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Armas biol贸gicas contra Cuba


ESCRITOS CR脥TICOS
Jorge Majfud

El 19 de febrero, Henry Kissinger viaj贸 a Brasil para firmar un acuerdo de cooperaci贸n con otro dictador amigo, el general Ernesto Geisel. En Brasilia, debi贸 soportar todo un partido de soccer, del cual no entendi贸 ni la regla del offside. Al mismo tiempo en Colombia, el gobierno decretaba estado de sitio ante las protestas estudiantiles contra la inminente visita del Secretario de Estado.

El New York Times del domingo 22, en su portada, inform贸: “El acuerdo brinda un fuerte impulso a las aspiraciones de Brasil de ser reconocido como una potencia mundial emergente”.[i]

El mismo art铆culo reprodujo las declaraciones del Secretario de Estado:

―Hemos expresado varias veces ―hab铆a dicho Kissinger― nuestras opiniones sobre la cuesti贸n de los derechos humanos. Estados Unidos apoya el respeto a los gobiernos democr谩ticos de cada pa铆s… Quisiera que quede claro que no quiero convertir nuestra pol铆tica para el hemisferio en una obsesi贸n con un peque帽o pa铆s caribe帽o… Nuestras conversaciones en Brasil se han centrado exclusivamente en cuestiones de mercados.

No fue la primera ni la 煤ltima vez que Mr. Kissinger le minti贸 a la prensa a cara de perro. No fue la primera y ni la 煤ltima vez que la prensa colabor贸 en el intento. Una de sus obras maestras fue aparecer ante las c谩maras de la televisi贸n el 12 de setiembre de 1973 afirmando y confirmando que su gobierno no ten铆a nada que ver con el golpe de Estado en Chile. A pesar de haber sido un superviviente de la barbarie nazi, era, ante todo, un ferviente enemigo de los sovi茅ticos, los 煤nicos enemigos del nazismo cuando todo Occidente amaba las ideas de Hitler.

En 1976, a pesar de los esc谩ndalos que hicieron renunciar a Nixon y de los descubrimientos de la Comisi贸n Church sobre la sistem谩tica manipulaci贸n de la prensa y de los m煤ltiples planes de asesinatos encubiertos, la CIA y sus sucursales no reconocidas continuaban al mando. La dictadura brasile帽a, con diez a帽os m谩s de experiencia que la chilena, ya hab铆a trabajado en armas biol贸gicas en el laboratorio Butantan de la Universidad de San Pablo. De este laboratorio, Michael Townley recibi贸 informaci贸n sobre la elaboraci贸n y los efectos de las toxinas nerviosas que fueron usadas para eliminar a disidentes sin dejar rastros. El gobierno de Pinochet recibi贸 partidas de neurotoxina botul铆nica, una toxina derivada de la bacteria clostridium botulinum, con un efecto mucho m谩s potente que el cianuro. Los disidentes en los cuales se prob贸 el nuevo descubrimiento sufrieron intoxicaci贸n y par谩lisis muscular. La dolorosa muerte sol铆a producirse por esta par谩lisis de los pulmones, antes que por la asfixia del envenenamiento. La efectividad de la nueva maravilla fue recibida con entusiasmo.

Por entonces, desde el Cono Sur hasta Europa, las muertes de prisioneros y disidentes por envenenamiento de vinos, pasteles y medicamentos en hospitales se convirti贸 en moneda com煤n. El gas sar铆n tambi茅n. Este gas hab铆a sido descubierto por el gobierno nazi de Alemania y una de sus mayores virtudes consist铆a en la ausencia de rastros luego de su aplicaci贸n. Luego de la Segunda Guerra, no s贸lo mil ingenieros nazis fueron contratados por la Nasa, sino que muchos m谩s fueron canalizados por la CIA para apoyar dictaduras amigas en todo el mundo, como fue el conocido caso de Klaus Barbie en Bolivia. Todos fueron contratados por sus conocimientos y su fan谩tico anticomunismo. No por su raza superior. La misma CIA invirti贸 d茅cadas y monta帽as de d贸lares desarrollando sus propios experimentos con drogas y venenos. Uno de sus experimentos consisti贸 en inocular s铆filis y gonorrea a un millar de pobres en Guatemala. Uno de sus proyectos fue MK-Ultra, para encontrar la droga de la verdad, el que inici贸 el primer foco de adicci贸n al LSD y otras drogas en Estados Unidos. Todo por una buena causa.

Luego que en 1975 varios de estos proyectos de asesinatos planeados por el Estado Paralelo fueron expuestos por la Comisi贸n Church del Senado de Estados Unidos, la agencia continu贸 con su tradici贸n de decidir qui茅n merece vivir y qui茅n no, como si nada hubiese pasado. Para finales de la d茅cada, las armas biol贸gicas hab铆an multiplicado sus ofertas. Uno de sus objetivos fue, como no pod铆a ser de otra forma, la maldita e indoblegable isla del Caribe. Orlando Bosch y otros reconocidos h茅roes hist贸ricos de Miami participaron de los bombardeos de napalm y f贸sforo sobre los molinos y los campos azucareros de Cuba, los que arruinaron varias zafras. Con todo, tampoco este brutal sabotaje dio los resultados esperados, por lo que se recurri贸 a otros medios m谩s devastadores.

En 1980, el cubano Eduardo Arocena fue acusado, entre otras cosas, de introducir en Cuba la epidemia del dengue hemorr谩gico, la que enferm贸 gravemente a m谩s de 300 mil personas. En 1984, ante un jurado federal de Estados Unidos, Arocena reconoci贸 haber participado en este atentado masivo con un arma biol贸gica, planeado y ejecutado por su equipo de Miami.

―Llevamos a Cuba algunos g茅rmenes para usarlos contra los sovi茅ticos y contra la econom铆a cubana ―dijo Arocena―. No era mi intenci贸n hacerle mal a ning煤n cubano inocente…[ii]

Poco antes, el Departamento de Estado hab铆a calificado esta acusaci贸n como absurda, aunque no se trataba de algo nuevo―ni los sabotajes ni la negaci贸n de alguna responsabilidad en los sabotajes. La CIA, agencia que casi nunca informa de sus actividades a otros poderes del Estado y respeta las leyes s贸lo cuando no les resultan un estorbo, lo hab铆a hecho mucho antes. Ninguno de sus agentes fue alguna vez llevado ante un tribunal por sus cr铆menes. Ni lo ser谩n, por las muchas generaciones por venir. Sus cr铆menes, cuando se conocen en parte, s贸lo se conocen d茅cadas despu茅s, cuando todos los involucrados est谩n muertos y ya no es necesario tachar sus nombres cuando alg煤n antipatriota solicita una desclasificaci贸n oficial, amparado en la Ley por la Libertad de la Informaci贸n.

Seg煤n el Washington Post de 1979, el uso de armas biol贸gicas desarrolladas por la CIA para doblegar otros pa铆ses inc贸modos, como Vietnam, se hab铆a concentrado en la destrucci贸n de la agricultura cubana con agentes como el thrips palmi, el virus letal Newcastle contra los pollos, primero, y la fiebre porcina africana m谩s tarde, en 1971, la que cost贸 medio mill贸n de cerdos muertos en la isla.[iii]

Por pura casualidad (¿o no?), la cat谩strofe en Cuba coincidi贸 con la fiebre porcina en la isla m谩s pr贸xima. No existe ning煤n estudio que vincule los dos hechos, por lo que podr铆amos calificar esta observaci贸n como una mera especulaci贸n. Sin embargo, por el mismo tiempo, la Rep煤blica Dominicana sufri贸 una peste devastadora que arras贸 con sus cerdos. Para prevenir que la plaga se extienda a Estados Unidos, Washington apareci贸 con una idea genial: matar y enterrar a un mill贸n de cerdos negros en Hait铆. El gran negocio del exterminio preventivo de los cerdos negros de Hait铆 y su reemplazo por los delicados cerdos blancos de Iowa, gener贸 grandes ingresos en algunas compa帽铆as del norte, pero provoc贸 otra crisis econ贸mica en La Espa帽ola.[iv] Los campesinos m谩s pobres de Hait铆 no recibieron ninguna compensaci贸n por matar a sus cerdos negros. La OEA y Washington invirtieron los prometidos 23 millones de d贸lares, pero solo siete millones alcanzaron a los perjudicados, quienes nunca supieron que, en realidad, hab铆an perdido 600 millones d贸lares gracias a la gran idea del pa铆s que sabe c贸mo se hacen las cosas. Seg煤n la Universidad de Minnesota, si la enfermedad hubiese alcanzado el mercado estadounidense, el pa铆s habr铆a perdido hasta cinco mil millones de d贸lares. El pa铆s o las corporaciones. Como sea, los cerdos negros de Hait铆 fueron reemplazados por los cerdos blancos de Iowa. Por siglos, los cerdos negros se hab铆an adaptado a las condiciones de la isla, mientras que el plan de sustituci贸n de los expertos de Washington requer铆a que los nuevos cerdos de Iowa fueran cuidados mejor que los mismos campesinos pod铆an cuidar a su propios hijos. Los cerdos de Iowa, m谩s blancos y m谩s gordos que los tradicionales cerdos negros, solo pod铆an beber agua filtrada. Las malas lenguas de aquel pa铆s aseguraban que tambi茅n necesitaban aire acondicionado para sobrevivir al calor de la isla.

En Cuba, la cat谩strofe ocurri贸 dos a帽os despu茅s de que Nixon anunciara que Estados Unidos abandonaba el desarrollo y uso de armas biol贸gicas. En todos los casos, los ataques de la CIA con armas biol贸gicas contra Cuba fueron llevadas a cabo por cubanos, en ocasiones estacionados en Panam谩 e introducidos a Cuba desde la base de Guant谩namo.[v] Cuando la CIA fue cuestionada por el Congreso, culp贸 del contagio a Europa, primero, y a 脕frica, despu茅s. Las versiones contradictorias aportadas por la CIA al comit茅 del Congreso fueron refutadas por cient铆ficos del momento, ya que, entre otras razones, los virus aludidos no se correspond铆an con la alt铆sima mortandad causada.

Finalmente, un agente de inteligencia (encargado de entregarle el virus a los cubanos) filtr贸 la informaci贸n a los periodistas Drew Fetherston y John Cummings del Washington Post. La informaci贸n confirmaba que estos agentes pat贸genos hab铆an sido introducidos a Cuba por exiliados cubanos de Miami.

Debido al bloqueo, la Casa Blanca le neg贸 a Cuba una provisi贸n del larvicida temephos, para reducir la cat谩strofe del sabotaje de dengue. Como detalle habitual y que a casi nadie importa, es necesario recordar que, gracias a esta genial idea, 158 personas murieron, casi todos ni帽os, y cientos de miles m谩s fueron gravemente afectadas por la epidemia. Dos d茅cadas despu茅s, el 7 de mayo de 2002, el subsecretario de Estado de George W. Bush, John Bolton, acusar谩 a Cuba de estar desarrollando armas biol贸gicas.

El l铆der de Omega 7, Eduardo Arocena (conocido como Omar) ser谩 uno de los pocos implicados en m煤ltiples actos terroristas que terminar谩 en una c谩rcel de Estados Unidos. El FBI lo acus贸 de, al menos, dos asesinatos y de la explosi贸n de treinta bombas a lo largo de la Costa Este. Periodistas de Miami, como 脕ngel Cuadra del Diario de las Am茅ricas, lo definir谩n como “un condenado por motivos relacionados con la ya vieja lucha de los cubanos anticastristas, por la libertad de Cuba, su patria. Es Arocena, quiz谩s el preso pol铆tico m谩s antiguo en el mundo”. [vi]

Es decir, un preso pol铆tico. Luego de una larga campa帽a de firmas en su favor, ser谩 liberado en 2021. En Miami, ser谩 recibido como un h茅roe.


[i] Jonathan Kandell “U.S. and Brazil Sign Accord on Tie” The New York Times. 22 de febrero de 1976, p. 1.

[iv] Majfud, Jorge. La frontera salvaje. Rebelde Editores. 2021. p. 501.

[vi] 脕ngel Cuadra. “Eduardo Arocena: el prisionero m谩s antiguo”. Diario de la Am茅ricas, 23 de setiembre de 2016.

Cap铆tulo del libro 1976. El exilio del terror (2024)

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