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Feminismo siempre

Mujeres sabias y brujas

Teresa Mollá Castells

A lo largo de la semana que viene cumpliré 62 años. Comienzan a ser años. No sé si es por el “factor” primavera o por seguir celebrando la vida, pero me gusta cumplir años y celebrarlo con la gente que quiero. La semana, como es lógico, tendrá como mínimo dos días de celebrarlo. Uno con mi madre y otro con un gran amigo. Si, desde siempre me gustó cumplir años.

Con el paso de los años he comprobado en primera persona como pasamos, sobre todo las mujeres, a un estado de cierta “invisibilidad” para los hombres que, como está contrastado a lo largo de la historia, mayoritariamente las prefieren más jóvenes y, por tanto, más bellas, pero también, más “manejables” y sumisas.

La belleza femenina sigue siendo una prioridad para ellos. Ejemplos nos sobran, solo hay que salir a la calle para comprobarlo.

Después ya vienen otros “atributos” como la inteligencia, las habilidades sociales, el grado o capacitación para ser sometida y para vivir sin rechistar todos y cada uno de los micromachismos que vivimos a diario. Y lo que todavía es más triste, es que, como hemos sido educadas en y desde el patriarcado, desgraciadamente son muchas las mujeres que no ven estas situaciones. Dicho de otro modo, no creen que el feminismo y todo lo que significa de lucha y de avances, sea necesario.

Desde mi edad, compruebo todo lo que he aprendido de mis amigas mayores que yo y casi todas feministas, aunque alguna de ella, sin saberlo incluso. Cómo ese aprendizaje de esas mujeres fuertes y constantes o incluso débiles y puntuales, han constituido una gran fuente de sabiduría en la que beber.

Puedo presumir y presumo de ser una mujer muy rica en afectos honestos y sinceros de mujeres comprometidas y luchadoras del que siempre, en cada una de sus palabras, aprendo. Mujeres que viajan. Mujeres que no viajan. Mujeres que enseñan. Mujeres trabajadoras siempre buscando y practicando la equidad en las relaciones entre nosotras y denunciando sin cesar las desigualdades todavía existentes. Mujeres que muestran aquella parte menos visible de las formas patriarcales. Mujeres que se preocupan por otras mujeres. Mujeres tremendamente ocupadas en no preocupar a las amigas que viven lejos. Mujeres que predican desde la fuerza de la ternura y la constancia que dan las ideas feministas y las propias. Mujeres sin pelos en la lengua. Mujeres que se ríen de todo y por todo.

El feminismo crea unos vínculos imborrables cuando nos reconocemos. Unos vínculos en los que, aparte de reconocernos, nos podemos refugiar cuando nos vienen mal dadas y donde nos sabremos cuidadas y protegidas.

Mientras escribo estas letras recuerdo una reunión hace más de diez años en una casa en los montes asturianos al que acudimos 46 mujeres de todo el territorio español para reconocernos y, sobre todo, reírnos. Después de comer, en la sobremesa se estuvo hablando de la movilización que se estaba organizando para el siguiente 7 de noviembre (que fue multitudinaria) para exigir al gobierno central un pacto de estado contra la violencia de género. Recuerdo las caras, el compromiso de todas, las vicisitudes que tuvimos que pasar para poder llegar a Asturias. Tengo sus caras (de casi todas) en estos momentos en la cabeza. Y las de otras que llegaron después.

Una red emocional y de compromiso a la que podemos acudir en casos de necesidad. Una red que sostiene, divierte, enseña, nos fortalece y de la cual aprendemos cada día.

No voy a dar nombres porque se me podría olvidar alguno y sería totalmente injusto, pero ellas, todas ellas, saben perfectamente quienes son y lo que nos une. Podremos ser de diferentes formaciones políticas y sindicales, pero el feminismo actúa como un pegamento que nos une y, al tiempo, como una gran goma de borrar que busca la eliminación de aquello que nos puede llevar a discusiones estériles.

El feminismo nos convoca siempre a la sororidad, a la búsqueda de la hermandad en la opresión patriarcal y también en el compromiso para su erradicación.

En estos tiempos de individualismos y de preocupación solo por temas materiales, el feminismo nos concita a ir más allá y buscarnos en los puntos de encuentro y no en las disidencias.

No es, ni mucho menos, un paraíso ser feminista. Más bien al contrario. Te obliga a la denuncia continuada, a no callarte, a exigir respeto a tu voz como otra voz autorizada, a una confrontación constante y diversa con los hombres de nuestras vidas para que nos entiendan y, sobre todo, que nos respeten.

Pero si de alguna cosa estoy segura es que no podré dejar de ser feminista mientras tenga aliento. Una orgullosa feminista radical, claramente de izquierdas y republicana.

Cordialment,

 Teresa

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