La c茅lebre frase de Julio Cort谩zar —“Probablemente de todos nuestros sentimientos el 煤nico que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendi茅ndose”— encierra una intuici贸n profundamente pol铆tica que trasciende lo literario. Esta premisa nos obliga a replantear qu茅 entendemos por esperanza en contextos de crisis, desigualdad o conflicto y, sobre todo, a cuestionar qui茅n la produce y con qu茅 fines.
En el discurso pol铆tico contempor谩neo, la esperanza suele presentarse como una virtud individual o una obligaci贸n moral; se nos exhorta a «no perderla» incluso cuando las condiciones materiales la hacen insostenible. Sin embargo, Cort谩zar subvierte esta idea al despojarla de su car谩cter privado: la esperanza no es algo que poseemos, sino una fuerza que nos atraviesa. No nace de la voluntad ni de un optimismo ingenuo, sino de una inercia vital m谩s profunda; es la propia vida resisti茅ndose a la extinci贸n.
Esta perspectiva tiene consecuencias radicales. Si la esperanza no nos pertenece, no puede ser manipulada tan f谩cilmente por la ret贸rica institucional o pol铆tica. Hist贸ricamente, gobiernos, partidos y l铆deres pol铆ticos han hecho de ella un recurso discursivo, una promesa diferida que mantiene a las sociedades en un estado de espera permanente. Bajo esta l贸gica, se convierte en una herramienta de contenci贸n: mientras haya esperanza, hay paciencia, y mientras haya paciencia, el cambio puede posponerse indefinidamente.
Pero Cort谩zar introduce una grieta en ese sistema al proponer que, si la esperanza pertenece a la vida, es indomable y no puede ser pol铆ticamente monopolizada. Aparece incluso en los contextos m谩s adversos, no como consuelo, sino como impulso. No es una narrativa impuesta desde arriba, sino una energ铆a que emerge desde abajo, desde la persistencia de lo vivo en las protestas, en las resistencias cotidianas y en la negativa rotunda a aceptar lo inaceptable como definitivo.
Esto implica tambi茅n una cr铆tica necesaria a la pasividad. Entender la esperanza como algo externo no significa renunciar a la acci贸n, sino todo lo contrario: nos sit煤a como veh铆culos de una fuerza que nos excede. La vida «defendi茅ndose» no ocurre en abstracto, sino a trav茅s de cuerpos, comunidades y movimientos. La esperanza, entonces, no es el acto de esperar, sino el de actuar impulsados por una insistencia vital que no controlamos del todo, pero que nos empuja a seguir.
En tiempos de desencanto pol铆tico, donde el cinismo se impone como forma de lucidez, esta reflexi贸n de Cort谩zar recupera una dimensi贸n radical: la esperanza no como ilusi贸n ni como promesa vac铆a, sino como resistencia. Una resistencia que no depende de encuestas ni de resultados electorales, sino de la propia insistencia de la vida en continuar y transformarse.
As铆, la esperanza deja de ser un eslogan para convertirse en un campo de disputa entre qui茅nes buscan domesticarla para sostener el orden actual y qui茅nes la encarnan como una fuerza de cambio. En esa tensi贸n se juega, hoy m谩s que nunca, el sentido de lo pol铆tico.
Reivindicar esta esperanza no es, por tanto, un acto de fe, sino un ejercicio de insumisi贸n. Si la esperanza es la vida defendi茅ndose, renunciar a ella no es solo rendirse pol铆ticamente, sino claudicar ante la inercia del vac铆o. No esperamos el futuro: lo disputamos con la urgencia del que sabe que estar vivo es ya una forma de combate. Al final, la esperanza no es el puerto al que llegamos, sino el pulso que nos impide detenernos.
Pu帽o en Alto
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