ESCRITOS CRÍTICOS
Jorge Majfud
Hace veinte años, publicábamos “El falso dilema entre la libertad y la igualdad” (2007) y, como muchos otros, desde antes y después, hemos intentado analizar esa aparente dicotomía desde diferentes puntos de vista. Lejos de desarmarse, el dogma del par de opuestos se ha fortalecido entre los libertarios de derecha, hoy disfrutando de una orgía de simplificaciones y de poder político. En unos años estarán en retirada y hay que ayudarlos a hacer las maletas. Así que voy a reincidir una vez más, desde otro ángulo.
Existe un espectro de diferentes formas de libertades que va desde la libertad de conciencia hasta la libertad social. Aunque el individuo no existe sin una sociedad (se define por y para ella), aún podemos considerar al individuo aislado, por ejemplo, en una isla o en una cárcel. En ese caso, podríamos decir, como lo hicieron los existencialistas comunistas como Sartre, de que los humanos están condenados a la libertad. Ese individuo puede carecer de libertad física, pero su libertad de conciencia, su libertad intelectual no depende tanto de su condición física. El guardia o el hombre que camina en una calle fuera de la cárcel pueden carecer de esta libertad en un mayor grado que el prisionero.
Ahora, cuando hablamos de la supuesta dicotomía entre libertad e igualdad, no podemos aplicarla al individuo, ya que la igualdad o desigualdad es un concepto social. En su versión más restringida, es un concepto grupal y comparativo: puedo decir que ya no soy igual al que fui veinte o cuarenta años atrás. Puedo compararme con esa idea de yo-individuo en su evolución cronológica, pero no puedo revindicar el derecho social del adolescente que fui a ser igual al adulto que soy. La igualdad, equidad o sus contrarias sólo tienen sentido en su definición social.
Hablar de libertad de conciencia es algo bastante abstracto, porque, como dijimos antes, no existe el individuo sin una sociedad. Un hombre, una mujer que nacieran en un desierto sin haber visto nunca otro ser humano, no serían ni un hombre ni una mujer sino un humanoide. Creo que el problema concreto de la libertad, como el de la igualdad, ocurre en sociedad, y toda sociedad es un fenómeno colectivo e histórico: como anotábamos en “La generación FaceNoBook” (2012): “Habitamos las ciudades de los muertos y sus ideas nos habitan cada día”.
La idea de que la libertad se opone a la igualdad es la idea del esclavista, de la clase dominante. Es decir, mi libertad de acumular poder en una sociedad debe ser irrestricto. Mi libertad de esclavizar a los otros debe estar protegida por las leyes, por la constitución (República de Texas, 1836) y los dogmas ideológicos de una civilización, como el derecho a la propiedad privada ilimitada, aún cuando mi libertad de acumular dinero, propiedad privada y poder social destruye la libertad del otro (de la mayoría) a ejercer la misma libertad y reclamar su derecho a la propiedad privada, a la acumulación.
Esta paradoja se justifica por dos dogmas fundamentales. El primero nacido en el siglo XVII con John Locke y confirmado un siglo después por Adam Smith y, sobre todo, por sus fanáticos seguidores: (1) “mi avaricia, mi egoísmo es bueno para los demás”. Un dogma moderno que, en cualquier momento de la historia humana, hubiese sido considerado un verdadero sorite (σωρός). El segundo dogma es darwiniano: (2) la libertad del rico, del poderoso, del amo esclavista es producto de una selección natural: los más inteligentes, los más trabajadores tienen derecho ilimitado a privatizarlo todo (es decir, a acumular las propiedades privadas disponibles o creadas). The winner takes it all.
La historia prueba que esto no es lo que ocurre en la realidad. Los genios suelen ser pobres. Los psicópatas suelen ser ricos. No importa cuánto trabaje alguien que no esté en el sector financiero; nunca será rico y mucho menso podrá “competir libremente” con aquellos que invierten toda su vida en las bolsas de valores o en los grandes negocios, siempre protegidos por los (por sus) gobiernos, sean dictaduras o democracias liberales.
Aquí otra paradoja fundamental: la libertad económica lleva, en sí misma, lleva el germen de su propia destrucción: a mayor libertad irrestricta de aquellos que por herencia, por méritos propios, por corrupción o, simplemente, porque aman el dinero, son capaces de acumular un centímetro más que el resto, menor libertad para el resto. Esta diferencia, por pequeña que sea, desencadenará una espiral imparable de diferencia en el poder social. Por la simple razón de que quien tiene algo de poder económico y financiero puede comprar los demás poderes, como los medios de comunicación y los sistemas políticos, lo cual le facilitará una acumulación aún mayor en sus negocios.
Es decir, poco a poco comenzará por privatizar un poder que le redituará más poder, todo en desmedro de otros como él que llegaron treinta minutos tarde o de otros que ni buscan quemar sus vidas en hacerse millonarios, sino que están en una de las otras dimensiones humanas con sus propias habilidades, como pueden ser el caso de los mecánicos, los científicos, los artistas, los profesores, los sacerdotes, los deportistas, los sindicalistas… La lista de la riqueza humana de las profesiones y habilidades es larga, pero sólo aquellos que tienen por vocación y pasión el dinero son quienes comprarán (privatizarán) el poder de las sociedades contemporáneas.
La supuesta libertad darwiniana de la “libre competencia” no tiene como objetivo conservar la libertad de competencia, sino el de eliminarla. Esto se prueba no sólo con la realidad de los procesos monopólicos y el mito del “éxito de la exitosa corporación que nació en un garaje”, sino con un ejemplo aún más claro. Ese ejemplo lo vemos todos los días en las verdaderas competencias. Desde el fútbol, el tenis, el ajedrez, hasta cualquier disciplina atlética. La justicia en la competición se basa en el control de la igualdad a través de reglas estrictas. Es decir, el objetivo es medir la habilidad de un equipo, de un individuo, eliminando cualquier ventaja ambiental.
En el mundo de los negocios del capitalismo, la acumulación no se da en una ecuación de segundo grado (y=ax2+ax+c, donde c sería la herencia recibida) sino una ecuación exponencial y=ex. Es el caso de, por ejemplo, Elon Musk. Un esforzado trabajador de la construcción necesitaría 40 millones de años para alcanzar lo que el heredero del apartheid y activo de la CIA ha logrado en pocos años―todo en base a su esfuerzo e inteligencia, como Donald Trump y su familia.
Es impasible separar la libertad de la igualdad, porque sin libertad social no hay igualdad y sin igualdad no hay libertad social. Quienes afirman que imponer límites a la libertad económica (a la libertad de acumulación) para restaurar la igualdad o la equidad, es propio de las dictaduras, son los mismos que ejercen o defienden una versión contemporánea del dogma esclavista (quienes también se consideraban los protectores de la libertad, la democracia y la civilización) a través de la dictadura del capital, del monopolio del poder social, de la privatización irrestricta y de la eliminación de la verdadera libre competencia económica.
Jorge Majfud, marzo 2026
