En 2024, un tribunal belga ordenó al gobierno el pago de una reparación a cinco mujeres métis (mestizas) nacidas de madre africana y padre europeo entre 1948 y 1952 que fueron secuestradas de sus madres durante la era colonial en el Congo Belga.
Fue una sentencia histórica y Jehosheba Bennett fue una de los abogados que representaron a las mujeres. Nacida en la Guyana Francesa —que desde 1946 quedó incorporada en la República Francesa como “territorio de ultramar”— Jehosheba se mudó a Francia cuando tenía cuatro años. Afectada por el racismo sistémico que sufrió su familia, quiso encontrar una forma de mejorar las cosas.
En la actualidad, como abogada especializada en derecho penal internacional y residente en Bélgica, trabaja en casos que abordan crímenes coloniales históricos. En este artículo, Jehosheba cuenta lo que supuso para ella trabajar en el caso de las mujeres métis y por qué la reparación sigue siendo relevante hoy…
Cuando me mudé a Francia, me acuerdo de que aprendí la historia de la esclavitud en la escuela. Pasé mi primera infancia en la Guyana Francesa, un país colonizado. Sin embargo, era evidente que se seguían sintiendo las consecuencias del racismo, especialmente en los países europeos.
Yo vivía en un barrio rodeada de gente de origen africano y árabe. Aun así, sufrimos mucho racismo sistémico. La policía acosaba y pegaba a menudo a mi hermano, que entonces tenía solo 10 años.
Me horrorizaba cómo nos trataban y quería encontrar un modo de cambiar las cosas. No sabía si dedicarme al arte o al derecho, pero pensé que sería más provechoso aprender cómo funcionaba el mundo para poder cambiarlo.
Ahora soy abogada y me dedico a casos de violencia contra las mujeres y de injusticias coloniales y reparación. Hace poco trabajé en un caso pionero: el de cinco mujeres métis, hijas de padre europeo y madre africana, que llevaron a Bélgica a los tribunales por secuestros coloniales.
Cuando mi bufete asumió el caso, pedimos a las mujeres que contaran su historia. Era la primera vez que les pedían que revivieran su experiencia para alguien que no pertenecía a su comunidad. Fue algo muy importante.
Las historias de Marie-Josée Loshi, Noëlle Verbeken, Léa Tavares Mujinga, Simone Ngalula y Monique Bintu Bingi, de la República Democrática del Congo, eran muy similares: cuando tenían entre dos y cinco años, fueron arrancadas de su madre y enviadas a vivir en una misión católica a cientos de kilómetros de su casa.
Los funcionarios que trabajaban para la administración colonial belga tenían la tarea de identificar a los niños y niñas mestizos a quienes luego secuestraban y llevaban a la Comisión de Tutela.
Jehosheba Bennett
En aquel entonces, los funcionarios que trabajaban para la administración colonial belga tenían la tarea de identificar a los niños y niñas mestizos a quienes luego secuestraban y llevaban a la Comisión de Tutela. La Comisión tenía la facultad de considerarlos abandonados a pesar de que no lo eran. Desde allí, los llevaban a vivir a la misión católica.
Las jóvenes madres africanas, muchas de las cuales tenían apenas 15 años, no podían oponerse: las amenazaban, las obligaban a firmar unos papeles que no entendían y les decían que, si no entregaban a sus criaturas, las meterían en la cárcel a ellas o a sus familiares.
Muchos de estos niños y niñas métis fueron llevados a misiones que estaban a más de 500 kilómetros de su casa. Las jóvenes madres intentaban visitarlos, pero no se les permitía quedarse, así que dormían en la aldea para estar solo una o dos horas.
Era una situación horrible. Mientras los niños y niñas estaban en la misión, se los obligaba a hablar otro dialecto y a asistir a la escuela de la aldea, donde no entendían al maestro o maestra y eran discriminados por ser métis o considerados blancos.
Aunque fueron criados por las monjas, nunca los bautizaron por ser “hijos del pecado”. Por el contrario, los insultaban, les pegaban y los trataban como malas semillas. Había una ausencia total de cuidados, atención y amor.
Supe que era una práctica habitual que los funcionarios de la administración colonial tuvieran más de una esposa. Estas jóvenes madres eran consideradas concubinas. Daban a luz a su criatura, la amamantaban y luego se las quitaban. Las mujeres nos contaron que habían crecido creyendo que eran hijas de una trabajadora sexual y de padre desconocido… aunque todo eso era mentira.
Cuando Marie-Josée, Noëlle, Léa, Simone y Monique hablaron con nosotros, fue muy emotivo. No prepararon lo que iban a decir. No era algo fabricado, sino que era evidente que la vida que se habían visto obligadas a vivir había sido terrible e injustificable. Me enseñaron un archivo con documentos de la misión católica que habían arrojado luz sobre su pasado.

Empecé a echarle un vistazo. Encontré cartas de las monjas a los gobernadores que decían que no tenían espacio para aceptar a estos niños y niñas, pero el gobierno dijo que tenían que hacerlo.
También descubrí un libro donde figuraba el nombre original de las mujeres, junto con el de su padre y su madre. A partir de allí, les daban un nombre y una partida de nacimiento nuevos. En ‘padre’ decía “desconocido”. A medida que iba conociendo sus historias, quedaba claro que era un caso de organización sistémica de la segregación de estos niños y niñas.
Trabajé en el caso junto con tres profesionales de la abogacía más. Sabíamos que no iba a ser sencillo. La primera vez que llevamos a Bélgica ante los tribunales, en 2021, nos dijeron que los crímenes de lesa humanidad eran solo aplicables a los que se habían cometido durante la Segunda Guerra Mundial. Eso era profundamente racista, pues lo que decían en esencia era que no incluían a las personas africanas en su definición de humanidad; pero no hay duda de que ‘humanidad’ significa todo el mundo.
Presentamos un recurso porque sabíamos que teníamos razones a nuestro favor. Unos años antes, el gobierno belga había dicho públicamente que la discriminación de los niños y niñas métis era un atentado contra la humanidad, pero los tribunales decían otra cosa. Era increíblemente hipócrita y reforzó aún más nuestros argumentos.
Volvimos a recurrir en 2024. Cuando recibimos la sentencia —Bélgica era culpable de crímenes de lesa humanidad por el secuestro y la segregación racial sistemática de los niños y niñas métis bajo el régimen colonial belga— gritamos, reímos y lloramos. No nos podíamos creer que, por fin, nuestro esfuerzo había dado frutos.
Queríamos homenajear a estas mujeres valientes que se habían convertido en hermanas por casualidad. Asistieron a todo el juicio, donde tuvieron que escuchar a abogados que negaban lo que habían vivido. Aun así, se mantuvieron fuertes y poderosas de principio a fin. Habían vivido toda su vida sin conocer su pasado. No tenían lazos familiares y las habían separado de su madre y de su padre. Fue una auténtica ruptura en su desarrollo. No tenían raíces; era como si la historia hubiera borrado su derecho a existir.
Este caso tiene que servir de punto de inflexión en lo que se refiere a abordar las injusticias coloniales. Si no combatimos el colonialismo, jamás venceremos al racismo. El racismo tiene su origen en la ignorancia de lo que sucedió en el pasado. Y si se ignora lo que sucedió y no pedimos una reparación, las cosas no cambiarán nunca; todas las personas no blancas seguirán siendo tratadas como menos humanas. Esa es la realidad.
Mientras los gobiernos europeos no proporcionen una reparación a quienes han sufrido, habrá un desequilibrio en términos de equidad en todo el mundo.
Jehosheba Bennett
Los países occidentales se beneficiaron de la esclavitud, el colonialismo y el neocolonialismo, y siguen haciéndolo. Mientas los gobiernos europeos no proporcionen una reparación a quienes han sufrido, habrá un desequilibrio en términos de equidad en todo el mundo.
No se trata de dinero, sino de equidad y de exigir igualdad. Al fin y al cabo, ¿cómo se puede lograr la igualdad si no se propone reparar el delito? Es lo que enseñamos a nuestros hijos e hijas cada día. Debe ser lo mismo para los Estados.
Este artículo se publicó originalmente en La Libre.
En nuestra serie Voces de justicia restaurativa (“Voices of Reparatory Justice”) hablamos con artistas, activistas y líderes y lideresas que cuentan su historia de reparación y resiliencia en la lucha contra los efectos negativos de las injusticias históricas, la esclavitud y el colonialismo. Pese a los desafíos existenciales, su camino para lograr dignidad y derechos de grupos racializados devuelve la esperanza para nuestro futuro común, la humanidad debe prevalecer siempre. Esta es una de esas historias. Más información sobre nuestro trabajo.
