por Pablo G. Hermida | Santander. Efe -
La figura del farero siempre estuvo unida de forma indivisible al faro, donde trabajaba y vivía, pero este binomio tiende a la desaparición y a dejar un legado en el que, a pesar de estereotipos, las mujeres han tenido un papel relevante.
Tanto el cine como la literatura se han empeñado en presentar al farero como un hombre solitario, vestido con un impermeable y con una pipa de fumar en la boca.
Sin embargo, ha habido muchos más casos de familias habitando faros que de hombres solitarios, asegura la cineasta asturiana Cristina Rodríguez, quien ha recabado los testimonios de seis fareras —tres en activo y tres jubiladas— que lucharon contra los elementos y "el machismo imperante en su época" para compilarlos en la película Aunque seamos islas.
Las mujeres han trabajado en los faros "desde tiempos inmemoriales", pero como en otras muchas profesiones hay una gran historia que "no ha sido visibilizada".
"Sencillamente, no se les permitió acceder al puesto, pero desde el siglo XIX (...) las mujeres han tenido presencia en los faros, porque muchas veces se valoraba que el farero tuviera familia para facilitar el mantenimiento y el arraigo", apunta.
La vida en los faros era por aquel entonces muy precaria y los hombres se veían obligados a salir a pescar, por lo que en muchas ocasiones quedaban las mujeres a cargo del faro. También las hubo que sustituyeron a padres o maridos por enfermedad.
"Hemos visto que la mujer ha podido desarrollar esa labor sin problema y que era una sociedad machista y patriarcal la que no les permitía acceder a este tipo de cargos", señala la directora.
Devoción por el servicio público
En España, las mujeres se dedicaron oficialmente a la guarda de los faros y a la vigilancia del mar a partir de 1969, cuando se les permitió concurrir a la oposición del cuerpo de técnicos de señales marítimas. La mallorquina Margarita Frontera derribó la puerta y se convirtió en la primera farera española.
En el filme, las fareras cuentan cómo el entorno académico todavía sentía recelo de que las mujeres accedieran a esta profesión.
Explica Rodríguez que las mujeres con las que se ha entrevistado tienen personalidades muy diferentes, pero al mismo tiempo varios rasgos en común: la devoción por el trabajo bien hecho y el servicio público y el respeto por el medio ambiente, la reflexión, la cultura, el aprendizaje y, como no puede ser de otro modo, el mar.
"Se han cultivado mucho, muchas antes, pero también después de llegar al faro", apunta.
La cineasta asturiana Cristina Rodríguez, en el faro de Cabo Mayor, en Santander. EFE/Pablo G. Hermida
El binomio llega a su fin
El binomio farero-faro, como profesión asociada a un modo de vida, está llegando a su fin.
La Ley de Puertos del Estado y de la Marina Mercante de 1992 declaró la extinción del cuerpo de técnicos mecánicos de señales marítimas.
En España quedan unos 25 técnicos que viven en los faros, de los cuales dos son mujeres, según datos facilitados por Puertos del Estado.
Sin embargo, apunta este organismo público, "no es una profesión que esté desapareciendo, al contrario" y, sobre todo, debido a la mayor tecnificación de los equipos y los nuevos tipos de ayudas a la navegación, las plantillas se van tecnificando y renovando, por lo que cada año se forma a una quincena de profesionales en España.
"Los faros forman parte de nuestra cultura, historia y arquitectura, y las personas que han habitado en ellos forman parte también de nuestro acervo", sostiene Rodríguez.
La directora destaca el poder del cine para "rescatar historias que van a desaparecer", como el estilo de vida del farero, al que estima que le quedan "menos de diez años".
Un legado en forma de 'road movie'
Cristina Rodríguez se dio cuenta hace seis años de que "no se había hecho casi nada" sobre las fareras y comenzó a dar vida a esta road movie, que se ha grabado en faros de Cantabria, Asturias, Galicia, Baleares, Cataluña, Andalucía, la Comunidad Valenciana y Canarias.
Tras estrenarse en el Festival Internacional de Cine de Gijón, la película podrá verse el 27 de enero en Santander y más tarde en Madrid, en ambos casos en los cines Embajadores, y también, gracias al proyecto Cinemateca Ambulante, en una veintena de municipios asturianos que no disponen de cine.
Además, este proyecto de cine independiente se completa con una exposición, un cortometraje ya distribuido a 26 países, un libro que recogerá material gráfico de la película y una banda sonora.
"Estamos creando un crowdfunding, que no está activo, para terminar la publicación del libro y a la vez una distribución internacional de la película en festivales, que es costoso", apostilla.



