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Y no para la sangría…

MUJERES SABIAS Y BRUJAS

Teresa Mollá Castells

“Solo” estamos a once de enero y según mi portal de referencia en temas de violencias machistas, Feminicidio.net, ya son dos las mujeres asesinadas en lo que llevamos de año.

Tampoco podemos olvidar que en el pasado año y según las mismas fuentes fueron noventa y nueve las mujeres asesinadas.

¿Alguien se imagina tanto silencio y casi “normalización” de estos asesinatos si en lugar de ser mujeres fueran hombres? Estoy segura de que ardería Troya porque lo que Marcela Lagarde denomina Pacto entre Caballeros, que no es otra cosa que una forma diferente de nombrar al patriarcado que funciona con un engranaje perfecto incluso en la forma de construir el denominado “Corpus Jurídico” para seguir protegiendo y justificando a los agresores cargando con la responsabilidad simbólica, incluso en el lenguaje, en las mujeres.

La forma en que se comunica el asesinato de una mujer por terrorismo machista es fundamental en la sensibilización y la prevención de las violencias machistas. Las mujeres no morimos, nos asesinan por ser mujeres. Por ser “lo otro”. Por no ser hombres. Sencillamente por haber nacido mujeres.

A lo largo de la historia y con la inconmensurable ayuda de las grandes religiones monoteístas, se normalizó la idea de que las mujeres éramos seres domésticos y, por tanto, domesticables siempre al servicio de los hombres. Seres domesticables con obligaciones ciegas de servir a los hombres de la casa, cuidar de sus hijos y seguir domesticando en la domesticidad, valga la redundancia, a sus hijas para que les siguieran sirviendo.

Cuando algo no funcionaba con las mujeres de “su” casa podía agredirla, violarla e incluso expulsarla del espacio doméstico familiar. Y así nos ha ido a lo largo de la historia.

Una historia en la que, las mujeres parían, pero las criaturas eran de los varones, sobre todo los niños.

Pero eso sí, se nos encomendó la transmisión del orden establecido de forma oral, puesto que raramente se tenía acceso a la mínima formación y muchos menos a la cultura, y de forma literal a cómo se tenían que seguir las normas impuestas por el patriarcado.

Puede parecer que estoy hablando de la Edad Media, pero las mujeres más mayores del Estado Español reconocerán lo que digo, puesto que en la cruel dictadura fascista de Franco se las obligó, de nuevo a vivir así.

Si, hemos avanzado mucho, es cierto. Como lo es que esos avances han venido de la mano del feminismo y de su lucha imparable y ancestral. Pero sigo insistiendo en que cada asesinado de una mujer o, dicho de otro modo, cada feminicidio (otro término acuñado por Marcela Lagarde), es un fracaso de toda la sociedad que no ha sabido protegerla.

Tampoco podemos olvidar que detrás del asesinato de una mujer, y según las expertas, hay un mínimo de entre siete y diez años de violencias machistas previas como golpes, ofensas verbales, hacerlas de menos ante su propia familia, chantajes emocionales continuados, relaciones sexuales no consentidas y un largo etc. Que las víctimas sufren en silencio por temor a represalias, por vergüenza y quien sabe por cuántas causas más.

Y si hablamos de mujeres mayores, la situación de agrava, puesto que su educación fue bastante más severa que las que tenemos una edad mediana o de las más jóvenes.

Y si hablamos de la juventud, las nuevas tecnologías les han facilitado a los chicos herramientas nuevas y muy potentes para el control de sus parejas y para ejercer “en remoto” esas violencias machistas en cualquier momento y lugar. Es una especie de perversión del sistema en el que esas nuevas tecnologías nos permitirían a las mujeres poder pedir ayuda de forma inmediata y, sin embargo, son utilizadas para seguir ejerciendo esas violencias que no dejan huellas en la piel, pero si la dejan en nuestra autoestima y en nuestra autopercepción, creando fuertes dependencias emocionales que se convierten en nuestras propias cárceles.

Cuando antes hablaba de la justicia, me quería referir, también, a cómo han convertido este hecho, el de la denuncia, como la única llave de entrada a un espacio de protección. Pero en el camino se sigue revictimizando a la mujer porque las leyes están hechas con demasiada presencia patriarcal en la negociación previa a su aprobación. Y en su reglamentación, ocurre lo mismo.

Tengo un ex compañero de trabajo que, cuando salió la sentencia de la violación grupal en Pamplona conocida como “La manada”, me llamó para pedir mi opinión y cuando le dije que me parecía un tanto tibia, me contestó que a los agresores les habían arruinado la vida. Ni por un momento empatizó con la víctima. Y cuando le respondí que a quien realmente les habían arruinado la vida era a la víctima, de inmediato asumió los argumentos de la defensa de los agresores sobre el comportamiento de la víctima durante la instrucción del juicio y la “normalidad” de su vida durante los meses posteriores a la agresión. De nuevo tuve que recordarle quien era la víctima y quienes los agresores. Al final lo entendió, pero su empatía con la víctima fue mínima en todo momento.

Con este ejemplo lo que pretendo es poner de manifiesto la necesidad permanente de recordarles a los hombres que no somos objetos que consumir, somos seres humanos completos y con plena capacidad de decisión. Si decimos NO hemos de ser respetadas, aunque ellos tengan la impresión de que les estábamos invitando a ir más allá. Incluso si les hemos invitado a nuestra casa, en cualquier momento podemos pedirles que se vayan y deberían respetar nuestra decisión. Sabemos que esto no es así y el caso de Íñigo Errejón lo corrobora.

Porque si alguna cosa tiene el patriarcado es que se trata de algo transversal, que no entiende de derechas o de izquierdas, está en todas partes, incluso transmitido por las propias mujeres por mandato masculino, sea cual sea la ideología de los hombres que nos acompañan en la vida. Salvo honrosas excepciones, así se funciona cotidianamente.

Y si, a fecha de hoy, once de enero, ya son dos las mujeres asesinadas a manos el patriarcado más feroz. Y parece que no pasa nada. Ya se ha encargado el patriarcado de normalizar estos asesinatos para que no pase nada o apenas pase nada.

En fin, todo muy triste y desalentador. Pero en el feminismo no entendemos de desalientos y seguimos en la brecha de la denuncia permanente y en el camino de la consolidación de nuestros derechos y en la lucha por una igualdad plena de derechos entre hombres y mujeres. Buscamos que las que vienen detrás, tengan más oportunidades de las que tuvimos nosotras.

Ya solo creo en ese camino y en esa lucha. Por tanto, ahí decidí quedarme hace muchos años.

         Ben cordialment,

         Teresa

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