Carlos Luna Arvelo
Relatos de maestros.
Hace ya m谩s de un a帽o que me encontr茅 con I., me visit贸 en la escuela en la que trabajaba a煤n. Ya es un chico con m谩s de 16 a帽os, a煤n conserva cierta tristeza en su rostro, quiz谩s sean rezagos de la tristeza acumulada de sus a帽os de infancia.
Lo conoc铆, por primera vez, en el tercer grado. Aunque presentaba dificultades en la lectura y la escritura, mostraba aptitudes para el dibujo. Lo recuerdo como un ni帽o muy afectivo y de ojos vivaces. Peque帽o, delgadito y luc铆a tan fr谩gil que daba la impresi贸n que en cualquier momento se romper铆a.
Pero lo que m谩s recuerdo de 茅l no fue precisamente esa 茅poca, sino un poco despu茅s. Deb铆a cursar entonces 5to grado. Una ma帽ana cualquiera me lo encontr茅 lloroso en el pasillo, al abordarlo rompi贸 en llanto. Intent茅 hablar con 茅l, pero no pod铆a articular palabras.
Me le acerque y lo abrac茅, despu茅s de unos minutos de llanto desenfrenado le susurr茅 al o铆do que me acompa帽ara. Subimos al tercer piso y en el pasillo solos le insist铆 en que me contara lo que le suced铆a. Ya un poco m谩s calmado lo invit茅 a sentarnos en la escalera, all铆 fue cuando finalmente dijo: “anoche la polic铆a vino a mi casa y se llevaron a mi pap谩”. Sin salir de la sorpresa le pregunt茅 -¿Por qu茅?, ¿qu茅 hizo?, y otras preguntas que ya no recuerdo…, en sus enormes ojos enrojecidos por el llanto la 煤nica respuesta que consegu铆 era que no sab铆a.
Despu茅s de unos minutos le dije que seguro era una equivocaci贸n, que se quedara tranquilo que seguro todo se aclarar铆a y que quiz谩s cuando llegara a su casa todo estar铆a resuelto, pero el llanto volvi贸 y volv铆 a abrazarlo. Le insist铆 que se calmara, le pregunt茅 que con quien estaba 茅l y me dijo que con su abuela. Despu茅s que estaba m谩s calmado le dije que deb铆amos volver y que confiara en que todo se resolver铆a.
Bajamos al segundo piso, lo acompa帽茅 hasta la puerta de su sal贸n, me desped铆 de 茅l con un fuerte abrazo. Cuando se iba me dijo al o铆do, -no le digas a nadie lo que te cont茅, le promet铆 que guardar铆a el secreto.
Regres茅 al aula de clases, pero no pod铆a recordar lo que hac铆a antes, me sent铆 en shock. A mi mente llegaban agolpadas im谩genes de la polic铆a llegando a la casa de I, derribando la puerta y llev谩ndose a su pap谩 esposado, despu茅s del esc谩ndalo propio de esos casos (como en las pel铆culas). As铆 trascurri贸 el resto de la jornada en la escuela, ya por la tarde al llegar a casa, no pod铆a dejar de pensar en I y en lo que le ocurr铆a. Por la noche tuve una pesadilla en la que un ruido estruendoso me despertaba, era la polic铆a que llegaba a mi casa, me esposaba, cuando me llevaban, o铆a a un ni帽o que gritaba “no se lo lleven, por favor, 茅l no hizo nada”. Fue una pesadilla recurrente.
Al d铆a siguiente llegu茅 a la escuela turbado, ven铆a con el prop贸sito de buscar a I. y llevar el caso a la Direcci贸n. No era posible que un ni帽o de esa edad estuviera sufriendo porque su padre, posiblemente inocente, se lo hubiese llevado la polic铆a sin una causa conocida, encarar铆a a la Directora y le har铆a saber que 茅ramos responsables de la integridad emocional de I., que no pod铆amos ignorar lo que le pasaba y que adem谩s los derechos del ni帽o lo proteg铆an. La escuela estaba obligada a actuar en este caso.
En el patio busque a I., pero no lo ve铆a, vi cuando lleg贸 su maestra y vi a varios de sus compa帽eros, son贸 el timbre, comenz贸 el acto c铆vico. Despu茅s de entonar el Himno y de recibir informaciones de la Direcci贸n, todos comenzamos a subir a nuestras aulas. I no asisti贸 ese d铆a, ni al siguiente, ni al tercero.
Apenas el lunes de la siguiente semana volv铆 a verlo de nuevo, cuando pude, intentando ser lo m谩s discreto posible, le pregunt茅 por “el caso”. Me contest贸 que hab铆a sido por drogas, aunque estaba m谩s tranquilo, se le notaba la tristeza que segu铆a embarg谩ndolo.
En adelante cuando ten铆a oportunidad de intercambiar con I., le preguntaba por “el caso”, siempre evitando que los dem谩s se enteraran. Por aquellos tiempos me convert铆 en una especie de confidente de 茅l y de la situaci贸n que lo aflig铆a. Al final de aquel a帽o escolar fue promovido al 6to grado y finalmente al liceo. Entonces dej茅 de verlo, aunque en las ocasiones que visitaba la escuela, casi siempre me buscaba en el aula de clases donde yo me encontraba. Siempre estuve pendiente de preguntarle por “el caso” y 茅l en una especie de c贸digo secreto compartido me enteraba sin que nadie m谩s supiera.
En este 煤ltimo encuentro con I. adem谩s de expresarme su admiraci贸n, estima y cari帽o, por mi persona, conversamos sobre “el caso”, ahora ya como un hecho de un pasado superado; me pregunt贸 por mi esposa y mis hijas, as铆 como por algunas maestras de la escuela que ya no estaban. Me enter贸 de sus planes de estudiar en el INCES y que su hermano mayor trabaja en un restaurante pero que ten铆a planes de estudiar gastronom铆a. Encontrarme con I., me evoc贸 la infancia triste de un ni帽o a quien apenas pude ofrecer como consuelo compartir el secreto de la ausencia de un padre que permanec铆a en la c谩rcel.
Carlos Luna

