medio de comunicaci贸n regulado por los gobiernos o dejarlo librado a las “leyes del mercado” y a los intereses de las corporaciones. El 22 de junio de 1998, el New York Time reportaba “un clima en el que cualquier regulaci贸n de Internet en su infancia comercial se considera alta traici贸n”.

En 1934, los lobbies privatizadores y contra la petici贸n de un 25 por ciento para canales no comerciales en Estados Unidos lograron su mayor 茅xito con la Ley de Comunicaciones. Esta fue la ley rectora de los medios hasta la Ley de Telecomunicaciones de 1996, no por casualidad dise帽ada para regular el nuevo medio, Internet, bajo la nueva ideolog铆a neoliberal de privatizaciones y desregulaciones de la “libertad comercial”. Entre otras previsiones, elimin贸 el n煤mero legal de canales en manos de un mismo grupo financiero. Es el caso de Sinclair Broadcast Group, el cual actualmente es due帽o de casi doscientos de canales locales en diferentes estados (afiliados a las grandes cadenas nacionales como Fox, CBS y NBC) los cuales son forzados a leer manifiestos del directorio central como si se tratase de informaci贸n real, objetiva e independiente, en todos los casos en apoyo de la ideolog铆a conservadora de las grandes corporaciones.

En 1938, a帽os despu茅s del asalto privatizador de los medios, la NBC conclu铆a: “Nuestros medios son lo que son porque operan en la democracia estadounidense. Es un sistema libre porque este es un pa铆s libre. Es de propiedad privada porque la propiedad privada es una de nuestras doctrinas nacionales. Se mantiene de forma privada, a trav茅s del patrocinio comercial de una parte de las horas del programa, y sin costo alguno para el oyente, porque el nuestro es un sistema econ贸mico gratuito”.

En Inglaterra, con la BBC y con el apoyo mayoritario de la poblaci贸n, la radiofon铆a permaneci贸, en su gran mayor铆a, como servicio p煤blico, no comercial, hasta una d茅cada despu茅s de la Segunda Guerra. Desde los a帽os cincuenta hasta los ochenta, permaneci贸 como propiedad mixta entre capitales p煤blicos y privados pero con un claro control de calidad en cuanto a los contenidos culturales y de informaci贸n por parte del Estado. Esto comenz贸 a cambiar a partir del neoliberalismo impuesto por el gobierno de Margaret Thatcher en los 80. Para los 90, la comercializaci贸n del servicio p煤blico brit谩nico tuvo lugar en Estados Unidos con el fin de recaudar fondos para su central en Inglaterra

La historia de Internet es un calco del proceso que sufri贸 la radio. A mediados de los a帽os 20, cuando la radio, el nuevo medio revolucionario por entonces ya hab铆a sido inventado y su uso se encontraba en desarrollo, un tercio de las ondas todav铆a eran de servicio p煤blico, es decir, educativas o no comerciales. Similar a todos los medios de comunicaci贸n anteriores, Internet no fue inventada por ning煤n “exitoso hombre de negocios” sino por profesores estadounidenses que, a pesar de su origen militar, creyeron crear un medio an谩rquic; primero una red no comercial de investigadores y luego una red abierta al p煤blico para la interacci贸n y la difusi贸n de las ideas y la informaci贸n. Como observa McChensny, “Internet nunca hubiese sido creada por ninguna compa帽铆a privada; no s贸lo porque el tiempo de espera para los retornos hubiese sido inaceptable, sino por su idea fundamental de una arquitectura de propiedad abierta hubiese sido inaceptable para las compa帽铆as privadas”.

Un par de d茅cadas despu茅s, cuando la idea y toda la estructura de Internet ya estaba desarrollada en base al principio m谩s democr谩tico de propiedad p煤blica, como todos los medios y todos los grades inventos anteriores fue secuestrada por el poder de turno que, en lo que se refiere a los 煤ltimos siglos, est谩 basado en el dinero y en la concentraci贸n de los capitales, es decir, las grandes corporaciones. La privatizaci贸n y comercializaci贸n de Internet a trav茅s de diferentes leyes desreguladoras ocurrieron en los a帽os 90, no por casualidad en la cresta de la ola neoliberal. Washington decidi贸 la privatizaci贸n de grandes sectores de la red en 1993, cuando hasta entonces se encontraba prohibida y se hab铆a mantenido y desarrollado como una realidad an谩rquica, amenazando en convertirse en propiedad de la gente com煤n. La idea original de quienes trabajaron en esos proyectos no iba en favor del monopolio de un gobierno, pero tampoco en favor del oligopolio de las grandes corporaciones (protegidas por ese mismo gobierno) que en pocos a帽os se hicieron con este instrumento fundamental de creaci贸n de realidad y de opini贸n p煤blica, no en su totalidad, pero s铆 en un grado suficiente para mantener el control.

Incluso una poderosa publicaci贸n liberal (es decir, conservadora) como The Economist lo reconoci贸 en 1998, aunque no sin sus cl谩sicas ambig眉edades de clase: “Cuando Cyberia [Internet] era un peque帽o pa铆s de acad茅micos, sus leyes funcionaban muy bien. Pero ahora ha sido colonizada por el mercado. Es necesaria una acci贸n m谩s en favor de los negocios” (“The death of an icon”, 22 de octubre de 1998). El poder siempre tiene una buena excusa para apropiarse de todos los inventos, habidos y por haber.

En este caso, la decisi贸n de privatizar Internet se tom贸 muchos a帽os antes, en 1990, en una reuni贸n en Harvard University, a la cual asistieron representantes del gobierno de Washington y de las grandes corporaciones de las telecomunicaciones. Por supuesto que ni siquiera hubo un profesor de otras 谩reas, como ciencias o humanidades. Menos hubo un representante del pueblo, ni estadounidense ni de ning煤n otro pueblo. La democracia es siempre un estorbo para el progreso y la libertad, ¿no? “Es verdad, el gobierno cre贸 Internet con sus recursos, pero el muchacho ha crecido y se ha ido de casa”, fue la explicaci贸n de uno de los miembros de la Internet Society (ISOC), interesados en su privatizaci贸n (Wall Street Journal, 4 de junio de 1998, p. 26).

No por otra raz贸n, en 1996 se aprob贸 la ley m谩s importante sobre medios de comunicaci贸n desde 1934, la Ley de Telecomunicaciones, la que liberaba las fuerzas de los grandes lobbies y corporaciones en nombre de una participaci贸n democr谩tica de todos los actores privados. Gracias a esta ley, una misma corporaci贸n dej贸 de estar limitada en el n煤mero de medios autorizados para operar. La libertad de los liberales y, m谩s recientemente, de los libertarios conservadores, la libertad de los poderosos, la libertad de los due帽os de los pa铆ses. Que viva la libertad.

Desde la comercializaci贸n de Internet, la gente no abandon贸 la radio ni la televisi贸n, sino que sum贸 un nuevo medio, agregando varias horas por d铆a al mercado de la atenci贸n. Al igual que con la popularizaci贸n de los peri贸dicos en el siglo XIX, el nuevo medio promet铆a democratizar la informaci贸n y crear pueblos e individuos m谩s libres. Al igual que con todos los nuevos medios de comunicaci贸n, con Internet y las redes sociales esta libertad ha sido fuertemente cuestionada. Al igual que en todos los casos anteriores, los poderes de las elites de turno secuestraron los nuevos medios y las nuevas tecnolog铆as desde el primer d铆a y, en ning煤n caso, fue con un prop贸sito altruista de ceder poder a la abrumadora mayor铆a de los de abajo, los (aparentemente) sin poder. Esta urgencia fue a煤n m谩s importante en aquellos pa铆ses que hab铆an consolidado un sistema de democracia liberal con votaciones peri贸dicas. De esta forma, los medios justificaron los fines y la opini贸n p煤blica se convirti贸 en el comodity y en el arma m谩s valiosa.

En octubre de 2022, el hombre m谩s rico del planeta, Elon Musk, compr贸 Twitter por 44 mil millones y, antes de conocer siquiera a los principales directores de la empresa, prometi贸 despedir a la mitad de los empleados para “limpiar la casa”. Los asalariados son siempre basura para los psic贸patas que aman el 茅xito y el ejercicio del poder despidiendo empleados. Para noviembre, ya hab铆a cumplido con su promesa y, en nombre de la libertad, propuso diferentes cobros del servicio, aparte de comenzar a incluir publicidad. En Twitter la libertad comenz贸 a expresarse con una explosi贸n de racismo y violencia pol铆tica. La red no mejor贸 pero el se帽or Musk continu贸 haciendo miles de millones de d贸lares. De una junta administrativa se pas贸 a una dictadura m谩s estilo banana republic con un jefe psic贸pata, autopromocionado como el palad铆n de la libertad y la democracia.

La introducci贸n de publicidad en Twitter es la repetici贸n del proceso de comercializaci贸n de un medio de comunicaci贸n, exactamente como ocurri贸 con la radio en los a帽os 30, con la televisi贸n m谩s tarde y con las compa帽铆as de telecomunicaci贸n y, principalmente, con Internet en los a帽os 90. La comercializaci贸n se vendi贸 por parte de pol铆ticos, presidentes y grandes gerentes como una forma de expandir la libertad y la neutralidad ideol贸gica, como si los grandes negocios y la cultura de adoraci贸n de las corporaciones y los multimillonarios no se sostuviera con un permanente y ubicuo bombardeo ideol贸gico que es aceptado como si fuese la lluvia que da vida a los campos. Los anunciantes que realmente importan en esta l贸gica son las grandes compa帽铆as, no los peque帽os negocios. M谩s a煤n, en los pa铆ses perif茅ricos (la mayor铆a del mundo) ni las grandes compa帽铆as tienen muchas chances de pagar publicidad en las plataformas en la escala en que lo hacen las compa帽铆as de los pa铆ses dominantes.

La super comercializaci贸n de las sociedades ha creado una cultura del consumo y, con ella, la fosilizaci贸n de la ideolog铆a que diviniza las leyes del mercado sobre toda actividad humana, define el 茅xito (los millonarios) y demoniza cualquier opci贸n bajo alguna figura ficticia (los trabajadores holgazanes o los socialistas come ni帽os). No hay consumo sin beneficios y no hay concentraci贸n de las ganancias sin un consumismo que impida cualquier pensamiento radical que se oponga a una realidad radical.

En el ensayo “There are Alternatives” publicado en 1998, el fil贸sofo J眉nger Habermas fue categ贸rico: “No creo que podamos tener ilusiones sobre lo p煤blico de una sociedad en la que los medios de comunicaci贸n comerciales marcan la pauta” (New Left Review, Setiembre 1998). Claro que, como dec铆a NBC y los lobbies empresariales en los a帽os 30, todas estas opiniones no comerciales son irrealistasinfantiles, y est谩n contra la libertad y la democracia. Al fin y al cabo, Habermas como el profesor Einstein o el pionero de la computaci贸n moderna, Alan Turing y los fil贸sofos o inventores de los 煤ltimos siglos han sido todos pobres, irrealistas y fracasados.

Hoy, en Estados Unidos, existe una cadena p煤blica de televisi贸n, PBS, y una de radio, NPR. Hasta la presidencia de Ronald Reagan, la mayor铆a de sus ingresos proced铆an del gobierno federal, lo cual se fue reduciendo en las d茅cadas posteriores hasta un magro 15 por ciento, en un persistente intenso en convertirlas, sino en privadas, al menos en cadenas comerciales. A pesar de ser los mayores productores de contenido cultural e informativo profesional del pa铆s, todos los a帽os deben mendigar donaciones a su p煤blico para complementar su menguado presupuesto, siempre bajo ataque de los pol铆ticos conservadores y las corporaciones que los financian, los que entienden que la existencia de un medio depende de su rating. Por otro lado, como ya lo observ贸 Robert McChesney, “lo 煤ltimo que quieren las cadenas comerciales es que PBS y NPR salgan a competir por la publicidad, sobre todo entre aquel p煤blico educado y de clase media alta. Cuando en 1998 el gobierno de Francia limit贸 el tiempo de publicidad en la televisi贸n p煤blica, TF1, la mayor cadena comercial del pa铆s, se vio de repente beneficiada”.

En 2025, el presidente Donald Trump elimin贸 casi todos los fondos del gobierno para NPR y PBS.

La misma historia ha sido y contin煤a siendo la historia de la Inteligencia Artificial. Luego de 70 a帽os de investigaci贸n, experimentaci贸n y naturales fracasos por parte de sus creadores no capitalistas, se logr贸 su desarrollo a principios del siglo XXI. Para 2015, luego de la aceleraci贸n del desarrollo de los modelos de lenguaje y aprendizaje artificial, se fund贸 una de las compa帽铆as m谩s visible de la actualidad, OpenAI. Sus fundadores no inventaron nada, pero iniciaron el proyecto como una organizaci贸n sin fines de lucro (nonprofit) para “asegurar que la inteligencia artificial general (AGI) beneficie a toda la humanidad”. En 2019 comenz贸 su privatizaci贸n. Luego del 茅xito de ChatGPT, en 2025 OpenAI pas贸 de organizaci贸n “sin fines de lucro” a corporaci贸n en gran parte privatizada, con fines de lucro.

A mediados de los a帽os 90, muchos j贸venes vivimos el boom de Internet con la ambig眉edad y las dudas propias de todo inicio. Por provenir del mundo de los libros y de la celebraci贸n de la cultura ilustrada, muchos balanceamos este entusiasmo con una dosis de pesimismo o, por lo menos, de precauci贸n. Como joven del siglo XX, en Mozambique viv铆 este contraste entre el siglo anterior y el pr贸ximo por llegar. A mi regreso a Uruguay no alcanzaba a romantizar ni a despreciar ninguno de los dos mundos. En 1997, como resumen de estos contrastes radicales y perplejidades de joven so帽ador, escrib铆 los 煤ltimos cap铆tulos de Cr铆tica de la pasi贸n pura, imaginando que ya no ten铆amos excusas para una “democracia directa”, ya que las herramientas de la Superred estaban all铆, casi maduras. Al mismo tiempo, anotaba que toda esa aparente libertad de otorgarle voz y voto a los ciudadanos del mundo se iba a encontrar con la reacci贸n de poder econ贸mico y financiero: la desilustraci贸n (por entonces la llam谩bamos el suicidio de cambiar la reflexi贸n de los libros por la superficialidad de la urgencia) y, finalmente, la dictadura de un sistema que ser铆a due帽o hasta de la privacidad de los individuos. 

No obstante, todos necesitamos (y necesitamos) creer en proyectos, subscribir utop铆as, m谩s si se es joven. Una buena parte de aquella utop铆a estaba en la primera parte de la ecuaci贸n: el acceso democr谩tico y a bajo costo a la informaci贸n y la “denuncia sin censura”, eran una forma de extender la cultura ilustrada en ese universo fr谩gil, fragmentado y lleno de ruido y contaminaci贸n digital.

Fue ah铆 donde Rebeli贸n funcion贸 como un medio que tambi茅n cumpl铆a una funci贸n doble y en apariencia (s贸lo en apariencia) contradictorio: el de vanguardia y resistencia

En 1996, en Espa帽a, un grupo de j贸venes periodistas fund贸 Rebelion.org como respuesta al dominio medi谩tico y narrativo de los medios tradicionales, con la particularidad de no poseer una sala de redacciones, costos de impresi贸n y de distribuci贸n―y sin vender publicidad. Esta es, desde el comienzo, una pol铆tica descomercializada, anti corporativa y, como consecuencia, anticapitalista. Naturalmente, la mayor铆a de sus autores y publicaciones reflejan lo que el lenguaje tradicional y dicot贸mico define como “de izquierda”, con toda la pluralidad hist贸rica y presente de ese ideol茅xico.

Rebeli贸n lleg贸 a estar entre los diez peri贸dicos digitales m谩s le铆dos en castellano y ser el primero en n煤mero de lectores de los medios alternativos. Actualmente, seg煤n diferentes medidores de rankings (web traffic estimators) sus visitantes alcanzan un promedio de casi diez minutos de lectura, lo que equivale a la lectura promedio de dos art铆culos en su totalidad.

Rebeli贸n no solo es le铆do en varias decenas de pa铆ses de todo el mundo. M谩s importante que eso, es reconocido por casi cualquier lector atento. Una particularidad remarcable de Rebeli贸n, entiendo, radica en que sus publicaciones son reproducidas en otros sitios alternativos de diferentes continentes en un n煤mero muy superior al de muchos medios comerciales. Me atrever铆a a decir, sin un estudio estad铆stico pero sin miedo a equivocarme, que un art铆culo en Rebeli贸n es republicado en sitios alternativos y en diarios tradicionales en una relaci贸n de diez a uno que es republicado de un diario comercial.

Este 茅xito descapitalizado ha hecho de Rebeli贸n el objetivo de ataques, sabotajes y cr铆ticas por su “inclinaci贸n pol铆tica” (bias), como si 茅sta fuese un secreto de los medios alternativos o como si el resto de los conglomerados privados (Grupo Clar铆n en Argentina, Televisa en M茅xico, Prisa en Espa帽a, Walt Disney, Paramount, Sinclair, Warner Bros y Fox Corporation en Estados Unidos), estuviesen libres de ideolog铆a y sus productos medi谩ticos fuesen la expresi贸n de la objetividad y la neutralidad cultural y period铆stica.

Rebel贸n no solo es le铆do en varias decenas de pa铆ses de todo el mundo. M谩s importante que eso, es reconocido por casi cualquier lector atento. Su 铆cono de “la carita” (la fotograf铆a sin dise帽o y sin photoshop de un ni帽o que mira asombrado la realidad del mundo que le toc贸 vivir) es uno de las m谩s reconocidos entre los lectores de muchos pa铆ses―hace unos a帽os, un periodista joven en Argentina me dijo: “Cito de memoria de un art铆culo que publicaste en un sitio latinoamericano… el de la carita”.

Una de las primeras capturas de Rebeli贸n que sobreviven en archive.org es del 17 de agosto de 2000. All铆 se pueden leer reflexiones de Juan Gelman, Ariel Dorfman, Naomi Klein y dos piezas breves de Eduardo Galeano. En una de ellas, titulada “Disparen contra Rigoberta”, Eduardo nos recuerda (la conjugaci贸n de este verbo en tiempo presente es deliberada):

El Nobel de la Paz, que Rigoberta gan贸 en el 92, no s贸lo fue la 煤nica conmemoraci贸n decente y justa de los quinientos a帽os de eso que llaman Descubrimiento de Am茅rica, sino que, adem谩s, result贸 un buen plumerazo para un premio que necesitaba una limpieza. El Premio Nobel de la Paz ven铆a cargando mucha mugre desde 1906, cuando se lo dieron a Teddy Roosevelt, quien a los cuatro vientos proclamaba que la guerra purifica a los hombres, y m谩s sucio fue quedando, con el paso del tiempo, cuando fue recibido por otros jefes guerreros, como, por ejemplo, Henry Kissinger, quien debe al mundo muchas muertes y ha sido el pap谩 de Pinochet y otros monstruitos. Patas arriba: el mundo al rev茅s discute ahora si Rigoberta merec铆a ese premio, en lugar de discutir si ese premio la merec铆a”.

En el otro art铆culo, publicado el d铆a anterior con t铆tulo “El periodismo independiente”, Galeano nos dice, como si se tratase de un texto escrito a prop贸sito de los 30 a帽os de Rebeli贸n:

“Las ideas revelaban cierta inclinaci贸n al rojo, pero m谩s rojos estaban los n煤meros. El administrador del semanario Marcha [Uruguay], que cumpl铆a la insalubre tarea de pagar las cuentas, saltaba de alegr铆a en raras ocasiones:

―¡Llegaron avisos! ¡Tenemos la edici贸n financiada!

En la historia universal del periodismo independiente, siempre se ha celebrado semejante milagro como una prueba de la existencia de Dios. Pero al director, Carlos Quijano, se le torc铆a la cara. Y mascullaba maldiciones: aquella buena noticia era la peor de las noticias. Si hab铆a publicidad, se iba a sacrificar alg煤n espacio imprescindible para difundir informaci贸n mentida o escondida, y ya no se iba a cumplir como era debido con la misi贸n que hab铆a dado nacimiento al semanario.

Marcha hab铆a nacido a contraviento, y a contraviento viv铆a: no hab铆a sido fundada para cazar consumidores, sino para encender conciencias, joder paciencias y alborotar avisperos.

Siempre resultaban pocas las p谩ginas para decir todo lo que hab铆a que decir, viernes tras viernes, hasta que el terror militar puso fin a los treinta y cuatro a帽os de esa locura”.

Naturalmente, ni Marcha, ni Galeano ni Rebeli贸n fueron nunca neutrales ni quisieron serlo. La diferencia con los medios dominantes radicaba en que ten铆an la suficiente honestidad para no escond茅rselo a sus lectores.  

Ahora, en el siglo XXI, Rebeli贸n contin煤a la brillante y heroica tradici贸n de columnas y ensayos pol铆ticos sobre problem谩ticas reales, sociales y culturales de actualidad que procede del siglo XIX y ha tenido destacados ejemplos en publicaciones como The Nation (1865), Monthly Review (1949), Le Monde Diplomatique (1954), New Left Review (1960), Partisan Review (1934), Marcha (1939), Crisis (1973), entre otros.

Como estos medios hist贸ricos, tambi茅n Rebeli贸n le dio espacio y permanencia a los textos de destacados intelectuales como Pascual Serrano (uno de sus fundadores), Eduardo Galeano, Noam Chomsky, Ignacio Ramonet, Heinz Dieterich, Boaventura de Sousa Santos, Juan Gelman, Atilio Boron, Antonio Maira, Ra煤l Zibechi, Marcelo Colussi, James Petras, Vijay Prashad, Giorgio Trucchi, Lilliam Oviedo, Cynthia Cisneros Fajardo, entre muchas otros que por razones de espacio y de tiempo omito ahora.

Mi vinculaci贸n con este valiente, resistente y entra帽able medio se remonta a principios del siglo XXI y desde entonces ha continuado hasta hoy gracias a la amistad y al trabajo serio y meticuloso de Silvia Arana quien, desde Ecuador, suele se帽alarme mis habituales desprolijidades.

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