A 125 años de su nacimiento en Opava, la vida de Leo Haas refleja los contrastes del siglo XX: sobreviviente de los campos nazis, testigo del horror y, más tarde, figura destacada de la propaganda comunista.
Radio Praga
Hace 125 años nació en Opava Leo Haas, pintor y caricaturista cuya trayectoria resume los dilemas y tragedias del siglo XX en Europa Central. Su vida atravesó dos dictaduras, el nazismo y el comunismo, y dejó una obra que hoy sirve tanto como testimonio del horror como ejemplo del uso político del arte.
Haas nació en 1901 en una ciudad que entonces formaba parte del Imperio austrohúngaro. Desde joven destacó por su talento artístico, lo que lo llevó a estudiar en la academia de Karlsruhe y más tarde en Berlín, donde se formó con el reconocido grafista Emil Orlik. Pronto se integró en el dinámico ambiente cultural de la época.
Durante los años veinte trabajó también en Viena como caricaturista para periódicos. Luego regresó a Opava, donde abrió su propio estudio y se casó con la retratista Sophia Herrmann. Su obra de entonces reflejaba influencias expresionistas, en sintonía con artistas de su tiempo.
Perseguido por el nazismo
El ascenso del nazismo marcó un giro radical en su vida. Como artista judío, sus obras fueron calificadas de “degeneradas” y él mismo fue acusado de promover el “bolchevismo cultural”. Tras los pogromos antijudíos, se trasladó a Ostrava, aunque tampoco allí pudo evitar la persecución.
En 1939 fue deportado a un campo de trabajo en Nisko. Allí comenzó a realizar dibujos clandestinos que documentan la vida de los prisioneros. Estas obras se consideran hoy testimonios de gran valor histórico.
En 1942 fue enviado al gueto de Terezín, donde trabajó en el departamento técnico-gráfico. Gracias a su talento pudo seguir dibujando e incluso impartir clases a niños. Sus obras de ese periodo capturan con sensibilidad la vida cotidiana en el gueto.
Dos años más tarde fue acusado de “propagar el horror” y trasladado a Auschwitz. Allí elaboró dibujos técnicos para el médico Josef Mengele. Posteriormente fue enviado a Sachsenhausen, donde formó parte de un grupo de prisioneros obligados a falsificar libras esterlinas para la operación nazi Bernhard. La liberación llegó en mayo de 1945.
En sus recuerdos posteriores evocó escenas que marcaron su obra: prisioneros hambrientos, transportes de niños y ejecuciones.
Del testimonio a la propaganda
Tras la guerra, regresó a Terezín, donde recuperó dibujos que había ocultado. También confirmó que la mayor parte de su familia había muerto. En ese contexto se afilió al Partido Comunista, al que consideraba una garantía frente al retorno del fascismo.
Se convirtió entonces en uno de los principales caricaturistas de la propaganda comunista. Publicó en el diario Rudé právo y en la revista satírica Dikobraz, donde retrataba a Occidente como agresivo, racista y corrupto. Su estilo distintivo fue aprovechado por el régimen.
A pesar de su adhesión al sistema, durante las purgas estalinistas volvió a encontrarse en una situación de riesgo, lo que evidenció las contradicciones de su trayectoria.
Últimos años en Berlín
En 1955, tras la muerte de su segunda esposa, se trasladó a Berlín Oriental. Allí trabajó para medios como Neues Deutschland, la revista Eulenspiegel y la televisión. Sus obras se exhibieron en Europa, Estados Unidos e Israel.
En 1981 regresó por última vez a su ciudad natal, Opava, donde donó sus dibujos en una exposición retrospectiva. Falleció en Berlín en 1983.
La obra de Leo Haas permanece como un testimonio complejo: refleja tanto los horrores del nazismo como las tensiones de una época en la que el arte podía convertirse en instrumento del poder.

