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Ángel González

José Saramago

14-01-2009

Hace un año, precisamente el día 12 de enero, en un hospital de Madrid, murió Ángel González. Hospitalizado yo también en Lanzarote y con de una enfermedad similar que la que se lo llevó a él, atendí la llamada telefónica de un periódico que quería publicar unas palabras sobre la infausta noticia. Con un tono que mi interlocutor apenas debió de oír, tan intensa era mi emoción, le dije que había perdido al amigo que era y, al mismo tiempo, uno de los mayores poetas de España. En su recuerdo dejo hoy aquí uno de sus poemas, que traduciré al portugués.

ASÍ PARECE

Acusado por los críticos literarios de realista,
mis parientes en cambio me atribuyen
el defecto contrario;
afirman que no tengo
sentido alguno de la realidad.
Soy para ellos, sin duda, un funesto espectáculo:
analistas de texto, parientes de provincias,
he defraudado a todos, por lo visto;
¡qué le vamos hacer!

Citaré algunos casos:

Ciertas tías devotas no pueden contenerse,
y lloran al mirarme.
Otras mucho más tímidas me hacen arroz con leche,
como cuando era niño,
y sonríen contritas, y me dicen:
qué alto,
si te viese tu padre…,
y se quedan suspensas, sin saber qué añadir.

Sin embargo, no ignoro
que sus ambiguos gestos
disimulan
una sincera compasión irremediable
que brillan húmedamente en sus miradas
y en sus piadosos dientes postizos de conejo.

Y no sólo son ellas.

En las noches,
mi anciana tía Clotilde regresa de la tumba
para agitar ante mi rostro sus manos sarmentosas
y repetir en tono admonitorio:
¡Con la belleza no se come! ¿Qué piensas que es la vida?

Por su parte,
mi madre ya difunta, con voz delgada y triste,
augura un lamentable final de mi existencia:
manicomios, asilos, calvicie, blenorragia.

Yo no sé qué decirles, y ellas
vuelven a su silencio.
Lo mismo, igual que entonces.
Como cuando era niño.
Parece
que no ha pasado la muerte por nosotros.

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