No es una novedad que las leyes las escribe o las autoriza el poder. Tal vez no es tan obvio, pero es también observable, el hecho de que los poderosos nunca pueden sentir su propio poder si no rompen las leyes, incluidas sus propias leyes.
Ahora, si alguien tiene más dinero y más poder que varios países juntos, ¿qué podría estarle vedado a su tarjeta de débito? ¿Si alguien puede comprar todo lo que a sus traumas y a su pobreza de espíritu se le antoja, y aún así sigue siendo un cromañón lampiño, cómo recuperará el placer de un pobre que se compra una bicicleta nueva para ir al trabajo o de un obrero de la construcción que se junta con sus amigos en la vereda del barrio, a compartir una cerveza?
Aquellos que no han podido llenar el vacío abismal de sus pobres existencias con miles de millones de dólares, sólo pueden recuperar algo de todo lo que su dinero les quitó, comprando lo que no se puede comprar: otros seres humanos. Es decir, no sólo esclavos felices, sino también aquellos humanos que todas las leyes civiles y morales le niegan. Como, por ejemplo, un niño.
Tal vez, ésta es la lógica psiquiátrica de la maldita secta Epstein y de todas las sectas en el poder de los países más poderosos del mundo, con todos sus poderosos hombres que viven, piensan y actúan como si no supieran que están destinados, no en la próxima Era de la Humanidad sino en apenas unos pocos años, a ser banquete de los gusanos.
Poderosos hombres, prisioneros de sus secretos, de sus afiebrados argumentos místicos. Argumentos imposibles de comprender para cualquiera que no pertenezca a ese club de fanáticos que se creen dioses o bestias elegidas por algún dios perverso. Sacos de excrementos antropomórficos, inalcanzables por cualquier justicia humana, con licencia para secuestrar, violar, torturar y asesinar, no sólo por derecho sino, sobre todo, por mero placer.
Dioses o semidioses que sufren de una sed imposible de saciar con toda la sangre humana a su alcance, servida en bandeja de plata por los reyes de los reinos más poderosos y serviles que ha conocido la humanidad.
Esta cultura, esta obsesión por la violación no respeta ni conoce comarcas. Los líderes de la Rebelión de los Amos odian el arte rebelde, las universidades independientes y la cultura improductiva. Promueven la educación para esclavos especializados, para trabajadores efectivos, para obedientes y abnegados consumidores, mientras envían a sus hijos a las universidades más caras que “forman a los líderes del futuro”. Futuro que, más que probablemente, nunca llegará.
Mientras, los líderes del presente predican a los niños y a los jóvenes ajenos, los de abajo, que la cultura improductiva, que la enseñanza de la Herencia milenaria de la Humanidad no sirve para nada.
Porque un esclavo feliz no tiene memoria.
Porque un esclavo feliz odia a sus hermanos infelices y venera al dueño del látigo.
Porque un esclavo feliz cree que trabajando más y más y más y más y más dejará de ser esclavo o, al menos, será un esclavo con el privilegio de empuñar el látigo contra sus hermanos, los esclavos inadaptados.
Inadaptados sociales. Esclavos resentidos. Es decir, esclavos no domesticados, con la capacidad de sentir y resentir.
De toda esa brutalidad, por alguna razón que no se llama casualidad, las víctimas preferidas de la secta pedomaníaca de los de arriba, tienen sangre joven―llamarlos pedófilos es una brutal ironía, porque si algo no siente la escoria humana de la secta, es amor por los niños.
Pero la depredación no se limita a la perversión entre los miembros de la secta. Es, también, una realidad política, geopolítica, ideológica y cultural.
Hoy, más que nunca, estamos en una guerra mundial contra los niños. En particular, y casi exclusivamente, contra los niños pobres.
En Argentina, los recortes a servicios sociales han logrado aumentar la mortalidad infantil después de veinte años. El acceso a los alimentos en el Granero del Mundo ha sido restringido por la necesidad propia y por el deseo de los países acreedores de importarlos a precios de miseria. Los niños que sobrevivan la malnutrición fracasarán en un sistema educativo empobrecido y serán esclavos más obedientes. Los más afortunados, serán esclavos felices. Sobre los esclavos resentidos se arrojarán todo el odio y todas las frustraciones que siguen siempre a la felicidad ilusoria, como un borracho que comienza a descender de la euforia del alcohol y busca desesperadamente a alguien donde descargar toda su ira.
En Cuba, la Palestina de Occidente, y pese a que, por generaciones, su tasa de mortalidad infantil se ha mantenido como una de las más bajas del hemisferio, serán los nuevos humanos quienes más sufran las consecuencias del más reciente estrangulamiento a la isla por parte de la secta pedomaníaca. Aunque la Secta terminase como cualquier secta y esta nueva agresión desapareciera hoy mismo, las consecuencias sobre los más débiles, sobre los más inocentes, persistirán por muchos años. Tal vez por generaciones.
En África, como en el Congo, los niños son esclavos en los campos y en las minas que aseguran el funcionamiento de los teléfonos del mundo y el crecimiento de las fortunas de las sectas financieras y tecnológicas que nos espían y nos eligen presidentes convenientes, funcionales y extorsionables.
En Estados Unidos (por no aburrir con la vergonzosa lista del Sur Global) los niños pobres cada día tienen más servicios restringidos, desde la alimentación hasta la educación. Los niños pobres y con un acento inmigrante son criminales, no ante la ley sino ante la justicia. Agonizan en las cárceles privadas de las compañías que se enriquecen en proporción al número de cabezas que retienen en sus instalaciones. Cabezas de niños y de padres que los esclavos mercenarios cazan a destajo, orgullosos de sus uniformes de escuderos del Rey, la Patria, la Bandera y el Pañal del pedomaníaco en jefe.
Todo eso, cuando no son carne descartable de una red internacional de tráfico, tortura, abuso sexual y culinario de menores por parte de poderosos hombres blancos, para los cuales no hay ley ni juez que los condene, a pesar de las montañas de documentación…
En Palestina… Bueno, imposible agregar algo más sobre los niños en Palestina. Allí, a los niños simplemente los bombardean, los ejecutan con fusiles o con drones inteligentes. Ni tres ni diez ni cien ni mil ni decenas de miles de ejecutados y demonizados. Ni uno ni diez ni veinte años de martirio. La Humanidad ya ha perdido la cuenta porque no cuentan. Son números y no les importan a los gobiernos que, casualmente, protegen a los pedomaníacos.
¿No cuentan? Sí cuentan. Es justo allí donde esta brutal historia de impunidad encontró un punto de inflexión. Es allí donde se produjo el gran terremoto de la historia moderna.
Pero de eso no se puede hablar. No sea cosa que algún dios intocable se sienta aludido―algún dios o algún elegido por el Creador de la Galaxias, del Universo y de los agujeros negros, hediondo como cualquier otro ser humano, pero pervertido como muy, muy pocos.
Jorge Majfud, febrero 2026
