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'Un extraño en Goa', José Eduardo Agualusa


Un escritor parte hacia Goa en busca de una leyenda: el comandante Maciel, cuyo verdadero nombre es Plácido Afonso Domingo, excomandante de la guerrilla en Angola o, según otras versiones, agente infiltrado en la policía política portuguesa. Y se encuentra con que esa leyenda se ha hecho mayor. Sin embargo, es un personaje mucho más interesante. Un extraño en Goa recorre la historia de una región donde la realidad y la magia caminan de la mano. 'El diablo nunca está lejos del paraíso', recuerda uno de los personajes. En esta novela -que es también una biografía del diablo- él puede estar en todas partes. ¿Qué une a un traficante de reliquias, a una hermosa y misteriosa historiadora del arte, especializada en la restauración de libros antiguos, y a un seductor hombre de negocios neopagano? ¿Y quién es Plácido Domingo?.




Un angoleño en Goa, por Alfonso Armada

Conocí a José Eduardo Agualusa cuando las sombras todavía aplastaban Angola. Fue gracias al periodista portugués Pedro Rosa Mendes, autor de Bahía de los Tigres, un extraordinario periplo entre Angola y Mozambique. Agualusa (Huambo, Angola 1960), de apellido que parece un conjuro, ha sido más tenaz que Mendes y, probablemente, tenga mucho más que contar desde aquella Estación de las lluvias, una historia que todavía resuena en mi memoria.

El narrador de este breve, perturbador y muy bien calafateado Un extraño en Goa es un periodista que bien podría ser alter ego de Agualusa, no en vano parte de Río de Janeiro (Brasil es una de sus bases) en dirección a la antigua colonia portuguesa de Goa siguiendo el rastro de un Plácido Afonso Domingo aureolado de leyenda. De sobrenombre Maciel, comandante de la guerrilla en Angola, otras voces aseguran que en realidad era un agente encubierto de la temida PIDE, la policía política de Salazar, desconsolado por el 25 de abril. El protagonista sigue su rastro en cuatro continentes donde esta figura ha dejado huella: Portugal, Angola, Paraguay y la India, para construir una historia en la que no sabemos qué es verdad. Cuando se presenta con fotos históricas incontrovertibles junto a líderes históricos de la independencia angoleña, Plácido Domingo le espeta que por qué tardó tanto en aparecer. Como se dice en los primeros compases, el agente «necesitaba contarle todo aquello a alguien para que su vida tuviera sentido».

En la galería de personajes de Goa sobresale una pelirroja portuguesa, Lili, restauradora de libros antiguos que estima que hay que preservar las manchas porque nos hablan de los muchos propietarios que murieron al leerlo; o el taxista Sal, apócope de Salazar (en homenaje al dictador). Aunque diluida en la actualidad, el aura portugués asoma en iglesias, ritos y nombres. Se recuerda que hubo «combate de toros», y el desprecio de Luís de Camões hacia las indias, y cómo acabó cautivado por una esclava negra (una «negrura de amor»). Un vendedor se venga sin saberlo sirviéndose de las hojas de una rara edición de Os Lusíadas para hacer cuentas. Sin embargo, la presencia que sirve de trasfondo a la trama es la del gran misionero de la cristiandad en el subcontinente, san Francisco Javier, enterrado en Goa, y el descarnado comercio que han sufrido sus reliquias. 

Un extraño en Goa se pliega al encantamiento del escurridizo Plácido Domingo. Su laberíntica mansión en Goa acredita sus tratos con el ultramundo, con sonámbulos salones lilas o verde marino, «muebles de un tiempo muerto hace mucho», y un espejo –«traído de Venecia, y habla»–. Ese espejo parece una metáfora de toda esta novela que persigue de noche la identidad de lugares y seres: incierta, cambiante, misteriosa. Al leer, nos invita a perdernos en su sinuosa estela, vidas que contemplamos fascinados como si nos hipnotizara una cobra. Del espejo imantado nos dice: «Había algas en el fondo, sombras, tal vez grandes peces pasando, y después, sí, ahí estaba mi rostro, distorsionado, verde, como el de un ahogado». Fue Lili quien lo salvó: «Vamos –susurró–, a ver si te caes dentro».

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