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El fascismo solo se combate desde el antifascismo


Cada vez que se habla del ascenso de la ultraderecha en Espa帽a, en Europa y en el mundo, proliferan los discursos alarmistas y las apelaciones abstractas a la defensa de la democracia. Sin embargo, cuando se pasa del diagn贸stico a la pr谩ctica pol铆tica concreta, la respuesta es d茅bil, tard铆a o directamente inexistente. El problema no es solo que el fascismo avance, el problema es que no se le combate all铆 donde ya est谩, normalizado y protegido por la inacci贸n institucional.

El fascismo no es un fantasma del pasado ni una anomal铆a hist贸rica superada. Es una ideolog铆a funcional al poder, que reaparece cada vez que el sistema entra en crisis y necesita blindarse frente a las mayor铆as sociales. Hoy no siempre se presenta con uniformes o simbolog铆a expl铆cita, lo hace mediante discursos de odio legitimados, pol铆ticas autoritarias, guerras normalizadas y la renuncia deliberada a principios democr谩ticos b谩sicos.

Hoy en Espa帽a, y en territorios como Asturias, esa renuncia se expresa con claridad en la ausencia de una pol铆tica antifascista real. No se han eliminado s铆mbolos franquistas del espacio p煤blico, ni se ha afrontado con decisi贸n el legado material y cultural de la dictadura. No es un asunto secundario ni una cuesti贸n est茅tica. Los s铆mbolos construyen memoria, y la memoria construye conciencia pol铆tica. Mantenerlos es aceptar que una dictadura criminal forme parte del paisaje democr谩tico sin conflicto. A ello se suma una carencia estructural, la falta de una educaci贸n antifascista en la educaci贸n p煤blica del pa铆s. El franquismo sigue sin abordarse en los institutos a pesar de que es un aspecto recogido tanto en la Ley de memoria estatal como en la del Principado de Asturias. Se diluye en explicaciones equidistantes, se presenta como un episodio m谩s del pasado o se esquiva por miedo a incomodar. As铆 se priva a las nuevas generaciones de herramientas para identificar el fascismo, comprender sus mecanismos y enfrentarlo cuando reaparece con nuevos disfraces.

Y este vac铆o no es casual. El fascismo prospera cuando la historia se despolitiza y cuando el conflicto social se oculta bajo discursos de consenso. Y eso mismo ocurre hoy a escala internacional. Mientras se alerta ret贸ricamente sobre el avance reaccionario, se toleran, o se justifican, intervenciones fuera de la legalidad internacional, bloqueos criminales y masacres retransmitidas en directo. Venezuela y Cuba son ejemplos claros. Durante d茅cadas, ambos pueblos han sufrido sanciones, bloqueos y agresiones econ贸micas que violan abiertamente el derecho internacional, con el objetivo expl铆cito de asfixiar a sus sociedades y forzar cambios pol铆ticos por la v铆a del castigo colectivo. Estas pol铆ticas, promovidas por las grandes potencias y asumidas con docilidad por la Uni贸n Europea, no tienen nada de democr谩ticas. Son pr谩cticas autoritarias que castigan a poblaciones enteras y normalizan la idea de que hay pa铆ses y pueblos a los que no se les reconoce soberan铆a ni derechos plenos. Lo mismo ocurre con Palestina. La masacre sistem谩tica del pueblo palestino, la destrucci贸n de Gaza y la ocupaci贸n permanente se producen con el apoyo pol铆tico, militar y diplom谩tico de las potencias occidentales. Y, ante ello, la izquierda europea institucional ha respondido con declaraciones grandilocuentes sin traslado a las instituciones, silencios inc贸modos o una equidistancia vergonzante. Cuando se acepta que un Estado pueda exterminar a un pueblo sin consecuencias reales, se est谩 legitimando la l贸gica m谩s brutal del fascismo, la deshumanizaci贸n del otro.

No se puede combatir el fascismo en casa mientras se justifica fuera. No se puede hablar de derechos humanos y democracia mientras se apoya el castigo colectivo, la ocupaci贸n y la guerra permanente. Esa incoherencia no solo debilita cualquier discurso antifascista, lo vac铆a de contenido y lo convierte en pura propaganda. El auge reaccionario global se alimenta precisamente de esa hipocres铆a. De ver c贸mo las normas solo se aplican a los d茅biles, c贸mo la legalidad internacional se invoca selectivamente y c贸mo la violencia es aceptable cuando sirve a los intereses correctos. Frente a eso, el antifascismo no puede ser decorativo ni parcial. Debe ser una posici贸n pol铆tica integral.

Combatir el fascismo implica retirar sus s铆mbolos, disputar su relato y romper con la falsa neutralidad institucional. Implica defender una memoria hist贸rica real, una educaci贸n cr铆tica y una pol铆tica internacional basada en el respeto a los pueblos, no en la ley del m谩s fuerte. Implica asumir que la democracia no se defiende con palabras, sino con hechos que incomodan al poder. Hoy, el mayor peligro no es solo la ultraderecha que grita, sino quienes dicen combatirla mientras miran hacia otro lado cuando se trata de actuar. No se puede temer al fascismo y, al mismo tiempo, tolerar su herencia, su violencia y sus aliados.

No hay atajos ni posiciones intermedias. El fascismo solo se combate desde el antifascismo. Todo lo dem谩s es resignaci贸n, c谩lculo pol铆tico o complicidad pasiva.



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