
J. Romero
En el pequeño número de países dependientes donde la burguesía nacional detenta el poder o lo comparte, el significado práctico de esto es un llamamiento a los trabajadores y obreros para que vinculen su destino al de esa burguesía. La burguesía de los países dependientes, en casi todos los casos, solo puede luchar contra un imperialista apoyándose en otro. (”Llamamiento a la clase obrera y a los comunistas iraníes”. Partido del Trabajo de Turquía (EMEP))
En el marco del enfrentamiento interimperialista, la lucha entre las potencias dominantes por fidelizar a los distintos sectores de la burguesía, está forzando a estos a desmarcarse de su compromiso con las plataformas populares que algunos apoyaron en su momento con objeto de asegurarse un marco nacional para sus inversiones. En esta coyuntura la conclusión es clara: el proletariado necesita reforzar su organización independiente y recuperar un programa político propio, revolucionario e internacionalista.
Cuando el revisionismo se hizo con el control del movimiento comunista internacional, la rápida desorientación de la mayoría de partidos comunistas les hizo caer en el campo del jruchovismo y de sus herederos. Entre las teorías aberrantes de los revisionistas, que a partir de entonces guiaron su política, una de las más perniciosas es la de las “vías nacionales al socialismo”; según esta teoría oportunista, no es necesaria la destrucción revolucionaria del estado burgués para avanzar al socialismo; sino que, apoyándose en el estado liberal, accediendo a sus instituciones; en definitiva, manteniendo la coexistencia pacífica con el capital nacional e internacional, era posible avanzar hacia la emancipación.
Apoyados en estas tesis surgieron en muchos países de Latinoamérica plataformas políticas, la mayoría dirigidas por sectores de la burguesía populista, que preconizaban una política nacionalista y panamericana que, aunque garantizó un cierto desarrollo social, terminó apartando al proletariado y a las clases populares del control de los procesos revolucionarios.
En los regímenes bolivarianos que brotaron de este proceso, convivían, como digo, una visión de progreso social que rápidamente ganó el apoyo de las clases populares, con un programa político que respetaba la libre actividad del capital nacional. Esa visión nacionalista y panamericana se expresaba en cada país con la identificación absoluta con un líder nacional y un símbolo propio, común al nacionalismo panamericano: Simón Bolívar.
La falta de un proyecto propio de desarrollo nacional y la actividad libre del capital, han sido características comunes de la mayoría de estas plataformas, en las que la burguesía nacionalista siempre ha sido un elemento central; esa característica común ha provocado que, como señalaban los camaradas de EMEP, en casi todos los casos, los diversos movimientos “lucharan contra un imperialismo, apoyándose en otro”.
Los países y su independencia no pueden sustituir a la clase obrera y su lucha como perspectiva
Desde hace meses nadie se puede llamar a engaño, la oligarquía imperialista de EEUU se enfrenta abiertamente a China por el reparto del mundo y busca por ello aliados entre los países dependientes y entre las potencias medianas, aislando o neutralizando a las que puedan convertirse en rivales u opten por someterse a la protección de su principal enemigo en la lucha por las áreas de influencia.
La potencia yanqui no es la única en practicar esta política imperialista. Es cierto que China no prefiere una guerra imperialista hoy en día porque no sirve a sus intereses inmediatos y que su dominio sobre otros países se apoya en una actitud más diplomática: la potencia asiática avanza sus peones a golpe de inversiones; busca acercar a la burguesía de las naciones que quiere atraer a su campo; su objetivo es obtener ventajas, no solo económicas, sino políticas y militares.
Aceptar una “soberanía falsa, impostada” o la guerra, esa es la opción que tienen sobre la mesa las distintas corrientes de la burguesía nacionalista de los países dependientes: La invasión de Ucrania por la Rusia de Putin, la Estrategia de Seguridad de EEUU y su desarrollo (violación de la soberanía de Venezuela, amenazas a Colombia, Cuba, etc.), el acelerado rearme de EEUU, de China y del conjunto de potencias medianas (India, UE, etc.), la utilización de regímenes sicarios para desestabilizar a naciones dependientes en disputa (Oriente medio, Sudán)… La política brutal de las grandes potencias ha convertido en una impostura la soberanía de las naciones dependientes en las que la burguesía nacionalista tiene el poder o lo comparte. La política internacional la marcan las grandes potencias al servicio de la oligarquía financiera internacional; la soberanía nacional, lo mismo que la independencia de las organizaciones internacionales, se respeta solo en la medida y hasta el punto en el que se acepte esa norma.
Con la Estrategia de Seguridad, hecha pública a principios de diciembre, el gobierno de EEUU, enunciaba sus objetivos frente al resto de estados de Latinoamérica, a la que define como su “patio trasero” en el contexto de guerra interimperialista. En ella, Trump expresaba negro sobre blanco a qué debía atenerse la burguesía de los países en los que pudiera tener intereses el imperio yanqui.
Apenas un mes después, Trump ordenaba el ataque sobre Caracas y el secuestro del presidente de Venezuela y su esposa. Su objetivo declarado no era solo el de enriquecerse con el petróleo venezolano (de hecho alguna de las granes petroleras yanquis rechazó explícitamente invertir en el sector petrolero de ese país, por los altos costes de destilación del crudo venezolano), sino dificultar el aprovisionamiento de petróleo de su principal rival, China, y expulsarla de latinoamérica que paulatinamente iba pasando a ser centro de sus inversiones; y lo hacía amenazando al resto en cabeza ajena.
Hemos señalado en otras ocasiones que alguna de las últimas convulsiones producidas en la geopolítica mundial prueban la existencia de un acuerdo tácito entre las grandes potencias imperialistas; es el caso, por ejemplo, de la fulgurante victoria del grupo islamista Hayat Tahrir al Sham en Siria, el genocidio de Palestina a manos del ejército nazi sionista de Israel, la negación del derecho de autodeterminación del pueblo Saharaui, etc. En todos estos casos, China, EEUU y Rusia finalmente han venido a respetar las zonas de influencia del rival.
Ese acuerdo tácito no es, como afirman algunos oportunistas, la antesala de un “ultraimperialismo”, es decir, una nueva era de explotación del mundo por las potencias, “amistosa” y regulada. La historia ha demostrado sobradamente que los acuerdo entre imperialistas, terminan siempre en conflictos, crisis y guerras, porque no anulan la lucha entre ellos por los mercados, cada vez más aguda.
No se tardó en conocer algunos aspectos sorprendentes del ataque del ejército yanqui contra Venezuela que violaba claramente la soberanía nacional del país latinoamericano: no se activaron las alarmas y sistemas de defensa antiaéreas proporcionadas por Rusia y China, el suministro eléctrico de la capital se desplomó súbitamente durante el ataque, etc. (1); causaron aún más sorpresa los movimientos políticos tras el golpe: Rusia, por ejemplo, que había prometido a los chavistas ayuda militar, miró para otro lado; pero, sobre todo, extrañó que Delcy Rodríguez, chavista y “mano derecha” del Presidente Nicolás Maduro, fuera la elegida por el propio Trump para dirigir el país en su nombre.(2)
A partir de entonces hemos asistido a una verdadera farsa, un ejercicio de malabarismo formal por parte del gobierno venezolano, presidido por Delcy Rodríguez, que insiste en mantener una retórica “revolucionaria” («Si algún día voy a Washington lo haré de pie, no arrastrada») y al tiempo se ha plegado dócilmente al dictado del presidente de EEUU, dejando claro que acepta cumplir estrictamente las condiciones que le marca el “matón de Mar a Lago”.
Pronto quedaba en evidencia que la cúpula del chavismo, si no había complotado para permitir la intervención del ejército de EEUU, asumía su papel de sumiso colaborador. En los mítines, Delcy Rodríguez afirmaba: “Aquí gobierna el pueblo venezolano…, hay un Gobierno, el Gobierno del presidente Nicolás Maduro y yo tengo la responsabilidad de dirigir el país mientras él esté cautivo; en su “red social”, Trump fanfarroneaba presentándose como Presidente interino de Venezuela y Maduro continuaba detenido ilegalmente en EEUU.
Para la historia queda el estupor, primero y el equilibrio “dialéctico” de los social chovinistas que salieron en tromba a defender a los dirigentes venezolanos frente a toda evidencia objetiva (3)
Y quedaba claro, también, que Rusia, aceptaba “diplomáticamente” la política de hechos consumados de su rival yanqui, lo mismo que este acepta “diplomáticamente” la posición de su rival Putin en una guerra, la de Ucrania, que se prolonga ya por cuatro años y ha costado la vida de decenas de miles de trabajadores de ambos países y una enorme devastación. El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, declaraba el mismo día de la agresión yanqui: “Creemos que todos los socios que puedan tener agravios entre sí deben buscar soluciones a los problemas mediante el diálogo”.(4)
EEUU, China, Rusia, tienen intereses contrarios, y por ello arman y financian a estados y grupos políticos, para desestabilizar las zonas en disputa, pero, finalmente, aceptan los límites de la influencia de cada uno.
Pronto quedó claro que la soberanía nacional, como término abstracto, puede ser defendido por la burguesía, pero el capital tiene intereses más concretos y tangibles: los recursos naturales, el control de mercados, etc; que la burguesía puede aplicar una política más o menos “social”, en función de las coyunturas y de su situación concreta en ellas, pero, lo que no va a discutir, lo único que no va a poner en juego, son sus negocios. Claro lo dijo Delcy Rodríguez: «Venezuela está abierta a relaciones energéticas donde todas las partes estén beneficiadas, donde la cooperación económica esté muy bien determinada en contratos comerciales, esa es nuestra postura». Esa es la frontera de la “soberanía nacional” para la burguesía venezolana. Y sus negocios pasan ahora por aceptar la tutela de Washington D.C.
El Secretario de Estado yanqui, Marco Rubio, encargado por Trump para dirigir el proceso, establecía las etapas que la potencia imperialista impone a Venezuela: “estabilización, recuperación económica y transición». Y añadía: “…hay precedentes, como España… donde hubo una transición de un régimen autocrático a una democracia, y llevó tiempo». Los españoles ya sabemos qué entiende el imperialismo por “transición” y “democracia”.
Así las cosas, podemos decir que los últimos acontecimientos en Venezuela y Latinoamérica, prueban que la burguesía nacionalista y panamericanista ha aceptado la derrota, frente al imperiallismo yanqui, en aplicación estricta de la “doctrina Donroe” de Trump. Y esto pone ante el proletariado venezolano y latinoamericano, una tarea urgente: reforzar los destacamentos comunistas y organizarse de forma independiente en torno a un programa revolucionario e internacionalista. Esa es la única vía para asegurar la soberanía nacional en latinoamérica frente al imperialismo y avanzar en el desarrollo social y político de sus países.
NOTAS
(1) El 12 de enero, el diario ABC publicó una noticia que pasó prácticamente desapercibida, pero que ningún otro medio desmintió. Era esta: “Desde el pasado mes de septiembre, la entonces vicepresidenta de Venezuela, hoy presidenta, Delcy Rodríguez, mantuvo en el hotel Four Seasons de la capital de Qatar, Doha, varias reuniones con el ministro de Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov; con el empresario y funcionario también ruso, Ígor Sechin, CEO de la compañía de energía Rosneft; y con agentes de la CIA.
(2) El incalificable papel de la premio Nobel de la “Paz” y lideresa de la oposición venezolana, María Corina Machado, pillada con el pie cambiado cuando se veía a sí misma en el papel de su enemiga política, entregando a Trump la medalla del premio, en contra del criterio de la propia Fundación Nobel, etc., es una muestra excelente de la disposición de la burguesía a perder la dignidad con tal de mantener sus negocios.
(3) Una de esas fuerzas, en su delirio llegó a desempolvar “El arte de la guerra” del antiguo estratega chino, Sun Tzu, para apoyar la renuncia a resistir del gobierno venezolano: “librar y ganar todas las batallas no implica la excelencia suprema. La excelencia suprema consiste en romper la resistencia enemiga sin combatir…”(4) El vicepresidente del Consejo de Seguridad ruso, y amigo de Putin, Dmitri Medvédev, más locuaz y brutal, prevenía entre líneas sobre el carácter de la política de las grandes potencias imperialistas que no reconocen acuerdos permanentes con sus aliados, ni con sus rivales: “La operación en Caracas fue la mejor prueba de que cualquier Estado debe fortalecer sus fuerzas armadas al máximo… ¡Y la única manera de garantizar la defensa es mediante un arsenal nuclear! ¡Vivan las armas nucleares!“
