Otra información es posible

Filosofía imprescindible

OPINIÓN de Adela Cortina.- Nuestras sociedades son sumamente contradictorias en lo que hace a la enseñanza de la filosofía y de esa parte esencial suya que es la ética.

Para qué sirve la democracia

OPINIÓN de Adela Cortina.- Desde que en 2007 y 2008 empezamos a tomar conciencia de la crisis, la insatisfacción con la situación económica de España se convirtió en indignación, con motivos más que sobrados, que existían en realidad desde mucho antes. Las voces de la indignación no exigían otro régimen político, distinto a la democracia, sino todo lo contrario: pedían su realización auténtica.

Decálogo para la crisis de los refugiados

OPINIÓN de Adela Cortina y José I. Torreblanca.- El principio de acuerdo entre la UE con Turquía es más bien producto del pánico político y electoral que del debate y la reflexión. Porque no solo es mezquino en su lógica, sino que ignora los problemas de derechos humanos y libertades en ese país, concede un cheque en blanco al presidente Erdogan para reprimir a la oposición y a los kurdos y no aporta soluciones a la causa final de todo el problema: la guerra de Siria, en la que Turquía tiene un papel crucial.

Somos diálogo

OPINIÓN de Adela Cortina.- Uno de los obstáculos para crear sociedades justas y convivencia pacífica es la intolerancia que se expresa en las palabras, y no sólo en las acciones. Algunos grupos se sienten autorizados para desacreditar a otros, porque estos últimos cuentan con una característica que los intolerantes consideran especialmente despreciable, digna del repudio generalizado y la exclusión. La actitud del intolerante suele reconocerse con el sufijo “fobia”, y es tan vieja como la humanidad.

Más allá de dinosaurios y camaleones

OPINIÓN de Adela Cortina.- A pesar de que Ortega y Gasset dijera que no sabemos lo que nos pasa, y eso es lo que nos pasa, los españoles hemos transitado en cuatro décadas de tener al dinosaurio como animal emblemático a tener al camaleón. Como si no hubiera otras figuras más apropiadas para una sociedad democrática, como sería el caso de una ciudadanía madura y responsable, integrada en instituciones justas.

Antes, la persona de convicciones profundas, dispuesta a defenderlas y a no cambiarlas ni matizarlas por ningún concepto era el modelo a imitar, al menos en la educación oficial. Como los dinosaurios de cuerpo acartonado que se hicieron famosos más tarde gracias a las películas de Spielberg. Sin embargo, los dinosaurios no pueden resistir los cambios, parecen invencibles, pero perecen en cuanto es necesario adaptarse a un nuevo entorno. Sobrevivir bien requiere flexibilidad, no digamos ya en el caso de las personas y de las sociedades. Esta lección es la que fuimos aprendiendo en esa escuela que fue la Transición ética y política, que hubiera sido imposible sin incorporar el hábito democrático de intentar buscar acuerdos dentro de los límites de lo justo y razonable.

Pero a lo largo de estos 40 años ha ido ganando terreno el camaleón como modelo a imitar, acompañado de la leyenda que le corresponde: “Yo me adapto”. Pero eso sería razonable para poder sobrevivir, sino: “Yo me adapto a lo que haga falta con tal de prosperar grupalmente y sobre todo individualmente”. Aunque para lograrlo sea necesario abandonar las convicciones racionales y borrar de un plumazo las señas de identidad que impidan pactar con cualquier cosa.

Recordando a Nietzsche se dice que las convicciones son prisiones, y se añade que no interesa forjarse convicciones, sin solo construir convenciones. La frase de Groucho Marx “estos son mis principios, y, si no les gustan, tengo otros” se convierte en imperativo de actuación para la vida política y para la vida social. Los consejos de Maquiavelo al príncipe para que intente engrandecer la patria se manipulan hasta convertirse en recetas caseras para triunfar en política en provecho propio.

La falta de flexibilidad es letal, para quien la practica y sobre todo para quienes dependen de él. Pero el vacío de convicciones es igualmente letal para quien carece de ellas y sobre todo para los que de algún modo están en sus manos. Y eso es lo que nos pasa; con malas consecuencias para la sociedad y para los más vulnerables.

Lo importante es idear qué queremos que nos pase y poner los medios para encarnarlo en la realidad, es urgente optar por un nuevo emblema, el de una ciudadanía madura, capaz de labrar un buen futuro.

Hay ciudadanos que optan por ingresar en partidos políticos y asumir una especial responsabilidad por la cosa pública, y esa gran mayoría que conforma la sociedad civil y que es sin duda corresponsable. Aunque siempre conviene recordar que a mayor poder, mayor responsabilidad.

En lo que hace a los primeros, no es de recibo corromper la actividad política concediendo contratos de favor a cambio de un impuesto partidario, generando esa gangrena que recorre nuestra sociedad. La corrupción es un cuerpo extraño en una vida pública sana y debe ser eliminada sin paliativos. Pero tampoco es lícito eludir las leyes proponiendo referendos inconstitucionales; una actuación que deslegitima cualquier pretensión de que la ciudadanía cumpla las leyes. Los partidos deben exhibir sus señas de identidad, aclarar con quiénes están dispuestos a pactar y cuáles son los contenidos de los pactos, que deben estar en coherencia con el propio programa. Actuar de otro modo es practicar un fraude que provoca desafección porque convierte al voto en blanco y a la abstención en las opciones más razonables. Votar sin saber qué se está eligiendo es entregar un cheque en blanco.

La ciudadanía madura en la sociedad civil no es la ciudadanía pasiva, que deja en manos ajenas el curso de la vida pública, pero tampoco esa ciudadanía febrilmente participativa, que no se está quieta jamás, sin lograr cosa de alguna utilidad común. También en los regímenes totalitarios la ciudadanía es activa y participativa. Por eso lo que importa es que sea lúcida y responsable, que no se deje manipular con argumentos sofísticos, que le importe el bien común, y no solo el particular. Que sea, desde esa madurez, participativa.

La ciudadanía madura toma lo mejor del liberalismo y del socialismo. Se compromete con las exigencias del Estado social de derecho en que vivimos, creando cohesión social y amistad cívica; abre las puertas a los refugiados políticos y a los inmigrantes pobres, actuando a la vez en los lugares de origen; apuesta por reforzar la Unión Europea, consciente de que no hay que abandonarla porque esté en crisis, sino trabajar activamente por construirla mejor; practica el cosmopolitismo arraigado de quien se compromete con lo local y sabe cuál es su lugar en el mundo.

Adela Cortina
Catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia

Religión civil o justicia social

OPINIÓN de Adela Cortina.- A mediados de los setenta del siglo pasado el sociólogo Daniel Bell, en su libro Las contradicciones culturales del capitalismo, puso sobre el tapete un diagnóstico de esas contradicciones y dos propuestas para superarlas que siguen siendo de actualidad. En cuanto al diagnóstico, las sociedades posindustriales necesitan para sobrevivir y mejorar que sus ciudadanos desarrollen la virtud de la civilidad, que estén dispuestos a trabajar por su comunidad política, y resulta difícil lograrlo cuando lo cierto es que en esas sociedades faltan proyectos y valores compartidos y reina una desigualdad profunda entre sus miembros. ¿Cómo pedir a quienes están situados en los escalones inferiores que se esfuercen por un bien supuestamente común, del que no participan? ¿Cómo pedir a los bien situados que se ocupen del bien común, y no sólo del particular, si no hay un proyecto compartido? Y, sin embargo, la cooperación de los ciudadanos es indispensable para construir una buena sociedad.

En aquellos años Bell proponía dos caminos para superar esta contradicción y merece la pena reflexionar sobre ellos porque, aunque las circunstancias han cambiado, siguen abiertos como posibilidades. Uno consiste en promover en la comunidad política una religión civil; el otro, en bregar por la justicia social.

La religión civil es la religión de la ciudad, de la comunidad política. Desde tiempos remotos se entendía que cada ciudad tiene sus dioses, que luchan por defenderla frente a los dioses y los hombres de las demás ciudades. Fue Maquiavelo quien vio en la religión civil una ayuda espléndida para construir una nueva república romana, contando milagros si es preciso, como la leyenda de Rómulo y Remo, y Rousseau dedicó a ese tipo de religión un apartado en el penúltimo capítulo de El contrato social. Tras haber meditado sobre los distintos aspectos de ese contrato por el que las personas pasan a ser ciudadanas de una comunidad política, se pregunta si no es dudoso que vayan a cumplir el pacto, y propone como medida necesaria para lograrlo recurrir a una religión que dote a los ciudadanos de una fe común y asegure desde ella su civilidad. No se trata de la religión del hombre, que le liga directamente con Dios, sino de la religión del ciudadano, la religión civil, que le liga a la polis.

Para construirla pueden seguirse dos procedimientos. O bien tomar una religión trascendente y convertirla en la religión de la ciudad, o bien dar a los símbolos de la comunidad política un halo sagrado. Es decir, dotar de un carácter sagrado a una determinada versión de la historia, a la bandera, al himno, a las fiestas, al pueblo, a la raza o la etnia, incluso al equipo de fútbol.

Las personas somos animales simbólicos, y esos símbolos, dotados de un carácter numinoso, que excede con mucho a sus soportes materiales, se inscriben en el terreno fértil de las emociones y hacen vibrar a quienes los comparten. Sintiéndose emocionalmente miembros de esa comunidad sagrada los que están siendo tratados de forma desigual olvidan que es así y trabajan con entusiasmo por una comunidad que sienten como suya. Con lo cual se va tejiendo emotivamente una voluntad común, aunque la desigualdad sea palmaria.

Ciertamente, es preciso tener en cuenta en cualquier proyecto social el valor de los símbolos, pero la religión civil es una solución premoderna, que ya no era de recibo en el siglo XVIII, cuando Rousseau la propuso, no digamos en el siglo XXI. En nuestros días es bien claro que el Estado y la sociedad civil son los responsables de crear cohesión social, no con leyendas y milagros emotivos, sino poniendo en práctica la justicia social.

La población excluida en España representa el 25%, cinco millones se encuentran en exclusión severa, y de entre los excluidos, el 77,1% está excluido del empleo, el 61,7% de la vivienda y el 46% de la atención sanitaria.

El barómetro del CIS refleja que ésas son las principales preocupaciones de los españoles: el paro, la corrupción y el fraude que roban recursos públicos, los partidos políticos y la situación económica. Pero otros temas son igualmente urgentes, porque afectan a derechos humanos, por poner un solo ejemplo, el caso de la inmigración. Es doloroso que Europa no se preocupara de la ingente cantidad de africanos que moría por el ébola y, sin embargo, encontrara rápidamente dinero para intentar hacerle frente en cuanto la posibilidad de contagio cruzó el Estrecho de Gibraltar. Construir soluciones con altura humana para los inmigrantes en el marco de la Unión Europea es uno de los retos ante los que Europa no puede mirar hacia otro lado.

Abordar cuestiones como éstas es el proyecto que puede crear civilidad honradamente. Los partidos que se ocupen prioritariamente de ellas habrán tomado la política en serio.

Adela Cortina
Catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia

Ética, no sólo cosmética

OPINIÓN de Adela Cortina.- En una conferencia sobre la crisis y sus causas comentaba Carlos Solchaga la frase de un amigo suyo, que reflejaba todo un mundo: “A mí me gustaría vivir como antes, pero pudiendo”. Ese era el sueño de una buena parte de los españoles, recuperar las posibilidades del pasado con dinero suficiente como para disfrutar de ellas.

Sin embargo, para quienes creen que es bueno convertir los problemas en oportunidades de progreso, la ocasión parecía única. Incluso economistas neoliberales reconocían que las causas de la crisis no eran sólo los ciclos inevitables, esa especie de destino implacable ante el que sólo queda la resignación, sino también malas actuaciones éticas, ante las que es posible el cambio porque están en parte en nuestras manos.

Entre esas causas contaban la falta de transparencia en las prácticas bancarias, en el mundo empresarial y político, el fallo en los mecanismos de regulación y control, la falta de profesionalidad por parte de quienes actuaron por incentivos perversos en las entidades financieras y en las empresariales. Películas como Inside Job oMargin Call sacaban a la luz esas pésimas prácticas que debían cambiar. Pero otras formas de actuar se extendían al conjunto de la población: la corrupción, mayor en quienes tienen más poder, pero también capilar, la maldición del cortoplacismo, que impide la reflexión prudente, o el fracaso de modelos de vida consumista.

Ante la pregunta “¿qué hacer?” las Administraciones Públicas ponen en marcha medidas de transparencia, las empresas y entidades bancarias se comprometen con la Responsabilidad Social y con la Agenda 2030 de la ONU para el desarrollo sostenible, y en la sociedad proliferan los movimientos y pactos anticorrupción. Algo hemos aprendido si todo esto prende en la vida cotidiana, si es ética y no sólo cosmética. Pero las formas de vida consumistas han cambiado poco y no llevan trazas de cambiar, porque en ellas se unen el hambre y las ganas de comer, las motivaciones personales y la dinámica económica.

Cualquier estudio serio sobre las motivaciones del consumo aprecia que el afán de emulación sigue siendo un impulso tan poderoso como cuando lo estudió Veblen. Sólo que ahora no se trata únicamente de imitar a una clase ociosa, sino también de imitar a cantantes, deportistas, gentes de la prensa del corazón, gente famosa. Consumir lo que ellos consumen, incluso lo que consume el vecino, es un deseo que puede llevar aparejado un sentimiento de injusticia: si él lo tiene, ¿por qué no yo? Y entonces el deseo de consumir se convierte en un derecho que se reclama como exigencia de igualdad.

A esto se suma el afán de sentirse a gusto consigo mismo con un new look, una nueva casa, un coche nuevo, y el de seguir los consejos de los nuevos predicadores: debes quererte más, darte más gustos, cuidarte más.

Y además en un mundo en que todo tiene que ser divertido. La meta de niños y jóvenes es pasarlo bien y la de sus padres que lo pasen bien. Pero también ejecutivos o intelectuales aseguran que hacen su trabajo porque les divierte, aun en los momentos en que se les ve agotados y muertos de sueño.

Por otra parte, al hambre se juntan las ganas de comer. Decía Adam Smith que el consumo es el fin de la producción, y que esa es una afirmación tan evidente que no necesita demostración. Pero, con el tiempo, medio y fin han cambiado de lugar: el consumo es indispensable para producir y, por lo tanto, para crear puestos de trabajo, sin los que no hay salarios ni posibilidad de vida digna. Por eso seguimos viviendo en una de esas contradicciones culturales del capitalismo tan difíciles de superar, porque hemos ligado el consumismo, no sólo el consumo, a las posibilidades de producción y de creación de empleo.

Tener por meta pasarlo bien y consumir no parecen ser formas de vida nuevas, aprendidas por haber sufrido el escarmiento de la crisis. Y lo peor no es que pueden llevar a otra crisis, sino que son incompatibles con el más elemental sentido de la justicia y la solidaridad.

Adela Cortina
Catedrática de Ética y Filosofía Política Universidad de Valencia

Razones éticas para un futuro mejor

OPINIÓN de Adela Cortina.- Hace 40 años se produjo en España una transición ética, y no sólo política. El código moral único del nacional catolicismo quedaba derogado y distintas voces se preguntaban si no iba a existir una ética común a todos los españoles, si a partir de entonces en el mundo moral “todo estaría permitido”, por decirlo con Iván Karamazov. Algunos de nosotros creíamos que podía existir esa ética común, la ética cívica, propia de la ciudadanía de una sociedad pluralista. Según esa ética, la libertad es superior a la esclavitud y al servilismo, la igualdad a la desigualdad, la solidaridad al desprecio, el respeto a la intolerancia, el diálogo al conflicto, y la protección a los derechos humanos era un deber. Compondrían estos valores los mínimos de justicia que una sociedad pluralista, como la nuestra, ya compartía en realidad, y el cambio político no haría sino darles un reconocimiento oficial.

Puesto que “reconocer” es comprometerse, esos valores debían transmitirse en la educación y encarnarse en todas las esferas de la vida social. Si eran los valores preferidos, si formaban lo que José Luis Aranguren llamaba la “moral pensada” de nuestra sociedad, el nuevo espacio ético y político era el terreno óptimo para convertirla en “moral vivida”. No solo porque era un ámbito de libertad, sino porque las generaciones protagonistas de la Transición habían vivido siempre en una línea de progreso e impregnaba el ambiente la convicción de que los hijos vivirían mejor que los padres. En este contexto esperanzado la ética cívica venía reforzada por el paso de lo que Inglehart llamaba valores materialistas (seguridad económica y física) a los posmodernistas (ecologismo, tolerancia, igualdad, participación). Quién debía educar en todo ello parecía claro: la familia, la escuela y la sociedad en su conjunto que, al parecer, creía en esos valores.

Cuarenta años después, la percepción ha cambiado. La crisis en que vivimos desde 2007 ha puesto fin a la idea de progreso continuo, los hijos no viven ni vivirán mejor que sus padres. Ante la pregunta “¿qué nos ha pasado?”, los catastrofistas aseguran que ya no hay valores, como antes dijeron que todo iba a estar permitido. Pero también ahora se equivocan, porque sí que los hay, siempre los hay, las personas preferimos unas opciones a otras, y preferir es valorar. Lo que ocurre es que son tiempos difíciles por contradictorios.

Como ha mostrado la crisis, con demasiada frecuencia se ha optado por los peores valores. El cortoplacismo, el afán de beneficio, caiga quien caiga, la opción por el bien particular frente al común, la falta de sensibilidad hacia los menos aventajados, las formas de vida consumistas han guiado demasiadas decisiones, letales para el conjunto de la sociedad. El paro, el trabajo precario y con salarios ínfimos, la tragedia de inmigrantes y refugiados desatendidos, la pobreza y el olvido de los vulnerables se deben, entre otras causas, al abandono de aquel capital ético por el que habíamos optado.

Los casos de corrupción llevan a reclamar transparencia y “corrupción cero”, a exigir rendición de cuentas, responsabilidades concretas; la sociedad civil participa activamente en la vida pública a través de asociaciones, redes, grupos, que difunden propuestas; se someten al escrutinio público el sistema de partidos, se funcionamiento y el sistema electoral; en el mundo económico se multiplican las exigencias de una economía ética, se insiste en que las empresas asuman la responsabilidad social, respeten y promuevan los derechos humanos; las organizaciones solidarias llevan a cabo tareas asistenciales, pero sobre todo se emplean enempoderar a los menos aventajados; las familias siguen siendo la red protectora.

Por último, aunque no en último lugar, se dice de los jóvenes que regresan a los valores materialistas, a la seguridad y al bienestar, pero es lógico que se preocupen por ello en la actual situación, razones les sobran, y la obligación es tratar de cambiarla. Sin embargo, siguen apreciando el medio ambiente, la tolerancia, la actitud abierta, las relaciones sociales y, parte de ellos, la part6icipacion en la vida pública.

¿Qué cabe augurar para el presente y el futuro próximo? ¿Es posible en tiempos contradictorios dar razones éticas para la esperanza en un futuro mejor? Por supuesto que las hay, pero en la respuesta radican el riesgo y la grandeza de la libertad: depende de lo que cultivemos.

Adela Cortina
Catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia

Conciencia y reputación

OPINIÓN de Adela Cortina.- En su excelente libro Las buenas conciencias, el novelista mexicano Carlos Fuentes recogió una lúcida apreciación que en el texto atribuye a Emmanuel Mounier, aunque es de Nietzsche: “Nos las arreglamos mejor con nuestra mala conciencia que con nuestra mala reputación”; una cuestión que sale de nuevo a la luz en trabajos como el del colombiano Juan Gabriel Vásquez Las reputaciones.

Parecen enfrentarse dos formas de saber acerca de nosotros mismos: la opinión que nos desvela nuestra propia conciencia y la valoración de los demás. Y llevaba razón Nietzsche al afirmar que a las personas de a pie, empresas, partidos políticos y a sus líderes, les importa más la reputación que lo que ellos piensan acerca de sí mismos.

Tal vez porque, como Maquiavelo recordaba al príncipe, “todos ven lo que pareces, pocos palpan lo que eres”. El mundo de la apariencia atrae las voluntades, persuade o disuade, mientras que el de lo que alguien es queda en el misterio de la conciencia.

Cierto que es inteligente labrarse una buena reputación. Los medios de comunicación sacan a la luz valoraciones que la ciudadanía hace de los líderes de los partidos políticos, con el sobrentendido de que su reputación influirá en los votos que recibirá su partido; las empresas redactan memorias de Responsabilidad Social Corporativa como carta de presentación a potenciales clientes, a otras empresas y al poder político, ya que un buen currículo ético es un excelente aval para hacer negocio con organizaciones fiables.

Y si esto siempre ha sido así, más aún lo es en la Era de las Redes, cuando la visibilidad de las actuaciones aumenta de forma exponencial y la reputación se gana en votaciones de “me gusta”, o no “me gusta”, refiriéndose muchos ámbitos.

Crear buena reputación o destruirla no es difícil siempre que se cuente con la inteligencia para movilizar las emociones de las gentes, a poder ser con mensajes simples y esquemáticos que influyan en los sentimientos de la mayoría. Nuestro tiempo es el de las reputaciones, y no el de las conciencias. Saber movilizar las emociones es la clave del éxito.

Estas apreciaciones tienen un respaldo en estudios científicos que muestran cómo las personas actuamos más cordialmente con los demás cuando nos sentimos observados. Por eso es indispensable enviar observadores de carne y hueso a los países que actúan en contra de los derechos humanos, aunque sólo fuera para que teman por su imagen a escala internacional.

Nos las arreglamos mal con nuestra mala reputación porque tiene malas consecuencias para nuestra autoestima, que es un bien básico para llevar adelante una vida feliz, pero también porque tiene malas consecuencias para realizar nuestras aspiraciones, mientras que la conciencia se queda en el fuero interno. Nuestro tiempo es el de las reputaciones, no el de las conciencias.

Aunque la vida pública descansa sobre el supuesto de que también nos las arreglamos mal con nuestra mala conciencia. Los cargos políticos prometen o juran cumplir sus obligaciones por su honor y por su conciencia; aunque en una sociedad pluralista quien no crea en Dios no tenga por qué ponerle por testigo ni jurar ante un libro sagrado. Pero igual de lógico es confiar en que crea en su conciencia y en que la valore hasta tal punto que no está dispuesto a traicionarla a ningún precio.

La apelación a la conciencia no exime de elaborar leyes referidas a la transparencia, rendición de cuentas y responsabilidad. Dar cuentas ante la ciudadanía es lo propio de una sociedad democrática, en la que se supone que debería gobernar el pueblo. Pero siempre queda abierta la pregunta “¿quién controla al controlador?”.

Los iluminados que no quieren aceptar para sus actuaciones más juez que su propia conciencia son un auténtico peligro, y los grupos de fanáticos que asesinan por una fe del tipo que sea. Es esencial formar la conciencia personal a través del diálogo, nunca a través del monólogo, ni siquiera sólo a través del diálogo con el grupo cercano, sea familiar, étnico o nacional. Somos humanos y nada de lo humano nos puede resultar ajeno, el diálogo ha de tener en cuenta a cercanos y lejanos en el espacio y en el tiempo.

Pero al final llegamos a un punto en el que cada persona ha de formarse su juicio y tomar sus decisiones, no puede depender de mensajes ajenos, si es que sigue teniendo un sentido el ideal de la libertad, entendida como autonomía personal.

Dónde se forma esa conciencia es una de las grandes preguntas para las que hay muy difícil respuesta, y es preciso encontrarla si no queremos dejar de ser los protagonistas de nuestra propia vida.

Adela Cortina
Catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, directora de la Fundación ÉTNOR

Ante las elecciones: moralita, no moralina

OPINIÓN de Adela Cortina.- Los protagonistas de la vida política deberían ser los ciudadanos porque una democracia se construye en el día a día, pero siguen siendo las campañas electorales las que monopolizan la reflexión y el debate políticos. Como hay que convertir las ocasiones en oportunidades, debemos tomar como punto de partida ese debate, detectar qué echa en falta la ciudadanía para proporcionarlo en el futuro y qué valora para tratar de potenciarlo. Ante las elecciones del 24 de mayo la necesidad de regenerar moralmente la política se ha convertido en un trending topic, en una exigencia presente en los discursos: la ética anda en boca de todos los partidos, bien para desautorizar a otros por inmorales, bien para presentar proyectos comprometidos éticamente. Conviene, pues, tomarles la palabra —hablar es comprometerse— y utilizarla no sólo para decidir a quién votar, sino para construir en el futuro. Sin embargo, como la palabra “moral” da para mucho, bueno será usarla en el sentido que resulte más fecundo.

Lo moral se puede entender en el par “moral/inmoral”, y entonces el hablante se siente moralmente impecable y acusa a otros de inmorales. Como los escándalos que salpican los medios y las redes dan materia para las acusaciones continuas, se practica lo que Trivers denominó “la agresión moralista”, la crítica a los infractores que siempre son “los otros”. La denuncia es buena si lo que se pretende es lograr que el bien particular no suplante al bien común de un modo fraudulento, pero no es tan loable si la moral se convierte sólo en un arma arrojadiza para desacreditar competidores.

Resulta más fecundo tomar la moral también como moralita, que es, según Ortega, un explosivo tan potente como la dinamita. Situada en lugares estratégicos, hace estallar aquello que ya está descompuesto y permite levantar nuevos edificios. Pero los adanismos no son buena cosa, que no se trata de destruir y partir de cero porque no existe el punto cero, todo tiene antecedentes, y porque es suicida eliminar lo bueno que se ha ido logrando a lo largo de la historia. Más vale detectar qué hay ya de positivo y reforzarlo. Para eso sirve la moralita, tomada como vitamina que fortalece la vida pública en el día a día, y no sólo como arma en los discursos electorales.

Es lo contrario de la moralina, esa prédica empalagosa que se extiende sobre situaciones putrefactas para que dejen de oler mal, en vez de transformarlas desde dentro. La moralina es mala cosmética, está próxima a la ideología, y se sitúa a años luz de lo que sería una auténtica propuesta moral.

Los efectos de la moralina llevan a la desmoralización, que sería una tercera acepción de las que venimos desgranando. Una persona o un pueblo desmoralizados se encuentran sin ánimo para enfrentarse a los retos vitales, no tienen un proyecto que llevar adelante ni confían en su capacidad para hacerlo. Cuando lo cierto es que la sustancia de la vida humana es proyectar y comprometerse en buenos proyectos desde la autoestima. Eso es lo que permite levantar la moral a las personas y a los pueblos, a las comunidades autónomas y a los países.

Los españoles andamos desmoralizados en exceso. Tal vez porque los medios de comunicación se ensañan en las malas noticias y porque olvidamos las fortalezas y nos recreamos en las debilidades.

Porque existe un amplio consenso sobre lo que queremos, que se cifra en un Estado Social de Justicia: erradicar la pobreza, reducir el desempleo, mantener las pensiones, evitar el éxodo obligado de los jóvenes, liderar soluciones justas a la tragedia de la inmigración, recuperar una sanidad que ha sido ejemplar, fomentar la educación de calidad, ayudar a construir un Europa de los ciudadanos, abierta y social. Para lograrlo contamos con un país sin partidos extremistas ni xenófobos, con una sociedad civil que está asumiendo su corresponsabilidad en la cosa pública, con una envidiable solidaridad en materias como la donación de órganos o de sangre, con profesionales bien preparados, con un sistema sanitario excepcional, con una solidaridad familiar que está supliendo lo que otros deberían hacer.

Con mimbres como éstos hay que construir un proyecto vigoroso, desde lo mejor de lo que ya hemos venido haciendo. Tarea de los partidos es darle la forma que consideren más operativa y llevarlo a cabo, junto con la sociedad civil, porque no sólo hay vida después de las elecciones, sino que es ésa la vida que importa.

Adela Cortina
Catedrática de Ética y Filosofía Política por la Universidad de Valencia

¿Religión civil o justicia social?

OPINIÓN de Adela Cortina.- A mediados de los setenta el sociólogo Daniel Bell, en su libro Las contradicciones culturales del capitalismo, puso sobre el tapete un diagnóstico de esas contradicciones y dos propuestas para superarlas que son de actualidad. En cuanto al diagnóstico, las sociedades postindustriales necesitan para sobrevivir y mejorar que sus ciudadanos desarrollen la virtud de la civilidad, que estén dispuestos a trabajar por su comunidad política, y resulta difícil lograrlo cuando en esas sociedades faltan proyectos y valores compartidos y reina una desigualdad profunda entre sus miembros.

¿Cómo pedir a quienes están situados en los escalones inferiores que se esfuercen por un bien común, del que no participan? ¿Cómo pedir a los bien situados que se ocupen del bien común, y no sólo del particular, si no hay un proyecto compartido? Y, sin embargo, la cooperación de los ciudadanos es indispensable para construir una buena sociedad.

Bell proponía dos caminos para superar esta contradicción porque siguen abiertos como posibilidades. Uno consiste en promover en la comunidad política una religión civil; el otro, en bregar por la justicia social.

La religión civil es la religión de la ciudad, de la comunidad política.

Desde tiempos remotos se entendía que cada ciudad tiene sus dioses, que luchan por defenderla frente a los dioses y los hombres de las demás ciudades. Fue Maquiavelo quien vio en la religión civil una ayuda espléndida para construir una nueva república romana, contando milagros si es preciso, como la leyenda de Rómulo y Remo, y Rousseau dedicó a ese tipo de religión un apartado en el penúltimo capítulo de El contrato social. Tras haber meditado sobre los distintos aspectos de ese contrato por el que las personas pasan a ser ciudadanas de una comunidad política, se pregunta si no es dudoso que vayan a cumplir el pacto, y propone como medida necesaria para lograrlo recurrir a una religión que dote a los ciudadanos de una fe común y asegure desde ella su civilidad. No se trata de la religión del hombre, que le liga directamente con Dios, sino de la religión del ciudadano, la religión civil, que le liga a la polis.

Para construirla pueden seguirse dos procedimientos. O bien tomar una religión trascendente y convertirla en la religión de la ciudad, o bien dar a los símbolos de la comunidad política un halo sagrado. Dotar de un carácter sagrado a una determinada versión de la historia, a la bandera, al himno, a las fiestas, al pueblo, a la raza o la etnia, incluso al equipo de fútbol.

Las personas somos animales simbólicos, y esos símbolos, dotados de un carácter numinoso, que excede con mucho a sus soportes materiales, se inscriben en el terreno fértil de las emociones y hacen vibrar a quienes los comparten. Sintiéndose emocionalmente miembros de esa comunidad sagrada los que están siendo tratados de forma desigual olvidan que es así y trabajan con entusiasmo por una comunidad que sienten como suya. Con lo cual se va tejiendo emotivamente una voluntad común, aunque la desigualdad sea palmaria.

Es preciso tener en cuenta el valor de los símbolos, pero la religión civil es una solución premoderna, que ya no era de recibo en el siglo XVIII, cuando Rousseau la propuso, no digamos en el siglo XXI. En nuestros días es bien claro que el Estado y la sociedad civil son los responsables de crear cohesión social poniendo en práctica la justicia social.

Conviene recordar que el VII Informe sobre exclusión y desarrollo social en España, elaborado por FOESSA y auspiciado por Cáritas, arroja unos datos escalofriantes, que se han convertido en la primera preocupación de los españoles, y deberían serlo de cualquier partido político que aspire a gobernar. La población excluida representa el 25%, cinco millones se encuentran en exclusión severa, y de entre los excluidos, el 77,1% está excluido del empleo, el 61,7% de la vivienda y el 46% de la atención sanitaria.

El barómetro del CIS de septiembre 2014 refleja que ésas son las principales preocupaciones de los españoles: el paro, la corrupción y el fraude que roban recursos públicos, los partidos políticos y la situación económica.

Pero otros temas son igualmente urgentes, porque afectan a derechos humanos, como es la inmigración. Es doloroso que Europa no se preocupara de la ingente cantidad de africanos que moría por el ébola y, sin embargo, encontrara rápidamente dinero para intentar hacerle frente en cuanto la posibilidad de contagio cruzó el Estrecho de Gibraltar. Construir soluciones con altura humana para los inmigrantes en el marco de la Unión Europea es uno de los retos ante los que Europa no puede mirar hacia otro lado.

Abordar cuestiones como éstas es el proyecto que puede crear civilidad honradamente. Los partidos que se ocupen prioritariamente de ellas habrán tomado la política en serio.

Adela Cortina
Catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

¿Justicia social o federalismo?

OPINIÓN de Adela Cortina.- En los últimos tiempos los debates en España se centran en el modelo de Estado para el futuro próximo. La urgencia de discutir sobre estas opciones viene provocada por la posible consulta catalana, pero es preciso preguntar si el tema por sí mismo es tan urgente o lo es mucho más el de la justicia social.

Los datos de informes como los de Cáritas son aterradores: familias cuyos miembros no allegan ningún ingreso, desempleados de larga duración y sin expectativas de futuro, trabajadores empobrecidos, dependientes que no ven llegar sus ayudas, inmigrantes que mueren antes de llegar a la costa.

Como la vida política consiste en priorizar entre los asuntos que reclaman una atención sin dilación posible y los que pueden quedar para más adelante, es a ellos a los que habría que dedicarse en primer término. En un Estado social y democrático de derecho, es prioritario proteger los derechos básicos de las gentes, sean ciudadanos de pleno derecho o inmigrantes, porque en eso se juega su legitimidad.

Otras reclamaciones pueden venir atizadas por partidos políticos o por grupos interesados en ello, pero las que proceden del hambre, la pobreza, la atención sanitaria o la educación son una realidad inapelable, una realidad que no se deja manipular. Responder a esas reclamaciones es la tarea prioritaria de cualquier partido político que se entienda a sí mismo como socialdemócrata. En la defensa de los derechos de primera y segunda generación de las gentes debería jugarse sus cartas.

Optar por un modelo de Estado u otro no es una exigencia urgente de los peor situados, sino una cuestión importante, que puede y debe plantearse a más largo plazo. Sin duda la Constitución no es sagrada y puede modificarse. Las Constituciones pueden cambiarse, pero, si parece conveniente hacerlo, hay que pensar muy bien hacia dónde se quiere ir, no sea cosa que el remedio sea peor que la enfermedad.

Que sea federalismo en nuestro caso no está claro, qué supuestas naciones españolas son las que deberían federarse se ignora totalmente, porque la historia de los länder alemanes que suelen tomarse como referencia es completamente distinta.

¿Es la apuesta por un enigma como este algo que distingue a los proyectos progresistas de los que no lo son?, ¿o puede decirse con toda claridad que la entraña del socialismo es la justicia social, amén de ser lo que reclama la mayoría aplastante de los ciudadanos? Aunque sólo fuera por estrategia, en esas exigencias de justicia habrían de poner su mejor esfuerzo quienes deseen atraer el interés de las gentes, preocupadas por sus problemas diarios. Pero es que además ni siquiera se trata sólo de una cuestión de estrategia, sino que es una seña de identidad de elemental coherencia para una propuesta progresista que quiera estar en su sitio en el nivel local y global. Aquí, una vez más, lo justo se une a lo conveniente.

España se ve enfrentada, junto a los demás países, a retos de tal envergadura que no atenderlos sería muestra de un autismo intolerable. Es preciso comprometerse a fondo con las instituciones europeas e internacionales, creando aliados y no adversarios, para poder solucionar conjuntamente problemas sangrantes como los de la inmigración, los conflictos bélicos de Europa y Oriente Próximo, pero no solo ellos, la pobreza, el hambre, la falta de acceso al agua, los cambios geoestratégicos que sitúan en un lugar privilegiado a China, un país donde están prohibidas las asociaciones que se ocupan de los derechos humanos.

Y es preciso hacer frente sobre todo a la financiarización de la economía, que es la clave del movimiento global. El último informe PISA de la OCDE considera tan importante evaluar las capacidades financieras de los adolescentes europeos como valorar su comprensión lectora o su competencia en Matemáticas y Ciencias Naturales. Al fin y al cabo, parece ser el mensaje, es bueno que vayan aprendiendo a vivir en un mundo cuya alma es la economía financiera.

Ante desafíos de esta envergadura, ante la necesidad de acabar con la corrupción y con el desvío de fondos a paraísos fiscales, el localismo es una traición a nuestro ser humanos, y un partido socialdemócrata debería recordar que la justicia social es su seña de identidad, además de una excelente estrategia.

Adela Cortina
Catedrática de Ética y Filosofía Política

Con los ojos de una generación nueva

OPINIÓN de Adela Cortina.-  El resultado de las elecciones europeas tendría que haber hecho saltar las alarmas en los partidos políticos mayoritarios y en las instituciones. El aumento de los votos en el haber de partidos habitualmente minoritarios y el espectacular surgimiento de otros nuevos, como Podemos, son muestra fehaciente de que buena parte de la ciudadanía experimenta una profunda insatisfacción. No se trata ya sólo de manifestaciones en la calle ni de proclamas en las redes sociales, sino de que un buen número de ciudadanos, en voto secreto, ha expresado su rechazo contundente a lo que se está haciendo, tanto en la Unión Europea como en España.

Naturalmente, algunos de ellos serán los habituales “antisistema”, pero la mayor parte cree en un sistema democrático y se siente estafada y frustrada en sus aspiraciones legítimas. Que este descontento haya podido mostrarse en papeletas, y no con cifras imaginadas, es una de las grandezas de la democracia representativa. Tomar buena nota del descontento y cambiar radicalmente el modo de actuar en cuestiones de justicia es la única salida legítima.

Claro que es posible alegar que no se pueden extrapolar los resultados de las elecciones europeas a las nacionales y que en estas últimas las aguas volverán a su cauce. Pero este proceder, típico del avestruz, es inadmisible.

Por una parte, porque muchos ciudadanos han votado pensando en España, pero también en la Unión Europea, y han experimentado que la Europa Social, verdadero corazón de Europa, ha quedado en un brindis al sol. Las instituciones no asumen que el sufrimiento de los inmigrantes es un asunto urgente para toda la Unión, pero tampoco que la lacra del paro, la pobreza de las familias y el hambre infantil no se superan pidiendo sacrificios a los más débiles. Por el contrario, crear riqueza real desde la cooperación es el camino.

Pero también la ciudadanía ha votado en estas elecciones poniendo sus ojos muy especialmente en España, y la experiencia dolorosa del paro, el éxodo de miles de jóvenes, los escándalos de corrupción, los sueldos blindados millonarios, el hecho de que escuelas públicas no cierren en verano para que los niños puedan comer una vez al día han llevado a muchos ciudadanos a optar por partidos que no han tenido oportunidad de gestionar el poder político. No les ha convencido el refrán “más vale malo conocido que bueno por conocer”, ni siquiera el miedo a caer de la sartén al fuego. Han llegado a la convicción de que el voto útil no es el que refuerza lo que se está haciendo, sino el que permite abrir caminos nuevos. Ante esta situación, ¿cómo construir un futuro en el que nadie quede excluido?

España necesita una realidad y un relato atractivos y seductores, capaces de cautivar a las nuevas generaciones y a las que llevan ya a sus espaldas años de historia, a los que sienten que ésta es su patria y a los que, de forma más o menos consciente, querrían recuperarla. Necesita ofrecer un proyecto de convivencia ilusionante, en el que merezca la pena participar activamente. Y ese proyecto ha de poner en primer término las legítimas exigencias de justicia de los ciudadanos, empezando por los más débiles, que es la única forma de crear cohesión social auténtica y de contar buenas historias.

Quiénes han de ser los protagonistas de ese relato atractivo está bien claro. Los ciudadanos, en primer término, que deberían ser los agentes y los beneficiarios de la vida democrática, aquellos por los que existe y para los que existe. También los partidos políticos, que han de aprender de la experiencia electoral. Los mayoritarios, a tomar como prioridad las necesidades y los derechos de las gentes, empezando por la erradicación de la pobreza, la ayuda a la dependencia o la potenciación de las empresas para que creen trabajo. Los partidos minoritarios, los que no han gestionado el poder, además de denunciar las lacras, tienen que hacer propuestas no sólo moralmente deseables, sino también realmente viables.


*Adela Cortina, Catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia

¿Somos nuestro cerebro?

Por Adela Cortina.- La pregunta que suele plantearse a los humanistas es la de los límites éticos en la investigación sobre el cerebro y en la aplicación de los hallazgos. Como si la ética fuera una especie de linier sádico, empeñado en descalificar a los científicos cuando la pelota traspasa la línea de lo permitido.

Pero el primer principio de cualquier ética respetable es el de beneficiar a los seres humanos, a los seres vivos en su conjunto y a la naturaleza, y cuanto más progresen las diversas ciencias en ese sentido, mejor habrán cumplido su tarea. Que es la de beneficiar. Por eso tiene sentido que trabajen juntas ciencias y humanidades para conseguir una vida mejor.

Ojalá avancemos en la prevención de enfermedades como la esquizofrenia, alzhéimer, demencias seniles, enfermedad bipolar o la arteriosclerosis; podamos mantener una buena salud neuronal hasta bien entrados los años, mejorar nuestras capacidades cognitivas, precisar mejor la muerte cerebral, tratar tendencias como las violentas. Que en la educación podamos servirnos de conocimientos sobre el cerebro que permitan a los maestros actuar de forma más acorde al desarrollo de ese órgano, extremadamente plástico; un asunto del que se ocupa con ahínco la neuroeducación.

Sin embargo, cuando las investigaciones y las aplicaciones científicas ponen en peligro la vida, la salud o la dignidad de las personas o el bienestar de los animales tenemos que recordar que no todo lo técnicamente viable es moralmente aceptable. Que “no dañar” es igualmente un principio inexcusable en todas las actividades humanas, también en las científicas.

Los medios de comunicación informaban de que el asesino confeso de una joven iba a ser sometido a una prueba neurológica, conocida como “test de la verdad”, a través de la cual podrían leerse sus respuestas cerebrales. Una prueba de este tipo plantea un problema moral y legal, porque no es lícito introducirse en la intimidad de una persona, en este caso a través de su cerebro, sin su consentimiento. Y los medios informaban de que, según su abogada, este había accedido voluntariamente a someterse a la prueba. Esta es una de las muchas cuestiones éticas que se plantean en ámbitos como el de las neurociencias: que no es lícito introducirse en la intimidad de una persona sin su consentimiento expreso. Tampoco ante presuntos terroristas, un aspecto bien importante en la neuroseguridad.

Pero, ¿por qué entrar en el cerebro de una persona es introducirse en la intimidad? ¿Qué tiene de especial ese órgano, que la sola idea de trasplantar un cerebro nos parece inquietante, cuando ya se practican trasplantes tan complicados de otros órganos y otros miembros del cuerpo?

Según muchos investigadores, porque todos esos órganos son irrelevantes en comparación con el cerebro. Somos, dicen, nuestro cerebro. Él crea las percepciones, la conciencia, la voluntad, y tanto da que el cerebro se encuentre en un cuerpo como en un ordenador, porque él lo crea todo. Trasplantarlo no presenta más problemas que los técnicos, porque donde va el cerebro de una persona va esa persona. Así las cosas, según estos científicos, actuamos determinados por nuestras neuronas, de modo que no existe la libertad, sino que es una ilusión creada por el cerebro, como todo lo demás.

Tal vez las cosas no sean tan simples y por eso otros investigadores hablan del “mito del cerebro creador”, de que no es el cerebro el que crea nuestro mundo.

Regresando al caso del joven asesino, el médico que supervisó la prueba de la verdad aclaraba que la persona sometida a ella no puede mentir. Según él, las respuestas cerebrales son automáticas y no están condicionadas ni por la voluntad ni por la conciencia. De donde se sigue para cualquier lector que la voluntad y la conciencia, surjan de donde surjan, son algo distinto de las neuronas y tienen la capacidad de actuar suficiente como para modificar los mensajes automáticos del cerebro. Pueden inventar historias, tratar de ocultar los recuerdos impresos, interpretarlos de una forma u otra desde esa capacidad de fabulación que nos constituye como personas.

Parece que el enigma de la conducta humana sigue siéndolo, y que es necesario continuar las investigaciones desde el trabajo conjunto de humanistas y científicos, porque conocernos a nosotros mismos es la gran tarea que nos dejó encomendada Sócrates. Es ella misma un gran beneficio.

*Adela Cortina, Catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia

Ser ético


Por Adela Cortina.-  La Ley de mejora de calidad educativa ha eliminado la asignatura “Ética”, con la que todos los grupos sociales estaban de acuerdo. Porque se proponía dar a conocer a todos los alumnos las propuestas y principios éticos que una sociedad democrática comparte, de modo que fuera posible estudiar, debatir sobre ellos y aprender a ejercitarse en la autonomía y la solidaridad que les serán indispensables como personas y como ciudadanos.

Se dice que las gentes pueden ser morales con tal de tener una buena influencia familiar. Pero en sociedades pluralistas y complejas como las nuestras, las fuentes morales de inspiración para niños y jóvenes son las familias, los amigos, las escuelas, las redes, los medios de comunicación; y nada asegura que todas las familias enseñen lo mejor moralmente, ni tampoco los demás agentes sociales. Por eso resulta indispensable en la educación formal una materia con el nombre de “Ética”, que ayude a reflexionar sobre los contenidos éticos compartidos a los que no podemos renunciar.

La cuestión se extiende a la inmensa mayoría de planes de estudio con los que se prepara a los alumnos para ser profesionales, sea en las universidades o sea en las escuelas de diverso tipo. En bien pocas figura alguna asignatura que abra un espacio para aprender, reflexionar y debatir sobre la ética de la profesión.

Si alguien pregunta por qué es así, puede encontrarse con esta respuesta: “la ética es tan importante para esa carrera que la han convertido en transversal, que todos los profesores enfocan sus materias desde una perspectiva ética”. Evidentemente, esto no se lo cree nadie. Los profesores dan sus programas, y si en alguna ocasión se proponen un enfoque común, se demuestra que lo que es de todos no es de nadie, al menos en este país. Con lo cual la materia en cuestión se escapa entre los dedos de la presunta transversalidad.

Pero las matemáticas o la estructura financiera no desaparecen de los programas de estudios, convirtiéndose en transversales. Cosa que debería ocurrir si el grado de importancia de una materia es la que le permite el honor de convertirse en transversal, tanto en el caso de las dos materias mencionadas como en el de una infinidad más de las que componen los currículos en las instituciones académicas. Pero no es así, sino que cada una se estudia por separado y goza de un horario propio, aunque todas estén vinculadas entre sí, porque todos los saberes humanos lo están.

Una sociedad demuestra que una materia le parece indispensable para la formación de un profesional cuando la incluye explícitamente en su plan de estudios.

Y si damos por bueno que un profesional no es solo un técnico, sino aquel que pone los conocimientos y las técnicas propias de su campo al servicio de los fines que dan sentido a su profesión, en el periodo de formación necesita aprender cuáles son esos fines, qué propuestas éticas son las más relevantes, qué excelencias del carácter es preciso desarrollar, y analizar en el aula casos concretos del ejercicio profesional, en diálogo con profesores y compañeros. Aprender todo esto requiere estudio pero sin ese saber ético no puede haber profesionales de cuerpo entero.

Al leer el periódico y ver los desastres que se producen en construcción de puentes, bancos o empresas me pregunto qué profesionales estamos formando. Por el empeño de algunos profesionales, en algunos ámbitos politécnicos se han incorporado la ética de la ingeniería, de la arquitectura o de la empresa; en el campo sanitario, la bioética y la ética de la enfermería; y las escuelas de negocios abren también espacios para la ética.

¿Esto garantiza que de estos estudios se sigan necesariamente buenas prácticas? Claro que no. Pero eso ocurre en todos los estudios, que los buenos conocimientos no se convierten en buenas prácticas si los profesionales no tienen la voluntad decidida de hacerlo.


*Catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia (España).

Una sociedad civil en ebullición


17.10.13. OPINIÓN de Adela Cortina.-  Hace años quien deseaba mejorar la sociedad debía ingresar en un partido político. Seguía pesando aquella idea hegeliana de que el mundo político se preocupa por los intereses universales y brega desde la solidaridad, mientras que la sociedad civil es el reino de los intereses particulares, el ámbito del egoísmo. Esta división del trabajo carece de sentido, porque gran parte de la sociedad civil asume un esperanzador protagonismo en la construcción del bien común, que es urgente potenciar.

Quizá porque la política se limita a buscar votos y conseguir ventajas no le queda fuste para lanzar propuestas atractivas; o porque la financiarización de la economía ha creado un mundo estable; porque el despilfarro, la mala gestión, la corrupción y la falta de unidad han socavado la credibilidad de lo político, lo cierto es que la sociedad civil viene movilizándose desde en los medios de comunicación, en intervenciones públicas, en las redes, en las calles, aportando críticas y propuestas realizables.

No faltan líderes, ni los intelectuales han desaparecido de la esfera pública. Lo que ocurre, como decía José Luis Aranguren, es que se han democratizado, crean foros y círculos de opinión, elaboran informes sobre problemas candentes y los transmiten a la esfera pública a través de todos los medios a su alcance. Una tarea ingente para analizar lo que nos pasa, detectar los puntos más débiles y lanzar propuestas constructivas. Una sociedad civil en ebullición, capaz de superar la idea de que el poder político se ocupa de los intereses universales, mientras que la sociedad civil se refugia en sus egoísmos particulares.

Dos ejemplos de asociaciones que conozco: el Círculo Cívico de Opinión elabora fundados informes sobre temas candentes y transmite sus resultados a la opinión pública, y el Foro + Democracia aporta una propuesta de reforma de la Ley de Partidos Políticos. Por fortuna hay una ingente cantidad de grupos que hace oír su voz en la esfera pública, aportando sugerencias viables y argumentos.

Es lo propio de sociedades con cierta andadura democrática: que no haya unos pocos líderes, unos pocos intelectuales sobresalientes, sino el trabajo conjunto de personas y grupos plurales, generando una inteligencia colectiva, capaz de descubrir mundos ignotos. Si es verdad, como dicen los defensores de la mente extendida, que nuestra mente no se encierra en los límites del cuerpo, sino que la componen también datos y personas del entorno; si es verdad que la sinergia de inteligencias personales arroja propuestas más lúcidas, entonces hay que abandonar el fácil lamento de que faltan líderes e intelectuales y escuchar a quienes ya están hablando. El uso público de la razón es el síntoma esperanzador de una sociedad en vías de ilustración.

Pero para que exista una conversación es preciso que alguien descuelgue el teléfono al otro lado, y los políticos parecen demasiado preocupados arreglando sus asuntos particulares como para ponerse al aparato. Parece que las tornas hayan cambiado desde hace algunas décadas, y que son ellos los que se ocupan de sus intereses personales y dejan a los ciudadanos lanzar discursos sobre los asuntos comunes. Mala cosa los monólogos, sean crispados o propositivos.

Son los diálogos los que permiten ir incorporando en las instituciones las propuestas más lúcidas y fundamentadas, las que pueden ayudarnos a salir del marasmo, y crear una sociedad justa. La forma política de esa sociedad sería la de una democracia en la que los representantes responden de sus acciones, de sus programas, y también tienen línea directa con los interlocutores más preocupados por el interés común que por los intereses partidarios. La reforma de los partidos políticos es imprescindible en su democracia interna, la transparencia de su financiación o la necesidad de debilitar el poder de los aparatos.

La convicción de que otro mundo es no sólo posible, sino también necesario, porque el que tenemos no está a la altura de los seres humanos; la certeza, cada vez más asumida, de que lo que es necesario es posible y tiene que hacerse real, y el sentimiento de que para lograrlo es indispensable que la sociedad civil ejerza la responsabilidad que le corresponde. La buena noticia es que la está asumiendo y lo hará cada vez más.



*Adela Cortina es Catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia

Adiós democracia, cada día un paso más hacia la barbarie

Por Rosa María Artal.- 19.09.13. 

“Holanda certifica el fin del Estado del Bienestar. Lo ha dicho con solemnidad en el Parlamento su nuevo Rey en un discurso escrito por el gobierno del centro izquierda del país”. Pepa Bueno, en la SER, me despertaba esta mañana con un valiente y atónito editorial. Sí, es la primera vez que lo cuentan. Uno de los países ricos de la UE, con enorme tradición democrática, anuncia que el Estado del Bienestar se ha acabado y que hay que ir… a una “sociedad participativa”. Humo. El sálvese el que pueda neoliberal que, en curiosa paradoja, tantas ayudas proteccionistas dedica a los causantes y beneficiarios de la crisis. Que la medida la declare en Holanda el “centro-izquierda” no tiene nada de extraño. Ya veis que en todos los países del entorno y en el nuestro la socialdemocracia está derrotada. Autoderrotada.

No acababa ahí la cosa. En España aún coleaba la decisión del Tribunal Constitucional de rechazar la recusación de su presidente, miembro del PP. ex militante de pago del PP y colocado en ese puesto por el PP, presentada entre otros por la Generalitat de Catalunya. Es ejemplo sintomático, este señor ha puesto a parir a Catalunya por escrito. Será sin duda muy imparcial, como lo es el resto del Tribunal.

En la misma línea la presunta Fiscalía Anticorrupción rechazaba investigar quién destruyó los discos duros de los ordenadores de Bárcenas pedida por varias acusaciones particulares.

Al asalto ultraderechista a Blanquerna donde se celebraba un acto de la Diada, añadimos ahora agresiones del mismo terrorífico signo en Majadahonda, al noroeste de Madrid. En Grecia otro grupo ultra ha asesinado a un cantante antifascista.

Y más sapos a tragar. Botín ha fichado a Rodrigo Rato como asesor internacional del Banco de Santander. En 2008 ya trabajó en este consejo, que se reúne dos veces al año, por 200.000 euros anuales. Así el brillante gestor de Bankia -cuyos desmanes aún pagamos y pagaremos durante años- encuentra otro trabajo que añadir, muy bien remunerado, a la asesoría de Telefónica. Un lumbreras este hombre. Muy bien relacionado eso sí. La familia se lleva divinamente.

El sonoro tajo a las pensiones ya se va cuantificando: unos 1.500 euros de pérdida al año las de tipo medio. Y vayan sumando. Y vayan contando las ingentes cantidades que nos roban muchos de los que deciden estas cosas. Y pensando que hay familias en donde nadie trabaja, o donde nos les llega, que viven de las pensiones de los abuelos. Y no se va a crear empleo, ni se va superar la crisis. Son mentiras de los voceros para engañar a gentes de débil pensamiento.

Entretanto Rajoy ha estado de paripé en el Congreso respondiendo las preguntas que ha querido. Las de Bárcenas dirigidas a él, se las ha transferido a su miniyo la maxivicepresidenta. Pero ha dicho por ejemplo, que no considera que mentir en el Parlamento sea motivo de dimisión. Un embustero tan pertinaz tiene ya muy claro este asunto. Se lo consienten.

Eso sí, Infolibre viene investigando las actividades personales del Presidente del Gobierno. Sobre todo ese opaco asunto de la que es su profesión: registrador de la propiedad. Hace ya años que venimos alertando en este blog. Un buen resumen, en este artículo de Manuel Rico. Nos cuentan desde que “El tandem Rajoy-Riquelme ha impedido durante más de dos décadas que otro registrador ocupe la plaza de Santa Pola, que en los años de bonanza inmobiliaria facturó cientos de miles de euros al año”, hasta la oportuna creación de una empresa por parte de Riquelme “un día después, que Mariano Rajoy enviara un escrito al Ministerio de Justicia recomendándolo como su sustituto para el Registro de la Propiedad de Santa Pola”, su plaza.

Y,mientras, ayer se suicidó una mujer en Madrid porque la empresa municipal iba a desahuciarles de su vivienda social. Debía… 900 euros. 45 años, casada, tres hijos en casa (de los 6 que tenía) y dos nietos ya, todos a su cargo.

¿Se está arreglando la crisis? Intermon Oxfam sigue alertando del terrible aumento de la pobreza en Europa. Pero también de que en 2025, uno de cada tres pobres europeos será español. Medio millón más al año hasta entonces ¿cuántos de nosotros entraremos ahí? Esto claro, de no cambiar las políticas.

La crisis no se está acabando, lo que sí se está terminando es la democracia. Y hasta la decencia y la dignidad. Múltiples cómplices están propiciando todo esto. Echándonos a todos esta mierda encima. Algunos llevamos año avisando y los peores pronósticos se cumplen inexorablemente. Para algunos cabezas huecas lo que cuenta es el momento. Así estamos.


Innovar en humanidades

OPINIÓN de Adela Cortina.-

Para muchos ciudadanos de a pie el acrónimo I+D+i es un misterio, de los que pueblan la vida cotidiana. Y tienen razón para estar desconcertados con esta enigmática conjunción de letras. Las dos primeras se refieren a la investigación y al desarrollo, dos factores imprescindibles para que progresen el saber y la economía de un país, pero la “i” minúscula, que se refiere a la innovación, parece un apéndice, al que podrían sumarse muchos más. Y, sin embargo, en esta nuestra economía basada en el conocimiento se dice que es crucial.

Sin ir más lejos, la estrategia Europa 2020, propuesta por la Comisión Europea en mayo de 2010, integra la innovación como uno de los ingredientes indispensables para lograr “un crecimiento inteligente, sostenible, inclusivo”, recuperando con ello la estrategia de Lisboa para el periodo 2000-2010, aquella que se proponía convertir a la Unión Europea en “la economía basada en el conocimiento más competitiva y dinámica del mundo, capaz de crecer económicamente de manera sostenible con más y mejores empleos y con mayor cohesión social”.

Que no se ha alcanzado esta meta es una evidencia rotunda. La innovación es, al parecer, un híbrido de invención y mercado. La nueva generación de una idea es invención, y cuando se plasma en productos, servicios o procedimientos que permiten introducirla en el mercado con éxito, es decir, que permiten venderla, entonces recibe el nombre de innovación. Por decirlo en la jerga economicista del caso, innovar es “poner en valor” una idea, lo cual significa hacerla lo suficientemente atractiva como para que alguien la quiera comprar. Es decir, que más que poner en valor, se trata de fijar un precio. De eso se ocupa también la transferencia del conocimiento, de trasladarlo al tejido socioeconómico para hacerlo más competitivo.

Como Europa necesita ser más competitiva, y no digamos ya España, potenciar la innovación se presenta incluso como un imperativo moral. Un imperativo cuyo cumplimiento parece al alcance de las Ciencias Naturales, pero difícil para las Humanidades. ¿Qué ideas de ese amplio campo van a poder tomar la forma de productos que se venden en el mercado? Y, sobre todo, ¿es que esa es la tarea de las Humanidades?

En lo que se refiere a cuestiones de precio, algunos autores, como Jerome Kagan, consideran que la valoración social de las Humanidades ha descendido porque su contribución a la economía es mínima. De ahí que los diseñadores de políticas científicas tiendan a invertir poco en Humanidades por creer que no son rentables, que al hablar de “invertir en I+D+i” no debe pensarse en proyectos humanísticos.

Sin embargo, esto no es verdad. En algunas publicaciones de la CRUE se recogen tanto innovaciones tecnológicas como humanísticas, porque se está transfiriendo conocimiento en productos cinematográficos, discográficos, audiovisuales, editoriales, en museos, fundaciones, en centros responsables de educación, en asuntos referidos al patrimonio histórico-artístico, al turismo o a los medios de comunicación. Grupos de arqueología trabajan con empresas de la construcción, gentes de filosofía cooperan en la elaboración de índices que permiten medir la fecundidad social de las organizaciones.

Ocurre que a menudo ni los potenciales usuarios se percatan de que para desarrollar sus productos necesitan conocimientos humanísticos, ni quienes cultivan las Humanidades piensan habitualmente en diseñar procedimientos novedosos para resolver problemas concretos, procedimientos por los que alguien esté dispuesto a pagar. Rara vez surgen patentes de estas innovaciones y las llamadas “revistas de impacto” tampoco se interesan por ellas.

Pero la otra gran pregunta es si importa fomentar en Humanidades la innovación, así entendida, o si, por el contrario, entrar en esa deriva supone desnaturalizarlas.

En mi opinión, innovar en este sentido no es mancharse las manos, sino optar también por una de las formas de prestar servicio a la sociedad. Pero añadiría que la tarea prioritaria de las Humanidades, la que les da sentido y un valor social insustituible, consiste en reforzar los vínculos humanos, en generar cultura, en crear ese humus desde el que es posible el cultivo de las personas y de los ciudadanos, en potenciar las raíces valiosas sin las que las sociedades quedan desarraigadas.

Por eso tienen que impregnar cualesquiera planes de estudios. Porque más allá de la necedad de quienes confunden el valor con el precio, está la lucidez de quien sabe dar su lugar a cada uno de ellos, también en el cultivo de las Humanidades.


*Catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia (España)

Cúpula de hierro

Por Adela Cortina.-

Según informaciones de la prensa, en la contienda entre palestinos e israelíes, éstos han puesto en funcionamiento un escudo antimisiles, capaz de interceptar hasta un 85 % de los cohetes palestinos lanzados desde Gaza. Eso les da una ventaja enorme en lo que se refiere a protección, pero que tiene el gran problema, del coste. Ha supuesto unos 796,4 millones de euros y parece que será necesario invertir otro tanto para su funcionamiento, amén de que cada cartucho cuesta unos 39.000 euros. Los críticos de esta Cúpula de Hierro dicen que su punto más débil es la financiación, porque lo que se gasta en ella se deja de invertir en hospitales, escuelas o viviendas sociales. El coste de oportunidad es tremendo, pero la población da por bueno ese gasto, porque les sirve de protección frente a los ataques palestinos, y acaba pareciéndoles un mal menor.

La Cúpula de Hierro es una gota en el océano inabarcable de esos gastos en industria bélica, increíblemente elevados, que detraen para la defensa o la muerte lo que podría emplearse en educación, en atención a las enfermedades, en empoderar a las gentes para que puedan organizarse una vida feliz. A esa gota se unen las ventanas protegidas por rejas, las puertas blindadas, los guardias de seguridad de domicilios y comercios, las redadas de la policía en barrios inseguros.

La Asociación Nacional del Rifle, por poner un ejemplo bien conocido, tiene una fuerza incuestionable en Estados Unidos. Fundada en 1871 cuenta con cuatro millones de socios, y sus dirigentes aseguran que es la organización por los derechos civiles más antigua del país. La razón de su éxito es ante todo el afán de seguridad: en un país en que las gentes viven a menudo en casas aisladas en el campo o en barrios peligrosos los ciudadanos compran armas para defenderse frente a posibles delincuentes. Ése es un coste económico al que hay que sumar el más importante, el de las matanzas que ya vienen siendo habituales, cuando algún perturbado decide entrar en una escuela y liquidar a niños y maestros.

Un episodio que volvió a repetirse el 14 de diciembre de 2012 en una guardería de Newtown, cuando un muchacho de veinte años asesinó a veintisiete personas, veinte de ellas niños de seis y siete años. El lunes siguiente los títulos del fabricante de armas Smith & Wesson Holding cayeron un 5% y se abrió de nuevo un debate sobre el tema, como en los sucesos de Columbine. Pero las asociaciones partidarias de la tenencia de armas sugirieron rápidamente que la solución consistía en vender todavía más armas: cada escuela debería contar con un vigilante armado. Cuando realmente la solución consiste en cambiar la actitud.

Cuando estas salvajadas se producen en países del mundo rico son noticia diaria y no parezca que nadie esté muy empeñado en poner solución. Pero en el mundo pobre, aunque no sea noticia, tener diamantes, caucho, coitan o marfil les ha costado y cuesta mucha sangre. Y todo esto en “tiempo de paz”, qué decir del tiempo de guerra.

Es verdad que las soluciones han de venir de los organismos públicos, nacionales y supranacionales, pero sólo en parte. Si las gentes no tomamos nota de lo cara que resulta la falta de ética, en dinero y en dolor, si no nos negamos decididamente a pagar ese astronómico precio, el coste de la inmoralidad seguirá siendo imparable. Y aunque suene a tópico, seguirán pagándolo sobre todo los más débiles.

Teniendo en cuenta que llamar “tópico” a una frase no es quitarle importancia sino todo lo contrario, es dársela en grado superlativo, porque se ha convertido en un topos, en un lugar tan corriente que es ya para nosotros un punto de referencia. Por desgracia, que los débiles acaban pagando la mayor parte de las deudas de la humanidad es ya un tópico, totalmente verdadero, que sale a menudo en los medios, precisamente porque si pagan los más débiles es por falta de ética. Para eso, entre otras cosas, sirve la ética, para cambiar las tornas y tratar de potenciar las actitudes que hagan posible un mundo distinto.


*Adela Cortina es catedrática de ética en la Universidad de Valencia

Estatura moral

OPINIÓN de Adela Cortina.-

A la ética le ocurre lo que a la estatura, al peso o al color, que no se puede vivir sin ellos. Todos los seres humanos son más o menos al­tos o bajos, todos son morenos, rubios o pelirrojos, todos pesan más o menos, pero ninguno carece de estatura, volumen o color. Igual sucede con la ética, que una persona puede ser más moral o menos según determinados códigos, pero todas tienen alguna estatura mo­ral. Es lo que algunos filósofos han querido decir al afirmar que no hay seres humanos amorales, situados más allá del bien y del mal, sino que somos inexorablemente, constitutivamente, morales.

Lo inteligente es entonces intentar sacar el mejor partido posible a ese modo de ser nuestro, del que no podríamos desprendernos aunque quisiéramos. Como es inteligente tratar de aprovechar al máximo nuestra razón y nuestras emociones, la memoria y la imagi­nación, facultades todas de las que no podemos deshacernos sin de­jar de ser humanos. Igual le ocurre a nuestra capacidad moral, que podemos apostar por hacerla fecunda, por sacarle un buen rendi­miento, o podemos dejarla como un terreno inculto, con el riesgo de que algún avisado lo desvirtúe construyendo en él una urbanización.

De eso se trata, de cómo sacar partido de nuestro irrenunciable ser morales.


*Catedrática de Ética, Universidad de Valencia