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¿Le importa la ética animal al feminismo?

Por Alicia Puleo.- Escrita con razón y pasión, Ética Animal ¿Una cuestión feminista? de Angélica Velasco Sesma (Colección Feminismos, editorial Cátedra, 2017) demuestra una vez más que el feminismo es pensamiento emancipatorio capaz de inspirar e impulsar nuevos desarrollos críticos liberadores que nos acercan al horizonte de una cultura de paz. Puede decirse, por lo tanto, que retoma un sendero histórico feminista olvidado: el de las sufragistas que compararon la subordinación de los animales con la propia y que denunciaron la similitud del maltrato sufrido por mujeres y animales domésticos en el espacio oculto del hogar y en la ciencia patriarcal.

Simone de Beauvoir: el existencialismo como filosofía moral y política

Por Alicia Puleo.- La Historia de la Filosofía tiene una asignatura pendiente: reconocer a las pensadoras. Los manuales no suelen hablarnos de ellas. Fueron pocas porque, para decirlo en palabras de Virginia Woolf, las mujeres siempre carecieron de “una habitación propia”. No podían, como los hombres, retirarse a escribir sin ser requeridas para las obligaciones domésticas. De las más antiguas, como Hipatia de Alejandría, cuya figura fue recuperada por el cine de Amenábar (Agora, 2009), se conservan escasos documentos. Esta puede ser una excusa para no recordarlas: se dice que no existieron. No es el caso de las filósofas contemporáneas, a las que sólo el auge reciente de las investigaciones sobre mujeres, feminismo y género ha dado el reconocimiento que merecen. 

La violencia como reclamo publicitario

OPINIÓN de Alicia Puleo.- Ahora que las estrellas de Hollywood han decidido boicotear a Dolce & Gabbana por rechazar la adopción de las parejas gays, me gustaría recordar un suceso que hace ocho años ya daba razones para no elegir esta marca. Una imagen publicitaria que lanzaron en 2007 sugería una violación colectiva y generó una gran polémica. Algunos cibernautas la defendieron en nombre de la libertad de expresión. Con toda probabilidad, no habrían sido tan permisivos si se hubiera tratado de un reclamo con componentes racistas. A muchas personas todavía les cuesta detectar el sexismo.
La violación colectiva ha sido, desde tiempos remotos, una forma de castigo para mujeres que se separaban de las estrictas normas de conducta establecidas para el “segundo sexo”. Expresaba, también, el poder de las fratrías o pandillas masculinas. Así lo muestran numerosos estudios históricos y antropológicos.


Lamentablemente, no es sólo algo del pasado y su banalización publicitaria no puede ser pasada por alto.

Un mejor conocimiento de los mecanismos de la opresión colectiva que afecta a los miembros de un determinado grupo permite agudizar la interpretación de los mensajes y proporciona sólidos argumentos frente a un relativismo acrítico que en nombre de la libertad, refuerza las cadenas. No olvidemos que, como señaló con gran acierto Susan Brownmiller en Against our Will, la violación funciona como una forma de control social, ya que el miedo, desde pequeñas, nos enseña que nuestro desplazamiento por el espacio público tiene restricciones: a ciertas horas, es necesario evitar ciertos lugares si no queremos tener disgustos. En sus análisis de los distintos tipos de opresión, Iris M. Young, advierte que la violencia, como una de las caras de la opresión, no sólo está presente como agresión física directa, sino que los miembros del grupo oprimido la experimentan en el temor incrustado en sus cuerpos. Saben que están en el punto de mira de esa violencia que puede desatarse en el momento más inesperado porque está siempre latente. ¿Tienen además que soportar que se impulse como reclamo comercial?

Los célebres modistos terminaron por retirar aquel anuncio frente a las críticas del Instituto de la Mujer y de los Verdes, no sin antes comentar desdeñosamente que España se había "quedado un poco atrás", cuando en realidad se trataba del fenómeno contrario, es decir, de una sociedad que había tomado conciencia de la violencia contra las mujeres como un problema social. 
 
Parece que Domenico Dolce y Stefano Gabbana se han reconciliado ahora con el mundo ibérico. Su fascinación por la violencia patriarcal les ha llevado a elegir el mundo de la tauromaquia para su campaña primavera-verano 2015. ¡Esto sí que les parece moderno!


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Pactos de ayuda mutua

OPINIÓN de Alicia Puleo.- ¿Los movimientos sociales emancipatorios han de descalificarse mutuamente?¿Las personas que han abierto su conciencia a alguno de los proyectos que construirán un mundo mejor, más pleno, con menos sufrimiento e injusticia, tienen por necesidad que minusvalorar y atacar el más mínimo éxito conseguido con gran esfuerzo por otro movimiento que no sea el suyo?

Me ha llamado la atención que la noticia sobre cierto paso de un país de la UE hacia la protección de los animales no humanos _los seres con capacidad de sufrir más explotados, torturados y exterminados del planeta_ haya suscitado comentarios adversos en algunas personas que simpatizan con otras causas. Una feminista se preguntaba por las medidas tomadas en favor de las mujeres y un partidario del reconocimiento de la diversidad sexual alegaba que no era momento para gastar dinero en seres que no son personas. No puedo en estas breves líneas entrar en un análisis filosófico de esta última objeción, baste con recordar el comentario de Jeremy Bentham sobre la teoría del animal-máquina de Descartes: “Lo importante no es que puedan hablar, sino que puedan sufrir”. Me interesa aquí, en cambio, centrarme en la incomprensión y rivalidad entre metas en sí mismas positivas.

Las políticas favorables a mujeres y animales suelen ser las más afectadas por comparaciones improcedentes. Cuando se consigue una ley que fija un sueldo mínimo decente ¿acaso se la descalifica porque no aborda el control de los vertidos contaminantes? Cuando se obtiene el reconocimiento de las reivindicaciones de una minoría sexual ¿acaso se muestra indiferencia y recelo porque no trata la cuestión del paro? Siempre tendemos al escepticismo y al rechazo cuando no nos ponemos en el lugar del Otro, cuando su situación no se encuentra en la órbita de nuestros intereses y preocupaciones. Ponerse en el lugar del Otro, abrirse a su sufrimiento y a su demanda es el núcleo mismo de la ética. Cuando las sufragistas fundaron ligas contra la vivisección y se comprometieron con la lucha contra la crueldad hacia los animales dieron ese paso en el que el feminismo se abrió a la más incomprendida de las causas, al Otro más ajeno para la mayoría de los miembros de nuestra especie.

He forjado el concepto de Pactos de Ayuda Mutua tomando la idea de ayuda mutua del científico y filósofo del siglo XIX Pietr Kropotkin. Sus observaciones le llevaron a descubrir que no sólo hay competencia en la Naturaleza, sino también apoyo mutuo. Llevó estos conocimientos a la filosofía social, concluyendo que la sociedad humana tenía que ser de ayuda mutua. Creo que cabe comenzar, al menos, por los movimientos sociales emancipatorios.

En este mundo injusto e irracional que vivimos, hay innumerables víctimas de los prejuicios e intereses de género, clase, raza, orientación sexual y especie. Según nuestro contexto e historia familiar, personal y social, podemos ser más sensibles a una u otra de estas formas de explotación y dominación. Pero hemos de intentar que nuestra razón nos permita comprender el compromiso solidario de los demás y alegrarnos de sus avances. La mejora en la percepción de lo justo en un aspecto ayudará a descubrir otras dimensiones de lo que queda por transformar. He intentado caminar por esta vía en Ecofeminismo para otro mundo posible. Sumar y no restar. Esa es la clave.


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Olimpia de Gouges, pionera en tantos sentidos...

Por Alicia Puleo.- El paradigma de igualdad de la Ilustración permitió que la estratificación de género apareciera a algunos espíritus críticos en toda su escandalosa ilegitimidad. Rousseaunianas como Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft percibieron las contradicciones inherentes tanto a la conceptualización de los sexos del filósofo ginebrino como a la nueva exclusión política que se estaba gestando. En Francia, Olympe de Gouges, dramaturga antiesclavista autora de la obra La esclavitud de los negros, publica en 1791 la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana como radicalización y universalización de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 que, con el ambiguo término "todos los hombres" ocultaba el reforzamiento de la antigua exclusión de las mujeres. Si antes de la Revolución algunas aristócratas poseían derechos derivados de los privilegios de su estamento, ahora también serán desposeídas de ellos en tanto miembros del colectivo femenino. Al comienzo de su Declaración, De Gouges apela al paradigma de la Naturaleza invitando al hombre a observar la armonía y colaboración que reinan entre los sexos en las especies animales y vegetales. El "dominio tiránico" aparece, entonces, como alejamiento y corrupción con respecto al estado de naturaleza: "Sólo el hombre se fabricó la chapuza de un principio de esta excepción. Extraño, ciego, hinchado de ciencias y degenerado, en este siglo de luces y de sagacidad, en la ignorancia más crasa, quiere mandar como un déspota sobre un sexo que recibió todas las facultades intelectuales y pretende gozar de la revolución y reclamar sus derechos a la igualdad"[1]. En el artículo décimo de su Declaración, De Gouges afirmaba: "la mujer tiene el derecho de subir al cadalso, debe tener también igualmente el de subir a la Tribuna"[2]. Los revolucionarios sólo le concederán el primero. Como otro girondino también feminista _el filósofo Condorcet_ fue condenada en el período revolucionario conocido como el Terror, en 1793. Su muerte en la guillotina concede, ante nuestros ojos, un aura de heroísmo a su figura.

Hija de un carnicero, tuvo posiblemente que haber sido testigo, en su infancia, de la violencia del sacrificio y descuartizamiento del ganado. Ya adulta e independiente, su extraordinario amor por los animales la llevó a vivir rodeada de ellos, a defender la hipótesis de la transmigración de las almas entre humanos y animales y a pedir, momentos antes de ser ejecutada, que se ocuparan de sus compañeros no humanos que dejaba desasistidos. Si tuviéramos que caracterizar el pensamiento de Olympe de Gouges con categorías actuales, diríamos que era antisexista, antirracista, y antiespecista. Si se ha querido ver a Rousseau como pensador pionero del ecologismo, podemos, desde luego, considerarla como una de las precursoras del ecofeminismo.



[1] De Gouges, O., Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, en Puleo Alicia (ed.), La Ilustración olvidada. La polémica de los sexos en el siglo XVIII, Anthropos, Barcelona, 2da edición, 2011, p.155.
[2] ibid, p.158.

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Una investigación literaria sobre la identidad masculina: Henning Mankell

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24.09.13. Por Alicia Puleo.- Las novelas de Henning Mankell (Estocolmo, 1948), una de las figuras más destacadas de la literatura policíaca nórdica, entretienen y tienen calidad literaria. Entre mis preferidas se encuentra La leona blanca (1993) y El chino (2008) porque saben instalar el relato desuspense en marcos sociopolíticos que las enriquecen y tornan más interesantes. En la primera de las citadas, el trasfondo elegido es la discriminación racial del apartheidsudafricano; en la segunda, las transformaciones de una China actual que se lanza a la colonización de los recursos naturales de África.



Ahora acabo de leer Zapatos italianos ( Tusquets, 2013, 2007). Debo confesar que la abordé como lectura de verano, pensando encontrar en ella una novela negra similar a su famosa saga del detective Wallander y a la generalidad de sus obras. Mis expectativas iniciales se vieron defraudadas: no era una novela policíaca. Era algo distinto, más profundo. No pude abandonar su lectura. Había algo magnético en la narración. A través de sus páginas recordaréis, probablemente, a más de un pariente, amigo o conocido, porque Henning Mankell es un autor innegablemente ligado a la corriente literaria del realismo. En este libro, investiga críticamente los contornos de una identidad masculina patriarcal que hoy se encuentra fuertemente cuestionada.

Zapatos italianos nos relata la transformación personal de un cirujano retirado que en la última etapa de su vida, cuando ya no espera ningún cambio, asiste, asombrado, al resquebrajamiento progresivo de las defensas emocionales que había erigido. Se abre, así, a los sentimientos y a los recuerdos. Ve el pasado bajo una nueva luz y aprende a vivir el presente de otra manera. Su diario personal ya no se limitará a apuntar los datos meteorológicos, día tras día. El apego hacia los Otros se volverá posible de la mano de una exnovia, de su hija, de una antigua paciente, de una gata y de una perrilla adoptada. Experimentará la culpa, la compasión, la espera, el compromiso... 
 
Abrirse a los sentimientos es sentirse vibrante, anhelante, pero también sufrir (ya lo había advertido el budismo) al perder la indiferencia y depender más, por lo tanto, de los acontecimientos del mundo exterior. Los títulos de las cuatro partes de la novela (Primer movimiento: Hielo; Segundo Movimiento: Bosque; Tercer Movimiento: Mar; Cuarto Movimiento: Solsticio de invierno) sugieren una estructura de sonata clásica y señalan la correspondencia de los ciclos y espacios naturales reflejados con los tiempos y territorios internos del protagonista.

Con una escritura austera como la rocosa isla solitaria que describe, Mankell nos muestra con precisión entomológica los mecanismos mentales de su personaje, consiguiendo con maestría un retrato de la transformación mental de un hombre que, asediado por los signos de la vejez y la muerte, alcanza, no sin contradicciones y zonas oscuras, una conciencia más lúcida que le permitirá liberarse de límites androcéntricos y comenzar una existencia apasionante cuando todo parecía helado para siempre.