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La izquierda institucionalizada

OPINI脫N
Pu帽o en ALto

 

Durante d茅cadas, la izquierda se defini贸 a s铆 misma como una fuerza de ruptura: inc贸moda para el poder, irreverente frente al orden establecido y profundamente enraizada en las luchas sociales. Sin embargo, en buena parte del mundo contempor谩neo y en Espa帽a tambi茅n, esa izquierda parece haber sido absorbida por aquello que jur贸 transformar. El problema no es simplemente que haya llegado a las instituciones, sino que se haya institucionalizado.

La institucionalizaci贸n de la izquierda no es un accidente: es el resultado de su integraci贸n progresiva en los mecanismos del sistema y del orden establecido e impuesto, del mercado pol铆tico y de la l贸gica de la gobernabilidad. En ese proceso, la izquierda ha ganado cargos, visibilidad y capacidad de gesti贸n, pero ha perdido algo esencial: su vocaci贸n transformadora y de cuestionar el statu quo.

La izquierda institucionalizada no es una izquierda en el poder: es una izquierda neutralizada. Ha cambiado la lucha por el cargo, la transformaci贸n por la gesti贸n y la rebeld铆a por el protocolo. En lugar de disputar el sistema, se ha acomodado dentro de 茅l, funcionando como su ala progresista y su coartada moral.

Esta institucionalizaci贸n convierte a los partidos de izquierda en maquinarias electorales, obsesionadas con encuestas, marketing y gobernabilidad. Las bases pasan a ser un estorbo; la militancia, un decorado y el cr铆tico en enemigo. La calle se usa solo cuando conviene y se abandona apenas se pisa un despacho. As铆, la izquierda deja de organizar al pueblo y empieza a administrarlo.

Peor a煤n: esta izquierda act煤a como bombero del sistema. Cuando el capitalismo entra en crisis, es la izquierda institucional la que apaga el incendio social, conteniendo la rabia popular, canaliz谩ndola hacia reformas simb贸licas y promesas aplazadas. Su funci贸n no es romper el orden, sino estabilizarlo.

Uno de los s铆ntomas m谩s claros de este mal es la sustituci贸n del conflicto por la administraci贸n. All铆 donde antes hab铆a denuncia, ahora hay tecnocracia; donde hab铆a movilizaci贸n popular, ahora hay comunicados oficiales. El lenguaje se vuelve neutro, jur铆dico, calculado. La injusticia ya no se combate: se “gestiona”. El capitalismo ya no se cuestiona: se “regula”. La desigualdad ya no se enfrenta: se “mitiga”.

Otro rasgo preocupante es el desarraigo social. La izquierda institucionalizada tiende a hablar en nombre de los sectores populares sin escucharlos realmente. Sus dirigentes viven cada vez m谩s lejos de las condiciones materiales que dicen representar, atrapados en burbujas parlamentarias, ministeriales o medi谩ticas. As铆, la pol铆tica se profesionaliza y se aleja de la experiencia cotidiana de la mayor铆a.

A esto se suma una obsesi贸n por la respetabilidad. Temiendo ser acusada de radical, irresponsable o ut贸pica, la izquierda suaviza su discurso, renuncia a sus horizontes hist贸ricos y acepta los l铆mites impuestos por el sistema. El resultado es una izquierda que promete cambios profundos pero practica reformas m铆nimas, siempre justificadas por el “realismo” o la “correlaci贸n de fuerzas”.

Parad贸jicamente, esta deriva no fortalece a la izquierda, sino que la debilita. Al parecerse cada vez m谩s a sus adversarios, pierde identidad, credibilidad y capacidad de ilusionar. El desencanto que genera abre el camino a la apat铆a o, peor a煤n, al auge de derechas reaccionarias que s铆 se presentan -aunque sea de forma enga帽osa- como antisistema.

Nada de esto implica que la izquierda deba abandonar las instituciones. El problema no es estar en ellas, sino quedarse en ellas. Sin calle, sin conflicto, sin imaginaci贸n pol铆tica, la izquierda se convierte en una gestora del orden existente, no en una fuerza de cambio. 

La tarea urgente no es ganar m谩s ministerios, consejerias, alcald铆as o concejalias, sino recuperar la calle, el conflicto y la imaginaci贸n pol铆tica. Desobedecer en lo imprescindible y cuando haga falta. Organizar cuando incomode. Decir lo que no se quiere escuchar. Porque una izquierda que no amenaza al sistema solo sirve para prolongarlo o blanquearlo que a煤n es peor.

Recuperar una izquierda viva implica desinstitucionalizar su esp铆ritu: volver a escuchar a los movimientos sociales e involucrarlos, que no manipularlos en el debate pol铆tico, aceptar el conflicto como motor pol铆tico y atreverse a pensar m谩s all谩 de lo posible inmediato.

En tiempos de crisis profunda y de avalancha neofascista, una izquierda domesticada no solo es insuficiente: es parte del problema.

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