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Paleo-colonialidad global: La administraci贸n de la inseguridad


El presidente Nicol谩s Maduro no fue extraditado. Fue secuestrado. La distinci贸n no pertenece al terreno de la sem谩ntica jur铆dica, sino al de la violencia pol铆tica constitutiva.

Por Xavier Villar. Hispan TV

La extradici贸n presupone un m铆nimo de reciprocidad y el reconocimiento impl铆cito de que el otro existe como sujeto de derecho.

El secuestro, en cambio, es la imposici贸n unilateral de la voluntad mediante la fuerza, un acto que niega la soberan铆a del objetivo incluso antes de ejecutarse. La operaci贸n estadounidense del 3 de enero de 2026 en Caracas no fue una aplicaci贸n de la ley. Fue la materializaci贸n f铆sica de un juicio previo formulado en Washington: Venezuela, como proyecto pol铆tico aut贸nomo, hab铆a dejado de ser admisible.

Seis meses antes, en junio de 2025, otro pilar del orden internacional fue reducido a escombros con los ataques estadounidenses a las instalaciones iran铆es de Natanz e Isfah谩n. La campa帽a a茅rea no constituy贸 una guerra en el sentido cl谩sico, entendida como confrontaci贸n entre Estados con responsabilidades rec铆procas. Fue una intervenci贸n de car谩cter arquitect贸nico. No se limit贸 a infligir da帽os materiales, sino que perfor贸 el principio de integridad territorial, el n煤cleo duro de la soberan铆a moderna. Su funci贸n m谩s profunda fue pedag贸gica: demostrar que, para determinadas potencias y sus aliados regionales, algunas soberan铆as no son derechos inviolables, sino desviaciones geopol铆ticas que pueden ser corregidas mediante acciones peri贸dicas y selectivas.

Ambos episodios forman un d铆ptico revelador. No anuncian el debilitamiento gradual del derecho internacional, sino su p茅rdida de relevancia como marco operativo para los centros de poder. Lo que emerge no es un orden neocolonial sustentado en dependencias econ贸micas, ni un escenario postcolonial caracterizado por ambig眉edades jur铆dicas. Es algo m谩s antiguo y m谩s directo: un retorno a una l贸gica paleo-colonial. La voluntad imperial se impone sin intermediaci贸n, no ya bajo el lenguaje de la civilizaci贸n, sino bajo una ret贸rica tecnocr谩tica de gesti贸n del, supuesto, desorden global. La soberan铆a no es transgredida en nombre de una excepci贸n. Es evaluada, administrada y, llegado el caso, revocada.

El secuestro y la administraci贸n de la pol铆tica
La extracci贸n de Nicol谩s Maduro fue presentada, de forma reveladora, como un asunto de “aplicaci贸n de la ley”. Como se帽al贸 la profesora Sarah Heathcote, esta caracterizaci贸n desplaza el acto desde el 谩mbito del Cap铆tulo VII de la Carta de la ONU, el uso de la fuerza, hacia el terreno t茅cnico de la cooperaci贸n policial. No se trata de un simple ejercicio de relaciones p煤blicas. Es una operaci贸n de reconfiguraci贸n pol铆tica m谩s profunda.

Al designar al presidente venezolano como “fugitivo de la justicia estadounidense” y no como jefe de Estado, Washington ejecut贸 una maniobra ontol贸gica. Venezuela fue despojada de su condici贸n de comunidad pol铆tica soberana y reducida a la categor铆a de espacio administrado, un territorio problem谩tico donde operan redes il铆citas que justifican una intervenci贸n externa. En esta l贸gica, la soberan铆a deja de ser un atributo inherente y pasa a convertirse en un estatus funcional, concedido de manera condicional por el orden imperial a quienes se ajustan a sus par谩metros. Venezuela fue considerada en incumplimiento. Su estatus fue, por tanto, retirado. El secuestro no fue una anomal铆a, sino la formalizaci贸n administrativa de esa retirada.

La reacci贸n internacional, destacando la casi ausente respuesta europea, funcion贸 como un ritual f煤nebre del viejo sistema. Fue la representaci贸n de un orden basado en reglas que ya no condiciona el comportamiento de sus actores m谩s poderosos. La lecci贸n para cualquier Estado situado fuera del n煤cleo occidental es inequ铆voca: su soberan铆a es contingente y revocable. No depende del derecho, sino de no convertirse en un obst谩culo estructural para los intereses definidos en Washington.

Es la Doctrina Monroe en versi贸n digital, llevada a su conclusi贸n l贸gica. El hemisferio deja de ser concebido como “patio trasero” para convertirse en distrito administrativo de un imperio que ya no necesita nombrar su dominio para ejercerlo.

La violaci贸n y el mantenimiento del orden jer谩rquico
La ofensiva contra Ir谩n opera en un registro distinto, aunque complementario. En este caso no se produjo una negaci贸n formal del estatus estatal. Ir谩n es, de manera ineludible, un Estado civilizatorio con profundidad hist贸rica y capacidad estrat茅gica. Lo que se suspendi贸 de forma deliberada fueron sus prerrogativas fundamentales. La violaci贸n de su espacio a茅reo y los ataques contra infraestructura cr铆tica constituyeron actos de correcci贸n geopol铆tica, dise帽ados para degradar sin destruir.

La l贸gica no era la conquista ni el cambio de r茅gimen, sino la preservaci贸n de un statu quo basado en la desigualdad estrat茅gica. Ir谩n hab铆a incurrido en la transgresi贸n central de desarrollar capacidades, desde el enriquecimiento de uranio hasta misiles de precisi贸n y redes de proyecci贸n indirecta, que desafiaban la jerarqu铆a regional establecida para contenerlo. La respuesta no fue un proceso diplom谩tico sostenido, sino el recurso a una violencia selectiva y disciplinaria. Es la paleo-colonialidad aplicada a un actor resiliente: no puede ser eliminado, pero puede ser castigado peri贸dicamente para limitar su margen de maniobra y recordar los contornos del orden jer谩rquico.

Frente a una amenaza conjunta de Estados Unidos e Israel, Ir谩n opt贸 por una resistencia calibrada cuyo objetivo final fue la preservaci贸n efectiva de la soberan铆a y la redefinici贸n de los t茅rminos de la disuasi贸n.

El resultado fue una recalibraci贸n profunda. La agresi贸n externa transform贸 una amenaza largamente abstracta en una experiencia inmediata, forzando una consolidaci贸n interna poco frecuente en sistemas sometidos a presi贸n prolongada. Lejos de producir fragmentaci贸n pol铆tica o desgaste social, el conflicto reforz贸 la cohesi贸n institucional y social, neutralizando uno de los supuestos estrat茅gicos centrales de sus adversarios: que la coerci贸n militar acelerar铆a la erosi贸n interna del Estado iran铆.

Desde entonces, la disuasi贸n iran铆 ha dejado de operar como un conjunto disperso de capacidades t谩cticas para adquirir una l贸gica m谩s integrada. La continuidad del gobierno, la capacidad de absorber da帽os materiales sin colapso pol铆tico, la demostraci贸n cre铆ble de represalia directa y la elevaci贸n de la resiliencia social a activo estrat茅gico formaron parte de una misma arquitectura defensiva. El mensaje fue inequ铆voco: la agresi贸n puede infligir costes f铆sicos, pero no produce los resultados pol铆ticos que la justificar铆an.

El efecto acumulado no fue el restablecimiento de un orden jur铆dico erosionado, sino algo m谩s modesto y m谩s significativo: la demostraci贸n de que incluso en un entorno paleo-colonial, donde la jerarqu铆a se impone por la fuerza, esa imposici贸n no es gratuita ni autom谩tica. La guerra de los doce d铆as no resolvi贸 la rivalidad ni elimin贸 la amenaza. Pero s铆 alter贸 los c谩lculos. En un sistema donde el poder pretende administrar soberan铆as ajenas, la resistencia se ha convertido en la 煤ltima forma operativa de autonom铆a.

La cartograf铆a paleo-colonial: distritos, fortalezas y reservas
El mapa mundial que comienza a perfilarse no corresponde a un nuevo orden internacional, sino a una fragmentaci贸n cuidadosamente gestionada conforme a principios paleo-coloniales. No se trata de un sistema de normas compartidas ni de una jerarqu铆a expl铆cita, sino de una distribuci贸n funcional de espacios, cada uno sometido a una l贸gica distinta de control y tolerancia.

En primer lugar aparecen los distritos administrativos imperiales. Son territorios, situados en su mayor铆a dentro de las esferas tradicionales de influencia occidental, donde la soberan铆a opera como una concesi贸n revocable. En estos espacios, el derecho internacional ha sido desplazado por una pr谩ctica administrativa del poder, aplicada mediante sanciones, operaciones encubiertas, incursiones selectivas y, llegado el caso, secuestros pol铆ticos. Las instituciones locales no act煤an como depositarias de una voluntad soberana, sino como gestoras de un mandato condicionado. El precedente venezolano no es una anomal铆a, sino el acto fundacional de esta categor铆a.

En un segundo plano se sit煤an los Estados fortaleza en r茅gimen de cuarentena. Ir谩n, Corea del Norte y, en un registro distinto, Rusia, conservan una soberan铆a efectiva basada en la autosuficiencia relativa y en formas robustas de disuasi贸n. No son reconocidos como iguales, sino contenidos como excepciones problem谩ticas. Su integridad territorial es vulnerada de manera peri贸dica, no con el objetivo de conquistarlos, sino de degradar sus capacidades y recordar los l铆mites del ascenso permitido. Viven bajo un r茅gimen de castigo preventivo permanente, donde la violencia no es un 煤ltimo recurso, sino una herramienta regular de mantenimiento jer谩rquico.

Finalmente est谩n las reservas de la nostalgia legal. La Uni贸n Europea, Jap贸n, Canad谩 y segmentos de Am茅rica Latina desempe帽an el papel de custodios de un orden liberal que ha perdido su capacidad de estructurar el poder real. Hablan su lenguaje, administran sus rituales en Ginebra y Nueva York y operan bajo la presunci贸n de que las reglas a煤n gobiernan el comportamiento internacional. Su influencia sigue siendo relevante en el terreno de la narrativa, la legitimidad y la gesti贸n institucional, pero resulta marginal cuando se trata del uso efectivo de la fuerza. Son los herederos contempor谩neos de quienes preservaron el lat铆n tras la ca铆da de Roma, guardianes de una gram谩tica respetada, pero ya desconectada de la lengua en la que se ejerce el mando.

Esta cartograf铆a no describe un mundo neocolonial ni postcolonial, sino algo m谩s elemental. Un regreso a una forma de dominaci贸n directa, donde la soberan铆a se administra, se suspende o se tolera seg煤n criterios de utilidad estrat茅gica. En este paisaje, la estabilidad no surge del consenso, sino de la gesti贸n desigual de la vulnerabilidad.

El fin de la comunidad imaginada y el triunfo del hecho consumado
Este orden paleo-colonial anuncia el colapso de la comunidad internacional imaginada, la ilusi贸n de una sociedad de Estados con derechos y obligaciones rec铆procos como fuerza reguladora. Ese proyecto, siempre fr谩gil, ha sido abandonado por quienes durante d茅cadas se presentaron como sus guardianes.

Lo que prima en este nuevo espacio es la b煤squeda de hechos consumados. El secuestro de Maduro, los ataques a Ir谩n, la militarizaci贸n del Mar de la China Meridional: cada uno de estos actos no es una excepci贸n, sino una pieza de una arquitectura de poder que se impone antes de cualquier discusi贸n. El derecho internacional no precede a la acci贸n; la sigue, intentando racionalizar y enmarcar como leg铆timo un paisaje ya transformado por la fuerza.

Esta l贸gica genera su propia inestabilidad. Incentiva la proliferaci贸n nuclear como garant铆a m铆nima de supervivencia, fomenta alianzas t谩cticas que responden solo a la necesidad de contener un hegem贸n y convierte la diplomacia en un teatro de sombras donde se gestionan consecuencias y no se previenen conflictos. El orden paleo-colonial no evita crisis; las administra. No protege soberan铆as; las selecciona. Y en este marco, la estabilidad deja de ser fruto de reglas compartidas para convertirse en producto de c谩lculo estrat茅gico, coerci贸n y adaptaci贸n frente a un poder que decide cu谩ndo y d贸nde la soberan铆a puede existir.

Un imperio sin proyecto, un mundo sin normas
La nueva paleo-colonialidad carece incluso de la pretensi贸n universalista del colonialismo decimon贸nico. No hay un “fardo del hombre blanco” ni una “misi贸n civilizatoria". Existe, en cambio, una gesti贸n tecnocr谩tica de la inseguridad. El imperio no se expande para convertir o instruir; interviene para prevenir des贸rdenes, contener rivales y garantizar flujos estrat茅gicos. Su l贸gica es reactiva y paranoica, no visionaria ni normativa.

El secuestro de un presidente soberano y la violaci贸n de un Estado nuclear no son anomal铆as. Son la expresi贸n extrema de esta l贸gica administrativa aplicada a la pol铆tica internacional. Revelan un mundo en el que el poder ya no se disfraza con las ropas de la ley: act煤a desnudo, confiando en que su capacidad material y la ausencia de un contrapoder cohesionado bastan para sostener el nuevo—o m谩s bien, muy antiguo—orden.

El futuro no se negocia en tratados ni se construye mediante consensos universales. Se talla a trav茅s de actos de fuerza discretos pero decisivos. El humo sobre La Guaira y los cr谩teres de Isfah谩n no son se帽ales de un sistema en colapso, sino cimientos visibles de lo que viene: un mundo de distritos administrados, fortalezas sitiales y reservas nost谩lgicas, donde la 煤nica ley que importa es la que se escribe, con cada hecho consumado, desde la punta de lanza de quien puede actuar sin pedir permiso y sin necesidad de legitimaci贸n.

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